Haydee Santamaría
NOTAS DESTACADAS

Monólogo para un documental del Icaic

I. Encrucijada-Constancia

Abel [Santamaría] decía desde niño que teníamos o éramos de un origen que todavía no he podido definir. Empezó a trabajar a los nueve años en el almacén del central Constancia, y no por un problema de necesidad, empezó en ese almacén –supongo que en casi todos los centrales era así–, porque eran los hijos de los jefes los que entraban desde pequeñitos en lugares de cierta importancia, aunque fuera barriendo, para hacerse con ese cargo en el futuro. Un tío político nuestro era el jefe financiero, y Abel empieza a descubrir cómo se robaba ahí; descubre cómo a un pequeño campesino, agricultor de caña que tenía un pequeño pedacito, nunca se le molía la caña, pero sí se le daba una cuenta, es decir, se le fiaba hasta llevarlo a un punto en que no podía pagar ni en cincuenta años lo que había cogido en la tienda. Entonces le decían: «Bueno, te saldamos la deuda a cambio de ese pedacito»; pero es que ese pedacito estaba al lado del otro pedacito y este pedacito estaba al lado de aquel otro pedacito, así se fueron haciendo latifundios de dos o tres personas y solo se molía la caña de dos o tres personas. Abel descubrió esa monstruosidad, las cosas tan canallas que se hacían con el campesino; y luego, cuando le compraban el pedacito de tierra, le quitaban el bohío de guano y de yagua y aquella familia se lanzaba a ver dónde conseguía un pedazo de la tierra de nadie para hacer otro bohío; así entonces volvía a su propia tierra y por un real, como se decía, volvía a guataquear y sembrar la misma extensión que antes había sido de él. Abel veía eso en la práctica, no por procedencia ni porque nos rodeara algo que fuera marxista, sino por sensibilidad humana. Se une al campesinado de una manera tremenda, tanto, que decía que nuestros verdaderos obreros, nuestra verdadera clase eran los campesinos, cosa que está en contra, o por lo menos no muy a favor, de todo lo que se leía y lo que se decía. Él decía que nuestro país era un país de latifundios, que nadie era dueño de la tierra y que el campesino era un trabajador. Después, cuando trabajó en la oficina de la textilera Ariguanabo, decía que el trabajador de la fábrica, aunque era tremendamente explotado por los dueños norteamericanos de la textilera, aun dentro de eso, eran privilegiados porque ganaban un salario el año entero y tenían cierta forma de vida, no decía que no eran explotados, y que, en cambio, el campesino cubano era una clase tan explotada que en el momento en que al latifundista le daba la gana lo lanzaba a la calle, le quemaba la casa, no tenía donde vivir y se convertía en un asalariado.

Abel no leía libros marxistas, pero tenía una verdadera vocación por la Reforma Agraria, leía todo lo que se publicaba y hablaba de Reforma Agraria, y también consideraba que al campesino no se le podía  entregar la tierra y decirle trabájala y ya, porque vendría otro campesino más vivo y lo volvería a explotar. Te estoy hablando de momentos en nuestro centralito. Abel creía y decía que la tierra había que dársela al campesino, pero siempre con una vigilancia del Estado, cuando hablaba de ese Estado decía que tenía que ser el Estado de los trabajadores, aunque él no lo supiera, porque ¿quién podía vigilar, qué Estado podía vigilar? Era el Estado de los trabajadores, el partido, el Gobierno, el nombre que le queramos dar, pero de los trabajadores. Eso fue en sus primeros años.

Después conoció a Jesús Menéndez y las luchas de Jesús Menéndez en el central Constancia fueron grandes y, para nosotros –para Abel y para mí– fue descubrir otra cosa. Hablábamos con Jesús Menéndez, que era purgador cuando había que hacer el azúcar con una paleta de palo. Abel le decía que él –Jesús– daba grandes luchas por los centrales, por los azucareros, pero que no podía olvidarse de que el que sembraba la caña, picaba la caña y echaba la caña en las carretas o en los vagones de ferrocarril era también un obrero azucarero; y recuerdo que Jesús le dijo: «No, las luchas tienen que comenzar por donde haya fuerza y la fuerza hoy está en los trabajadores azucareros que están dentro del central porque los campesinos están dispersos. ¿Cómo aglutinamos a todos esos campesinos para hacerlos una fuerza? Uno vive a una legua del otro, el otro a tres leguas del otro y los azucareros de un central están todos concentrados en un pequeño poblado». Lo que Abel le decía sería una lucha del futuro.

