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Lo imposible es posible

Palabras del Presidente de la UPEC, Ricardo Ronquillo, a propósito de la graduación, este viernes, de jóvenes periodistas, comunicadores y científicos de la información en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Hay que ser «objetivos», proclaman algunos, en el intento de que arriemos las velas de nuestros sueños, tal vez para elevar las de sus privilegios. Y esa sería la peor profanación al ansia justiciera y libertaria de la Revolución cubana.
Aunque el momento persuada de suficiente sentido práctico —diríase que hasta de sus dosis de pragmatismo— no deja de asustar el desenfreno de cierto materialismo pedestre u «objetivismo desenfrenado, porque en la delicada frontera entre la «objetividad» y los sueños puede estar decidiéndose el «ser» revolucionario. A estas alturas es posible presagiar que una revolución perece cuando el romanticismo la abandona: «Seamos realistas, soñemos lo imposible», proclamaba el Che.

Cuba no hubiera tenido un Primero de Enero si Fidel y la Generación martiana que lo secundó no hubiesen saltado por sobre el marxismo de manuales y adocenamientos que desaconsejaba la Revolución. Tampoco sobreviviría, de haberse dejado dominar por el desgano tras la caída de los modelos socialistas soviético y este europeo, una situación solo superable con idealismo martiano: Lo imposible es posible. Los locos somos cuerdos.

Los ideólogos del «no se puede» y de «esperar el momento» no hubiesen tomado nunca el Palacio de Invierno, ni la Bastilla; ni se hubiesen lanzado a galope sobre las balas en Dos Ríos, y nos hubieran dejado para siempre sin apóstoles…

La voluntad y energía transformadora no deben cercarse entre preconcepciones y dogmas, porque la Esperanza no es una palabra cualquiera en el vocabulario político, mucho menos en la práctica revolucionaria. No es casual que la Revolución le diera a Cuba un sobrenombre hermoso, que todavía la marca en el destino del mundo: la Isla de la Esperanza.

Ya en otro momento, intentando encontrar el enorme sentido que ella tiene para el país que se abría a la actualización económica —y a otras actualizaciones—, recordé que el triunfo de 1959 fue para nuestra nación como el año uno en su tiempo de siglos: no le emergió un Cristo milagroso de la cruz, pero le nació una nueva fe.

En las palabras introductorias a un texto que resume las experiencias de muchos cubanos durante la Campaña de Alfabetización, intenté resumir ese hálito, ese encanto misterioso, esa ilusión que se expandió por Cuba con la Caravana de la Libertad y que nunca debería detenerse:

  • Era un país gobernado por los sueños, todos parecían posibles.
  • La irreverencia era la única convención. Toda añeja estructura, todo viejo prejuicio, toda antigua mezquindad se venían abajo para fundar un hermoso sentido de la justicia y la libertad.
  • La bondad y el amor se destapaban de todos los cofres del alma cubana.
  • Era una nación que había perdido la medida de todas las cosas; en la que no había empeños medianos, ni imposibles; en la que nada parecía más cuerdo que todas las benditas «locuras» relegadas por siglos.
  • No solo se estaba listo para cambiar a Cuba, también para salvar al mundo. En la isla perdida en la inmensa geografía universal comenzaba a dibujarse una nueva dimensión. El pequeño David se travestía en gigante de la redención humana.
  • Se saltaba de la adolescencia a la madurez como Gagarin de la Tierra al cosmos. La rebeldía y la sapiencia habían encarnado su perfecto cuerpo joven. La audacia y la imprudencia eran el brío que cambiaba el país.

Ofrezco disculpas por regresar a estas ideas, pero creo que es preciso insistir en que una nación que viene de enamoramientos y ardores semejantes, no debería dejarse arrastrar por la indiferencia o la apatía que reanida entre algunos de nosotros, entre aquellos a los que el cansancio los llevó a alinearse a proyectos de cuestionable valor para las ansias nacionales, o en quienes provocan esas reacciones al dar añejas respuestas, o dejar sin estas, a duros y emergentes problemas.

Una reciente provocación periodística me devolvió la idea de que en un cuerpo humano, y hasta uno social muy vigoroso, puede incubarse un alma envejecida. Sería una ingenuidad desconocer que hay circunstancias podadoras de sueños. Ello es lo que el genio poético de Rubén Darío describió como vivir estando muertos, sin entusiasmo, canosos por dentro, sin ideales.

Fidel, maestro y visionario de la política revolucionaria cubana, también discurrió en su momento sobre aquella teoría que sustentaba que, con el paso de los años, los movimientos revolucionarios pueden perder fuerza y popularidad. Cuando lo hizo, todavía no había ocurrido la caída del llamado socialismo real. No había en aquella alerta una visión apocalíptica sino sana y reconstituyente.

Por ello, no puedo sustraerme de comparar las circunstancias en las que se da este día tan hermoso para sus vidas, con el que vivimos los de mi generación cuando recibimos nuestros títulos. La de nosotros era la situación de un país que parecía que se apagaba; y no solo por los escasos y cortos alumbrones que resumían, simbólicamente, el sinnúmero de penumbras al que nos conduciría ese anómalo, largo y triste período que —para no perder nuestra costumbre laudatoria—, denominamos como «especial», y al que todavía no pudimos ponerle su punto y final.

Ustedes se gradúan, sin embargo, cuando nuestra Cuba se reilumina, busca una nueva y renovadora luz; cuando una revitalizadora energía parece sacudirnos de viejos y pérfidos cercos imperiales —recrudecidos y acrecentados—, y de anacrónicos atrincheramientos y burocracias para, en vez de precipitarnos hacia otro «periodo especial», hacerlo hacia la salida de la crisis y la definitiva y tan anhelada administración del desarrollo.

Muchas cosas se han confabulado para ello, pero sobre todo el ímpetu de una renovada dirección revolucionaria que, fiel a los ideales y a los fundadores, reinventa —pueblo mediante—, la fórmula de la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, para que tenga su otra oportunidad en el complejo siglo XXI.

Ustedes llegarán al mundo laboral de su profesión tras el reconocimiento político y constitucional del valor estratégico de la comunicación, y de la información como un derecho ciudadano y un bien público, tras la conformación de varios proyectos para la aplicación de la Política de Comunicación del Estado y del Gobierno, que incluye la creación de un Organismo de la Administración Central del Estado para el sector, cambios en los modelos de gestión económica con la inclusión de la publicidad y el patrocinio, revaluación de medios oficiales y no oficiales, reconfiguración de las plantillas de cargos y las concepciones salariales, y cuando se elabora un Decreto Ley que por vez primera pondrá en el ámbito del Derecho, lo que no pocas veces estuvo bastante al revés.

Todo lo anterior crea oportunidades inéditas para esos ámbitos y para el avance hacia un nuevo modelo de prensa y de comunicación e información pública para el socialismo, algo sencillamente imposible sin la confabulación y la sinergia de periodistas, comunicadores sociales y cientistas de la información, en esta era en la que cambiaron radicalmente las formas de construir consensos y las hegemonías.

Esos cambios no podemos perderlos de vista en la Cuba inspiradora de tantos idealismos, donde se intenta emerger de una aguda y continuada crisis con la refundación de su plataforma socialista, lo cual requiere de una especial sincronización de las decisiones técnicas y la política, porque esa renovación solo sería posible si las nuevas vanguardias revolucionarias mantienen la capacidad de enamorar.

El socialismo que ahora reformulamos nunca sería posible sin las «fuerzas morales» de las que nos habló el filósofo argentino José Ingenieros; menos aún sin ese «instrumento de índole moral» tan defendido por el Che. Para que no sea la esperanza lo último que se pierda.

Muchas felicidades en este hermoso día a ustedes, a sus padres y a los profes que supieron educarlos en los conocimientos y los sentimientos.

Nos vemos haciendo posible lo imposible.

Ricardo Ronquillo
Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

One thought on “Lo imposible es posible

  1. Estimado Ronquillo: Aunque no soy hombre de adjetivos, tengo que calificar de formidables estas palabras tuyas a las nuevas generaciones de periodistas. Sin dudas, cuenta la UPEC con profesionales, no solo buenos como periodistas sino también como educadores que inculcan en quienes ahora se incorporan a esta linda y digna tarea, esa “esperanza” a la que te refieres y que nunca pondemos perder. A partir de ahora muy importante será la atención que en cada medio seamos capaces de dar a estos jóvenes como continuidad de un proceso educativo que nunca termina. Un abrazo

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