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Eduardo Heras León o el “balletómano artillero”

De izquierda a derecha, Víctor Casaus, Francisco López Sacha y Eduardo Heras León. Foto: Yoandry Avila

Emotivo reconocimiento a la obra de Eduardo Heras León, a quien está dedicada la 28 Feria Internacional del Libro de La Habana

Patricia María Guerra Soriano, estudiante de Periodismo

Entre sus amigos Pedro, Miguel, Víctor, Francisco, Silvio, Germán y dos de sus alumnas, Dazra y Elaine, Eduardo Heras León, o mejor, el chino Heras, como le suelen llamar, aparecía inamovible, redescubriéndose consternado ante el orgullo con que hablaban, desde el corazón, al hombre al que está dedicada la 28 Feria Internacional del Libro de La Habana.

Hasta la Sala Nicolás Guillén, en la Fortaleza de San Carlos la Cabaña, llegaron este 9 de febrero Pedro Simón, Miguel Cabrera, Víctor Casaus, Francisco López Sacha, Silvio Rodríguez, Germán Piniella y las jóvenes Dazra Novak y Elaine Vilar, no a impartir conferencias, sino a conversar de Heras frente al propio Heras, como merecido panegírico a un ser humano extraordinario.

Porque así fue Eduardo, dijo Silvio Rodríguez al leer unas palabras escritas desde mucho antes, cuando fue entregado a Heras León el Premio de Edición en 2001, fue “un extraño soldado chino con el rostro estoico con el que los grandes hacen frente a las dificultades de la vida”.

El Premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de Edición, el Rango de Maestros de Juventudes otorgado por la Asociación de Hermanos Saíz y un sinnúmeros de condecoraciones y galardones literarios y artísticos, incluyendo la gestación del Centro Onelio Jorge Cardoso hace más de 20 años que demuestra cómo la escritura puede ser enseñada, no son los únicos resultados de su prolija obra.

Francisco López Sacha, narrador, ensayista y profesor de arte, o como le llamara Eduardo Heras, su exégeta, mencionó además: “En su extraordinaria trayectoria se incluyen seis importantes volúmenes de cuentos, dos colecciones de cuentos completos, un libro teórico de gran trascendencia, Los desafíos de la ficción, un libro de críticas de ballet y otro que se presentará próximamente con análisis, elogios y críticas que ha ido archivando de la cultura cubana”.

También, recordó Sacha: “Antes de que su primer libro, La guerra tiene seis nombres, recibiera en 1968 el premio David, otorgado por la Uneac, ya Heras formaba parte de la cultura cubana al entrar al colectivo de Alma Mater y combatir en Playa Girón, en 1961”.

En aquel homenaje no faltaron sorpresas. La entrega del premio Pablo, máximo reconocimiento otorgado por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, fue otra de ellas; su director Víctor Casaus, al erigir como principales motivos la admirable ética literaria y personal de Heras, su capacidad generosa para compartir conocimientos, saberes e ideas con los jóvenes y su formidable ejemplo de resistencia y participación, justificó el otorgamiento de la distinción.

Su compañero del aula en la escuela Márquez Sterling, Germán Piniella, quien es también narrador, traductor literario y crítico musical, no pudo dejar de hablar y develó los planes de jóvenes cuando soñaban cambiar el mundo por medio de la literatura y el periodismo: “De la tropa, él era el líder indiscutible. Era lo más parecido a un artista del Renacimiento”.

Este “melómana cultísimo”, como lo adjetivara Piniella, “tenía conocimientos enciclopédicos de elementos para nosotros eran esotéricos”.

Heras, continuó el autor de Un toque de melancolía, “enfrentó la adversidad de ser tildado contrarrevolucionario con la persistencia de un boxeador que se niega a ser derrotado. Eduardo merece, además, el premio de la vida”.

Ante todas las categorías con las que se pueda identificar, el homenajeado, prefiere la de maestro. Precisamente, este maestro de tres generaciones de narradores cubanos ha logrado forjar el mayor anhelo de los buenos pedagogos: la admiración de sus pupilos.

Dazra Novak y Elaine Vilar, dos de sus alumnas, hablaron en representación de los egresados del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso para “agradecer al profe que ha dejado de escribir sus libros para escribir los nuestros”.

El autor de Acero, libro al que Silvio Rodríguez se refirió como “la metáfora constante que salta de las chispas de diálogos intergeneracionales y que muestra lo que hemos sido y somos los cubanos”, es igualmente crítico de ballet.

El investigador literario y escritor Pedro Simón y el historiador y crítico de danza Miguel Cabrera, destacaron la relevancia de su crítica responsable y no impresionada.

Por eso, bien le queda el apodo de balletómano artillero, cuando Francisco López lo definió entre profesor de artillería y crítico de ballet y cuando le agradeció por ser artífice de una literatura que no debe rendir homenajes a nadie, como les advirtiera, cierta vez, el escritor José Soler Puig.

Después de la devolución de todas estas inmensas gratitudes y con el regocijo de saberse admirado, no tanto por los premios sino por los valores que lo identifican, a Heras le faltaron las palabras y se le agolparon los recuerdos, sin embargo, ya casi al final, alcanzó a decir: “Lo único que quisiera hacer ahora es estirar los brazos, abarcarlos a todos ustedes y darles un abrazo desde mi corazón”.

Redacción Cubaperiodistas
Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba

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