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Martí y Gómez: No puedo recordarlo sin ternura

El 17 de junio se conmemoró un aniversario más de la muerte de Máximo Gómez Báez, artífice de nuestro arte militar y maestro de los grandes jefes del Ejército Libertador. Valga este trabajo para rendir homenaje al Generalísimo a través de la palabra martiana y del recuerdo de la mutua admiración y el cariño profundo que ambos se profesaron.

En carta a Serafín Sánchez se refirió nuestro José Martí en 1893 al dominicano-cubano, cubanísimo, Máximo Gómez: “Lo primero en que debo pensar es que todo queda, en plan general, detalles, y personas, acordado con Gómez, sin un ápice de discrepancia, ni más demora que la precisa para terminar la organización […]”. Y añadió: “De Gómez vengo enamorado, y no puedo recordarlo sin ternura”.1

No resultan desconocidas las discrepancias que hubo entre las tres grandes figuras de la Guerra de Independencia contra España (1895-1898), así como el real entendimiento que llegó a haber entre ellos, en particular, entre Gómez y Martí, quienes —desde que el 6 de febrero de 1895 Martí arribara a Montecristi— convivieron y compartieron un sinfín de experiencias y emociones, en especial, aquellas circunstancias que hermanan a los hombres: la vida en campaña.

Los tres grandes próceres se habían visto por primera vez el 2 de octubre de 1884, en el modesto hotel de madame Griffou, en el no. 21 de la calle 9, en Nueva York, donde se alojaban Gómez y Maceo durante su estadía en esta ciudad. Los dos guerreros llevaban a cabo por esos días el llamado Plan Gómez-Maceo y Martí, presidente de la Asociación Cubana de Socorros, se unía a los intentos de reiniciar la guerra.

No pudieron entonces aquilatar aquellos experimentados militares la estatura humana y revolucionaria de Martí y la ríspida orden de Gómez provoco el distanciamiento de aquellos planes de quien más tarde sería considerado el Apóstol de nuestra independencia. Fue entonces que Martí envió a Gómez la severa carta del 20 de octubre, en la que le criticó: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento […]”.2

Sin embargo, tras varios años de alejamiento, sería el propio Martí, inmerso ya en sus planes de alzar de nuevo la guerra, quien iría tras el viejo general hasta La Reforma, en tierras dominicanas… Ese reencuentro lo narró el propio Martí en el trabajo titulado “El general Gómez”, que publicó en Patria el 26 de agosto de 1893.3

Más adelante y ya de acuerdo, juntos partirían hacia Santiago de los Caballeros, donde suscribieron las históricas “cartas de Santiago”, en la primera de las cuales Martí escribió: “El Partido Revolucionario Cubano […] viene hoy a rogar a usted […] que repitiendo su sacrificio ayude a la revolución. Como encargado supremo del ramo de la guerra […] Yo ofrezco a usted sin temor a negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.4 Sin titubeos, en sencilla respuesta, Gómez expresó en la segunda de estas misivas: “Desde ahora puede Ud. disponer de mis servicios”.5 Poco después, Martí iniciaría similar acercamiento a Maceo.

Y es que, no obstante aquel malentendido inicial, por encima de todo estaba su profundo amor a Cuba; por ella, llegaron a conocerse y a estrechar sus relaciones con un verdadero y profundo afecto.

De ambos guerreros escribiría con sincera admiración el periodista José Martí en Patria, órgano del Partido Revolucionario Cubano. Del General, como siempre llamaba a Gómez, a quien amaba como un hijo, expresó el 23 de agosto de 1893: “Palabra vana no hay en lo que él dice, ni esa lengua de miriñaque, toda inflada y de pega, que sale a libra de viento por adarme de armadura, sino un modo de hablar ceñido al caso, como el tahalí al cinto: u otras veces, cuando no es una terneza como de niño, la palabra centellea como el acero arrebatado de un golpe de vaina”. Y más adelante, explicó que Gómez lucha y trabaja “[…] para los que llevan en su corazón desamparado el agua del desierto y la sal de la vida: para los que le sacan con sus manos a la tierra el sustento del país, y le estancan el paso con su sangre al invasor […]”.6

Por su parte, Gómez también llegó a sentir un profundo afecto por Martí y, más allá de lo personal, llegó a comprender a cabalidad lo que significaba un hombre como él para su pueblo y para su revolución:

“Esta pérdida sensible del amigo, del compañero y del patriota […] abrumó mi espíritu a tal término, que […] me retiré con el alma entristecida.

”[…] Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma, podemos decir, del levantamiento”.7

De igual modo, en carta a Fermín Valdés-Domínguez, apuntó sus recuerdos de la inauguración del monumento a nuestro Héroe Nacional en el Parque Central:

“En medio de aquel alborozo de un pueblo reverente ante la memoria de José Martí, no tuve yo la culpa de que una lágrima rodase por mi mejilla. Y eso que nadie lo supo conocer tanto como sus últimos compañeros que el cielo le deparara, a última hora.

”Conocieron a Martí como un intelectual de primera magnitud, pero muy pocos, como lo conocí yo, conocieron a Martí como un hombre de primera fuerza. Y cuidado que yo soy hombre que veo muy pocas cosas dignas de admiración en este planeta que vivimos”.8

La misma ternura que sintió Martí por el general Máximo Gómez, sintió este por José Martí, cuyo recuerdo veneró hasta su muerte. Y es que más allá de su estrecha relación personal, ambos compartían un mismo amor.

 

Notas

1 José Martí: “Carta a Serafín Sánchez”, 25 de julio de 1893, en Obras completas, t. 2, Colección digital, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 357.

2 ___________: “Carta a Máximo Gómez”, 20 de octubre de 1884, en Obras completas, t. 1, p. 177.

3 ___________: “El general Gómez”, en Obras completas, t. 4, pp. 445-451.

4 ___________: “Carta al general Máximo Gómez”, 13 de septiembre de 1892, en Obras completas, t. 2, pp. 160-161.

5 Ramón Infiesta: Máximo Gómez, Academia de la Historia de Cuba, El Siglo XX, La Habana, 1937, p. 142

6 José Martí: “El general Gómez”, ob. cit., t. 4, p. 450.

7 Máximo Gómez: Diario de campaña, Edición del Centenario, Instituto del Libro, La Habana, 1968, p. 285.

8 Cit. por Robero Pérez Rivero: “Prólogo”, en María Luisa García Moreno y Lucía Sanz Araujo: Días de manigua, Ediciones Abril, La Habana, 2012, p. III.

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