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Crónica a la libertad

Cien años después del 4 de julio de 1776, fecha en que Estados Unidos de América declaró su independencia de Inglaterra —según relata Martí en su crónica fechada el 29 de octubre de 1886, al día siguiente de la inauguración del monumento—, Francia obsequió a la nación norteña una escultura que por su nombre e intención constituía un símbolo de soberanía: la estatua de la libertad.1

Fue diseñada por el escultor francés Frédéric-Auguste Bartholdi (1834-1904), quien estudió Escuela Nacional Superior de Bellas Artes francesa y durante la Guerra franco-prusiana (1870-1871), fue jefe de escuadrón y actuó como edecán del general Giuseppe Garibaldi. En junio de 1871, Bartholdi viajó a Estados Unidos y escogió la isla de Bedloe, hoy de la Libertad, al sur de Manhattan, para la ubicación de la escultura.

La colosal estatua de cobre representa a una mujer, vestida con túnica y corona, mientras mantiene en alto en la mano derecha una antorcha y en la izquierda lleva un libro con la inscripción “4 de julio de 1776”; a sus pies se encuentran cadenas rotas. Es una de las mayores del mundo, tiene una altura de 93,5 m, desde la base del pedestal hasta la punta de la antorcha. La figura mide 46,4 m de altura y la cabeza, a la que se puede acceder a través de escaleras o ascensores, 3,05 m de oreja a oreja. Tiene en total un peso de más de veinticinco mil toneladas. Su estructura interna fue diseñada por Alexandre Gustave Eiffel, creador de la famosa torre, símbolo de París.

En un inicio se llamó “La libertad iluminando al mundo”. La estatua, la isla y la cercana isla de Ellis fueron declaradas monumento nacional en 1924 y, en 1984, patrimonio cultural de la humanidad.

Al referirse a ella, el Apóstol pondera su estatura: “[…] Ni el Apolo de Rodas […] fue más alto! Ni el Júpiter de Fidias […]”, y la compara con otras maravillas de la estatuaria. Aprecia también su múltiple influencia clásica: “[…] Está hecha de todo el arte del universo, como está hecha la libertad de todos los padecimientos de los hombres./ De Moisés tiene las tablas de la ley: de la Minerva el brazo levantado: del Apolo la llama de la antorcha: de la Esfinge el misterio de la faz: del Cristianismo la diadema aurea”.2
El monumento fue inaugurado el 28 de octubre de 1886 por el presidente Stephen Grover Cleveland (1837-1908), quien —según refiere Martí en su extensa y detallada crónica— expresó en la solemne ceremonia: “No estamos aquí hoy para doblar la cabeza ante la imagen de un dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza, sino para contemplar con júbilo a nuestra deidad propia, guardando y vigilando las puertas de América, más grande que todas las que celebraron los cantos antiguos: y en vez de asir en su mano los rayos del terror y de la muerte, levanta al cielo la luz que ilumina la emancipación del hombre”.3
Pienso que el Apóstol, quien conocía muy de cerca el capitalismo norteamericano y temía por el destino de nuestra América en manos del naciente imperialismo, citó en su crónica estas palabras de Cleveland con toda intención. Lo cierto es que entonces, como hoy, de una u otra forma, la política norteamericana ha convertido a esa nación justamente en lo contrario de lo afirmado por el presidente. Por eso, cabe preguntar si el símbolo de la libertad donado por los franceses a los norteamericanos sigue siendo tal o si se ha transformado en “la imagen de un dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza” lanza “los rayos del terror y la muerte” por todo el mundo. Esa pregunta pudiera hacerse en Japón, donde todavía hoy siguen naciendo personas con secuelas del estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagassaki; o en Vietnam, donde miles de hectáreas fueron defoliadas por el uso del napalm y otras sustancias; o en Palestina, donde tantos seres humanos han quedado sin hogar; o en Afganistán y en Irak, donde fuerzas armadas de Estados Unidos y sus aliados sembraron la muerte con su muy superior poderío militar; o en el centro de Europa, donde los bombardeos con uranio empobrecido han contaminado el Danubio. O, mejor aún, que nos pregunten a los cubanos, quienes por más de cincuenta años hemos enfrentado el bloqueo más brutal y extenso de la historia mundial, mediante el que “un dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza” pretende rendir por hambre a un pueblo digno, que trabaja y se esfuerza por construir un mundo mejor para todos sus ciudadanos, por defender su derecho a una vida más plena. Son muchos los que en el convulso mundo de hoy pueden acusar al “dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza”, que lanza en nombre de la libertad “los rayos del terror y la muerte”, por pretender obstaculizar el derecho de los pueblos a la libertad.
En su interesante crónica, refiriéndose a la influencia de Francia en otros pueblos del mundo, dice Martí: “Bendito sea el pueblo que irradia”, para de inmediato lamentar que esta nación y el marqués de Lafayette no sean muy recordados ni reciban la gratitud que merecen por parte de todos los norteamericanos; aunque, ese día, las notas de “La Marsellesa”, el himno de la libertad, llenaron de emoción los corazones todos en el momento de develar la colosal estatua.

Al respecto, recuerda el cronista: “¡Ah!, de Francia, poca gente habla. No hablan de Lafayette,4 ni saben de él”.5 Tampoco saben que la tercera y definitiva etapa de su gesta emancipadora estuvo marcada por la entrada en campaña de la flota del almirante francés François Joseph Paul, conde de Grasse; los ejércitos de los generales franceses Rochambeau,6 Lafayette y Viomenil;7 la caballería del coronel Armand Louis de Gontaut-Biron, duque de Lauzan; la artillería de Jean Baptiste Vaquette de Gribeauval; así como las tropas del barón prusiano Augustus von Steuben, entre otros muchos nombres ilustres, como el del teniente Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, quien sería más tarde el creador del socialismo utópico. De modo que fueron varios los notables europeos, fundamentalmente franceses, que junto a miles de patriotas de las Trece Colonias participaron en esta contienda liberadora.

Nuestro Martí fue testigo presencial de la inauguración de la estatua y de la alegría de los norteños en su fiesta nacional; pero no olvidó, en ese día de júbilo, a su patria oprimida. Por eso, sus primeras palabras fueron una dramática invocación: “Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene”.8

 

Notas
1 Dos copias más pequeñas se encuentran en el puente de Grenelle, sobre el río Sena, en París, cerca de la torre Eiffel, y otra, situada originalmente en los Jardines de Luxemburgo, junto al palacio homónimo, sede del Senado francés y un siglo después trasladada al Museo de Orsay. Existen otras réplicas en Tokio, Buenos Aires y Campeche.

2 José Martí: “Fiestas a la estatua de la libertad”, en Raúl Rodríguez La O: La Argentina en José Martí, Ediciones Abril, La Habana, 2007, pp. 209-210.

3 Ibídem, p. 214.

4 Marie Joseph Motier, marqués de Lafayette.

5 José Martí: Ob. cit., p. 202.

6 Jean Baptiste de Vimeur, conde de Rochambeau.

7 Charles-Joseph-Hyacinthe du Houx, conde y marqués de Viomenil.
8 José Martí: Ob. cit., p. 197.

María Luisa García Moreno
Profesora de Español e Historia, Licenciada en Lengua y Literatura hispánicas. Periodista, editora y escritora.

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