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Urdimbre con mulas y corceles

Mientras Donald Trump fue presidente se despachó a sus anchas en las redes sociales. No tuvo límites —y nadie se los puso— para sus fanfarronadas y venenos belicistas, xenófobos, racistas, homófobos, misóginos… supremacistas. Explayarse contra todo lo que percibiera contrario a su megalomanía y a sus pretensiones de hacer “grandes a los Estados Unidos”, o hacerlos “grandes otra vez”, fue su manera de berrear “I can!”.

Pero bastó que perdiera la reelección para que algunas redes sociales se anotaran el mérito de bloquearlo. Hasta aplausos cosecharon con el gesto, recibido con simpatía desde muy diversas perspectivas: de izquierda a derecha, y viceversa. ¿Merecía tanto entusiasmo? Trump fue bloqueado cuando perdía su condición de césar, y en su afán por seguir siéndolo ponía en peligro la estabilidad del sistema que había presidido.

No lo hacía porque su pretensa cualidad de electrón ajeno al establishment lo tornara potencialmente revolucionario, como en torno a su elección en 2016 se afirmó desde cierta bobaliconería “de izquierda”, luego inclinada a defenderlo en sus ansias de ser reelecto a toda costa. Con ribetes patológicos, su codicia se afincaba en desmedidas ambiciones personales, y en el engreimiento de creerse predestinado a devolverle a su país la hegemonía que cada vez le va quedando más lejos.

Con su mal disimulada convocatoria a una sedición de la que dio señales alarmantes el asalto al Capitolio Nacional por hordas que lo seguían, propició lo que podía percibirse como el conato de una guerra civil. Si no llegaba a tanto, por lo menos abría el camino hacia una ingobernabilidad contraria a la potencia que sigue creyéndose hecha para gobernar el mundo. Urgía ponerle freno, y los dueños de vías “informativas” que representan al sistema cumplirían su papel, sentando todo un precedente.

Hasta entonces, si de redes sociales se trataba, era usual el bloqueo de cuentas de revolucionarios indóciles, salpimentado con limitaciones impuestas a personas que podían considerarse díscolas o mostraban maneras que parecería bien podar en nombre de la decencia. Pero con Trump caído del poder, aunque aún en la Casa Blanca, los dueños de redes se dieron el gusto de proclamar con hechos: “Somos poderosos”.

Personas desprevenidas podían ilusionarse con la posibilidad de que hubiera aparecido un demiurgo capaz de poner orden en el caos. Solo que tal esperanza olvida que los redestenientes participan de la posesión de capitales imperialistas, a los que a la vez sirven de guardianes. Entre otros textos resulta útil leer un artículo de Pascual Serrano.

Pero ese sentar precedente no nació de las divinas redes sociales, ni es seguro que acabe en ellas. Sin olvidar el fulminante “bloqueo” a John F. Kennedy en Dallas, abundan ejemplos extra redes. Como la captura de un oficial que había dejado de complacer a la CIA y fue apresado por medio de un asalto que causó una cifra todavía indeterminada de muertes en el pueblo panameño. O la invasión de Irak so pretexto de que su gobierno tenía armas de destrucción masiva, lo que se sabía y luego se proclamó que era falso. O la destrucción de Libia y la agresión contra Siria. Añádase que con apoyo explícito, en los dos últimos casos por lo menos, de figurones de una real o pretensa izquierda.

¿Y el arresto, en Londres, de un Pinochet ya inútil para la potencia imperialista y la oligarquía que lo habían usado en el golpe —antesala del neoliberalismo no solo en Chile— contra el gobierno de la Unidad Popular? En nombre de la “jurisprudencia global sobre los crímenes de lesa humanidad”, y con posible participación de personas bien intencionadas, la puesta en escena podría parecer un triunfo de la justicia, y luego usarse para legitimar secuestros de líderes revolucionarios satanizados por el imperio.