Abel era muy joven y no estaba muy convencido. Vivía la tragedia del campesino, le chocaba aquello, porque lo vivía, pero sentía un respeto tremendo por Jesús Menéndez, tanto, que cuando lo asesinan se brinda para vengar su muerte y se va a ver a quien era en aquel momento el jefe del Partido Socialista Popular (Psp)[2] en Encrucijada y aquel hombre –seguramente– se horrorizó porque un muchacho le decía eso. Nosotros éramos jóvenes, no estábamos dentro de un partido y pensábamos que no podía seguir viviendo quien había asesinado a Jesús Menéndez.

Empiezan sus lecturas y empiezan sus transformaciones. Se hace mayor. ¿Por qué no pertenecer al Partido Socialista Popular? Se lo pregunté algunas veces. Abel tenía algunas contradicciones. ¿Quién tendría la razón? Yo no lo puedo ni lo debo decir. Tenía sus contradicciones, no ideológicas, pero si en otros órdenes, como tenía una gran contradicción con el Partido Ortodoxo. Entonces yo le decía: «Si tú tienes esas contradicciones» –no porque yo quisiera que el militara allí, lo mismo me daba, para mí Abel era Abel donde quiera que estuviera militando– «¿por qué militas en el Ortodoxo?, ¿por qué…?», y me decía: «Porque en el Ortodoxo tengo más libertad y en ese partido, el Psp, ya no tengo libertad, en ese yo tengo que cumplir una disciplina, y aunque milite, ya no puedo ser una rueda suelta, tengo que militar en un partido». Dentro de los partidos existentes en nuestro país estaba el Partido Ortodoxo, Abel pertenecía a la rama radical del Partido Ortodoxo, que era la Juventud Ortodoxa, donde siempre había grandes contradicciones dentro de esa juventud y sus dirigentes. Nunca vi reunido a Abel con Max Lesnik, y Abel tenía condiciones y una personalidad que, si se reúne con Max Lesnik, Max Lesnik lo pone de dirigente de algo; pero no, a Abel no le interesaba eso, lo que sí le interesaba era estar dentro de un partido donde predominara la juventud, donde estuviera la juventud del país. Abel viene con una gran influencia de la vida de un central y de la vida de un pequeño pueblo que se llamaba Encrucijada y de la vida de un pueblo más grande que se llamaba Sagua y de la vida de una ciudad un poco mayor que se llamaba Santa Clara y había una realidad, la masa de la juventud de esos lugares que nosotros conocíamos pertenecía a la Juventud Ortodoxa y Abel quería tener esa gran influencia, toda la que pudiera, de la juventud cubana, y opinaba que él tenía una gran libertad dentro de la Juventud Ortodoxa para hablarle a esa juventud cubana aún más que dentro del Partido Ortodoxo. Ustedes comprenderán que no hay que aclarar que eso no se podía hacer dentro del Psp, pero tampoco quiero ocultarlo porque en la historia no tengo que ocultar nada de Abel, nada, como no hay que ocultar nada de Mella ni de Guiteras. Mella es el fundador del primer partido marxista de Cuba y no hay que ocultar nada de la vida de Mella, como no hay que ocultar nada de la vida de Guiteras; y no estoy comparando a Abel con Guiteras, ni con Mella, pero creo que no tengo que ocultar nada de la vida de Abel.

Abel no odiaba a nadie, pero odiaba a Batista de tal manera que a mí me extrañaba y le preguntaba: «¿Por qué si tú no odias a nadie, odias a Batista de esa manera?». No estoy hablando del Batista del golpe del 10 de marzo, estoy hablando del inicio, cuando Batista llega a ser un sargentico conocido. «¿Por qué? Tú no odias a nadie, ¿por qué odias de esa manera a Batista?». Y me decía: «Porque es el asesino de Tony Guiteras, y Tony Guiteras pudo ser mi dirigente, y yo hubiera tenido un dirigente; y si hoy no lo tenemos es porque Batista lo asesinó».

