COLUMNISTAS

Cinco tesis y mucho camino por delante

La intervención del presidente Obama ante una representación de la sociedad
civil cubana, especialmente seleccionada e invitada, que vimos por
televisión, es una joya de orfebrería política, que debería estudiarse en
las facultades de comunicación y las escuelas del Partido.
Sus frases no parecen haber sido bordadas por expertos y hábilmente leídas
en un teleprompter, sino estar saliendo de su corazón. Esta pieza de
oratoria, su puesta en escena y su perfecta interpretación la hacen parecer
realmente una conversación, no un documento cargado de tesis de principio a
fin.

Comento algunas de estas tesis y su brillante manejo discursivo, a partir de
la lógica con que el Presidente ha construido la visión de nuestra realidad
y la de Estados Unidos, así como de su tono directo.
Mis modestos comentarios no pretenden ser el espejo de la sociedad civil
cubana, sino apenas una reflexión crítica sobre el sentido común, el de
Obama y el de esa sociedad, reconociéndola en su heterogeneidad, vibrante y
politizada, no satisfecha con monólogos, por muy bien armados y
carismáticos, sino con el diálogo real entre una diversidad de ciudadanos,
ya que son mucho más que dos. Lo hago en un espíritu de debate, no solo por
la invitación del presidente Obama a una discusión que “es buena y
saludable”, sino porque ese debate se ha legitimado entre nosotros desde
hace tiempo, como parte de una libertad de expresión que la sociedad civil
se ha ganado por sí misma, más allá de estridencias y chancleteo, sin
esperar dones de lo alto o de benefactores poderosos de afuera.

1. “Debemos dejarlo todo atrás.”

Desde su primer discurso, en la Cumbre de Puerto España (2009), el
presidente Obama ha insistido en no ser responsable de la guerra que EE.UU.
ha mantenido contra Cuba, porque todo eso pasó “antes de nacer”
él. Con ese giro personal, soslaya lidiar con el legado en el uso de la
fuerza de EE.UU. hacia Cuba en los últimos 150 años. Hoy nos dice que su
mensaje es “un saludo de paz”, y que mejor sellamos ese pasado. Siempre que
se trate de mirar adelante, hagámoslo. Sin embargo, a renglón seguido de
este introito con rosa blanca, le pasa la cuenta a la revolución por el
dolor y el sufrimiento del pueblo cubano, y despacha ese periodo como “una
aberración” en la historia de las relaciones bilaterales.

Si en lugar de dejar atrás el pasado, queremos reexaminarlo de manera
ecuánime, y verlo en toda su complejidad, sin espejuelos ideológicos ni
frases diplomáticas, no ayuda evocarlo como si fuera The Pérez Family,
aquella película con Alfred Molina y Marisa Tomei. La normalización se
inicia del lado de EE.UU., no por su infinita benevolencia, sino porque es
en sus manos donde ha estado la decisión de cambiar las cosas.
Mirándola de cerca, la recapacitación de Obama y su desacuerdo con la
política de EE.UU. durante todo ese mismo periodo “aberrante” consiste en
que “no estaba funcionando”, porque no logró su objetivo: derrocar el
socialismo cubano por la fuerza y el aislamiento. Su mérito consiste en
haberlo declarado desde Puerto España, y proclamar ahora “el coraje de
reconocerlo”, aunque se trate de una política que el resto del mundo
comparte hace más de veinte años.

En ese discurso caracterizado por la franqueza, sin embargo, no dice ni una
sola vez que además de errónea, esa política fue contraproducente, porque no
solo atropelló el bienestar del pueblo y la soberanía cubanas, sino impuso
la necesidad de armarse hasta los dientes, y condujo a la maldita situación
de una fortaleza sitiada, y de un estado de seguridad nacional cuyas
consecuencias económicas y políticas aún estamos pagando.
No es posible desconocer que ese ciudadano norteamericano elocuente y sin
pelos en la lengua, que reclama decirnos lo que piensa, es también el
Presidente de los EE.UU. Con esa misma franqueza, podría haberle entrado al
tema con la manga al codo, reconociendo el papel del Estado norteamericano
no solo en los costos del pueblo, sino en nuestros problemas actuales, y
dándonos un ejemplo de voluntad para decirlo todo, sin cortapisas, si
queremos llegar realmente al fondo de las cosas, ahora mismo y en el futuro.

