La tragedia del submarino argentino ARA San Juan puso a legos y neófitos a opinar acerca de las resistencias del hombre en exigencias extremas, sobre la permeabilidad del snorkel ante olas de ocho y diez metros y respecto de las explosiones e implosiones subacuáticas. También se discutió –y se sigue discutiendo- sobre el rol de los gobiernos democráticos en su relación con la Armada, puntualmente, y con las Fuerzas Armadas en general.

Imposible no hacer, entonces, una mención a la dictadura cívico militar que destruyó de diversas maneras el tejido social de nuestro país y masacró a miles –centenares de miles de personas-, según se estime el carácter de aquel genocidio.

Por aquellos años -1976/1983- las Fuerzas Armadas de manera conjunta utilizaron todos sus “fierros”, por aire, mar y tierra, para llevar a cabo una política de exterminio decidida a aplicar un plan económico social al servicio de las clases dominantes y los dictados de EE.UU. El ARA San Juan y nuestra sociedad no nacieron de un repollo. La historia enseña.

Después llegaron, ya en democracia, don Raúl Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, el matrimonio Kirchner y Macri. Y con el submarino desaparecido el debate referido a qué se hizo con la Armada y qué hizo ésta, cobró una cierta dimensión e inevitablemente, en medio de muchos ruidos, emergieron historias fragmentadas y opiniones antagónicas, porque, afortunadamente, no todos coincidimos en un mismo modelo de país y de sociedad.

Es por esto último, que aún en estos días –como un homenaje a la historia sin fin-, los militares asesinos siguen siendo condenados –Astiz y el “Tigre” Acosta, entre otras lacras de la Armada-, a prisión perpetua. Hablar del pasado y de las relaciones de la democracia con la Armada no es cosa sencilla. Fue el icónico edificio de la Armada Argentina, la ESMA, una gigantesca cámara de tortura y muerte, y así y todo algunos “compañeros” de las víctimas mantuvieron una relación nauseabunda con los jerarcas –el almirante Massera- de aquella cloaca en la que se pergeñaba la creación de un nuevo movimiento histórico.

El ARA San Juan deja, además del dolor por las pérdidas de cuarenta y cuatro vidas humanas, algo más: la solidaridad internacional que, convengamos sin miradas ingenuas, no se remite únicamente a eso. La pugna por los recursos estratégicos del mundo, con sus consabidas luchas de posicionamientos geopolíticos, no cesa ni en medio de las más terribles y grandes tragedias. Nada nuevo bajo el sol.

Nuestro país tiene petróleo, gas, litio, agua y vastas extensiones de tierras cultivables y, como sabemos, por eso mismo no deja de ser una gran atracción, turismo al margen.

Servicios de inteligencia de los principales países del mundo y fuerzas de seguridad, compuestas por equipos de elites de las potencias económicas y armamentísticas del planeta, arriban progresivamente a Argentina, con la finalidad de custodiar a jefes de gobierno y Estados y a sus respectivos ministros, asesores y empresarios, con motivo de la próxima reunión de la Organización Mundial del Comercio –OMC-, en diciembre, y las reuniones preparatorias de la cumbre del próximo año del G20, organismo presidido temporalmente por Argentina.

El país abre sus puertas de par en par. Cómo saber, de aquí en más, cuánto tiempo viviremos rigurosamente vigilados en la llamada sociedad del control.

(*) Presidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP)

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