NOTAS DESTACADAS

“Hay una nueva colonización en curso, un colonialismo con esteroides”

Intervención en el espacio Dialogar, dialogar, de la Asociación Hermanos Saíz.

Cuando veníamos para acá, conversábamos Ignacio (Ramonet) y yo sobre el concepto de Colonialismo 2.0. Le dije que se puede explicar en dos palabras, “delicioso despotismo”, el título de una conferencia que impartió Ramonet en el Palacio de las Convenciones de La Habana, en febrero de 2002, organizada por Fidel para presentar el libro Propagandas silenciosas.

Si mal no recuerdo se imprimieron miles de ejemplares de ese libro, en formato tipo tabloide, y aunque no fue la primera vez que algunos de nosotros escuchamos hablar de los problemas que traía la joven Internet, sí impulsó que siguiéramos obsesivamente estos temas desde una postura crítica.

Propagandas Silenciosas, de Ignacio Ramonet, se publica por primera vez en 2001, cuando todavía no se había producido el atentado contra las Torres Gemelas, momento en que se produce un cambio espectacular en la comunicación: la gente buscó primero la información en la web.  El año 2001 se vivió con mucha intensidad no solo por los acontecimientos que estremecieron a Estados Unidos y desataron la “guerra contra el terrorismo”, sino porque en el mundo se estaba produciendo una revolución de la mano de Internet. Cuba no estaba al margen de ese proceso. Por el contrario.

Algunos de los proyectos más innovadores de América Latina en este ámbito se produjeron aquí: la red INFOMED; el renacimiento de los Joven Club de Computación; el Polo Científico que integraba distintas disciplinas, incluida la computación; la concepción de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), que integraría la docencia, la investigación y la producción, y que se inauguraría en 2002.

En mayo de 2001 surge La Jiribilla como semanario cultural de periódico Juventud Rebelde, donde yo trabajaba como subdirectora editorial y me convertí, por obra del azar, en editora de esa publicación digital, sin ninguna experiencia.

Todo nuestro país tenía entonces tanta capacidad de navegación en Internet como un hotel en Miami, y sin embargo, La Jiribilla organizó la primera transmisión en streaming de un concierto, desde el Centro Pablo de la Torriente Brau, al que asistió Fidel, en primera fila.  Hicimos cosas definitivamente impensables para las posibilidades de infraestructura del país y para el estado del arte de esos momentos en términos de producción de contenidos digitales, pero estábamos imbuidos de aquel espíritu en que parecía que con aquellas herramientas que prometían, en una sociedad como la nuestra, mejorar las condiciones de vida de los cubanos, en términos de acceso a fuentes de conocimiento y de desarrollo científico. Ramonet, con su libro y su conferencia de 2001, venía a recordarnos la dependencia y la nueva colonización en curso que vivía la humanidad a esa misma hora de la mano de las nuevas tecnologías.

Por tanto, “el delicioso despotismo” es la acepción más corta del colonialismo en el mismo momento en que estaba naciendo ya una nueva generación de la web, la 2.0. Un concepto más largo del colonialismo 2.0 podemos encontrarlo en El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, y que nos sirve perfectamente para el tema que nos convoca aquí:

“El colonialismo visible te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser.  El colonialismo invisible, en cambio, te convence de que la servidumbre es tu destino y la impotencia tu naturaleza: te convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser.”

¿Qué ocurrió en los pocos años que median desde principio de los años 80, boom de las llamadas nuevas tecnologías, hasta hoy?  El reforzamiento de la colonización mental de la que hablaba Galeano, con nuevas prácticas de despojo. No hay que olvidar el nacimiento de Internet debido a un proyecto financiado por el Pentágono, pero hay un hecho previo que jamás se tiene en cuenta, el detonante que hizo posible que esta red se haya convertido en el sistema nervioso central de la sociedad contemporánea: la Crisis de Octubre -o Crisis de los Misiles-  de 1962. Ese año el presidente John Kennedy emite una orden ejecutiva para resolver un dilema técnico de primer orden que pone en riesgo el poderío estadounidense frente a la disputa con la URSS, en plena Guerra Fría: la vulnerabilidad de los sistemas de telecomunicaciones en caso de ataque atómico.  Pide al Pentágono crear una red que permita la redundancia de la información. Es decir, que si hay un ataque atómico en un determinado punto, se replique y se enrute la información por vías alternativas para mantener vitales las comunicaciones.  Fue una proeza tecnológica que se alcanzó con financiamiento público.

Las empresas privadas se negaron a participar, porque dijeron que eso era una locura, una inversión inútil de talento y dinero. Siete años después de la orden de Kennedy nació el bebé Internet, ARPANET, que toma su nombre de las siglas de la Agencia de Desarrollo de Tecnologías Avanzadas del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, que tuvo otra característica inusitada: quedó a merced de los profesores y estudiantes universitarios, que siguen desarrollándola y que va escalando con nuevas funcionalidades y servicios, que aprovecha el desarrollo en paralelo de la microelectrónica y la informática, hasta el nacimiento de la web en 1989.

Aquí comienza un modelo de desarrollo tecnológico que se ha repetido hasta el cansancio: proyectos que se inician en entornos militares y se trasladan al ámbito civil, aprovechando el conocimiento colectivo y generalmente desinteresado de muchísimas personas, para retornar al campo militar como poderosísima herramienta de colonización visible o invisible, o ambas a la vez.

En 1993, Estados Unidos establece la política para el desarrollo de la infraestructura de la información nacional (NII), la “supercarretera” de la administración de William Clinton, que creó las bases doctrinales y jurídicas para imponer el protocolo norteamericano como red internacional de telecomunicaciones, el llamado protocolo TCP-IP –que los muchachos de la Facultad de Matemáticas de la Universidad de La Habana conocen muy bien–, exportando esta infraestructura y obligando a todo el planeta a adoptarla. Fue un golpe maestro de Estados Unidos. El actual dominio político, económico y social de internet que ejercen autoridades públicas y privadas de Estados Unidos es, en parte, consecuencia de la “victoria” del protocolo TCP/IP sobre otros estándares de comunicación, y esto se logró gracias a la imposición de una política diseñada por la administración de William Clinton.

De hecho Clinton se apareció en una cumbre de la Organización Mundial de Comercio, en Ginebra (1998), vendiendo este protocolo como la gran solución a todos los problemas del mundo, en una intervención que, por cierto, Fidel rebate allí mismo. El sueño ciberutópico de Clinton era que en muy corto tiempo todos los habitantes del mundo integrarían la clase media, y Fidel le responde: “¿Y qué planeta va a sostener eso?”

Es importante entender que esta colonización en curso no sale de la nada. Hay poco o nada natural o espontáneo en los procesos que obedecen a estructuras de poder. Al establecer la primera política para el desarrollo de la infraestructura de la información nacional, Clinton dejó muy claro que si había una infraestructura de redes en el mundo esta tenía que ser estadounidense; que si había unos contenidos populares, estos tenían que ser de la industria cultural estadounidense, y unos valores, que estos tenían aquellos donde los norteamericanos se sintieran cómodos. El jefe de Operaciones del Atlántico de los Estados Unidos, Hugh Pope, declaró en 1997: “El mensaje es que no hay nación sobre la faz de la tierra a la que no podamos llegar”.