Si esto es una verdad en la vida de Abel, si su figura no estaba clara como revolucionario, se lo dejo a los historiadores, pero digo la verdad que conocí, mi deber es decir la verdad para que lleguen los historiadores a decir que Abel estaba equivocado o no estaba equivocado. No lo van a empequeñecer porque digan que estaba equivocado, ni lo van a hacer más grande porque digan que tenía la razón. Abel ya tiene un estatus en la historia de nuestro país.

Quiero decir que cuando hablo de cosas que son de Abel tengo que decir la verdad, aunque sea impolítico, pero si me preguntan, lo digo: él tenía contradicciones de método y de cómo no podía tener libertad dentro de una juventud como la del Partido Socialista Popular, como la podía tener en el Partido Ortodoxo, donde cada cual decía lo que quería, ¿no? Pero también tenía algunas contradicciones con métodos para la conquista del poder y con los de métodos para apoyar a alguien, porque ese alguien hubiera sido de clase humilde. Abel explicaba que él no tenía que apoyar en ningún momento a Batista porque había sido un humilde y que al que Batista le había dado el golpe no era un humilde, era un burgués; ya sabíamos y conocíamos que había una clase que era burguesa. Abel tenía un profundo, un infinito desprecio por Batista. Abel no esperaba nada de Batista, nunca, porque había asesinado a Guiteras y no se lo perdonaba. Pensaba, yo tendría un dirigente, la juventud cubana tendría un dirigente, y ese dirigente sería Antonio Guiteras, porque hoy tendría edad para dirigirnos, no sé qué edad tendría Antonio Guiteras en esta fecha que yo les estoy hablando, ¿qué edad hubiera tenido Antonio Guiteras en esa fecha? No cuando lo asesinaron sino en el año [19]44. Ahí, fíjate si está claro, que él consideraba que podía haber sido su jefe, su orientador, ¿no?

Abel era un estudioso del marxismo, Fidel lo llevó a estudiar más; Fidel le buscaba tiempo para que estudiara más y es que ideológicamente no había contradicción. Recuerdo a Abel amigo de Flavio Bravo y teniendo una admiración por Flavio Bravo y discutiendo con Flavio Bravo, ¿no?, sin tener problemas de principios; y eso es lo que yo te puedo decir, aunque a lo mejor a ti no te dé la figura de Abel como lo que tú esperabas.

Abel era la alegría, una fuerza, un motor que te impulsaba hasta con un gesto, una actitud, pero no quiero decir con esto que no meditaba, y Frank País era la meditación constante, pero no era la alegría. La vida siempre se nos presentaba en Frank como la vida pensando en la vida de otros o en la vida que vivirían otros, y Abel siempre se nos presentaba como que él podía ser también esa misma vida. Eran figuras tremendas, pero a mí no se me parecían en nada. Abel era de una alegría muy grande, era un joven que disfrutaba cualquier encuentro, cualquier fiesta familiar o no familiar. Yo vi a Frank en muy pocas fiestas o en ninguna, y ni siquiera cuando nos reuníamos clandestinamente Frank sonreía, nunca le oí una carcajada, y Abel era de una risa contagiosa. Frank hasta cuando sonreía era triste. Sus personalidades no se me parecían en nada, aunque eran dos personas que pensaran y lucharan por lo mismo y tuvieran pensamientos muy parecidos, pero aquí hablo de personalidad y no de pensamiento, porque el pensamiento lo conocemos.

Siempre veía a Frank entre lo militar y el arte, podía ser un militar y un artista. Lo veía en el futuro Ejército de Cuba, pero que jamás se separaría del arte. Veo a Frank artista y no maestro, no digo que el maestro no sea un artista, pero ya ustedes me están entendiendo, me refiero a que le gustaba intensamente la música, siempre que tenía un papelito pintaba, no digo si bien o mal, eso es otra cosa, pero se entusiasmaba con eso, siempre oía música, en momentos en que no estábamos muy acostumbrados a escuchar la llamada música culta, se le oía en el piano interpretando cosas que creía que eran música culta y cuando venías a ver eran cosas de él. Frank estaba muy ligado al arte, creo, me parece, no sé, la vida y la Revolución lo hubieran situado a donde fuera, pero yo creo que Frank tenía un alma, un ser –para no decir un alma porque es un poco abstracto– y una personalidad muy de artista, aunque tenía una cosa militar muy grande, y Abel era, digamos, más político.