2. “Gracias a las virtudes de un sistema democrático y respetuoso de la
libertad de los individuos, EE.UU. es el país de las oportunidades, donde el
hijo de un inmigrante africano y una blanca madre soltera pudo llegar a ser
presidente”.

Este notable discurso nos conduce a menudo por caminos clásicos como el del
sueño americano, con una maestría narrativa propia de Steven Spielberg, que
habría envidiado entre nosotros el gran Félix B. Caignet.
Aunque se niega, con razón, a quedar atrapado por la historia, Obama termina
dándonos su propio relato de las cosas que han pasado no solo aquí, sino
allá. En una de sus tesis centrales, afirma que la justicia social alcanzada
por ellos se debe precisamente al sistema democrático adoptado por los
padres fundadores.

El año próximo se cumplen 150 años del fin de la Guerra civil, que dividió
el Norte y el Sur de esa gran nación, en el enfrentamiento más terrible, en
términos materiales y humanos, que hayan sufrido los EE.UU., sumando todas
las guerras en que ha participado. Si la democracia hubiera bastado para
resolver el problema de la esclavitud, no hubiera sido necesaria aquella
guerra atroz, provocada por el alzamiento de la tercera parte del país en
contra del poder legítimo, democráticamente electo, y que costó 750 mil
muertos, medio millón de heridos, 40% del Sur destruido, propiedades
perdidas para siempre por los sureños derrotados, un presidente Lincoln
vilipendiado y finalmente asesinado, solo para abolirla.

Un siglo después de esa terrible Guerra civil, al lado de la cual nuestra
revolución, con todos sus costos humanos y familiares es un paseo por el
campo, todavía la mamá de Obama tuvo que irse con su familia a criarlo en un
estado tan próximo como Hawai, donde su hijo mulato pudo crecer rodeado de
menos discriminación rampante que en los EE.UU. continentales –como él mismo
nos recuerda en su discurso–.
Todavía hoy, como demuestran historiadores y sociólogos norteamericanos, las
heridas de aquella conflagración no han cerrado del todo, y las causas
estructurales de la desigualdad racial y la violencia asociada no logran
rebasarse. Si Martin Luther King Jr. y muchos norteamericanos, de todos los
colores, así como nosotros en Cuba, celebramos el triunfo de un candidato
negro en las elecciones de 2008, también sabemos que con eso no basta para
que un sistema político se haga más democrático –ni allá ni en ninguna
parte.

En cuanto al pluralismo del sistema, suena como un wishful thinking, o una
buena idea, que un candidato socialdemócrata hiciera campaña y llegara hasta
el final con alguna visibilidad, como una tercera vía en el marco de hierro
bipartidista de los EE.UU., en lugar de verse forzado a un Partido Demócrata
que abomina, para tener algún chance de participar, en ese bicentenario
sistema político estadounidense, al cual José Martí le dedicó cientos de
páginas, que leemos poco y conocemos menos de lo que deberíamos.

3. “El socialismo tiene sus cosas buenas, como la salud y la educación
(aunque le falta los derechos ciudadanos y las libertades que tienen los
EE.UU.)”.

Gracias. Pero es que eso de la salud y la educación lo dice todo el mundo.
En rigor, la cuestión de contrastar los atributos de nuestros dos sistemas
requiere ponerlos en un contexto mayor. Antes de compararlo con Cuba, habría
que poner al sistema norteamericano al lado de otras economías de mercado y
democracias liberales del mundo. ¿Alguien más tiene uno igual? Lo que hay
que explicar es por qué esa democracia basada en valores universales, donde
todo se alcanza, no ha podido conseguir un sistema nacional de salud, ni
siquiera uno tan incompleto como el proyecto original del Obamacare. ¿Cómo
se explica que la educación pública, que no es un invento comunista, ha
funcionado en muchos países europeos, mientras en EE.UU. tiene índices tan
pobres?