La capacidad del imperialismo norteamericano para reinventarse con Internet es extraordinaria. En muy pocos años, por ejemplo, transformaron el Ejército de los Estados Unidos.  Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa de Estados Unidos de George W. Bush, declaró en el 2001 a Internet como nuevo campo de batalla, y a partir de esa definición se reestructuró toda la institucionalidad del sistema de guerra estadounidense para reordenar departamentos, fundir otros y crear, junto a los ejércitos de Tierra, Agua y Aire, el ejército ciberespacial. La frontera estadounidense se extendió oficialmente a todo el planeta, gracias a esta infraestructura transnacional cuyo poder está basado más en el consentimiento que en la coerción, “el delicioso despotismo”, del que hablaba Ramonet en 2001 y que luego se encargarían de documentar Julián Assange y Edward Snowden, con las revelaciones del espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional, no solo fuera del territorio, sino dentro de la frontera estadounidense, con un entramado asfixiante de control y práctica totalitaria de la cual no escapa casi nadie.

La idea de que esto es una lucha por el poder; de que el destino de la humanidad depende de en manos de quién queden estas tecnologías; de que la estructura en red fortalece los valores, y si esos valores son hegemónicos, esos valores se fortalecerán y que, por lo tanto, frente a una red hegemónica, hay que contraponerle una red contrahegemónica…, todo eso puede encontrarse tempranamente en el pensamiento de Fidel Castro a fines de los años 90, cuando nos dijo a los periodistas que la Internet parecía inventada para nosotros.  Él estaba convencido de que el problema no eran los nuevos instrumentos, sino los valores de quienes disponían de ellos, y que había que aprender de las luchas descolonizadoras pasadas y presentes para reimaginar nuevas formas de colectividad, de apropiación tecnológica, de conocimiento en común y, sobre todo, de solidaridad.

Hay que estudiar el contexto en que se crea INFOMED, para entender cómo el conocimiento científico que permite el surgimiento de esta red de la Salud en Cuba se enlaza perfectamente con los valores de una sociedad como la cubana. La arquitectura técnica de la red INFOMED, creada en el año 1998, es similar a la de Facebook, con importantes diferencias: la cubana se creó seis años antes que la plataforma del pulgar azul, la hicieron compañeros nuestros, desde Cuba, con otros valores diametralmente opuestos a los que de Zuckerberg en Harvard. INFOMED nació para alcanzar a todos los profesionales de la salud en la Isla las novedades del conocimiento mundial en este campo, y para propiciar que un viejito, aun cuando viviera en el último confín de la montaña de Sagua de Tánamo, por ejemplo, pudiera consultarse con el mejor especialista en el Hospital Hermanos Ameijeiras, de La Habana, si allí estaba quien pudiera hacer un diagnóstico a su dolencia.

Facebook surgió seis años después con una arquitectura similar a INFOMED, en la gran meca del desarrollo de tecnológico, para dirimir, en la Universidad de Harvard, quiénes eran las muchachas más “acostables” del campus.

¿Qué nos costó esto, compañeros? Que Cuba fuera el primer país del planeta acusado de ciberterrorismo, en febrero del 2001. Lo hizo un alto oficial del Ejército de EEUU cuando todavía no se había producido el ataque a las Torres Gemelas. Estados Unidos se puso a la defensiva, intentó impedir que un país pobre y bloqueado, pero que había hecho una enorme inversión en instrucción pública y en conocimiento científico, creara un modelo diferente, descolonizador, de apropiación de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones.

Este es, a muy a grandes rasgos, el escenario. ¿Y por qué hablamos de colonialismo? Porque esta dominación que se sustenta en una nueva infraestructura y que debe su transnacionalización al ensamblaje del poder político y la innovación liderada por los militares estadounidenses, está intentando aniquilar a nuestros pueblos mediante la aculturación, la negación de sí mismos, la colonización invisible de la que nos hablaba Galeano.

En América Latina esto es evidente y ha sido planificado, con cierto éxito, debemos reconocer. En el 2011 se elaboraron las líneas maestras de un programa que algunos expertos llaman “Doctrina de la Conectividad Efectiva”. Comenzó con un estudio, ordenado por John Kerry -entonces presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos-, para intervenir en cada país en América Latina, de acuerdo con su nivel de acceso a Internet y las políticas para la llamada Sociedad de la Información, de modo que se garantizara que la infraestructura, los contenidos y los valores dominantes fueran los norteamericanos, a partir del cálculo de que el 50 por ciento de la población latinoamericana tenía 30 años o menos, y sus relaciones de confianza se estaban construyendo, fundamentalmente, en las plataformas sociales.

