COLUMNISTAS

Celia, corazón del pueblo

Las fotos de Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley, se me hicieron recurrentes en las casas de los campesinos de la Sierra Maestra durante los numerosos recorridos que hice como joven recién graduado y novel trabajador del diario Granma, acompañado por el lente, la veteranía vital y el compañerismo a prueba de mis locuras, de Ismael González, Liborio Noval y Orlando Cardona, indistintamente.

En el más remoto y solitario rincón de la serranía me encontré a Celia. No abundaban entonces las imágenes en cartulinas cromadas, eran en blanco y negro, y, en menor medida, a color. Ella aparecía en recortes de periódicos, portadas de revistas, enfundada en su enérgica delgadez, siempre sonriente, preferiblemente con una flor en el cabello y esa mirada de luz que el velo sepia, como pátina del tiempo, no lograba opacar del todo en aquellas instantáneas.

Así, Celia se me fue revelando como una persona muy cercana y entrañable para quienes habitaban en La Habanita, El Tabaco, San Lorenzo, Minas de Frío, El Oro de Guisa… La hallé acompañando al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen de la Caridad del Cobre, San Lázaro y Santa Bárbara… La vi en el borde del cuadro destinado a perpetuar a ese ser querido que transita de generación en generación como tronco y sostén moral de la familia.

Su rostro lo observé pegado en un pedazo de yagua afincada entre un horcón de madera y la vestidura de penca de guano que servía de humildísima pared hogareña; en otros, la encontré junto a Martí, Fidel, Camilo y el Che, escoltados por la Bandera Cubana.

En todos los casos no faltaron rosas jíbaras, flores de romerillo, mariposas, ofrendas silvestres arrancadas al camino muchas veces.

Las claves de tan sincero tributo lo encontré en la voz y el recuerdo de Román García, quien fuera arriero de la Columna Uno del Ejército Rebelde: “Celia se me dibuja como un colibrí revoloteando por toda la Sierra. Y digo así, porque esa fue la impresión que me dio cuando la vi por primera vez, allá por 1957, cuando la Comandancia del Ejército Rebelde estaba en Vegas de Jibacoa. Recuerdo que iba con un mensaje del Che a Fidel y al llegar allí, los compañeros me orientaron que la buscara.

“Figúrese, no la conocía personalmente, pero me habían hablado tanto de ella que cuando por fin la tuve frente a frente, no podía creer que en aquella mujercita delgada, inquieta y cariñosa pudieran caber todas las cosas buenas que había oído  de su persona.

“En lo que ella me explicaba dónde encontrar a Fidel, sentimos el ruido de un motor en el cielo, descubrimos un avión de la dictadura. ¡Se armó el corre-corre! Sobrevino el ametrallamiento. En la confusión, todo el mundo buscaba dónde protegerse y Celia empieza a preguntar por el Comandante y nadie le sabía decir…

“Oiga, sin dar tiempo a aguantarla, salió como una centella a buscar a Fidel. Y no paró en medio de la metralla hasta encontrarlo”.

El septuagenario combatiente se detiene. Calla. Busca entre sus vivencias nexos con ésta anécdota que acaba de narrar, tratando de redondear la dimensión exacta de la verdad. Vuelve a cabalgar sobre su idea:

“Había veces que el Comandante iba hacia algún lugar y ella, sin que nadie se diera cuenta, marchaba adelante, ligerita, como para ser la primera en darle frente al peligro. Otras veces caminaba detrás o a su lado, como el ángel de la guarda. Yo me preguntaba cómo ella podía seguirle las zancadas al Jefe en el lomerío aquel”.

A Román se le llenan de brillo los ojos y la emoción le hace erguirse: “Era como si la lealtad se hiciera carne, hueso y alma. Después del triunfo, cuando sabía que ella acompañaba al Comandante por los países, me entraba una tranquilidad tremenda. Y me decía pa’dentro: ¡Celia es el pueblo que cuida a Fidel!”

El viejo García pasa una de sus manos lentamente por la cabeza, despertando los recuerdos. Dice que ella conocía a todos los arrieros que llegaban a la Comandancia y, cuando arribaban al campamento, lo primero que hacía era preguntarles cómo les había ido en la marcha y luego de entregar las encomiendas, ella misma se preocupaba porque comieran y descansaran.

“A cada rato se sentaba con uno y preguntaba cómo estaba la familia, si había algún enfermo, si corrían peligro, sobre todo cuando había bombardeos. Sabía lo que era la guerra y el riesgo que nos acompañaba andando por esos montes llenos de casquitos de la dictadura. Para nuestra tranquilidad, sabíamos que si nos pasaba algo, ella se encargaría de cuidar a nuestra gente. Así lo hizo cuando triunfó la Revolución con los huérfanos de los compañeros caídos.

“Celia sabía dónde vivíamos, cuántos hijos teníamos… Con frecuencia se aparecía con latas de leche condensada, pránganas y caramelos: ‘¡Eso es para tus muchachos!’ Por cierto, era muy jaranera. Una vez se me apareció con varias barras de dulce de guayaba y, de repente, me preguntó si mi mujer finalmente estaba embarazada; acto seguido, muerta de risa, me dijo: “¡A ese paso en ni con una fábrica le puedo mandar dulces a todos mis sobrinos!”  Ella también estaba al tanto de los compañeros que no sabía ni leer ni escribir. Había uno negado a aprender, señalaba que para vivir eso no hacía falta. Estaba muy furioso porque todo el mundo le había caído encima por la burrada que cometía. Y apareció Celia para bajar las tensiones: ‘¡Tú te lo pierdes, pues cuando triunfemos, no vas a tomar helados con nosotros en La Habana!’

“Parecía que hasta le leía a uno en los ojos si tenía algún problema… Se desaparecía y al rato retornaba, le tomaba la mano y ponía un bultico de dinero bien dobladito, y con voz de murmullo de un riachuelo, afirmaba: ‘Esto es para la medicina de la viejita’. Pero también le halaba las orejas a uno por un mal comportamiento y detrás venía el consejo de una hermana. En todas esas cosas ella y Camilo se parecían.

“Sabe, la última vez que la vi fue en La Habana…”

Un día llegaron los compañeros del Partido a casa de Román con la nueva buena de ir a la capital a una sorpresa que preparaban a los campesinos colaboradores o combatientes del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra.

“¡Esas son cosas de la flaca –me dije. ¡Oiga! Así mismitico fue. Cuando llegamos ella nos estaba esperando con una contentura más grande que esas lomas. Estaba como un colibrí, de un compañero a otro, descubriendo entre arrugas y canas a sus viejos guajiros. Era como si toda la familia se le juntara de ran, pan, pan. Para cada uno tenía reservado un cariño, un recuerdo de los viejos tiempos.

“De verdad que nos trataron a cuerpo de rey. En eso estaba su mano. Hasta reunió a los dirigentes de la Revolución para que compartieran con nosotros el día en que Fidel nos puso en el pecho la Medalla XX Aniversario del Triunfo de la Revolución. ¡En mi mesa se sentó Raúl!”

Hace un alto en su monólogo. Toma un aire como queriendo romper el nudo que le cierra la garganta: “A decir verdad, yo estaba muy contento; figúrese, es lo más grande que me ha pasado en la vida; pero también estaba tristón, porque pensaba en Camilo y en Che, que no estaban allí y fueron mis jefes”.

Cuenta que ese día de la condecoración, Celia se apareció primero que todo el mundo y fue, uno a uno, arreglándoles el cuello de la camisa o la guayabera, peinándolos con sus dedos, secándoles el sudor del rostro:

“Ella nos decía: ‘No se pongan nerviosos. Tiene que estar lindos para que las viejas los vean buenos mozos en las fotos que se van a llevar’, y reía feliz. Con esa alegría la conservo en el corazón para siempre en aquel diciembre”.

La mirada del recio combatiente, clara y vivaz, se enturbia. Con pudor agacha la cabeza. Y, de pronto, como si toda la verdad del mundo le asistiera y sus palabras fueran un himno para desterrar el silencio, expresa: “Créame, yo he perdido a seres muy queridos y uno nunca se resigna al hecho. Así nos pasa a todos los cubanos con Celia. Hay veces que me pongo a pensar en eso y me digo: ¡Caray, si este pueblo no fuera agradecido no hubiera Revolución!”

Sentado en su taburete, encontré en su casa a Román García. Fue después de una tarde fragorosa de mayo, cuando la brisa de la Sierra cercana trae el aroma del monte virgen y añoranzas.

Y como si fuéramos amigos de toda la vida, nos invitó a pasar al patio de tierra recién rociado con agua para aplacar el polvo de un atardecer de cielo despejado y pájaros cantores, entre el picoteo de las gallinas y el pedido insaciable de los puercos desde el lejano corral. En las tendederas, las sábanas expandían, victoriosas, su impoluta blancura, y desde el rosal cercano venían los efluvios de los príncipes negros cultivadas por Román. Mandó a sacar otros taburetes. Pidió que Liborio Noval y yo nos sentáramos y recostáramos los asientos contra la pared de tablas de palma real y disfrutáramos de la sombra que prodigaba el techo de guano a esa hora del día.

“Esta es la mejor forma de despedir la tarde, tomándose un buen jarro de café dulzón del que yo piloneo en la mañanita…”

Por entonces llevaba 35 años en el Caney de Las Mercedes, en el mismito corazón de la obra que vislumbró Camilo en los días de la guerra, cuando desde el lomerío exclamó: “¡Allá abajo, cuando triunfemos, haremos una escuela grande donde puedan estudiar todos los niños de la Sierra!”

Román llegó hasta La Habana con el enero victorioso de 1959. Pudo quedarse en la capital y llevar a la familia, pero extrañaba sus montañas: amaba la Sierra. Y pidió regresar para hacer realidad con sus manos el sueño de su jefe guerrillero. Se consagró desde entonces a la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, primero como constructor y después maestro agrícola hasta su retiro.

Asomados a una de las ventanas, la familia se seguía atenta el dialogo y el clic de la Nikon de Liborio. Contaba entonces que su mayor orgullo era llegar a cualquier lugar y encontrar a uno de esos tantos muchachitos serranos que a su lado se hicieron hombres y mujeres, convertidos en maestros, médicos, ingenieros, militares, obreros.

“Cuando eso me pasa, tengo la impresión de que he sembrado árboles por toda Cuba. Y la contentura es más grande cuando me reconocen y expresan a quienes lo rodean: ‘¡Este es Román García, mi viejo, que es como mi padre!”

Uno de sus tantos biznietos viene corriendo y le pone a Román sobre los muslos la foto de Celia y él, recuerdo de aquel inolvidable día en La Habana y que desde entonces está a la vista de quien llega a la sala de su casa. Unos lagrimones salen de los ojos, y con las manotas duras y viriles de hombre de trabajo y ley, trata de abortar el recorrido de la expresión de sus más noble y emocionado sentimientos. Entonces, toma firmemente la foto, la mira en silencio por unos segundos y dice con la sencillez conmovedora de un ser que desde el anonimato hizo también historia: “¡Esa mujer es corazón del pueblo!”.

Roger Ricardo Luis
Roger Ricardo Luis
Licenciado en Periodismo y Doctor en Ciencias de la Comunicación. Profesor universitario.

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