A propósito de la medida del socialismo cubano, me pregunto si esta se
contiene en dos servicios públicos gratuitos, como salud y educación, igual
que tienen los canadienses y los finlandeses. Ya sé que muchos cubanos
piensan así. Desde mi punto de vista, sin embargo, el mayor logro del
socialismo cubano (incluyendo no solo al gobierno, sino a todos los cubanos
que lo hacen posible) ha sido la reivindicación del sentido de la dignidad
de las personas y la práctica de la justicia social, al margen de su origen
de clase, su color o su género. Eso explica, por cierto, que los cubanos
estemos alarmados hoy ante el crecimiento de la desigualdad y la pobreza, y
no la aceptemos como un hecho natural, sino como la erosión de una condición
ciudadana fundamental. ¿O es que el costo del retroceso de los perdedores se
equilibra con la prosperidad de los ganadores, y la mayor polarización
social es el costo fijo de una mayor libertad? ¿Se resuelve con impuestos y
un supuesto efecto de derrame hacia abajo? ¿Dónde es que pasa eso? Cuando
digo igualdad –no uniformidad ni igualitarismo– me refiero a a la práctica
real de ese derecho, no a la letra de una constitución.

Los cubanos debemos recordar que nuestro huésped, el Dr. Barack Obama, es
graduado de la Escuela de Derecho de Harvard, y enseñó en la Universidad de
Chicago esa materia, Derecho constitucional, antes de ser organizador
comunitario en esa ciudad, y luego político local, así que tiene plena
conciencia de lo que estamos tratando. Una cosa es la ley y las
instituciones del sistema, y otra la justicia social. Decir que la práctica
de esa justicia en Cuba consiste en “el papel y los derechos del Estado”, en
oposición a los del individuo, revela, en el mejor caso, ignorancia, y en el
peor, mala fe. Tratándose de él, seguramente se trata solo de lo primero.

Claro que tenemos mucho que avanzar en materia de derechos ciudadanos
efectivos, refuerzo de la ley, empoderamiento y representación de todos los
grupos sociales, y no solo de nuestros emprendedores privados, en el camino
hacia una democracia ciudadana plena. Hacerlo sobre la base de nuestra
propia cultura política, y tomando en cuenta otras experiencias de
descentralización y participación local en América Latina, más que las de
nuestros amigos asiáticos, es una tarea que no se debe dejar para más
adelante. Con sincera admiración hacia los luchadores por los derechos
civiles en EE.UU., decenas de ellos asesinados por la ultraderecha y
acosados por el FBI, nuestro horizonte de derechos ciudadanos queda mucho
más allá.

4. “El cambio en Cuba es cosa de los cubanos”.

Naturalmente, todos aplaudimos. Pero en ese mismo párrafo, el Presidente
toma cartas en el asunto, para defender los derechos de “sus cubanos”, es
decir, los exiliados de Miami y los disidentes en Cuba, precisamente
aquellos que se reconocen como aliados de EE.UU. Aunque sabemos que la
mayoría de los emigrados de los años 80, 90 y actuales, no se han ido por
las mismas razones políticas que los emigrados en los 60 y 70, sino
económicas y familiares; aunque los que se han ido desde 1994-1995 no son
considerados refugiados políticos por la ley norteamericana, sino
simplemente inmigrantes; que 300 mil de ellos visitan Cuba pacíficamente
cada año; que esos inmigrantes más recientes representan la mitad de todos
los cubanos residentes en EE.UU., y son los que mandan 1,7 mil millones de
dólares a sus parientes en la isla, con los que mantienen estrechos
vínculos, pues no se fueron peleados; que la mitad del resto nacieron en
EE.UU., y por tanto tampoco son refugiados políticos, e incluso visitan la
isla con pasaporte norteamericano, el presidente Obama habla de dos millones
de “exiliados” cubanos, con los cuales él promueve algo llamado la
“reconciliación”. ¿Será posible que tampoco sepa del creciente número de los
repatriados, desde la ley migratoria de enero de 2013? ¿De los
cubano-americanos que no hacen negocios con Cuba porque la ley del bloqueo
se los impide? Y si no es así, entonces, ¿entre quiénes es la
“reconciliación” por la que aboga? ¿Serán los políticos del lobby
archiconservador cubano-americano, opuesto a la normalización? ¿Sus aliados
en Cuba? ¿Los batistianos sobrevivientes?

