Su casa está en penumbras a nuestra llegada, pero se dispone cálida para la conversación con solo vernos en el umbral. Se desperezan todos los que miraban absortos y somnolientos la televisión, objeto anacrónico en el ambiente pobre del recinto de paredes desoladas, sin color. Carmen Eulogia arrima las butaquitas de hierro hasta nosotros, las despoja de todas las ropas que tenían encima y las brinda con esmero amoroso y cortés. La sonrisa le ilumina el rostro cansado, hendido por los tiempos ásperos. Al verla, recuerdo palabras de José Martí a María Mantilla: “(…) Ni a las arrugas de la vejez ha de tenerse miedo. ‘Esas arrugas que tú tienes, madre mía’ -dice algo que leí hace mucho tiempo- ‘no son las arrugas feas de la cólera, sino las nobles de la tristeza’ (…).”
Carmen Eulogia Lares vino a vivir a Anzoátegui desde Carúpano, el lugar donde nació hace 68 años. Cuando aún era “puro tierna”, vendía arepas, lavaba y planchaba ropas para vivir. Tuvo cinco hijos y ocho nietos y ellos la acompañaban en sus ires y venires a la calle porque hacía largo tiempo que no veía casi nada. Se volvió torpe, no podía contribuir en la casa, y hasta era peligroso que lo intentara. Hacía ya tres o cuatro años que vivía con la vista nublada y estaba cada vez más perdida, cuando los médicos cubanos le sugirieron viajar a la isla y operarse de catarata.
“Sentí mucha alegría, porque después de la intervención quirúrgica ya veía sin que me hubieran retirado la venda. Es muy malo, hijita, ver oscuro, puro oscuro de un ojo, así que estoy muy agradecida por todo, y al regreso pude ver desde el avión las islas que no había visto en la ida y traía conmigo el cariño de allá”.
No muy lejos de Carmen Eulogia, vive Teodora Arriojas, quien con 86 años se decidió a viajar a Cuba para recuperar la vista perdida doce años atrás. En Venezuela no podía enfrentar los gastos que una operación implicaba y ni siquiera entre todos sus hijos podían acumular el dinero. Su única oportunidad llegó con la Misión Barrio Adentro y la presencia de los médicos cubanos. Después que la examinaron, todo fue muy rápido. A los dos días le pasaron el aviso. Ahora ve como una niña y se siente feliz.
Fuimos a verla bien tarde a su casa, pasadas las once de la noche, pero nos recibieron con un entrañable: “¡Bienvenidos!”, no más saber que llegábamos de Cuba a esas horas y que teníamos premura para seguir viaje a Monagas.
“Ahora veo bien. Yo no podía hacer nada sin vista. Cuando me quitaron la venda vi clarito, divino lo que vi entonces y ahora también, las cosas de la casa y mi nieto que ya tiene 23 años”.
Su hija, Carmen, agradece a los gobiernos de Venezuela y Cuba, a Chávez y a Fidel. A ella, que fue de acompañante, también le examinaron la vista y le entregaron unos lentes bifocales y dice que allá fue todo mucho cariño y amor.
(Estado Anzoátegui. 7 de agosto de 2004. Crónica publicada originalmente en el diario Juventud Rebelde).
Imagen de portada: Ilustración de Isis de Lázaro.

