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EFEMÉRIDES

Pasos por las historias de Josefa Yáñez y Conchita Fernández

Quizás este cantar popular de Galicia vino muchas veces a la memoria de Josefa, cuando al atardecer, regando los retoños de lechugas, acelgas, berzas y pepinos que crecían en el huerto de su casa en el reparto El Globo, escuchaba el tañer de la iglesia de Calabazar.

Su espíritu fuerte, aquel temple de gallega recia, nada tenía que ver con la hora agónica de la tarde y sí con la añoranza del emigrado ¡Qué triste, qué hora tan triste/ aquella en que el sol se esconde…! El verso lo había leído en un poemario de Rosalía de Castro y desde entonces este instante misterioso de la tarde la envolvía en melancolía.

Una vez un amigo suyo me dijo: No es posible recordar a esta mondonés, Josefa Yánez, nacida en 1875, sin la añoranza por su Galicia, siempre la tenía a flor de su corazón, en su memoria nítidos estaban los paisajes que habían rodeado al hogar de la niñez y que ella reverdecía en las conversaciones con las amistades, entre quienes se encontraba Conchita Fernández, quien había sido secretaria de Eduardo Chibás, líder del Partido del Pueblo Cubano, Ortodoxo, al que la gallega no perteneció por no haber renunciado a la ciudadanía española, pero siempre estuvo presta a ayudar en lo que fuera necesario

Conchita tenía dos motes: La Secretaria de la República, así le decía Chibás, y Conchita Espina, como jocosamente la llamaba su querido amigo, el periodista y escritor Pablo de la Torriente Brau, caído durante la Guerra Civil de España.  Ella había estudiado mecanografía, taquigrafía y redacción en la escuela Concepción Arenal, del entonces Centro Gallego en La Habana.  Por sus excelentes resultados docentes devino en eficaz secretaria.

En diferentes períodos, fue secretaria de figuras de la historiografía cubana: Fernando Ortiz, Eduardo Chibás y Fidel Castro.  Las vivencias de Conchita las disfrutaba mucho Josefa, sobre todo aquellas de antes de 1959 y de poco después. Un día contó que cuando comenzó a trabajar en el bufete del Dr. Ortis, tenía 17 años de edad y era tan delgadita que Pablo comparaba su cuerpo con una espina y al rectificarle que su apellido era Fernández, él le dijo es que me resulta cómodo llamarte Conchita Espina.

Conchita fue amiga también de otros destacados revolucionarios e intelectuales como Rubén Martínez Villena, Emilio Roig de Leuchsenring y el poeta nacional de Cuba, Nicolás Guillén.  Era hija de Elizardo Fernández, nacido en Orense y fallecido en esa ciudad en 1961. Por esta otra razón, a Josefa le fascinaban las conversaciones con Conchita porque de algún modo Galicia estaba presente.  Varias veces, su amiga contó la espeluznante anécdota referida a su hermano Pepe, un republicano a quien los fascistas ametrallaron y de cómo el joven si bien logró salvar la vida, nunca más pudo caminar y anduvo en silla de rueda hasta la muerte.

También con frecuencia visitaba a La gallega (como Josefa era conocida en el pueblo) la primera guerrillera en la Sierra Maestra, Celia Sánchez, porque le gustaba escuchar sus remembranzas confundidas en ternura y melancolía.  Celia había iniciado las visitas cumpliendo con el deseo de Fidel Castro, de procurarle una atención esmerada y para que no se sintiera sola ni mucho menos desamparada, ahora que era longeva, viuda y sin familia sanguínea en la Isla. Josefa nunca pidió nada material, hasta que sintió que se apagaba como una velita:  Dile a Fidel que le hice vino de pomelo, que lo estoy esperando.

Lo mismo le había dicho a Pedro, vecino y amigo muy querido, a quien Josefa conocía desde la época en que ella simpatizaba con el Partido Ortodoxo, en el cual militaban los hermanos Trigo, Julio y Pedro, así como el joven abogado Fidel Castro y Abel Santamaría.  A los cinco los hermanaba el ideal de justicia y el propósito de mejorar la vida del pueblo cubano.

La primera vez que Fidel la visitó en compañía de Abel, fue vestido con un traje de casimir azul oscuro y una boina negra, relató Pedro Trigo y añadió:” Josefa les brindó vino de pomelos y como se percató de que a Fidel le había encantado el licor, hecho por ella con toronjas del patio de la propia casa, pues siempre lo esperaba con esta bebida bien añejada.

“Hacía poquito que la Revolución había triunfado cuando Fidel se le apareció a Josefa y de aquel encuentro nuestra querida gallega de El Globo hablaba con mucho agradecimiento.  Recuerdo que me dijo muy contenta:  Pedro qué gusto me dio ver entrar por la puerta a Fidel con su traje de Comandante en Jefe y una boina verde olivo y ponerse a conversar como lo hizo en 1950, cuando por primera vez le di a probar el vino de pomelo y me lo celebró ¿te acuerdas?  Esta vez no se tomó una copa sino un litro.”

Josefa ofreció a Fidel su casa para que celebrara reuniones poco antes del asalto al Cuartel Moncada. Y fue en el portal de la vivienda de Josefa donde por primera vez Fidel hablo de la necesidad de una Reforma Agraria, el 5 de marzo de 1952, ante muchos campesinos de la zona. Una parte de ellos habían sido desalojados, sin previo mandato judicial, de 5 fincas aledañas a la hacienda del entonces presidente Prío Socarras. Este en cuanto las pasó a su propiedad sustituyó la mano de obra campesina por la de soldados de su ejército, a cada uno le pagaba dos pesos por 8 horas de trabajo. Aquella noche en la casa de Josefa, Fidel anunció que emprendería una lucha a favor de los humildes.  La Reforma Agraria fue una de las primeras leyes decretadas al triunfo de la Revolución en 1959. Las fincas mencionadas ocupaban 54 caballerías y media, en este terreno se encuentran en la actualidad el Parque Lenin, la Escuela Vocacional de Ciencias Exactas Lenin y el Jardín Botánico Nacional.

Josefa Yáñez había llegado a La Habana muy joven, en 1911, casada con Manuel Basanta, huyendo de la pobreza extrema de Mondoñedo. Manuel encontró trabajo en los ferrocarriles y con los ahorros del salario compraron un terreno en El Globo, donde construyó una modesta vivienda.  Allí nació y creció el único hijo que tuvieron, quien emigraría hacia Argentina.  Al quedar viuda Josefa, frisando los 70 años de edad, el hijo vino a buscarla para llevársela a Buenos Aires, pero ella dijo que no aguantaba una emigración más y no podía dejar a Cuba, a la que amó tanto como el terruño natal.  Tampoco podía regresar a Galicia, allá nadie la esperaba, los padres estaban muertos, otra parte de la familia había emigrado y los parientes pequeños habían oído hablar de Josefa como si se tratara de un personaje de leyenda.

En su casa de El Globo envejeció hasta el fallecimiento el 1 de marzo de 1970, en el hospital La Covadonga (hoy Salvador Allende).  Sus restos mortales fueron acompañados por numerosos amigos y vecinos de Calabazar (reparto  a 12 kilómetros de la capital cubana).  Su tumba fue cubierta por coronas de flores, una tenía sobre la cinta violeta, la dedicatoria con letras doradas: De Fidel Castro Ruz.

Angela Oramas Camero
Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Es vicepresidenta de la filial de prensa de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC) y vicepresidenta del Club Martiano de prensa “Gonzalo de Quesada”
https://www.cubaperiodistas.cu

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