Por lo tanto, ¿qué hemos visto en unos poquitos años, desde el 2011 hasta acá?  Que América Latina es la región más dependiente, en términos de infraestructura, tráfico de datos, aplicaciones, contenidos… de los Estados Unidos.  El 90 por ciento de todo el tráfico que se genera entre nuestros países, e incluso dentro de nuestros países, pasa por Estados Unidos; más del 70 por ciento de todos los contenidos que se generan en el entorno digital están en plataformas de ese país. En el ranking de los diez países que más tiempo consumen en las redes sociales, fundamentalmente en Facebook, cinco son latinoamericanos, con más de cuatro horas promedio diarias en esa red social.

Un estudio de hace unos días, financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo, reconoce que el 81 por ciento de los jóvenes latinoamericanos están en Facebook. Pero el 50 por ciento de las personas que no tienen agua potable y a quienes les cuesta alimentarse una vez al día, están en alguna red social norteamericana.

Entonces, cualquier estadística a la que nos asomemos nos van a dar estos datos abrumadores.  A esto se suma algo de lo cual ha hablado Ignacio muchas veces: de las diez empresas de más alta cotización en la Bolsa, cinco son de telecomunicaciones, las GAFAM: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft. Apple, por ejemplo, está valoradas en 3,3 billones de dólares. Eso equivale al PIB de 45 países africanos. Eso explica que, debido al carácter supranacional de estas empresas, los gobiernos constatan las dificultades para controlar los efectos no deseados sobre sus poblaciones, mientras que para las plataformas estadounidenses, los mercados transnacionales constituyen una fuente de oportunidades de negocio e influencia a la vez que un espacio de competencia feroz.

Hace unos días atrás, The Atlantic, una importante revista norteamericana, publicó un artículo que revela que Donald Trump va a invertir mil millones de dólares para reelegirse en el 2020. ¡Es una bestialidad!

Durante la campaña presidencial Argentina, el presidente Mauricio Macri, por ejemplo, llegó a invertir dos millones de dólares diarios en las semanas previas a las PASO, las elecciones primarias que se celebraron en agosto de 2019-

¿Por qué ocurre esto?  Porque hoy los momentos más innovadores en comunicación política se están produciendo en los momentos electorales. Los grandes laboratorios de big data e inteligencia artificial permiten elaborar con precisión milimétrica los perfiles de los votantes, crear propaganda personalizada tipo “francotirador”, manipular a la opinión pública. Los partidos políticos participan en grandes subastas para comprar los grandes nichos de datos que venden esas plataformas, en las que el usuario entra gratis, pero deja algo muy valioso: toda su información. También, necesitan muchísimo dinero para pagar las pautas publicitarias y sostener cibertropas, robots y equipos creativos que elaboren mensajes personalizados para convencer a la gente de que “no puede decir, no  puede ser…”, como dice Galeano. Un “delicioso despotismo” que pone la ciencia y la tecnología al servicio de la manipulación.

Lo hemos visto recientemente en América Latina, donde se ha desatado una carrera armamentista digital, muy visible en 2019 en Venezuela y Bolivia.  En este país, por ejemplo, se crearon en muy pocos días 100 mil cuentas falsas con inteligencia artificial de última generación para apoyar el golpe de estado contra Evo Morales. No son perfiles robots convencionales, en los que se puede descubrir fácilmente la automatización: tienen rostros que parecen reales creados con softwares de manipulación de imagen, con historias de vida personalizadas y creadas por máquinas casi en tiempo real, todo falso para generar la percepción de que había un apoyo al golpe de estado, una falacia en un país que en octubre de 2019 -un mes antes del golpe- tenía poco más del 2 por ciento de la población conectada en Twitter.