Melba Hernández y Haydee Santamaría en la Cárcel de Guanajay, 1954

II. 25 de julio de 1953

Abel era más profundo, mucho más profundo que yo. Desde esa noche que estábamos allí hasta cuando salimos, yo pensaba que no iba a ver a una sobrinita que quería mucho, era muy linda, y yo decía: «¿Cómo será cuando tenga quince años? ¿La veré? A lo mejor». En quince o veinte minutos se puede pensar tanto, porque el pensamiento es así, que te puede llegar por momentos, y sobre todo si serán los últimos… se puede pensar en muchas cosas. No pensaba en concreto en la muerte. Yo no pensaba en qué forma iba a morir, si me iba a doler o si iba a ser con tiro. No pensaba en qué forma, nada más que pensaba en que iba a dejar de ver y de respirar, pero no sabía cómo; me daba cuenta de qué sabroso era mirar y respirar, empezaba a recordar a mi mamá cuando era más joven y a mis otros tres hermanos que quedaban allí, sobre todo a los dos mayores porque éramos los cuatro muy unidos, y sabía cuánto esos dos mayores querían a Abel, sobre todo, y a mí también, los dos se inclinaban mucho a Abel y a mí. Qué triste iba a ser la vida de ellos sin nosotros, no sé por qué, no pensaba en nada con importancia. Claro, pensaba en Abel, eso ya es natural, pero tampoco pensaba en Abel, no sé, pensaba en Abel, pensaba en Abel, pensaba que no era posible que Abel dejara de respirar y dejara de mirar, que Abel dejara de pensar. Pero no así en algo profundo, en algo profundo como pude pensar en el mismo Moncada después; digo que en mí ocurrió una transformación, no sé si en minutos o en horas, pero una transformación total.

Ese 26 de julio, al suceder todo como todos saben que sucedió, vino una transformación en minutos porque pensé que para ser esa mujer con hijos, con hogar, con un trabajo, con estabilidad y sin agonía era imposible, aunque llegáramos a tomar el Moncada, si no había una transformación total en nuestro país. En aquellos días en el Moncada, para compensar lo que se vivía y se veía, pensaba en esa sociedad y ¡qué importaba lo que se sufría o sufrían si aquello era una verdad, si aquello era una necesidad!

Y seguro que llegaría la patria –que en aquel momento era todo para nosotros–, pero desde aquel momento yo empecé a vivirlo. ¿Por qué? Tal vez fue una verdad, tal vez fue una forma de darme fuerzas porque de verdad deseaba vivir, aunque decía que quería morir, tal vez me hacía todas esas preguntas porque pensaba que quedarse allí era mucho más fácil que seguir. La vida es más fuerte que todo y no era cierto, yo quería morir, pensaba en esa sociedad mucho mejor y que mis hijos, nuestros hijos, nuestros niños no tendrían que vivir aquello en nuestro país.

Mi último encuentro con Abel es bastante impreciso. Me encuentro para hablar con él en el hospital, después se lo llevaban y después es  imaginar, así que yo no sé cuál es el último encuentro con Abel, porque tal vez el último sea cuando ya no existía, porque es que en esas cosas todo ocurre en tan corto tiempo; cuando eso pasa en tan corto plazo, y siendo combatientes ya educados para ser combatientes en el momento que sea necesario, pasan tantas cosas en nuestra mente que muchas veces no sabes si las pensabas o si sucedieron; llega un momento en desear y pensar que debiera ser así. Por eso muchas veces a uno le da cierto temor escribir porque no sabes, las imágenes se confunden tremendamente con la realidad, tremendamente, así que puedo decir que en realidad el último encuentro pudiera ser donde hablamos, donde nos orientó a Melba [Hernández] y a mí, donde nos dijo lo que iba a pasar y donde nos dijo cómo debíamos actuar nosotros; realmente ese es el último encuentro porque es donde recibimos toda una orientación de Abel, donde nos prepara para seguir viviendo, porque Abel siempre tuvo la conciencia de que Melba y yo íbamos a vivir; el porqué, no lo sé, pero para él estuvo muy claro porque nos preparó mucho más para seguir viviendo que para morir; y si él cree que íbamos a morir nos debió haber preparado para morir; así que en la realidad, la verdad de un encuentro, pues ese fue el último porque es donde objetivamente nos da su último mensaje, donde estuvieron nuestras miradas, donde estuvieron nuestros pensamientos, donde estuvieron pedazos que pudieran ser pedazos o no ser pedazos, pero qué más da de quién eran los pedazos, eso es otra cosa.

