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El raro encanto del equilibrio

Por muy ponderado que alguien intente ser, y hasta sea, sus criterios se pueden impugnar. No solo porque no serán perfectos, sino también por lo que parece ser la tendencia humana a no soportar vivir sin decir algo: aunque sea cualquier cosa, en algunos casos. Y en todo tienen gran peso las diferencias de perspectivas.

Las confrontaciones se intensifican al tratarse asuntos de vital importancia para individuos o colectividades. Hoy en Cuba no parece haber manera de hacer el menor señalamiento crítico a los dominios de la propiedad privada sin que alguien quiera saltarle al cuello a quien lo hace. Las motivaciones pueden ser variopintas.

No importa que el señalamiento venga de quien ha dirigido otros —más numerosos y de mayor alcance quizás— a errores y delitos que se cometen en el ámbioto de la propiedad social, designación preferible a estatal, sobre todo si se defienden los derechos del pueblo a ser el dueño. En el debate puede asomar la preferencia por lo privado, matizada por conceptos personales y amparada en mistificaciones vinculables con la mala conducción de lo estatal y con rodeos para nombrar la realidad.

Ya parecería barato —pero no será ocioso— recordar términos como cuentapropismo y no estatal, usados para eludir propiedad privada. Ahora bulle la sigla MIPYMES, que no tiene por qué ceñirse a negocios privados, pero se impregna de esa connotación en un contexto donde las privatizaciones alcanzan novedosa relevancia.

En las confusiones se incluye que a cualquier empresa clasificable con esa abreviatura se le denomina mipyme, rótulo errático desde la raíz: las empresas agrupables en él (privadas, como se ha dicho, en lo que hoy descuella), pueden ser micro, pequeñas o medianas, pero no todo eso a la vez. Por comodidad y moda se habla de una mipyme, no —con todas sus letras, como debería ser— de una microempresa, una pequeña empresa o una mediana empresa. Pero lo genérico oculta realidades.

Todo se enturbia aún más cuando se repiten, mecánicamente y sin las debidas claridades, supuestos axiomas como que “las MIPYMES no son el problema, sino parte de la solución”. Ojalá siempre lo fueran, pero para ello su creación y su control deben responder a un plan bien pensado, con las cifras y proporciones necesarias, claridad sobre su objeto social y lo que se espera de ellas.

Cualquiera podrá apearse “argumentando” que es necesario aprender sobre la marcha. Pero a estas alturas no debíamos permitirnos dar palos de ciego y que la nación se llene de pequeños negocios que no den los aportes productivos o comerciales indispensables para revertir un proceso caótico. Un año puede ser muy poco para un experimento puntual en circunstancias ideales; pero no para una práctica que se quiera generalizar en un país afectado por una larga cadena de tanteos que no han dado los frutos que se esperaban. Y que enfrenta un bloqueo criminal cuya existencia nadie sensato y honrado debería poner en duda ni siquiera para llamar la atención sobre los errores internos y el peligro de que estos calcen el bloqueo y maten la capacidad de iniciativa y acierto.

Cada día pesa y, luego de varias décadas en que, por las razones que fueran, se intentó maximizar la propiedad social, motiva especial atención la novedad de las empresas privadas, en cualquiera de los tres tamaños mencionados. No se habla aquí de las grandes —centrales azucareros, por ejemplo—, entendiendo que, en una nación que se ha trazado construir el socialismo, se reservan especialmente para el sector estatal, aunque se dé cabida, con carácter de socios, a capitales privados.

Las advertencias que puedan hacerse sobre —y hasta contra— la proliferación de negocios privados que, en lugar de favorecer el bienestar del pueblo, capitalizan la inflación y los sufrimientos con que ella agrava las penurias colectivas, no libran de responsabilidades a la empresa estatal. Si algo ha propiciado el éxito del individualismo vinculado —o vinculable— con la propiedad privada, han sido las deficiencias de las entidades estatales, en particular la mala administración y la escasa productividad.

El tema es vasto, complejo, y demanda un abordaje donde la política y la economía —o las ciencias sociales en su conjunto— y la ética deben mantener una interrelación que las aleje, lo más posible, de los errores. Se necesita asimismo el mejor sentido común, y que la convocatoria a tener el oído pegado a la tierra no sea solo una buena recomendación, sino guía para la práctica. Los más de sesenta años del proyecto revolucionario no pueden exigir menos que solidez y efectividad en los planes.

Los errores en los tanteos hechos a partir de 1959 deben ser lección y cimiento contra fiascos viejos o de nuevo tipo. Desde antes de hacerse públicos, los planes han de generar confianza, no cargar con el signo de lo irrealizable, la irracionalidad o el ridículo. No solo por temor a las burlas, aunque estas fueran inevitables y viniesen nada más de una idiosincrasia que a veces parece escorar hacia la superficialidad y el choteo. Hay quienes disfrutan prever el fracaso de los planes revolucionarios y, aún más, verlo.

Alarma percibir que en un foro seriamente responsabilizado con el destino de la nación el juicio sobre hechos fundamentales parezca no venir —con fuerza— de valoraciones previas: entre ellos, que la proliferación de negocios con locales iluminados y hasta con climatización aumenta el consumo de energía eléctrica y, vale añadir, el de agua.

Las preocupaciones aumentan —con derechos y deberes— al apreciarse que no se tuvo todo lo en cuenta que se debía tener el origen del capital con que se han creado esos negocios, y el paradero de sus ingresos. ¿Era tan difícil prever que, por el camino tomado, terminarían en bancos y en fortunas personales fuera del país? Y no precisamente en territorios “neutrales”, sino incluso, o sobre todo, enemigos.

Entre los asuntos más peliagudos habría que mencionar también las evasiones fiscales, delito planetario y acaso inevitable, pero contra el cual —como contra otros— no cabe sino tomar las previsiones y aplicar las medidas necesarias. Eso se inscribe en la lucha contra la corrupción en diversas áreas, una lucha que es de vida o muerte para la nación.

Añádase que los sueldos del sector privado pueden privar al país de incentivos para contar con profesionales de la mayor importancia en el servicio social, como los de la salud pública y la educación. No todo se puede confiar a la pureza ideológica ni a la vocación, concepto que tiene valor propio, pero arrastra sublimaciones de origen divino.

Aunque no se mencionen, siempre están presentes las relaciones entre la economía y la política, y el modelo de sociedad que se busca. Y, aunque no se pretenda hacer generalizaciones de ninguna índole, sería irresponsable no tener en cuenta la puja de fuerza que algunos actores del sector privado plantean más o menos abiertamente contra los reclamos estatales. Pero un artículo no da para mucho, y este debe interrumpirse ya.

Lo hace recordando que la más reciente convocatoria habanera del Seminario Juvenil de Estudios Martianos se clausuró en el Capitolio, un hecho grato para el articulista: revivió los años de oro de esos Seminarios, cuando sus encuentros nacionales sesionaban en el emblemático edificio, entonces sede de la Academia de Ciencias de Cuba. Pero lo sacudió oír a los organizadores decir que la clausura debía empezar estrictamente según el programa: de lo contrario, la entidad (privada) que atiende al Capitolio, de tan renovado vínculo con la política del país, cerraría los locales.

No hay que ser un defensor fundamentalista de la propiedad social, ni menospreciar la importancia de la puntualidad, para hacerse algunas preguntas. Y va un ejemplo, aunque es previsible que lo impugnarán, entre otros, los fundamentalistas de la privatización: ¿Hasta dónde llegarían el peso y la soberanía de la propiedad social, determinante en un proyecto de construcción socialista, si para dar con urgencia un punto de soldadura en el trapiche de un central azucarero la administración dependiera de una pequeña empresa privada a la cual contratarle el servicio de un soldador?

Con ironía y arte algún encanto se ha llamado discreto, y el del equilibrio parece tan raro que recuerda un síndrome cuya definición se le atribuye a alguien que nos conoció bien, nos defendió heroicamente y sufrió por nosotros: O no llegamos, o nos pasamos.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

3 thoughts on “El raro encanto del equilibrio

  1. Toledo, como siempre, oportuno e iluminador. Si bien a veces he sentido en nuestras políticas y conductas respecto a la propiedad y actividad económica privada no agropecuaria, el síndrome del perro del hortelano; tampoco nos puede volver a ocurrir en esta difícil coyuntura y en relación con un tema tan ineludible como controvertido, que el caballo se nos vuelva a desbocar, como dijo Fidel en su crítica a nuestra primera reforma, que dio origen al proceso de rectificación.

  2. Toledo
    Acostumbro a disfrutar de tu fino humor muchas veces cargado de ironía de alto vuelo, pero a diferencia de criterios de apoyo de personas a quien quiero mucho, debo disentir de la esencia de tu trabajo y con la misma sinceridad con que te expresaste, espero que con todo respeto poder expresarme en este comentario.
    En mi apreciación (solo percepción sin pruebas) existe una corriente de pensamiento contra el surgimiento de las formas de gestión no estatal, algunas desde dentro de las estructuras empresariales estatales, otras desde sectores de la ortodoxia que se niega a admitir la convivencia con la propiedad privada, la cual engendra egoismo, aunque surja de las entrañas de nuestro sexagenario proceso socialista y se unen las cada vez mayores desde los sectores populares menos instruidos de la sociedad cubana.
    Cuando discutimos el proyecto de Constitución no pocos centraron su debate barrial y en centros de trabajo en el peliagudo tema de la posibilidad entonces del matrimonio igualitario, y eso echó una cortina de humo sobre la definición de convivencia de la economía socialista planificada y la economía de mercado que aprobamos en la Carta Magana.
    Estamos ahora enfrentados a esa economía de mercado que requiere regulación no solo en el Socialismo, sino que el propio capitalismo reconoce hoy el fracaso de la escuela neoliberal promotora de la difusión de la autoregulación a través de fuerzas ciegas. Eso depende del aprendizaje en el marco regulatorio efectivo de las instituciones correspondientes.
    El sector privado que tenemos es el exponente de la economía de mercado con todos sus ingredientes favorables y desfavorables.
    Comparto contigo el criterio de que el término MiPyme es un error en el uso del idioma, pues cada entidad es solo una de las tres cosas, pero resulta tan “pegajoso” que a todo popularmente le llaman por esa sigla. ¡¡¡Fatalidad!!!, algunos la han convertido en la culpable de todos los males actuales de la economía, incluso la inflación y no falta quien en broma opina que deben llamarse “MeExprimen”.
    Y aquí mis primeras interrogantes: ¿son las MiPymes las propietarias de todos los establecimientos minoristas o conviven varios tipos de actores incluidos los cuentapropistas?, ¿son todas las MiPymes evasoras del fisco?, ¿las MiPymes de forma general ofrecen altos salarios e ingresos a sus empleados?, ¿las utilidades de todas las MiPymes se fugan al exterior? y ¿no hay nada positivo que reconocer en las pequeñas soluciones que ofrecen, incluso a nivel comunitario?
    Las diferencias sociales no se crearon ahora, tal vez se observan más claras con estos actores económicos que profundizan su existencia ante la mirada de todos, sin facultad para actuar para amortiguarlas. En nuestra débil economía las posibilidades de satisfacer las necesidades crecientes de las mayorías parecerían una quimera congelada en una utopía realizable que tuvimos en el pasado con la existencia del campo socialista.
    Formado en la ortodoxia de nuestro sistema estatal como única forma viable para la sociedad cubana, me cuesta admitir la participación creciente de la iniciativa privada, sin perspectivas a que alguna constituya una solución universal como estamos acostumbrados, sino solo a pequeña escala y en no pocas ocasiones para élites.
    Pero 100 cubanos que puedan acceder a determinados productos y/o servicios en un ambiente social reducido, tengo que alegrarme por ello, como en su momento debimos admitir las diferencias creadas por las remesas en divisas y las correspondientes tiendas para su empleo.
    Los ataques constantes a las más de 8,000 MiPymes privadas creadas en el país tiene su origen en las pocas que se dedican al comercio de productos importados, casi siempre como mayoristas, que se multiplican en decenas de pequeñas bodegas y mercaditos barriales.
    Y como recientemente pidió un diputado en el Parlamento Cubano, hay que identificar dentro de esas empresas privadas y establecimientos quiénes son los especuladores que disparan los precios para obtener ganancias excesivas, no pocas veces una acción que realiza el intermediario final que en ocasiones actúa sin ninguna licencia ni aporte al fisco, también las autoridades deben detectar a los evasores fiscales (MiPymes o Cooperativas No Agropecuarias) que con tanta fuerza se generalizan.
    En un breve comentario no puedo responder todas las interrogantes que yo mismo introduje, pero las dejo ahí para entre todos buscar respuestas.
    Y una última opinión: en el orden político los ataques a las FGNE pueden tener el objetivo malsano de marcarlas como un error del actual Gobierno, de ahí que a veces se sumen en los ataques los exponentes de la gusanosfera (blogosfera gusana).
    Según los expertos, las Pymes constituyen para cualquier economía la posibilidad de masificar el empleo y mover a pequeña escala algunas ofertas de mercancías y servicios, sin otorgarle un papel más allá del complemento útil de las economías no importa el tamaño.
    Un afectuoso saludo
    Osvaldo Rodríguez
    Nota: Coincidimos en nuestra etapa universitaria en F y 3ra.

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