Ya lo habían hecho antes, cuando la llamada “Primavera verde iraní”, las protestas electorales de 2009, en la que supuestamente habían participado 100 mil personas en Twitter apoyando el cambio de gobierno en Irán.  Después se logró documentar que, de las 100 mil cuentas, solo 60 estaban en Irán.  Pero entonces y hasta noviembre de 2019 no se podían crear en cuatro días 100 mil cuentas falsas para apoyar a dos o tres actores golpistas, como vimos en Bolivia.

Estas son las nuevas armas que sostienen la guerra híbrida, que es aquella que se produce en todos los terrenos: simultanea, pero con ritmos diferenciados, envolvente, desconcertante, rápida y eficaz para entorpecer la respuesta del adversario. Hay una guerra en la que participan directamente los militares y las cibertropas de un ejército regular, pero hay otras a la par: guerra económica, de información, medioambiental, simbólica, cultural, parecen descoordinados, pero obedecen a un mismo manual, a una misma estrategia en la que el ciberespacio juega un papel articulador. Los descoordinados somos nosotros que no logramos ver el sistema en su totalidad; ellos lo tienen perfectamente delineado, y nos hacen correr detrás de cada guerra por separado como pollos sin cabeza.

Bien, termino y doy la palabra a Ignacio. Es verdad que tenemos enfrente enormes desafíos, pero también es verdad que existen espacios de resistencia en nuestro propio continente que hablan de las enormes potencialidades y la capacidad de lucha de nuestros pueblos frente a este escenario distópico y a estas armas de nueva generación.

La izquierda en Venezuela, Argentina, México ha enfrentado a los grandes laboratorios de manipulación de la derecha, y venció el movimiento popular. En Venezuela se han desplegado todos los tipos de guerra en esta concepción híbrida, y no han podido derrotar a la Revolución bolivariana. No es nada menor, entre las variables que explican la resistencia de ese país, la comprensión de que la lucha hay que darla simultáneamente en las calles y en las redes.

Entonces, hay una nueva colonización en curso, un colonialismo con esteroides, donde hay muchos inertes frente a esta situación, pero otros siguen y seguirán resistiendo; hay muchos que entienden que no podemos enajenarnos de los espacios donde está la gente -siempre digo que si Martí viviera hoy sería facebookkero. Mientras aparecen nuestras propias herramientas, tenemos que ocupar las plazas, sean virtuales o físicas, generar los liderazgos y emplear las nuevas metodologías liberadoras, promover la educación audiovisual en nuestros niños y jóvenes, y disputar los espacios y los discursos; es una disputa cultural y tenemos que oponer, como decía Fidel, a las redes hegemónicas, nuestras redes contrahegemónicas. El mayor desafío no es tecnológico, aunque hemos estado hablando mucho de esto aquí, sino de conocimiento, de conciencia, de cultura.

Comencé con una frase de Galeano y quiero terminar con Frantz Fanonen Los condenados de la Tierra, y esta no es solo una idea, sino un ultimátum:

“Nuestra misión histórica, para nosotros, que hemos tomado la decisión de romper las riendas del colonialismo, es ordenar todas las rebeldías, todos los actos desesperados, todas las tentativas abortadas o ahogadas en sangre.”

Esa es la invitación.

Muchísimas gracias, compañeros.

(APLAUSOS)

Rosa Miriam Elizalde
Rosa Miriam Elizalde
Vice Presidenta Primera de la UPEC. Periodista y editora cubana, doctora en Ciencias de la Comunicación y profesora de la Universidad de La Habana. Columnista del diario La Jornada, de México. Tiene varios libros publicados. Fue fundadora y editora del semanario digital La Jiribilla y del diario on line Cubadebate.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *