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Inseparables del móvil: cómo perdemos concentración, salud y democracia

¿Le cuesta concentrarse? ¿Cuántos minutos es capaz de aguantar leyendo, viendo la televisión o realizando cualquier otra tarea sin mirar el teléfono? ¿Ha notado cambios en su manera de pensar?, ¿quizá más fragmentada, más superficial? Estas preguntas, que ya forman parte de nuestro día a día, son también las que se hacen multitud de investigadores que intentan sacar conclusiones ante las mudanzas cognitivas que ha desencadenado la digitalización masiva y, específicamente, el uso de los smartphones.

Si a los teléfonos se les ha atribuido inteligencia, parece que los seres humanos la hemos ido perdiendo conforme el uso de estos artilugios se volvía cada vez más frecuente, pues cada vez nos resulta más complicado procesar información. Además, el click constante sobre la pantalla está alterando no solo las capacidades individuales, sino todo un mapa social global que depende, en gran medida, de los caprichos de unas pocas –pero poderosísimas– multinacionales.

Como argumenta James Williams, antiguo empleado de Google reconvertido en investigador de la Universidad de Oxford: “Un puñado de empresas tienen la habilidad de moldear lo que piensan y hacen miles de millones de personas”. Solo Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, Messenger, Instagram y WhatsApp, tiene acceso a los perfiles de un cuarto de la población mundial a través de estas plataformas, según datos del libro de Williams Stand out of our light (2017), que en España se publicó como Clicks contra la humanidad.

Vale la pena referirnos al título original, que significa apártate de nuestra luz, una alusión al encuentro que tuvo lugar entre el cínico Diógenes y Alejando Magno: cuando este se acercó al filósofo con ánimo de concederle cualquier deseo, se dice que Diógenes respondió: quítate de ahí, que me estás robando los rayos del sol. La anécdota es obviamente una metáfora de nuestro panorama digital; tal vez el universo tecnológico que habitamos se esté transformando en un paraje demasiado oscuro. Pero, ¿por qué?

Peligros para la mente

Al contrario de lo que promueven los vocingleros del progreso tecnológico, numerosos expertos y expertas trabajan cada día por descifrar los efectos negativos que las llamadas redes sociales, y/o el uso del móvil, causan en nuestros cerebros. Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Texas reveló que la mera presencia de este aparato, incluso apagado o en silencio, mermaba las habilidades intelectuales.

Johann Hari, autor del bestseller Stolen Attention (2022), recientemente traducido, explica, con la ayuda de varios neurocientíficos, cómo, cuando interrumpimos el flujo mental, nuestro cerebro debe reconfigurarse para concentrarse de nuevo en la tarea que estaba desempeñando antes.

Además, cita una investigación en estudiantes que demostró que aquellos que realizaron un examen con el teléfono apagado obtuvieron de media una calificación un 20% más alta que quienes se examinaron con el artilugio encendido y recibiendo constantes mensajes.

Las pruebas de que nuestra inteligencia corre serio peligro al estar sometida al control de estos objetos tiranos son muchas y abarcan asimismo ámbitos como la salud: así, la consultora Linda Stone habla de “atención parcial continuada”, un comportamiento adictivo que consistiría en adoptar un estado de alerta constante que nos impide prestar atención profunda a algún asunto y, a la larga, lanza cantidades ingentes de cortisol y adrenalina, las hormonas del estrés.

De hecho, la medicina encargada de estudiar adicciones lleva años analizando los síntomas provenientes del abuso de las pequeñas pantallas. La psiquiatra Anna Lembke, profesora en la Universidad de Stanford, narra en este podcast, grabado con motivo de la publicación de su libro Dopamine Nation (2021), qué les ocurre a unos cuerpos saturados con dopamina, un neurotransmisor que se libera cuando obtenemos placer: al fumar, beber alcohol, tomar otro tipo de drogas, o consultar las redes a la espera de ‘recompensas’ (como las notificaciones).

Básicamente, nuestra biología está configurada para mantener un equilibrio llamado homeostasis, que podemos imaginar como una suerte de balanza con dos platos. Si consumimos alguna sustancia adictiva o abrazamos comportamientos adictivos, el lado de la balanza dedicado al placer se llena de dopamina, y el cerebro debe compensarlo añadiendo “peso” al lado del dolor; de ahí que a la borrachera le siga la resaca.

Sin embargo, cuando no permitimos que la estabilidad se restablezca naturalmente porque continuamos bebiendo, es decir, alimentando una conducta hedónica, el plato dedicado al dolor debe realizar tal esfuerzo que al final se desborda, por lo tanto, lo que en principio nos creaba placer se convierte en una fuente de problemas. Este mecanismo se da típicamente en las personas adictas. La doctora Lembke achaca la multiplicación de dicha patología a una sociedad “capitalista, tecnológicamente innovadora” en la que los estímulos para lograr placer son ubicuos, entre ellos los que proyecta la digitalización de nuestra cotidianeidad.

Una democracia comprometida

Si las conclusiones pueden parecer exageradas, reflexionemos sobre los datos que publica la revista Forbes: en el mundo hay 210 millones de personas adictas a las redes sociales, y el estadounidense medio consulta su teléfono 344 veces al día, a saber, cada 5,5 minutos. Aunque en España esa cifra es menor, 150 veces al día, la dependencia que crea el móvil es incuestionable, y esto es así debido a que las diferentes plataformas o apps han sido diseñadas con ese objetivo: al fin y al cabo, mientras más tiempo pasemos en ellas, más ganancias reportarán en forma de anunciantes.

No es casual que apelen a nuestros impulsos y emociones, y para ello beban de técnicas como las de las máquinas tragaperras: un timeline o muro sin fin, o una distribución arbitraria de las recompensas (en forma de seguidores o likes, de validación en lugar de monedas). Se puede afirmar, como apuntan tantos estudios, que estas estrategias han construido sociedades de individuos ensimismados, muchos de ellos con una precaria salud mental, sobreestimulados, con dificultades para ejecutar tareas que requieran concentración, más manipulables que antes, como mostró el documental El gran hackeo (2019) a propósito del escándalo de Cambridge Analytica, o la utilización interesada de perfiles online con la finalidad de alterar procesos electorales.

Los ritmos cognitivos frenéticos que azuza la economía de la atención menoscaban la democracia. En este sentido, se pregunta Williams en su libro hasta qué punto se cumple el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, según el cual la voluntad de la gente constituye la base para cualquier autoridad o gobierno, si dicha voluntad se está viendo comprometida por la imposibilidad de prestar atención: “Esto directamente amenazaría no solo nuestra libertad individual y autonomía, sino también nuestra habilidad colectiva de ejercer cualquier política que valga la pena”, asevera.

El filósofo Jorge Riechmann va más allá y, en el volumen Contra la doctrina del shock digital (2020), habla de sujetos alienados como resultado de este fenómeno, lo cual equivale a una “humanidad disminuida” en cuanto que son las máquinas quienes se comunican en el espacio virtual mientras nosotros vamos perdiendo los vínculos sociales y con la biosfera.

En el “capitalismo de la vigilancia” –expresión que toma prestada de la profesora de Harvard Shoshana Zuboff–, donde las adicciones tecnológicas se traducen en datos para ser vendidos y revendidos al tiempo que actuamos de acuerdo a impulsos cada vez más primarios y nos tornamos dúctiles a los antojos de un puñado de magnates, va teniendo poco sentido definirnos según unos derechos y libertades seriamente dañados. De nosotros depende establecer ciertos límites, o perpetuar esta insostenible condición de autómatas enajenados, carne de cañón presa de un móvil.

(Tomado de lamarea.com)

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