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Pablo evidenció en su profuso periodismo el pensamiento revolucionario

Contó Máximo Justino Frutos Redondo, jefe del Ejército Republicano Español, que cuando rescató el cadáver de Pablo de la Torriente Brau de las líneas enemigas, debajo del cuerpo tenía enterrados papeles escritos y documentos.

“Estaba ’tumbao’ sobre la pendiente, entre la retama; en cuanto lo vi le llamé: ¡Pablo!, pero ya no contestó.  Le abrí la camisa por la parte del pecho y tenía un solo disparo, en el corazón”, relató Máximo su amigo y jefe en aquel combate.

El insigne intelectual cayó el 18 de diciembre de 1936, cerca del caserío de Romanillos, territorio municipal de Majadahonda. Muy cerca del cadáver de Pablo, también muerto, estaba Pepito, el niño de 13 años que acogiera como hijo adoptivo tras el asesinato de los padres por los fascistas.

Pablo Félix de la Torriente Brau, nacido el 12 de diciembre de 1901, en San Juan Puerto Rico, hijo de padre español y madre puertorriqueña, llegó con la familia a Cuba en 1909. Tuvo cuatro hermanas, dos nacidas en Puerto Rico y dos en La Habana. Una vez le preguntaron por qué conocía tanto de América y dijo que había aprendido a leer con la Edad de Oro, de José Martí.

Y, en la patria de Martí se alzó como hombre de profundo pensamiento revolucionario y antimperialista, lo que evidenció como brillante periodista, cronista y escritor.  Quienes lo conocieron aseguraron que era muy atractivo, alto, de un metro 80-85 centímetros, de complexión atlética, jugaba fútbol, pelo y ojos negros, frente dilatada, voz grave, sonrisa franca, reía a carcajadas, mirada diáfana, de jocundo talante y muy simpático.

Fue secretario del bufete del doctor Fernando Ortiz. Fue amigo de Villena, Roa y Miguel Hernández. A este último lo consideró entre los mejores poetas españoles.

Comenzó a ejercer el periodismo en 1920 en el Diario El Nuevo Mundo y en la revista El Veterano, ambas dirigidas por el coronel del Ejército Libertador José Camejo Payents.  Su hermana Zoe recordó que cuando recibía un peso diario se lo entregaba a la madre, a quien le decía: “Yo no necesito dinero.  No tengo vicios”.

Dado al humor, un día le entregó a Zoe un ejemplar de El Nuevo Mundo, y le dice: “Léetelo, para poder decir que tengo un lector.  No es justo que yo sea redactor, cobrador, repartidor y el único lector de mis trabajos”.

Su buen humor

A mediados de 1931, se hallaban escondidos Roa y él en la casa de José Zacarías Tallet, alguien da el “soplo” y son sorprendidos por el teniente Miguel Calvo, entonces Pablo le dice al oficial machadista: Mire estoy terminando un artículo para la revista Carteles, y se sienta a teclear.  El teniente y los policías que lo acompañaban se miran entre ellos.  Pablo termina el escrito, se para y se pone a disposición de los guardias, y le grita a Tallet: Cuando Quilez te pague, me mandas los diez pesos a la cárcel.

En el diario Ahora usó todos los géneros periodísticos con extraordinaria brillantes.  Escribió reportajes, crónicas, informaciones, textos de divulgación, encendidos artículos políticos, culturales, económicos y hasta humorísticos.  Era muy bueno haciendo títulos y pies de grabados. Nunca estudió en una Facultad de Periodismo, pero aprendió la maestría de su abuelo Salvador Brau, a quien llamaban en Puerto Rico maestro de periodistas.

Pablo se destacó, además, como buscador de noticias, que presentaba con lenguaje claro, sencillo y directo, y gustaba de escoger las fotos que debían acompañar sus trabajos. Entre sus reportajes de impacto se halla La Isla de los 500 asesinatos, donde está su memoria de cuando estuvo preso en Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud).

Otro reportaje de gran calidad en redacción y contenido es Realengo 18, en el cual se recoge la vida de explotación, miseria y olvidos de campesinos en las montañas de Oriente.  Estos reportajes se recopilaron y formaron libros con tales títulos.

Publicó también en Alma Mater, Línea, Bohemia y en la revista New Masses, de Nueva York, así como en los periódicos El Nacional y El Machete, de México. Legó a la historia de la prensa un periodismo de investigación y testimonio de gran valía.

Cuando estalla la guerra en España, reemplaza la pluma por un fusil, pero sin dejar de narrar en cartas y crónicas las vivencias de la lucha en aras de la República, escritos que fueron recogidos en libros.  Solamente en dos meses redactó diez crónicas para El Machete y New Masses. Pablo fue ante todo el gran cronista de sus hazañas y generación.

Fuentes: Trabajo de Juana Carrasco publicado en Verde Olivo, 11 de diciembre de 1986; Datos biográficos en el libro Dos siglos de periodismo en Cuba, de Juan Marrero, y artículo de esta periodista en Bohemia, 22 de diciembre de 1995.

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