Las redes sociales no existen al margen de los designios del juego imperante, y el hecho de que personas y fuerzas contrarias a ese juego las usen con fines ajenos a ese juego no merma el peso de tal realidad. Las redes han agilizado procesos y propiciado recursos, y grados y divulgación de saberes, que hace apenas lustros podían parecer ciencia ficción. Aun así, con ellas el mundo no ha partido de cero, ni se ha rehecho por completo.

La insistencia en hablar de “nuevas tecnologías” rinde culto al salto cualitativo y cuantitativo que ellas han representado, pero lo que tienen de novedad no es cuestión edénica. Con maravillas y crímenes en el camino del ejercicio del poder y la dominación por parte de sucesivas clases sociales dominantes se vinculan desde monumentos de la literatura oral y antiguos códices —fueran cuales fueran sus soportes—, pasando por los frutos de la imprenta, que tanto ayudó a la evolución del mundo, hasta las más deslumbrantes conquistas tecnológicas de hoy, que son, ni más ni menos, una etapa en el asimétrico devenir científico y tecnológico de la humanidad.

¿Seguirá hablándose de “nuevas tecnologías” cuando ya sean mucho más añosas que ahora? Quizás quienes tuvieron la feliz iniciativa de bautizar una importante editorial con el nombre de Siglo XXI no calcularon que duraría tanto y el rótulo perdería el aroma de la futuridad.

Hace pocas décadas se preparaba la reproducción digital de una importante revista y, a la hora de diseñar la cubierta, alguien que participaba en el proyecto —y no carecía precisamente de ingenio, formación cultural y avidez cognoscitiva— preguntó qué se debía imprimir al pie del título, si CD-ROM o DVD. Otra persona presente le preguntó si en la cubierta de El son entero, de Nicolás Guillén, sería necesario acuñar Libro.

El actual desarrollo de la tecnología fascina, con razón. Solo que su riqueza informativa no se produce al margen de los intereses de quienes, material y legalmente hablando —la ética es otra cosa, y no parece que los anime especialmente—, son sus dueños. Google no sustituye a los referencistas, mucho mejores cuanto más sabios y honrados, que se desempeñaban en bibliotecas y hoy, si existen, van quedando relegados.

El aluvión de contenido en las redes no tiene solamente dimensiones favorables, sanas y productivas para el decoro y el bien humanos. También puede ser desinformativo y malvado, y calzar las pretensiones de los poderosos de atiborrar las mentes para impedirles llegar a conclusiones opuestas a los designios con que ellos capitalizan los caminos por donde circula la mayor cantidad de datos.

He ahí un término clave, datos: al pragmatismo, que no es mero y sano sentido práctico, sino la ideología del sistema capitalista —aunque lo ignoren personas que deberían tenerlo presente y claro—, le conviene que lo empírico ocupe el lugar del razonamiento, lo nuble o lo impida.

Noam Chomsky, ejemplo de cómo la lingüística es tanto más fértil cuanto más acertada y conscientemente se inscribe en la lucidez sociológica, ha escrito: “La idea básica que atraviesa la historia moderna y el liberalismo moderno es que el público debe ser marginado. El público en general es visto no más que como excluidos ignorantes que interfieren, como ganado desorientado”.

Ya José Martí —viendo el mundo y hablando desde las entrañas del monstruo en que esa historia se cocinaría de manera determinante de entonces para acá— denunció la actitud de los poderosos de los Estados Unidos sobre aquel pueblo: “creen que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bote del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga”. De ese rotundo modo lo expresó en crónica fechada el 19 de enero de 1883 y difundida el 18 de marzo siguiente en La Nación, de Buenos Aires; pero no fue la única vez que resueltamente repudió esa realidad.

Si se tienen en debida cuenta las relaciones de poder y las “leyes” de la hegemonía en el funcionamiento general de la sociedad, se estará en condiciones de ubicar con acierto el papel que en ella les corresponde a internet y a los servicios que esta ha hecho posible. No se trata de ignorar que puede ser usada —lo es, y debe seguir siéndolo— al servicio del desarrollo científico y de distintas causas justas. Lo que está en el centro del debate es la orientación predominante que le imprimen —cómplices mediante— quienes la capitalizan con las prerrogativas de la propiedad privada.

El escritor estadounidense Nicholas Carr, autor, entre otras obras, del libro The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains, se irguió “hace un par de lustros” como un “aguafiestas” —cualidad que puede ubicar en un linaje prestigioso a quien la tenga—, al preguntarse: “¿Nos está volviendo Google más estúpidos?”, y recientemente ratificó esa preocupación, pero ya como certidumbre:Por desgracia, mis predicciones sobre internet se han cumplido y son incluso peores de lo que esperaba”.

El título del libro se ha traducido con variantes como Superficiales: lo que está haciendo internet con nuestras mentes; pero la equivalencia de shallows a bajíos propicia recordar una frase que ha circulado también en las redes y aquí se cita de memoria: “No tengo tiempo de explicarle a un charco lo que es la profundidad”.

Vale para resumir los efectos de lo banal aupado como patrón de vida contra los peligros que para los poderosos representa el pensamiento de las mayorías bien encauzado. Las mentiras que pululan en las redes podrían considerarse contingencias o fruto de la ignorancia, si no fuera por lo aviesamente manejadas que son en rejuegos para los cuales se aplican sin pudor alguno los avances de la ciencia y la tecnología.

En su fase culminante, el imperialismo —en decadencia, pero aún con capacidad para prolongarse quién sabe hasta cuándo—, el sistema capitalista insufla el empirismo y el positivismo más empobrecedores en las mayorías que procura estupidizar, para manipularlas como a mula mansa y bellaca. Pero en sus maniobras de dominación procura ser lo más orgánico posible, actuar y proyectarse como el sistema que es.

Hace unas décadas hubo un desplazamiento de centros académicos de Europa a universidades estadounidenses, donde se formaba, y se forma, una alta cifra de intelectuales de nuestra América y de otros pueblos integrantes de la llamada periferia, o tercer mundo. Fue un acto estratégico de gran envergadura, con el cual el poder imperialista se aseguraba recursos para vestir de elegancia y academia sus planes de perpetuar su dominio sobre todo el mundo. Incluía e incluye a una Europa que fue incapaz de ganar un poco más de autonomía aprovechando la debacle del llamado socialismo real y la desintegración, para abrazar el capitalismo, de la Unión Soviética.

Al margen de la utilidad explicativa que pueda habérsele visto o se le haya querido ver en algunas áreas del conocimiento, el término posmodernidad —acuñado con imposturas intelectuales que denunciaron en un libro así titulado los científicos Alan Sokal, estadounidense, y Jean Bricmont, belga— le ofreció al poder central del sistema un escudo para autovalidarse, y condenar a ir tras él, como recua, a los demás pueblos. Muchos de ellos ni siquiera podrían considerarse modernos: en otras palabras, se les había ido el tren, y no les quedaba más remedio que atarse al que iba muy por delante de ellos y se anunciaba en marcha sobre rieles seguros hacia el paraíso.

Con la tarea, heredada de los conquistadores de antaño, de imponer nombres a cosas, personas y pueblos, todo se rebautizó y reordenó según los nuevos rótulos. Se acuñaron términos-conceptos como estudios culturales, y se dio por sentado que los estudios de la cultura válidos se habían iniciado en universidades estadounidenses por aquellas décadas, en especial desde los años 80 del siglo XX.

Nada valioso existió antes, era el dictamen, y obras como las que podían iluminar la emancipación de pueblos quedaban “académicamente” silenciadas o devaluadas, reducidas, si acaso, a proto-obras del pasado. En el caso de nuestra América daba igual que fueran las contribuciones de Simón Bolívar y José Martí, o las de José Carlos Mariátegui y Aníbal Ponce.

Sería difícil ningunear legados como el de Fernando Ortiz, digamos; pero casualmente una enciclopedia digital que para algunos parecía surgir como suerte de catecismo posmoderno, se interrumpió cuando, para saber algo del gran sabio, había que ver lo recogido en la entrada sobre Lydia Cabrera. El valor de esta autora no se debe ignorar, y tampoco olvidar su ubicación, con el debido orgullo de su parte, dicho sea de paso, en la estela del maestro Ortiz.

La Academia imperialista “fundamentaba” no solo que la ocasión de alcanzar la modernidad estaba cancelada para muchos pueblos, sino que daba por terminada la historia, considerándola, si acaso, mero relato o simulacro, no realidad, no sucesión orgánica de hechos. Se buscaba despojar a esos pueblos del acervo al que podían asirse para interpretar su pasado y proponerse un futuro digno basado en la independencia.

Por si eso no bastaba, se establecía que nada era sagrado ni merecía esa consideración. La herencia emancipadora que subsistiera en el imaginario de los pueblos podía terminar descalificada como tradición carente de sustento científico: léase positivista o pragmático. No asombre, pues, que los ardides de la posmodernidad lleven a que la noción de mentira devenga otra expresión de lo relativo llevado al absurdo, o carente de peso para merecer elucidaciones vitales. Así, tan igualmente válido es infamar símbolos y realidades de la jerarquía de José Martí, y adulterar groseramente sus textos, sus ideas, como propalar dolosamente “noticias” ajenas a la realidad.

La mentira se rebautiza, curiosamente en inglés —suele pasarse por alto que en esa lengua web significa telaraña y maraña de mentiras—, y adquiere indumentaria de salón al devenir fake. Lo que valía refutarse por ser una campaña difamatoria, se edulcora con el rótulo de fake news, y puede pasar a ser un recurso o arma de más valor agregado que la verdad, aterida en las consideraciones de la historia como simulacro.

De ahí también —sin olvidar el lawfare, otro integrante de tales patrañas— que se vaya aupando la llamada posverdad, en la que caben todas las mentiras y tergiversaciones. Y si hubo y acaso perduran leyes dirigidas a castigar difamaciones cometidas en publicaciones impresas, en las digitales se actúa con la más desfachatada impunidad.

Basta leer las calumnias que se difunden —es solo un ejemplo— contra Cuba. Irrita y pasma ver con qué cinismo algunas voces las hacen suyas como si rezaran un Padre nuestro o un Avemaría. Principalmente sucede, si de Cuba se trata, en sectores de la emigración, que requiere seguir siendo objeto de estudio.

Pero el hecho va teniendo manifestaciones internas, azuzadas y financiadas desde el exterior, y asumidas dentro por personajes que, si son mimados por el imperio, será porque este, que es el mayor y más burdo vivero de infundios, necesita fabricar “adalides” y no podría encontrarlos entre personas decentes y de consistencia intelectual. Dígase sin descartar excepciones, así como para poner las cosas en claro no es necesario retacearle a nadie el nivel profesional que tenga, porque, salvo la de infame, ninguna profesión otorga patente de corso para cometer infamia.

Embridando pasiones por muy justas que sean, podrá tocarle a Cuba —con la mesura necesaria para tampoco hacerles la promoción protagónica que persiguen— poner en claro la calaña de personajes sombríos. Pero hay esclarecimientos aún mayores, y el país debe asumirlos sin pausa y con inteligencia, y libre de concesiones ocasionistas.

Quien esto escribe presenció una discusión en torno a una crónica que recordó el ilegal papel del encargado de negocios —embajador en funciones— de los Estados Unidos en Cuba, quien el año pasado sirvió hasta de chofer a mercenarios en La Habana. Pero alguien se pronunció contra el texto. Abogó, en síntesis, por no rozar ni con el pétalo de una margarita a quien era representante de la administración Trump en el momento de los hechos, y por ahora lo es aún de la administración Biden, a quien no se debe dar pretextos para mantener los extremos de rabia anticubana de su predecesor.

Por mucho peso que tenga la razón de Estado, no será una crónica personal —estupenda, eso sí— lo que dificulte eventuales y deseables pasos del nuevo presidente de los Estados Unidos con respecto al país bloqueado durante más de seis décadas, y con saña reforzada en medio de la pandemia, para que el coronavirus haga lo que no han conseguido agresiones militares y económicas: aplastarlo. En ningún caso debe Cuba caer —ni parecer que cae— en la trampa que le tendió Barack Obama con su política de seducción y zanahoria para cosechar lo que tales agresiones no han logrado.

Cuando en La Habana el entonces presidente de los Estados Unidos declaró que la historia de su país y Cuba “abarca revolución y conflicto; lucha y sacrificio; retribución y, ahora, reconciliación. Es ya hora de dejar atrás el pasado”, cabía pensar que de hecho la proclamada y no conseguida “normalización de relaciones” exigiría no estancarse en el pasado. Pero sobraban razones, que perduran, para preguntarse cómo podría Cuba desentenderse del pasado, de la historia —pese al gran daño que le ha causado la nación imperialista—, en busca de que el agresivo y poderoso vecino cambie de táctica hacia ella, sin renunciar al afán de doblegarla, propósito que Obama no ocultó.

Recientemente J. Ángel Téllez Villalón publicó en Facebook un argumentado artículo que confirma las pretensiones de Obama y —mientras el imperio sea imperio— cabe suponer que las de sus sucesores, aun los de intenciones menos bestiales. “Obama, su ‘Modelo Myanmar’ para Cuba y el periodismo dependiente de Soros”  no solo concierne al modo como el césar asumía las pretensiones de su país con respecto a Cuba y a Myanmar, sino también a Irán, historia cuyas implicaciones están a la vista. El texto merece atenta lectura, aunque les diga poco o nada a quienes no se detengan a pensar ni estén dispuestos sino a repetir fake news posverdades —más claramente dicho: mentiras— que han aprendido de memoria.

En cuenta se deben tener textos como la crónica —de la experimentada periodista Rosa Miriam Elizalde— que suscitó la discusión aludida. Revolucionarias, serias y responsables, integradas al funcionamiento estatal de la nación cubana, la diplomacia y la prensa coincidirán en fines, pero tienen sus propias tareas y sus respectivos caminos. Ninguna de las dos sustituye a la otra, y sería penoso que, en vez de mantenerse vivo en toda la población revolucionaria, fuera necesario que el pensamiento de Fidel resucitase para escribir, en lo que podría ser un futuro más o menos cercano, “El hermano Biden”.

Para decirlo con todas sus letras, no hay que renunciar a que la actual administración estadounidense, sin dejar de ser lo que es y cabe esperar de ella como encarnación del poder imperialista, asuma posiciones que le propicien a Cuba, si no la soltura a la que tiene derecho, al menos un poco de respiro para mejorar la vida de su pueblo. Tampoco se olvide que, al margen de los desplazamientos de influencia que se den entre ellos, los mayores propietarios del imperio continúan siendo básicamente los mismos, y mandan.

Cuando el autor de estos apuntes planeaba el punto final, por azar una amiga le recordó vía WhatsApp una cita que circula en internet, en inglés y en español, con la firma de Malcolm X. Es sabido que él se refirió en particular a la prensa —“If you’re not careful, the newspapers will have you hating the people who are being oppressed, and loving the people who are doing the opressing”—, y la sintética traducción, conceptualmente fiel, extiende la idea a los medios en general: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido”. (Tomado de lajiribilla) Imagen: Aldo Cruces.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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