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¿Sabemos dialogar, debatir, discutir?

Una de las variables que permite explicar la calidad revolucionaria de la sociedad cubana está en los cambios en curso en la actualidad, los que naturalmente despiertan numerosos puntos de vista al valorar el presente y pensar el futuro del país.

En las calles de Cuba se dialoga, debate y discute constantemente sobre estos tópicos como reflejo obvio de las preocupaciones de la ciudadanía, de las medidas que se están aplicando, de su impacto en la sociedad y de los debates convocados por el partido para estudiar los principales documentos de corte programático y normativo.

También se producen intercambios en reuniones académicas y en diferentes espacios en el mundo digital, aunque no suelen proyectarse estos debates en los medios nacionales tradicionales. No pocas oportunidades han perdido estos medios para enriquecer el caudal cultural político de la ciudadanía mediante una cobertura apropiada para poner en conocimiento los principales criterios de la población. Esta tendencia perniciosa se ha comenzado a revertir con el exitoso debate del proyecto de nueva constitución el pasado año, pero es preciso continuar reflejando todo el universo de criterios que existe en la sociedad. La política de presentar en los medios solamente el resumen de la información estadística ofrecida al concluir los debates y -obviamente- lo que haya quedado finalmente redactado debe quedar definitivamente superada. El pueblo cubano, la mayor y más importante riqueza del país, culto e instruido, cuyo sacrificio en décadas de intransigencia revolucionaria le ha ganado todos los derechos, debe tener pleno reflejo en el mundo simbólico.

Pero ya sea en una conversación coloquial, en un evento académico, en una convocatoria política o en los medios digitales, debemos todavía preguntarnos cuán preparados estamos para dialogar, en particular para aceptar la opinión divergente, para aprender.

Hoy somos ciertamente más tolerantes y aceptamos mejor las diferencias, pero nos falta mucho en esta dirección. Participar en no pocos debates, discusiones y diálogos y observar otros, me han inducido a escribir estas cuartillas que son apenas algunas reflexiones sobre un tema muchas veces abordado y que he decidido compartir con la intención de contribuir a dialogar sobre el diálogo, a comunicarnos mejor.

Algunas complejidades del momento

Se dialoga, debate y discute sobre los más disímiles asuntos de la cultura artística literaria, de la economía, la política, la educación, la salud pública y un largo etcétera.

La diversidad de posiciones que existen hoy respecto del futuro del socialismo en Cuba, difícilmente pueden encasillarse so pena de caer en el lamentable error de poner etiquetas y terminar discutiendo sobre estas en lugar de analizar la realidad, que es una, en la que están entrelazados procesos económicos, sociales, políticos, culturales, psicológicos.

El diálogo constructivo sobre estos temas, si es realmente constructivo, debe abstenerse de este y de otros vicios de la comunicación política que en nada contribuyen a enriquecerlo, sino que lo merman y empobrecen, desviándolo hacia las banalidades y el empleo estéril del tiempo.

Cuando se dialoga, los interlocutores tienen que estar en disposición de arribar a un consenso. Todos los que participen deben hacerlo con el interés de llegar a un acuerdo no de obstaculizarlo o torpedearlo y tiene que predominar la honradez y la franqueza, mientras la única agenda legítima es aquella que se corresponde con el interés común que solo puede argumentarse desde la búsqueda del consenso.

En ocasiones la intención de defender a ultranza una posición se esconde hábilmente, en cuyo caso se está manipulando el diálogo con propósitos que van más allá del esclarecimiento del problema y del arribo a un consenso de interés común. Lo he podido comprobar, por ejemplo, cuando se critica una posición divergente o contraria en relación con otra haciendo creer que se defiende desde una posición supuestamente neutral, absoluta, ajena a cualquier sistema de valores o se esgrimen adscripciones que no son auténticas.

Asumir como rasgo personal una presunta neutralidad, equivale tanto a sentirse dueño de la verdad, capaz de juzgar los criterios de unos u otros otorgando “certificados de calidad”, como a presumir que se ubican en una posición intermedia que no se compromete con ninguna filosofía social sino con “la sociedad” en abstracto mientras en realidad se identifican con un determinado sistema de ideas y valores, que no reconocen abiertamente.