Cuando él habla, por cierto, de nuestras relaciones, las de todos los
cubanos de Cuba con los norteamericanos, dice que somos exactamente “dos
hermanos de la misma sangre” que nos hemos visto “separados por muchos años”
debido a la fatalidad de esta “aberración” que tenemos aquí. Dicho sea en
honor a la verdad, desde hace más de un siglo, los cubanos hemos sido vistos
(y para muchos seguimos siéndolo), como una raza inferior, porque somos un
pueblo de color, nada de consaguinidad. En cuanto a nuestro código genético
compartido con afronorteamericanos y latinos, sería conveniente que sus
asesores le contaran al presidente que a esos cubanos exiliados de Miami ,
donde no abundan los negros, pero sí el racismo rampante de la clase alta
cubana, no les gusta que los llamen latinos, porque se sienten superiores
–como bien saben los demás latinos y negros norteamericanos–. Esos exiliados
de pura cepa le hicieron un acto de repudio al mismísimo Nelson Mandela,
cuando visitó los EE.UU., y quiso ir a Miami; y suelen llamarle al
presidente Obama, desde que fue elegido, “el negrito de la Caridad” (lo que
no es exactamente un trato cariñoso, aunque lo parezca). Ahora que ha hecho
todo esto con Cuba, lo llaman simplemente “el traidor”. Seguramente él
entiende por qué no nos es fácil reconciliarnos con ellos.

5. “La normalización con EE.UU. está abriendo las puertas de los cambios en
Cuba”.

Según este diagnóstico, aquí no ha estado pasando nada en estos últimos
años. O sea, el gobierno cubano “se ha abierto al mundo” gracias al 17 de
diciembre de 2014; y le falta todavía descubrir que la mayor riqueza de este
país es su capital humano. Con todo respeto por el sector privado que
tenemos, imaginar que nuestro potencial de desarrollo e inventiva se cifra
en rentar habitaciones, fundar paladares, y mantener rodando los almendrones
es ignorar a nuestro mayor capital humano, formado por lo que hacen nuestros
médicos, profesores universitarios, artistas, agricultores, científicos,
profesionales. Olvidar que los periodistas, oficiales de las instituciones
armadas, diplomáticos, maestros primarios y secundarios, dirigentes, muchos
de ellos jóvenes y bien preparados, son parte principal de la riqueza de la
nación, aunque no sean ni vayan a convertirse en “sector privado”. No hay
que confundir a la sociedad civil con los negocios. ¿O alguien piensa que
estos barberos y dueñas de pequeños negocios tan justamente celebrados estos
días han brotado en las calles por generación espontánea, en vez de haber
sido creados por la ley cubana, y mantenerse ligados a las instituciones
locales, con las que colaboran?

Esta visión excluyente privado-estatal parece acompañar la imagen de un país
que se representa como paralizado, donde nada cambia, y no lo hará hasta que
los cubanos no conozcan otros puntos de vista diferentes a los
prevalecientes, gracias a una comunicación con el mundo exterior, de la que
carecen. Cuando tengan una conexión ADSL en sus casas, y descubran internet,
despertarán, como cuando la princesa fue besada por el príncipe. Mientras,
seguirán en otro mundo, sin ninguna modalidad de acceso a internet, ni
correo electrónico ni celulares. No es ni siquiera el vaso medio vacío, sino
la idea de que no hay vaso alguno.

Finalmente, en el espejo del discurso del Presidente no se refleja nada
parecido a un programa de reformas en curso, ni una sociedad cubana capaz de
debatir sus problemas públicamente. Claro que la normalización puede ser un
factor favorable a ese cambio; aunque también un factor negativo. De lado de
allá, depende de la capacidad de la política norteamericana en tratar a Cuba
como a otros países con los que colabora, a pesar de diferencias y problemas
internos. Los casos de China y Vietnam, evocados en el discurso del día de
San Lázaro, podrían ser una pauta constructiva a seguir. Del lado de acá,
depende de la capacidad de nuestra política para evitar adherencias
ideológicas, como las que ocurren cada vez que EE.UU. decide favorecer a un
sector, trátese de internet, los trabajadores del sector no estatal o los
jóvenes. Para decirlo como Nitza Villapol, ahora que la política con EE.UU.
es la tarea de muchos, habría que aprender a cocinarla en una olla de
teflón, donde las cosas no se le peguen, o se amarguen sin necesidad.

La milimetrada puesta en escena de Obama durante toda la visita, cuyo punto
culminante, en términos dramatúrgicos, fue el discurso ante la sociedad
civil, el 22 de marzo, se anticipaba en el blog del Departamento de Estado,
titulado Engaging the Cuban People, cuatro días antes, por su encargado, el
Vice Asesor de Seguridad Nacional para Comunicaciones y Discursos
Estratégicos, Ben Rodhes.

En su discurso, el presidente Obama reconoció afinidades culturales cubanas
con los EEUU en el béisbol, el cha-cha-cha, los “valores familiares”.
También llamó la atención sobre las capacidades de los cubanos,
especialmente los jóvenes, para funcionar en el contexto de la cultura de
mercado de EE.UU. A lo largo de este documento hizo exhibición de
familiaridad con lo cubano, y su cultura popular.

No estoy seguro de que los asesores de Obama entiendan que la familiaridad
cubana con lo norteamericano no es solo una razón para apreciar sus
productos y sentido del espectáculo, sino una capacidad para entender sus
usos y manejos. En efecto, sin haber puesto nunca antes los pies en la isla
ni haberse criado con cubanos, en su discurso del día de San Lázaro de 2014,
dijo “No es fácil” en español; cuando aterrizó en La Habana y en su
conversación telefónica con Pánfilo, sin venir mucho al caso, suelta “Qué
bolá”, igual que cuando el Air Force One toca suelo cubano; fue capaz de
citar a José Martí una y otra vez (ninguna de ellas hablando de EE.UU.). El
empaquetamiento cultural del mensaje no parece haberse ahorrado nada, ni a
la Ermita de la Caridad de Miami.

Según este guion, la reunión procuraba demostrar su apoyo a “los valores y
derechos humanos universales, incluyendo el respeto por el derecho a la
libertad de expresión y reunión.” Y su “profundo desacuerdo con el Gobierno
cubano” en torno a estos temas, y su creencia en que el encuentro pone a
EE.UU. en posición mejor para suscitar estas diferencias directamente con el
gobierno cubano, y seguir escuchando a la sociedad civil.” Finalmente, “este
guion anuncia que sus planteamientos subrayarán el continuo espíritu de
Amistad, y proyectarán su visión sobre el futuro de la relación entre los
dos países”. En resumen, una de cal y otra de arena, como era de esperar.

Me gustó ver a Raúl, desde su balcón, sonriendo después de escuchar la
tirada de Obama, saludando y haciéndoles señas a los asistentes, en lugar de
asumir una expresión adusta o contrariada. Unas horas después, con un
elegante saco azul de sport, acompañó a un presidente Obama en mangas de
camisa, en los primeros innings de un juego de pelota, que perdimos sin
remedio. Sportmanship es una vieja palabra, que puede resumir de manera muy
simple el nuevo estilo que demandan las relaciones políticas entre Cuba y
los EE.UU.

A mi juicio, los cubanos tenemos mucho camino por delante en materia de
fortalecimiento de prácticas de participación y de democracia ciudadanas, no
meramente multipartidistas. Y más vale que tomemos ese toro por los cuernos,
en lugar de asumir la postura vergonzante de que a nuestro socialismo lo
único que le falta es eficiencia económica y recuperación de bienestar
social, de manera que no hay que tocar el funcionamiento del sistema
político, los medios de comunicación, el papel de los sindicatos y las
organizaciones sociales, el propio Partido Comunista y el poder omnímodo de
la burocracia –eso que Rául llama “la vieja mentalidad” –. No basta con
citarlo a él, hay que llevar ese guion, que no es precisamente el de un
espectáculo, a una nueva puesta en escena, a la altura que piden los tiempos
y la gente.

En cuanto al significado de la visita para los cubanos, esta cumplió su
cometido, más allá de la escena, pues permitió que ambos presidentes
conversaran directamente sobre los próximos diez meses acerca de nuestros
intereses comunes, la etapa decisiva en la construcción de ese puente que la
próxima administración debe encontrar tan avanzado como para que sea
demasiado costoso dinamitarlo.

Irónicamente, cuando Barack Hussein Obama salga del cargo como presidente #
44 de EE.UU., adonde llegó ocho años antes envuelto en las mayores
esperanzas de las últimas décadas, entre su puñado de realizaciones estará
la normalización con Cuba. Quizás dentro de unos años no se recuerden las
frases bordadas por su talentoso equipo de especialistas en comunicación, ni
lo que dicen sobre nosotros y ellos.
Pero muchos cubanos y norteamericanos no olvidaremos su mensaje de paz, y
muy especialmente, su determinación como primer presidente, después de
tantos años de guerra, en atravesar este camino distante y cercano, para
hacernos la visita en La Habana.

Rafael Hernández.
Sociólogo cubano. Director de la revista “Temas”.
Share via