FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 31 / Explicaciones grosso modo

Bienvenida la preocupación por el buen uso del idioma, aunque parezca excesiva. En medio de medidas relacionadas con la salida de la pandemia de COVID-19, se oyen dudas sobre desescalada “porque no aparece en el diccionario” (o sea, en el de la Real Academia Española). Pero esa no es la medida para valorar la legitimidad de una palabra. Hay en él omisiones, como lomerío, y hasta hace poco avalaba daiquiri, no daiquirí, como se conoce, se escribe y se pronuncia en Cuba, donde nació ese coctel.

Por muy amplio que sea, un diccionario no es el idioma, y el citado no es ajeno a un hispanocentrismo por el cual no termina de asumir plenamente que representa una lengua bautizada con el gentilicio de la nación donde empezó a formarse, pero es la que es gracias a su fragua en una vasta comunidad lingüística y cultural.

Tampoco se debe esperar que un diccionario contenga todas las palabras y deje sin trabajo al sentido común y a la capacidad deductiva. Si —mero ejemplo— a servicio se le reconocen el antónimo deservicio y las variantes verbales servir y deservir, ¿por qué la herencia de escala tendría que limitarse a escalar y negársele a desescalar? No es privativo del habla popular cubana el verbo descomer, que aparece, con la natural acepción esperable, en el diccionario de la Academia.

Alguien consideraba que la palabra prevenible “no existía” porque no figuraba en ese lexicón, y sostenía que bastaba previsible. Con ello soslayaba por lo menos dos detalles: prevenir va más allá de prever, al aportar matices como impedir o evitar a tiempo, que no se perciben en prever, más pasivo, y mientras el estudioso “basaba” su veredicto de existencia en la vigésima segunda edición del diccionario de marras, ya la vigésima tercera acogía prevenible.

Añadida a un infinitivo, la terminación -ble da lugar a un adjetivo, y no hay por qué sentarse a esperar que la Academia registre palabras tan entrañables como querible, entre tantas otras que pueden faltar en un diccionario. No digamos ya machacable, escupible y otras poco elegantes, pero que representan cualidades encontrables en individuos reales.

Un diccionario es para una lengua lo que para una población el registro civil, que por razones obvias no puede anteceder a las personas que nacen. Las palabras nacen de la mecánica del idioma y del uso, y los diccionarios, si no se privan de ese lujo, solo pueden recogerlas cuando ellas son una realidad, no un plan por cumplir.

Nada de lo dicho propone dejar el lenguaje de la mano del diablo, para que devenga un caos babélico, se afee y, sobre todo, pierda su valor para la comunicación cotidiana y la creación literaria. Una cosa es la aparición de un neologismo como recepcionar, que, aunque tardó en entrar en el diccionario —que solo le atribuye el significado de “Recibir las ondas de transmisión”— abarca matices administrativos y de control documental que no se sienten en recibir y han dado lugar a la acepción con que se emplea en Cuba, y otra cosa es algo que se siente contra natura, como aperturar. Este verbo, que no enriquece el alcance de abrir ni el de inaugurar, complica y desembellece el idioma más que hablar con nasobuco, nombre abreviado de la mascarilla nasobucal.

Al engendro aperturar —que ya se oía antes de la pandemia, pero se diría ella le ha insuflado bríos virulentos— se ha referido más de una vez “Fiel del lenguaje”, porque en el idioma lo indeseable tiene la buena suerte que en la naturaleza beneficia a las malas yerbas. En la televisión el citado engendro se multiplica no solo en boca de lo que suele llamarse “gente común”, o del administrador de una terminal de ómnibus a quien se agradece que explique, con entusiasmo, cómo en su territorio el transporte se acoge a la desescalada allí posible por la reversión de la COVID-19. Pero no habrá que aplaudirlo por decir que se hace un gran esfuerzo “para aperturar rutas”.

Lo peor es que el infeliz verbo conquista espacios multidisciplinarios y esferas de poder, y lo usan autoridades de diversas áreas y jerarquías. Una lectora le hablaba al columnista sobe el rostro de orgullo creativo que ella ha visto en profesionales de formación universitaria en la esfera de la comunicación al decir aperturar, como si fuera indicio de modernidad e ingenio creativo. Según la lectora, quizás suponen que andan por el reino de la exquisitez y la originalidad, y olvidan que ya en español asoma algo del uso que en portugués se le da a exquisito: sinónimo de ridículo, y que en varias lenguas original se emplea como tonto. No tiene el sentido de sabrosa raigalidad presente en el nombre de una orquesta como La Original de Manzanillo.

Más habría que decir sobre la necesidad de abrirle un expediente penal, por el delito de idiomicidio —derivación correcta—, a quienes, aún más si ostentan preparación profesional para no hacerlo, maltraten el lenguaje con engendros innecesarios e indeseables del tipo de aperturar. Pero la columna solo puede abordar sus temas a grandes rasgos o —para valerse de un latinismo— grosso modo, locución que lleva en sí la preposición a, por lo cual el uso de esta sería, más que pleonástico, incorrecto.

Otra locución latina que suele emplearse erróneamente es motu proprio, no solo porque a menudo proprio termina convertido en propio, sino porque se le antepone la preposición de, que sale sobrando, pues literalmente esa locución significa “con movimiento propio”. Ello explica su empleo en sustitución de voluntariamente o de giros como por propia voluntad  o por propia iniciativa. Una sugerencia práctica es consultar bien cómo se escriben y se usan las locuciones latinas, o renunciar a lo que, posible noble afán de mostrar cultura, puede terminar revelando desconocimiento.

Las preposiciones sobresalen entre los elementos gramaticales mal usados. Por ello el columnista reitera la sugerencia hecha en otra entrega: que se organicen cursos o talleres sobre su empleo, incluida la inclinación a omitirlas indebidamente. Quizás por influencia del lenguaje de actas —para las que tan práctica resulta la taquigrafía, y tanto mueve la prisa a podar—, o del pragmático inglés, que prescinde olímpicamente de las preposiciones, se lee o se oye “Me dijo vendría mañana”. Puede tomarse como una de las prácticas infelices que, según un lector de la columna, hicieron a Nicolás Guillén exclamar: “Por ese camino terminaremos hablando en señas”.

Y eso que tal vez el Poeta Nacional no sufrió ciertos inicios discursivos ahora de moda —a distintos niveles—, en que el hablante, o la hablante, arranca de esta forma: “Decirles que las circunstancias exigen…” Si en vez de una intervención en vivo fuera una grabación, se podría pensar que algún antecedente se cortó. Pero la ausencia está en el pensamiento de quien habla.

No todo es cuestión de diccionarios y normas gramaticales. El léxico no es aséptico ni inocente, y no estaría nada mal pensar más algunas expresiones que se pongan de moda. Lo que se oye y se lee apunta a la necesidad de insistir en algunos usos comentados en artículos anteriores. Uno de ellos, y nada menudo, es el de capital humano, que ha encontrado espacio incluso en el discurso revolucionario, pero razonadamente lo han puesto en tela de juicio economistas y sociólogos de esa orientación política.

Ni es como para soslayar lo de distanciamiento social, sintagma en el que sería conceptualmente un acierto sustituir social por físico o sanitario. Pero cuando ya uno se acostumbraba a suponer que eso era lo que se intentaba expresar con dicha construcción, se ha oído el llamado a “mantener el distanciamiento social y el físico”. El pensamiento recorre urdimbres intrincadas, ante las cuales ninguna precaución sale sobrando. Salvo en jitanjáforas, y no es seguro que en los extremos de la llamada poesía pura, el lenguaje no es solo cuestión de melodía, sino, ante todo, de datos, conceptos, ideas, concepción del mundo.

Otros muchos temas se van acumulando sin tratarse en “Fiel del lenguaje”. Pero no da para más el espacio disponible, y el columnista apenas puede seleccionar algunos, y abordarlos grosso modo.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

One thought on “Fiel del lenguaje 31 / Explicaciones grosso modo

  1. Estimado profesor:
    Para no convertir este comentario en un curriculum vitae, solo mencionaré que, -hace más de 20 años-, desempeñé los cargos de jefe de Redacción y director de Información Nacional del NTV. Eventualmente dirigí las dos emisiones: el de la 1pm y el Estelar, en sustitución por vacaciones del titular, Roberto Agudo.
    Comparto totalmente su afirmación: “La responsabilidad no recae solamente en quien redacta la noticia o la lee para el público, sino en todo el equipo encargado de asegurar la calidad integral de la información”.
    Yo vivía muy consciente de que una coma mal puesta o un disparate cualquiera dicho “al aire”, eran míos también. Después de más de una década jubilado, -involuntariamente sentado en la cerca viendo los toros pasar(*)-, ya no me asombra enterarme de que Andorra sea una comarca española, como no me asombró descubrir que “Esteban Salas fue famoso por su brindis: el brindis de Salas”.
    En emisiones informativas dónde hasta el gato va en los créditos, nos enteramos de las “desvastadoras consecuencias de la Pandemia”; de que “Camagüey es una ciudad plagada de historia”; que en Playa Girón combatieron las Milicias de Tropas Territoriales; que “el municipio Corralillo” no lleva la preposición de, entre otros aportes.
    De las normas de redacción para la TV mejor ni hablar. No existe el menor intento de utilizar los saludables estilos directo y cortado propios del medio. En su lugar abundan los complementos circunstanciales, las incidentales, las muletillas y otros vicios. Ahora todo es “como parte de…” y se imponen conjugaciones acrobáticas de tres verbos donde basta con uno.
    La superficialidad con que se redacta y emite “la información” me lleva a cuestionar la profesionalidad individual y colectiva de la extensa lista de créditos (no del listado) del NTV, en sus dos emisiones. Parece la de un largometraje. Y entonces me pregunto: ¿dónde están y qué hacen los supuestamente existentes miembros del “equipo encargado de asegurar la calidad integral de la información”?
    Pero este no es espacio para un ensayo sobre el tema. Permítame incluirme entre los tenaces, y créame que “Fiel del lenguaje” sí sirve para algo.
    Armando Morales Blanco. Periodista jubilado. (*)Profesor Principal del CERTV

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