NOTAS DESTACADAS

Las misteriosas nunca muertes de Fidel Castro

Hasta siempre Fidel. Foto: Ladirene Pérez.

La partida física del líder de la Revolución cubana tiene ahora su prueba irrecusable en una humilde piedra de granito en el cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, pero a sus enemigos aquellas sagradas cenizas no sirven de mucho, la gran pregunta que les atormentará siempre es si definitivamente estará muerto.

La interrogante no es nada supersticiosa, como afirmé en un artículo por el aniversario sesenta de la entrevista entre el reportero y editorialista del New York Times Herbert Matthews y el entonces líder rebelde en la Sierra Maestra, así como de la aparición en dicho diario del material que, burlando las mentiras y la férrea censura de prensa de la dictadura de Fulgencio Batista, anunció que Fidel estaba vivo y combatía con su ejército guerrillero tras el desembarco del yate Granma y de la derrota de Alegría de Pío.

En el texto para La Jiribilla decía que cuando el 24 de febrero de 1957 se leía en la portada del Times que «Fidel Castro, el jefe de la juventud cubana, está vivo y peleando duro y exitosamente en los inhóspitos y casi impenetrables parajes de la Sierra Maestra, al extremo sur de la Isla», el suceso marcaría como un signo la existencia del líder revolucionario más influyente del siglo XX, se desmentía la primera de todas sus muertes, o de sus singulares nunca muertes.

Fue en ese diálogo que el Comandante revolucionario comenzó a usar su firma de puño y letra como prueba de vida. Tras las casi dos horas que duró el encuentro, el columnista norteamericano, visiblemente satisfecho, le pidió que firmara la libreta de notas para darle autenticidad a los datos, el Jefe Rebelde no sólo accedió a la petición, sino que agregó la fecha del histórico momento, una práctica que se hizo común a lo largo de su vida.

Aquel encuentro en las lomas orientales ofrece señales sobre el valor que ofreció a la prensa desde sus años juveniles en la lucha revolucionaria, y muy especialmente de cómo en circunstancias excepcionales se apoyó genialmente en la norteamericana para desmontar mentiras, manipulaciones, o alcanzar grandes propósitos. Fue determinante, por ejemplo, la forma en que hizo partícipe a la CNN en el desmontaje del golpe de estado contra Hugo Chávez el 11 de abril del 2002, en este caso se trataba, curiosamente, de demostrar también que el líder bolivariano estaba vivo, además de que no había renunciado a su condición de presidente.

Foto: Fernando Medina.

Pasados sesenta años de aquella entrevista histórica en la Sierra Maestra, es como si Matthews nos revelara, a cintillo gigante, que no importa cuán cierto sea que las cenizas del Comandante Rebelde están al amparo de una piedra de granito en Santiago de Cuba, lo imposible es que esté definitivamente muerto, esa es la mística sensación que estimula el texto Hasta siempre Fidel, cuando uno logra sobreponerse a los sentimientos que provoca repasar el delicado trayecto que terminan por construir sus quinientas veintinueve fotografías, versos, fragmentos de textos periodísticos, discursos y notas oficiales, que cubren el sobrecogedor itinerario desde que Raúl, su hermano de sangre, ideales y batallas, anunció en La Habana, 25 de noviembre de 2016, su muerte, hasta que al mediodía del 4 de diciembre se abrieron los portones para el peregrinaje a Santa Ifigenia, esa que es tierra sagrada para los revolucionarios cubanos y del mundo.

Si desde aquella entrevista histórica en la Sierra Maestra hasta el 25 de noviembre de 2016 su firma daba fe de la existencia de Fidel, con este libro se descubre que desde ahora será el pueblo quien lo salve con sus actos y lo ubique en condición de inmortalidad; para ello el líder de la Generación del Centenario escogió, casi como el cristiano sacrificio, ascender adonde no todos quieren ni pueden llegar, aunque lo intenten: las alturas del pueblo.

Las imágenes de este texto brindan el testimonio de esa elevación milagrosa, que no ocurrió a última hora, mientras su cuerpo volvía convertido en cenizas en la caravana que recordaba a la de la Libertad por más de mil ciento veinte kilómetros desde la capital hasta la ciudad indómita, sino cuando se trasladó de la cuna de oro al pesebre, y como el Apóstol de sus revelaciones comenzó a echar su suerte con los pobres de la tierra; sólo algo así puede explicar las conmovedoras imágenes de este libro, en las que, como bien se afirma desde su presentación, la muerte y sus consecuencias se tornan en iluminadoras sugerencias poéticas.

No hay en estas estampas estridencias ni fanatismo altisonante, es el dolor de más de cinco millones de cubanos que lo despidieron desde los bordes de la urna funeraria dándole forma a eso que su pueblo bautizó llanamente como «el fidelismo»; eso es lo que puede explicar, como veremos en estas páginas, que los jóvenes se salten los protocolos oficiales y se vayan a la Escalinata universitaria convocados sólo por el carisma de un líder que no conocieron en la misma forma que otros cubanos, porque no podían quedarse quietos y solos con su tristeza, y dieran hondo sentido a una frase que se hizo compromiso de un país para todas las generaciones: «Yo soy Fidel», porque los grafitis se saltaron los muros para terminar en paredes tan íntimas y sensibles como la piel, o que una joven se enfundara, sin más orden que su conciencia, de uniforme miliciano para ir a reverenciar a la Plaza de la Revolución, o que las notas del Himno Nacional puedan casi escucharse con toda su fuerza gloriosa en el rostro crispado de una joven que quiere gritar que «Morir por la patria es vivir», o que un negro venerable que parece llevar en su bastón y sobre su pecho todas las penas y las glorias patrias pose su mano como un lamento sobre la frente al pasar frente al guerrillero resguardado de flores en el Memorial José Martí, o que una guajira se aparezca solitaria en medio de la sabana mientras sobre su quitrín flamea la enseña nacional, o que el silencio respetuoso que cubrió a esta isla estentórea fuera roto por el gemido del alma y los soplos sublimes de la bandera izada sobre dos jóvenes en una moto en una calle cualquiera, o que en sublime irreverencia esa misma bandera se convirtiera en estola para la más imponente de las bendiciones patrióticas que se recuerden desde que este archipiélago comenzó a alcanzar la forma de nación.