Fidel Castro, Celia Sánchez y Haydee Santamaría en la Sierra Maestra, a inicios de 1958 (Archivo Casa de las Américas).

III. Abril de 1958: la Sierra sin balas

Después de la Huelga de Abril los compañeros de la Sierra estaban sin una bala y Fidel con dos balas y una en el directo, porque esa vez no lo cogían vivo, en esas condiciones me fui al extranjero y acepté esa orden por eso, porque cumplí la orden. Cuando Fidel me llamó para que fuera a México y venir en el Granma, estaba terriblemente apegada a la tierra y no quería salir de ella porque no sabía si podía regresar; cuando eso pensaba que, si por alguna circunstancia me quedaba, ¿cómo regresaba? Y lo mismo sucedía en ese momento. Llegué a una tierra extraña, a un país extraño, a un idioma extraño y a un Gobierno enemigo. Nunca he hablado de ello porque si hay algo que pueda desgarrarme fue esa época de mi vida.

En toda la etapa de la lucha revolucionaria tenía ideas muy avanzadas, pero siempre cuidaba mucho lo que se pudiera decir de mí como mujer, porque era cuidar a Abel, cuidar a Boris [Luis Santa Coloma], cuidar el Movimiento, y aunque lo que hoy se acepta como normal y como es y lo que tiene que ser, en aquellos momentos a mí me estaba totalmente vedado, porque no era Haydee, era el Movimiento, era la hermana de Abel, era la novia de Boris, era la persona vinculada a Fidel y cualquier cosita que pudiera cogerme la policía o en un lugar no correcto, digamos, que en muchas ocasiones hubo reuniones en cuartos de las llamadas posadas, que todavía se llaman así, ¿no? Pues yo me cuidaba mucho de ir ahí, decía: «¿Y si me cogen ahí, ¿qué dice después la policía? ¿Cómo se me ve a mí, cómo me ven las mujeres cubanas?». En cambio, en los Estados Unidos conocí, tengo hasta miedo decirlo, es a lo que más miedo le tengo, porque son capaces de todo, conocí y me reuní con la mafia, tuve que reunirme con ellos en los lugares que ellos dijeran, tuve que enfrentarme con ellos donde ellos me llamaran y por primera vez tuve que huir con una pistola para defenderme. Ni siquiera aquí andaba con una pistola para defenderme de la policía. Les digo que cuando regresaba de esas reuniones, aunque me bañaba tres o cuatro veces, me sentía sucia, no quiero dejar la impresión falsa que eso pudo ocurrir con mi persona porque a ellos yo no les interesaba nada porque, total, era una muchachita con noventa libras, qué sé yo… No me quedaba otro remedio, pero sí temía que pudieran secuestrarme para exigirle después dinero a Fidel.

Nos cogieron millones de pesos, millones de pesos para no llevar una bala a Cuba, para no llevar un avión a Cuba, lo que vino de allí o de otras tierras, que no fue tanto, fue bastante poco, y no salió de ese país, es decir, allí nosotros ni siquiera nos podíamos mover, mandamos unos cuantos tiros por el coraje de la mujer cubana que las traía en sus ropas, cuando aquello se usaban faldas muy anchas, faldas de plato, y nosotros tratábamos de hacerlas lo más ancho que se pudiera, dentro de la moda, y le hacíamos falsos individuales como bolsitas para que las balas no sonaran. Imagínense ustedes cuántas balas podían traer nuestras compañeras que iban y venían, ir y venir era quemarse y no podían ir y venir tantas veces, eso es todo lo que sacamos de ese país y si sacamos algo más no merece la pena mencionarlo, porque eso no les daba a nuestros compañeros en la sierra ni para enfrentarse a cuatro casquitos. Lo que mandábamos para acá era más bien para la ciudad: balas de pistolas, cosas que sí necesitaban en la ciudad. Así salieron algunas balitas y alguna que otra pistola que se arriesgaba a traer una mujer, porque a lo mejor Frank no tenía una pistola porque la había mandado ya para la sierra, y es todo lo que salió de Miami, eso es todo; y en ese caso el coraje de la mujer fue tan grande, pero tan grande, que hoy no se conocen ni sus nombres, ni son heroínas reconocidas tal vez como yo, y se enfrentaban a todo ese riesgo y están aquí trabajando para la Revolución y son la Revolución. Esas fueron nuestras mujeres también, porque hoy se habla un poquito más de la mujer, nosotras también en esta última etapa tuvimos verdaderas mambisas, y que ni siquiera luchaban con un nombre como el que tenía yo.

Otra cosita: todo el mundo sabe que salió un avión de Venezuela. Sencillamente, ¿saben quién lo envió? Creo que podemos decir el nombre, ¿no? ¿Es secreto eso? Ya no, ¿verdad?, tú lo sabes porque eres periodista; quién es, dilo tú para no decirlo yo, era Larrazábal. Él, no como Gobierno, Larrazábal escondido del Gobierno, tuvo que hacerlo a espaldas del Gobierno, y hoy se le agradece a Larrazábal como persona. Eso es todo lo que llegó.

Pero de ese país, de los Estados Unidos, desde donde ahora mandan aviones, mirillas de qué sé cuánto, veneno en plumas, bueno, ya ustedes lo vieron, ¿no?, de allí no pudimos mandar ni detonadores, porque era peligroso traerlos en el avión, ni nada inflamable para ciertos sabotajes, porque era peligroso traerlo en el avión y no podían cargar nuestras mujeres con ello. Ahora sí que salen cosas de allí, no sé si es la Cia, si es el Gobierno, si es ¿qué o quién más hay?, ¿eh?, el Fbi, quién es no sé, pero algunos de esos los tienen que respaldar porque por experiencia lo sé.

Hacía unos añitos que la policía batistiana no me podía coger, seguía trabajando en Cuba y no me agarraba, seguía transportando armas hacia la sierra y no me agarraba, bajaba y subía y no me agarraba, así que tenía experiencia, mucho más que toda la gusanera junta que está en Miami y que nada más que tenía o tiene la experiencia de vivir bien, y la experiencia de no importarle quién muere en Cuba. Hacen lo que hacen por coger un nombre; y yo, aunque tenía un nombre, lo hacía porque mis compañeros no se quedaran sin balas.

IV. 31 de diciembre de 1958

El día 31 es mi cumpleaños y además se espera el año. Yo estaba en una casa –la casa de Yuyo [Julio] del Valle–, y tenía que estar muy triste, como es natural; pero a mí no me gusta reflejar o expresar la tristeza, aunque ustedes me puedan ver triste ahora, ¿no? Y como no me gusta llevar la tristeza a una familia, ese día había varios cubanos, los cubanos más cercanos querían esperar el año. Al estar yo allí estaba un poquito de la sierra, un poquitico de Fidel, un poquitico del Moncada, un poquitico de Cuba; tenían en mí todo eso, sentían que yo era la persona que más las acercaba, y yo lo sabía. Aquellos compañeros fueron llegando a esa casa para esperar el año. Estaba contenta o haciéndome la contenta, no quería llevar allí tristeza porque había un montón de niños, hijos de compañeros y compañeras, pero no podía esperar el 31 y el 31 es mi cumpleaños.

El 31 siempre tiene un significado, y lo sigue teniendo, y muy grande; es un nuevo año que viene y no sé por qué para mí es una fecha muy importante, siempre, desde niña; tanto, que les voy a confesar una cosa: yo no nací el 31 de diciembre, y me lo puse desde chiquitica, pero además, de tan chiquitica lo hice que descubrí, y me acordé, que no había nacido el 31 de diciembre cuando me fui a casar y me arreglaron los papeles para casarme.

Ese 31 no iba a tener fuerzas, yo sabía que me iban a fallar las fuerzas para esperar el nuevo año. Pensaba en Cuba, en los que estaban y los que no estaban, también en los que ni tenían el privilegio de estar combatiendo por estar presos, o los que ya no vivían, entre ellos Frank, que ya no estaba. Así que era demasiada la carga. Sabía que habían preparado para cantar el himno, no era la espera de año clásica, como es natural. Era un fin de año de cubanos que estábamos allí esperando la libertad, yo sabía que no podía, pero no quería llevar a los demás compañeros la idea de que eso era malo y que no debían esperarlo. Entonces se me ocurre decir que recibiría una llamada (todavía hoy el compañero Yuyo cree que es cierto, pero lo inventé. Le he tenido que jurar por todas las cosas, por todos los dioses y por todos los diablos, y por todos los seres, que no era cierto). «Yuyo», le digo, «tengo una llamada a las doce menos cuarto». Yuyo sabía que yo recibía ciertas llamadas, porque nos comunicábamos, teníamos plantas matrices en algunos países, entre ellos Venezuela, que se comunicaban –y a mí me lo informaban telefónicamente a través de la clave de la Sierra– hacia Venezuela, y de Venezuela me lo comunicaban todo en clave, y eso lo sabía Yuyo. Le digo que hay una cosa muy importante que me van a comunicar de Cuba y que a las doce menos cuarto tengo que estar sola en mi cuarto (era una cosa normal, ¿no?, que cuando a mí se me iba a comunicar algo no se me podía molestar, nadie podía tomar el teléfono, pero nadie), «así que mira que no me interrumpan» –le digo– «aunque lleguen las doce de la noche porque yo tengo que estar desde las menos cuarto atenta a eso; ustedes sigan, canten el himno, hagan todas las cosas pero yo tengo que cumplir con mi deber, y el deber de ustedes es esperar el año aquí», y hasta recuerdo que dije: «El que sea religioso que rece y el que crea en el babalao que se lo pida al babalao». Hice hasta una pausa para que no me miraran, para que me creyeran que de verdad estaba esperando una importante noticia. No salí ni a las doce de la noche, ni a las doce y media, ni a la una. Estaban acostumbrados a que cuando yo decía eso nadie me podía molestar. Ese fue el único día que lo inventé, para no estar allí lo inventé.

A las dos me llaman (¡me enteré antes que muchos cubanos de la noticia!) y me dicen que es del consulado cubano (que era el consulado de Batista), no sé ni cómo sabían mi teléfono, porque yo tenía dos números de teléfono en el cuarto, uno que se utilizaba y otro que no se utilizaba, y de este que no se utilizaba ni yo sabía el número para que nadie me lo pidiera y para que nunca estuviera ocupado, pero yo supongo que ellos sí lo sabían porque me llamaron por ese teléfono del consulado cubano y me dicen: «¿Usted es fulana de tal?». «Sí, dígame». «¿Usted sabe si en Cuba ha pasado algo?». «Claro que lo sé», digo. «¿Y qué hago yo?», dice él, «¿qué hago yo?». «¿Usted?, quedarse tranquilito y esperar órdenes».

Yo no sabía lo que había pasado. Entonces llamo a Llanusa y le digo que he recibido esa llamada y también llamo a Oscarito. Miren, he recibido esta llamada del consulado cubano: «Vámonos para allá, algo pasa ahí porque me dijo esa persona que qué hacía». ¡Ah!, además, me dice: «Oiga, porque yo llevo aquí cuarenta años y no soy político». Yo ni le pregunté el nombre ni nada, claro, imagínense. «Vámonos para el consulado cubano porque allí debe estar pasando algo, algo debe estar pasando en Cuba. Yo le he dicho a ese hombre que lo sé todo y no sé nada». Oscarito y Llanusa me dicen: «No, no, no, no vayas. Tú quédate y nosotros te llamamos de allá». «No, yo voy». «No, no, quédate».

La verdad es que todo el mundo sabe mi teléfono y puede que tenga otra llamada. Tenía el teléfono de Miró Cardona, de Carlos Prío, entonces llamé a esa gente: «¿Ustedes saben si en Cuba está pasando algo raro?». «No». «¡Ah!, parece mentira que ustedes, los geniales, no lo sepan». Entonces empiezo a crear el caos, y empiezan a llamar ellos que tenían todos sus contactos, los de su gente que vivían perfectamente por la libre aquí en Cuba. Recuerdo que Miró Cardona después me dijo que él había llamado a no sé quién, a un abogado que estaba durmiendo una borrachera y que lo había despertado y estaba en la cama: «Oye, en Cuba está pasando algo, ocurriendo algo». Y que le responde: «No, hombre no». Entonces le dijo: «Me lo dijo Haydee Santamaría, y Haydee Santamaría lo recibió de la Sierra». Y esa persona se levanta, va y averigua y enseguida lo llama. Miró Cardona me dice: «Se rumora que se ha ido el hombre».