La complejidad es real, la neutralidad es imposible. Los seres humanos intercambiamos ideas persiguiendo determinados fines, las ideas no tienen valor per se; pretender una comunicación bajo tales presupuestos deja de ser algo terrenal para convertirse en divino y de poca utilidad.

No hay diálogo sin matices, ni matices sin emociones humanas. Cuando se intercambian criterios sobre temas de naturaleza social, sin desdorar la importancia que tiene el elemental enriquecimiento de los saberes, no puede obviarse que se está hablando de lo que unos u otros consideran correcto, mejor, sensato, etc., y eso tiene que ver con los intereses y con las relaciones de poder. Como aseguraba Hanna Arendt, sin la política no es posible hacer el bien.

El que los interlocutores identifiquen abiertamente el compromiso ético y político que anima sus ideas ayuda al diálogo. Dialogar, debatir o discutir, sí, pero entre gente honrada como afirmó Martí.

El diálogo como veremos más adelante requiere de un punto de partida compartido por todos los interlocutores: el interés de llegar a un consenso. De lo contrario se tratará más bien de una discusión o de un debate, sin detrimento de los dos últimos.

El consenso, naturalmente, no es unanimidad, no es que todos estén de acuerdo con todo, sino que, en la lógica de lo posible, es una conclusión que en un momento determinado deviene útil y propicia por razonablemente argumentada y ampliamente compartida.

La necesaria transparencia

La palabra transparencia ha sido muy manipulada, sobre todo porque se instaló en el universo simbólico un significado relativo a la experiencia mediática durante la implosión asistida de la URSS, la tan llevada y traída “glásnost”. Pero transparencia es claridad, limpidez, y en buena lid en el universo mediático eso equivale a información veraz, suficiente y oportuna, no al manejo irresponsable de la información, ni al libertinaje para hablar de todo y de todos sin normas profesionales y cívicas elementales y mucho menos a la tergiversación malintencionada.

Esclarecer los conceptos básicos

La intención de este breve acápite no es la de entrar en un debate lingüístico, que procure profundizar en aspectos semánticos o en usos y costumbres de muy difícil superación, mucho menos la de pretender que se acepten determinadas interpretaciones, pero creo que interesa poner en claro que si bien los términos diálogo, debate y discusión suelen utilizarse indistintamente y que en no pocas formas de entender su significado se entrecruzan y se emplean  recíprocamente para definir a unos y a otros, es importante dejar esclarecidas algunas aristas de sus diferencias y matices.

Lo que sigue es una interpretación de estos vocablos y de entrada quisiera, solo a los efectos que persigue este texto, posicionar un criterio: desde el ángulo de la intensidad y los propósitos finales parece dable diferenciar el diálogo del debate y de la discusión.

El diálogo

El diálogo debe interpretarse como un intercambio de ideas, presupuestos, criterios entre dos o más personas. Lo distingue la alternancia y se sobreentiende que la aceptación del diálogo contiene la intención de llegar a un acuerdo.

Según el diccionario de la RAE, “diálogo” en primera acepción es: “Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas y afectos” y en tercera acepción se define empleando la palabra discusión: “Discusión o trato en busca de avenencia”.

El diálogo suele partir de posiciones compartidas o cercanas y del interés expreso de arribar a un consenso o de profundizar un consenso ya existente. De ahí el tenor de los intercambios. No quiere decir que como resultado de un debate o una discusión no se pueda llegar a un consenso, sino que en el diálogo hay una mayor predisposición para ello. Si los interlocutores que participan en un diálogo pensaran exactamente igual, este sobraría.

Discusión según ese mismo diccionario es: “acción y efecto de discutir”, y discutir lo da en primera acepción como: “Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia” y en segunda acepción como “Contender y alegar razones contra el parecer de alguien”.

“Discutir” viene del latín “discutere” compuesto de la raíz “-dis”, separar, y de “quatere” que significa “sacudir”, mientras la palabra debate se define por el diccionario de la RAE en primera acepción como controversia y en segunda acepción como “Contienda, lucha, combate”. Sus raíces son latinas y las forman el prefijo “-de” que significa “de arriba abajo” y “battuere” que significa golpear.

De ello se desprende que aun cuando las tres acepciones suelen emplearse indistintamente, es evidente que el “diálogo” se diferencia de la “discusión” y del “debate”, más que lo que se diferencian los dos últimos entre sí.

Cuando se debate o se discute sobre algo es porque existe un tema polémico, sobre el cual no hay consenso ni se pretende el fin último de alcanzarlo. Cuando se dialoga es porque existe el interés expreso no de que predomine  un criterio, una opinión, una determinada conclusión que ya se tiene previamente y de la que unos y otros interlocutores están convencidos y cuya intención es que esta prevalezca, aunque naturalmente puede terminar siendo algo compartido total o parcialmente, como también es posible que no. Trátese de diálogo, de discusión o de debate, en su decurso se genera siempre un determinado caudal de información y de criterios que enriquecen el tema en cuestión.

En el diálogo así entendido se suelen sopesar mejor las razones debido a la predisposición positiva de los interlocutores: esto es decisivo para aprovechar al máximo el tiempo y los esfuerzos en la comunicación. No obstante, en cualquiera de las tres situaciones: diálogo, debate o discusión, juegan un papel fundamental, entre otras, las variables siguientes:

  • La cultura de los interlocutores
  • La precisión del tema
  • Las definiciones básicas
  • La organización del modo de intercambiar opiniones

En cuanto a este último aspecto, es evidente que la organización de la comunicación será diferente según las condiciones y medios a través de los cuales tiene lugar.

¿Sabemos dialogar?

Más allá del reflejo en el universo mediático nacional, de lo que no hay duda es de que se dialoga, debate y discute todos los días a lo largo y ancho del país sobre los temas más acuciantes y que debemos prestar mayor atención a cómo los cubanos intercambiamos criterios.

Cuando hablemos de lo que puede obstaculizar el diálogo cabe hacerlo extensivo -con diferente intensidad y frecuencia- al debate o a la discusión.

No serán pocos quienes de inmediato respondan que sí a la pregunta del subtítulo, porque en nuestra práctica diaria nos comunicamos constantemente, intercambiamos opiniones, discutimos… Pero en la medida en que los temas de los que se trate son más importantes y trascendentes, en esa medida hay que meditar más a fondo acerca de esta pregunta. Claro está, si se parte de ver el diálogo como un evento constructivo, social, colectivista.

Los vicios y desviaciones del enfoque constructivo del diálogo por lo general nos tocan a todos con mayor o menor frecuencia e intensidad. Y esto es muy importante, ya que es saludable no considerarse exento de ser víctima de ellos.

Algo de lo que me dice la experiencia

He sido testigo de una gran diversidad de comportamientos vinculados no solo con características personales de los interlocutores, sino con aspectos fundamentales que intervienen en cualquier intercambio como, por ejemplo, la confusión en los conceptos básicos de lo que trata el tema objeto de la comunicación.

No pocas veces el intercambio se realiza en torno a conceptos que tienen significados diferentes para los participantes. Estas diferencias pueden enriquecer los conceptos en cuestión, pero es preciso partir del consenso o del reconocido disenso acerca de estos conceptos, de lo contrario el intercambio suele irse por la tangente. Ocurre también que en ocasiones se manipula esta confusión con el afán de “predominar”.

A menudo en un determinado auditorio o en un grupo de interlocutores aparece quien se cree dueño de la verdad. Ya sea cara a cara, en Internet, o en otros ámbitos suele emerger la figura del sabelotodo que se auto-asigna la tarea de definir lo que está bien o lo que está mal de los otros interlocutores.

Cierta vez fui testigo de la intervención de un participante en un evento académico que se preservó para el final y luego fungió como auto-designado responsable de las conclusiones, diciendo “he escuchado todas las intervenciones, creo que todas aportan diferentes puntos de vista sobre el tema en discusión, sin embargo, lo principal es…, etc, etc.”

Tampoco falta el que convierte el intercambio de ideas en una campaña para obtener aprobaciones, lo que aleja el diálogo de lo sustantivo que radica en el aporte de nuevas ideas que contribuyan positivamente a esclarecer y comprender mejor el tema del cual se trate y arribar a consenso.

Es fundamental entonces entrar al diálogo sin creerse dueño de la verdad. No siempre quien se cree dueño de la verdad lo expresa de modo intransigente haciendo más visible su altanería, sino de modo más difícil de detectar. Pero en cualquier caso se trata de un “atrincheramiento” que obstaculiza el abierto y sincero intercambio de ideas y el enriquecimiento o conclusión del consenso.

Ningún interlocutor debe sentirse “derrotado” cuando se hace evidente que otros tienen mejores elementos y aportes que los propios, sino reconocer que todos pueden no solo aprender, sino también aportar en el intercambio.

No puede evitarse la pasión en la comunicación. Es una cualidad humana, podría decirse natural la de exponer y llegado el caso defender con entusiasmo aquello de lo que uno está convencido, pero se puede caer en desviaciones y extravíos si los interlocutores no están en capacidad de escuchar con respeto e igualdad a los demás. La fórmula del diálogo no puede ser “dialoguemos todo lo que quieran hasta que ustedes me den la razón”.

Una actitud que aparece en ocasiones es la del que adopta una postura paternalista respecto de los demás interlocutores lo que constituye una actitud desconsiderada para con ellos y que en el fondo refleja también la convicción negativa de creerse dueño de la verdad.

La fina ironía, la ironía elegante, suele ser bienvenida cuando alude a momentos del tema sobre el cual se dialoga, pues permite apreciar un punto de vista con mayor nitidez e impacto, pero ocurre en ocasiones que el diálogo se convierte en un debate entre dos que puede alcanzar un momento muy negativo si aparecen ironías mordaces o hirientes (“puyas”), que alejan el intercambio de su esencia y no aportan nada sustantivo al esclarecimiento y al consenso sino que lo complican y obstaculizan.

En el extremo del caso anterior aparece quien tiene la tendencia a la aplicación de calificativos a otros interlocutores, directa o indirectamente (por ejemplo: “así pensaban también los alquimistas que esperaban producir oro”) o el extremo de burlarse de ellos. Es preciso en el diálogo constructivo ser sustantivos, no emplear epítetos hirientes al valorar las opiniones de los demás.

En el diálogo es imprescindible ceñirse a lo que se lee o escucha. Hay que darse el tiempo para entender bien los argumentos de los demás procurando  seguir la línea central de estos, algo que no siempre es fácil porque depende de la claridad y capacidad que tiene quien los expone y la de quien los valora, y también por la lógica implicación de estos con múltiples otras aristas. Pero introduce mucho ruido en el diálogo cuando aparecen interlocutores que en el intercambio deslizan y adjudican a los otros a través de interpretaciones sesgadas contenidos que no han sido dichos o escritos por estos. Tal actitud suele resultar irritante y en nada contribuye al esclarecimiento y enriquecimiento del tema objeto del intercambio de opiniones.

También ocurre que uno o más interlocutores sacan conclusiones apresuradas que dejan demasiados espacios vacíos. Esforzarse por una ponderación sosegada y a fondo de los argumentos en la que quepan todos los aportes positivos contribuye a un mejor consenso.

Finalmente, el diálogo tiene una dimensión racional que refiere al aprovechamiento del tiempo y de los esfuerzos de los participantes, por lo que es preciso que aprendamos a dialogar y que pensemos siempre en la acotación del tema, sin pretender resolverlo todo. Una práctica perniciosa y manipuladora aparece cuando alguno de los interlocutores menciona como defecto de algo escrito o dicho por otro que “no lo ha dicho todo”, algo que, por otra parte, pasará siempre cualquiera que sea el tema objeto de análisis. El obstáculo al entendimiento mutuo aparece cuando eso se esgrime como una infracción merecedora de ser descalificada.

Las contradicciones generan el desarrollo, las contradicciones que existen en la sociedad y su examen contribuye a generar soluciones, pero a la hora de dialogar, debatir o discutir hay que esclarecer y acotar esas contradicciones y para ello es preciso evitar la introducción de obstáculos generados por olvidar las reglas elementales del intercambio culto de ideas, lo que puede generar contradicciones coyunturales adicionales. Hay que evitar los antagonismos que pueden generarse por el olvido de esas reglas elementales.

Como dije arriba, estos criterios solo pretenden aportar al intercambio que contribuya a canalizar los mejores aportes de todos. Un diálogo culto es un proceso de aprendizaje colectivo. No es una “batalla” en la que tiene que haber vencedores y vencidos, sino un evento del cual se espera que todos ganen.

Dario Machado
Dario Machado
Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

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