Son tan abundantes y hermosas las expresiones recogidas por lentes muy sensibles, y tantas las ideas surgidas en aquellos días luctuosos, que es imposible resumirlas, como no pudieron hacerlo quienes, con un amor como el del pueblo humilde y una delicadeza como la del revolucionario a quien se honra, compilaron el libro Hasta siempre Fidel, entre ellos Rosa Miriam Elizalde.

Esta fineza es un regalo especial cuando recordamos los más de 150 años de prensa mambisa, que es decir hoy la prensa revolucionaria cubana, ese cuyo modelo estamos desafiados a cambiar para que se eleve siempre, como Fidel, a los altares amorosos y morales del pueblo, a quien se debe y representa.

Con el verde olivo, el rojo y el negro como trasfondo, los colores de los estandartes de lucha del líder del 26 de Julio, Hasta Siempre Fidel es una edición luctuosa a la vez que sobria y elegante, que nos incita a repensar, en celebración tan señalada, en los potenciales éticos y estéticos del periodismo cubano de la Revolución, ese que viene de referentes tan elevados como Félix Valera, José Martí, Juan Gualberto Gómez, Pablo de la Torriente, Che Guevara y Fidel Castro.

Para ello, como dije recientemente en Juventud Rebelde, contamos con una tradición periodística sedimentada por la más honda vocación de servicio, heredera de los fundadores de la nación, quienes al abordar la función y el alcance del periodismo apuntaron que debían renunciar al placer de ser aplaudidos por la satisfacción de ser útil a la patria, así como desobedecer los apetitos del bien personal y atender imparcialmente el bien público.

Pueden sentirse felices también sus hacedores, de que al regresarnos al doloroso momento nos recuerdan que con las cenizas de Fidel parecieron esparcirse por Cuba sus dos más grandes alientos, los de la esperanza y la fe, sin los cuales no podríamos seguir levantando todos los sueños que nos debemos.

¿Cuánto de la Revolución que Fidel llevó al triunfo nos será preciso ahora y hacia mañana?

—Un país gobernado por los sueños, y que todos parezcan posibles

—La irreverencia como única convención; toda añeja estructura, todo viejo prejuicio, toda antigua mezquindad, deben venirse abajo para fundar un hermoso sentido de la justicia y la libertad.

—La bondad y el amor destapadas de todos los cofres del alma cubana.

—Una nación en la que no haya empeños medianos ni imposibles, en la que nada parezca más cuerdo que las benditas locuras relegadas por los siglos.

—Una juventud creyendo que no sólo está lista para cambiar a Cuba, también para salvar al mundo, el pequeño David transmutado en Goliath de la redención humana.

—Saltar de la adolescencia a la madurez como Gagarin de la Tierra al cosmos, la rebeldía y la sapiencia encarnando su perfecto cuerpo joven; la audacia y la imprudencia como el brío que debe cambiar al país.

Por alguna razón sumergirme en este texto devuelve la idea de que es preciso insistir en que una nación que viene de enamoramientos y ardores semejantes no debería dejarse arrastrar nunca por la indiferencia o la apatía.

Fidel, maestro de la política revolucionaria cubana, también advirtió que con el decursar de los años los movimientos revolucionarios pueden perder fuerza y popularidad. El genio lírico de Rubén Darío clamaría por no vivir estando muertos, sin entusiasmo, canosos por dentro.

La Cuba socialista, inspiración de tantos idealismos, que intenta emerger de una ruda y continuada crisis en medio de un insoslayable relevo político generacional y con la fundación de una nueva plataforma emancipadora, deberá sincronizar especialmente las decisiones prácticas y la política; sólo así alcanzaremos el triunfo sobre la pesadumbre o el desespero, demostrando el valor de la esperanza, esa delicada y sensitiva dama espiritual que Fidel, como enseña este libro, le devolvió a Cuba, y a cuya conquista no podemos renunciar porque, como también se advirtiera poéticamente, el ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del sol, con ella se extingue el esplendor de nuestra vida.

Ese es, tal vez, el mensaje más claro en este texto para quienes han presentado a los cubanos como un pueblo esclavizado cuando no fanatizado, y hasta convirtieron en táctica política la llamada solución biológica.

Fidel perdurará porque supo encontrar la tan explorada y ansiada Fuente de la Eterna Juventud; sus cenizas están en Santa Ifigenia, pero este guerrillero de la justicia y la libertad seguirá batiéndose desde el corazón de su pueblo, allí donde cada dogma tiene su día, pero los ideales son eternos.

 

Ricardo Ronquillo
Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

One thought on “Las misteriosas nunca muertes de Fidel Castro

Responder a Maga Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *