OTRAS NOTICIAS

Dialogando con Cervantes

Nadie tiene pruebas absolutas de cómo hablaba Cervantes, porque en sus días no se había inventado una cosa tan arcaica ahora como la grabadora. De él, como de tantos, quedaron las palabras escritas, y estas, ya se sabe, suelen ser bien escogidas antes de llevarlas al papel.

El magnetófono fue una creación posterior, sin embargo, pueden aventurarse muchas hipótesis sobre el lenguaje de un hombre ninguneado por célebres colegas de su tiempo, encarcelado varias veces por deudas y marcado bajo la oscura sospecha de un homicidio. Un hombre que fue, a la manera de la época, cobrador de impuestos y hasta agente proveedor de la Armada Invencible, soldado que en Lepanto se convirtió en el “manco” más famoso del mundo… que trató a gente dispar y resultó, en fin, además de las plumas, hombre de armas tomar.

De esta figura, no hay que aclarar que mal comprendida como escritor, en sus días, hasta los diccionarios —que serán resúmenes de las buenas lenguas, digo yo— relatan que fue marido desengañado e infeliz en su hogar, que compartía con varias mujeres de la familia, entre ellas su bella esposa, más joven y rica que su atribulado cónyuge. Lo que hoy llamaríamos un caso social o un núcleo vulnerable, de modo que cada cual puede imaginar a qué palabras apelaría el ilustre Don Miguel en sus momentos de pocas cosquillas.

Fíjense ustedes que escribo solo “imaginar”, porque, como carecemos de pericias concluyentes, su memoria queda tranquila… en un lugar de La Mancha.

Entonces, mientras no hallemos el casete imposible —ni hablar de un DVD, una simple USB o un disco extraíble, como las pocas muelas que le quedaban— con las “malas palabras” que sus muchos enemigos le inspirarían, y la Academia lo “excomulgue”, este escritor seguirá siendo, con su obra, el espejo sagrado de su idioma nuestro, hablado ahora, fluidamente, por casi 500 millones de personas, mucho más allá de su natal Alcalá de Henares. Lástima que, cada día, unos cuantos milloncitos le entren a pedradas al espejo.

El idioma se enrarece, incluso más rápidamente que la atmósfera. De hecho, el agujero que deja pasar los “¡mal rayo te parta!” del español es mucho mayor que el que nos tiene en vilo vigilando día por día la capa de ozono, frágil cortina que “deshace” los entuertos ambientales de los rayos ultravioleta.

Pocos parecen reparar en que toda guerra, como todo acto de amor, comienza con una palabra. Palabra a palabra —sé que hay estudiosos cubanos que dicen lo contrario— se está estableciendo un vernáculo diccionario todoterreno de la p a los c, capaz de poner los pelos de punta a los más recios villanos enfrentados por El Quijote. Y el idioma puede ser, por un lado, fortaleza cultural; mientras, por otro, un virus loco y letal.

La gente de Greenpeace seguramente ignora en qué magnitud se multiplican en el planeta los sustantivos depredadores de bondad, los términos violentos, las oraciones “genéticamente manipuladas”, las interjecciones que contaminan los afectos, los sintagmas abominables, cada uno responsable de la extinción continuada de palabras y expresiones no verbales que eran, en casi todos los pueblos hispanohablantes, preciados tesoros de abuelos.

En Cuba, qué decir… Tenemos una paradoja digna de un congreso de la Academia: establecimos, asumimos y emprendimos un proyecto de amor, lo sostenemos día a día contra olas de los siete mares; pero no le hacemos toda la honra que merece con el lenguaje nuestro de cada día, el de la gente común, en su casa y en su calle.

La cuestión ya no es si usamos buenas o malas palabras, que todas ellas pueden ser lo uno o lo otro, según el caso; en ocasiones es menester discernir simplemente si lo que usamos son palabras. A veces no se puede deslindar norma culta y popular de la horma chabacana, porque, con música o a capella, infinidad de personas transitan de una a otra, públicamente, con una facilidad ultracervantina.

No es un tema de “finura” ni mucho menos; las ideas, esas mismas que dan batalla cada día, solo tienen una manera de expresarse adecuadamente: con palabras.

También en la salud de las palabras y de su cuerpo, el idioma, hay que fomentar la fe. Confiemos, ¡qué caramba!, en que, si aparece el casete de marras, escucharemos a Cervantes, con voz dulce y pausada, decir a sus múltiples rivales que él es mucho más valiente por ser tanto más cortés. No le hagamos una herida, con palabra indigna, en su única mano sana, esa derecha con la que todavía tiene mucho que escribir. Porque entonces los mancos seríamos nosotros.

Foto del avatar
Enrique Milanés León
Forma partede la redacción de Cubaperiodistas. Recibió el Premio Patria en reconocimiento a sus virtudes y prestigio profesional otorgado por la Sociedad Cultural José Martí. También ha obtenido el Premio Juan Gualberto Gómez, de la UPEC, por la obra del año.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *