COVID-19

Cuatro jinetes contra el apocalipsis

No es como para presumir mucho, pero a un año de declararse oficialmente la actual pandemia provocada por un poco agraciado coronavirus, el SARS-CoV-2, la humanidad parece estar en condiciones de resolver la crisis higiénica provocada. ¿O no?

En tan breve lapso (que parece una eternidad, es cierto), médicos y científicos han conseguido hacerse de conocimientos para entender mejor las maniobras de su microscópico rival, y hasta se han apertrechado con una artillería de reorientados medicamentos y otros nuevos, capaces de paliar la enfermedad en los pacientes.

Gracias a un equipo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde Wuhan, China, lugar donde se detectó el nuevo coronavirus por primera vez, hemos confirmado recientemente, por ejemplo, que el SARS-CoV-2 tiene un origen zoonótico. Los expertos, eso sí, aún no han logrado identificar la especie que lo originó o que actuó como huésped y facilitó su paso a los humanos.

Sin embargo, han podido descartar otras hipótesis manejadas: la transmisión a partir de alimentos congelados, o como resultado de la fuga “extremadamente improbable” de un laboratorio. También han definido como “poco probable” el traspaso directo del microorganismo de murciélagos a humanos.

Sabemos más, está claro. Pero, aun así, la covid-19 sigue expandiéndose como tinta derramada sobre formica y a veces hasta logra derrumbar nuestro optimismo al ver crecer los guarismos de víctimas, la mayoría por indolencias personales o institucionales.

Alguien incluso ha afirmado que buena culpa de esa indiferencia la tiene el saber que de un momento a otro vendrán a salvarnos a todos con la lotería de una vacuna. Así, hemos confiado toda nuestra suerte a ese milagro y por ello hemos descuidado las más elementales recomendaciones para protegernos de un contagio.

Afortunadamente, de entre cientos de propuestas en análisis, ya contamos con un puñado de vacunas, avaladas tras una inusualmente veloz fase III (etapa de prueba masiva) que ha solapado algunos procesos investigativos. Como sabemos, descubrir exitosamente un fármaco de este tipo suele tardar varios años de estudio.

Empero, la urgencia ha obligado a excepcionalmente cambiar los ritmos y quizás eso pueda determinar que algunos productos hayan resultado más efectivos que otros. De hecho, es todavía una incógnita cuánto durará la respuesta inmune. O si los vacunados, a pesar de estar protegidos, pudieran infectar a otros (se cree ahora, sin confirmación científica, que al tener una carga viral menor las probabilidades disminuyen). Tampoco existen pruebas para usar la vacuna en ciertos grupos de edad, por ejemplo, los niños, por lo tanto seguirán estando en riesgo de enfermar y, en consecuencia, de transmitir el virus a otras personas.

Tres de las vacunas actualmente más avanzadas son de origen chino: del Instituto de Productos Biológicos de Wuhan y Sinopharm, del Instituto de Productos Biológicos de Pekín y Sinopharm, y del Instituto de Biotecnología y CanSino Biological Inc.

Otra es del Instituto Jenner de la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca. La quinta, estadounidense, está siendo desarrollada por la firma Moderna y el Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos; y la sexta, germano-estadounidense, de Pfizer con FosunPharma y BioNTech.

En el ínterin, la mayor controversia la ha provocado Rusia, que tiene al menos dos candidatos viables. Uno fue desarrollado por el Centro Estatal de Investigación en Virología y Biotecnología Véktor. El otro es la vacuna del Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, un gol que los rusos nombraron simbólicamente Sputnik V, mientras Occidente insiste en llamarle “la vacuna de Putin”.

Sputnik V es una vacuna de vector y se sustentó en trabajos previos conectados con el Síndrome Respiratorio del Medio Oriente. Eso explica el porqué de su descubrimiento precoz, que dejó tan perplejos a sus competidores tecnológicos como si no fuera posible sacar de la nevera comida precocida.

Es que la rivalidad no ha sido solo científica; también se ha extendido al espectro geopolítico. Durante los últimos meses hemos sido testigos de una campaña que ha intentado desacreditar la valía de Sputnik V. Hasta que, más recientemente, algunos países que la negaron han reconsiderado comprarla, no solo por su calidad demostrada por peritos, sino por su competitividad económica.

Pero se ha demandado, sobre todo, porque los países más ricos ya habían reservado y pagado millones de dosis a los grandes laboratorios, incluso antes de validarse. Querían garantizar vacunas cuanto antes en una suerte de “nacionalismo preventivo”. Muchos juzgaron esa bondad como un vulgar egoísmo propio del Titanic.

Es decir, solo alrededor de una docena de naciones tiene acaparada la disponibilidad inmediata de antígenos. Y lo peor es que la gran demanda no podrá ser satisfecha debido a los ritmos actuales de fabricación industrial. También se necesitarán patentes libres. Pero aún en ese caso, si no se comparte el conocimiento al minuto para evitar desigualdades, no se podrá curar a todos a tiempo, y este es ya un factor más importante que el precio del bulbo.

Alegra saber que el número de vacunados contra la enfermedad ya supera en estos momentos la cantidad de casos nuevos. Sin embargo, la proporción de personas protegidas es de, por ejemplo, apenas 1.5 por ciento de la población de los países de Europa, donde ya se ha comenzado un programa de inmunización.

También existen otros desafíos. El más importante: la aparición de nuevas cepas del virus, más peligrosas por su poder de propagación. Desde luego, las formulaciones iniciales de los candidatos vacunales existentes no previenen contra esas mutaciones y en algunos casos no será tecnológicamente posible reforzar su poder protector al aplicarse una tercera dosis de antígeno.

Es el caso de la vacuna desarrollada por la farmacéutica Novavax Inc., que demostró no funcionar tan bien contra las mutaciones que circulan en Gran Bretaña y Sudáfrica. Cuanto más se propaga el virus, dicen los versados, más probable es que una nueva variante sea capaz de eludir las pruebas, tratamientos y vacunas actuales.

Dicho con otras palabras, el planeta no contará por ahora con un medicamento mágico que le permita dormir a pierna suelta.

No dejan de tener razón, pues, quienes afirman que el forcejeo por hacerse de la vacuna constituye la primera gran contienda del siglo XXI. Solo que, a diferencia de la Primera Guerra Mundial, recordada por sus máscaras antigás, el desasosiego provocado por la actual crisis sanitaria, socioeconómica y medioambiental no podemos ocultarlo sino con livianas mascarillas a prueba de saliva.

(Tomado de Bohemia)

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