Entonces dije: «Bueno, algo pasa…». Y le digo a los nuestros: «Busquen diez o doce compañeros de verdad, ármense». Llamé a otros compañeros todavía sin saber fijo fijo, compañeros muy cercanos, y les digo: «Váyanse para el aeropuerto y a punta de pistola intervengan todos los aviones cubanos que haya allí, métanse en todos los aviones cubanos que haya allí y se mueren dentro del avión. ¿Ustedes no querían irse para la Sierra Maestra?» (Claro, todo el mundo quería irse para la Sierra Maestra). «¿Ustedes no querían ir para la Sierra Maestra? ¡Esa es su Sierra Maestra! ¡Se mueren allí dentro del avión, pero ese avión no lo suelten!». Había cuatro o cinco aviones. Acuérdense de que antes los viajes en avión eran casi todos hacia Miami, ¿no? Les dije: «No hay ley de este país que los haga salir a ustedes de ahí porque eso es Cuba». Me preguntaron: «Y, ¿qué pasa?». «Bueno, no sé, he recibido de la Sierra que ustedes hagan eso». Imagínate, porque todo esto ocurre en media hora, cuando me llama Miró Cardona y dice lo que me dice, habló con alguien que era presidente del Colegio de Abogados, no me acuerdo del nombre y pienso que debo hacer una llamada. Las vías que podía o tenía que utilizar eran vías que no podía utilizar para otras cosas, pero me decido a hacer esa llamada y digo: «Aquí hay noticias, ¿qué está pasando por ahí?». Me dicen: «Bueno, nosotros estamos esperando orientación, estamos esperando, se dice eso pero no hemos recibido aquí orientación de ninguna clase». Entonces le digo: «Llama a tal número y tal número y de parte de…» (ni recuerdo qué cosa tenía que decir en aquel momento) «y dices que ustedes están esperando instrucciones y que yo voy a llamar dentro de media hora».

No tuve que esperar la media hora. Y ahí se me ocurre que a Fidel le podía hacer falta un poder judicial. Voy y cojo a todos los magistrados, entre ellos a [Enrique Armando] Hart, mi suegro cuando aquello, acuérdense de que era un grupo enorme el Poder Judicial, el Supremo, los magistrados, los reúno a todos y les digo: «Hace falta que ustedes se vayan para La Habana», pero pensando que si les digo a este bando de viejos que se vayan para Santiago a lo mejor se niegan. Entre ellos está José Miró Cardona que, aunque no era magistrado, era el presidente del Colegio de Abogados, ¿no? Tengo esa intuición, pienso que así Fidel los tiene ahí, los agarra y hace algo oficial con ellos. Pensé y pensé, y digo, si a este bando de viejos les digo que se vayan para Santiago de Cuba se asustan y no puede ser. Voy y cojo al piloto, un piloto nuestro, joven, y le digo: «Te tienes que tirar en Santiago, no tengo contraseñas de cómo tirarte en el aeropuerto de Santiago, a lo mejor los rebeldes allí te van a hacer ¡bang, bang!, a lo mejor te van a fastidiar, pero tienes que hacerlo porque Fidel necesita a esta gente allí».

Y, efectivamente, cuando empiezan a sobrevolar por Santiago se dan cuenta (todavía Hart Ramírez no me lo perdona), se dan cuenta de que están sobrevolando sobre Santiago y no sobre Boyeros y desde la torre del aeropuerto empiezan a decirle al avión que le van a disparar y el piloto tiene un radar de esos o lo que sea, dice: «Oye, que yo traigo un bando de viejos que María manda», y en el aeropuerto de Santiago, ya tomado, estaba Rodríguez Font, y dice: «¿María? ¿Qué María?». Y el piloto: «María, María, yo sé que es María». Porque ni el piloto sabía que yo era Haydee, no sé si sabía quién yo era. Le repite: «Ella me mandó con un bando de viejos». «¿Qué bando de viejos?». «Fulano y fulano», y da algunos nombres y le dice que Fidel los mandó a buscar. Raúl estaba en el Moncada, parece que Rodríguez Font le dice que hay un avión sobrevolando. «¿Le disparamos o no le disparamos? Pero es un avión de Cubana, podemos identificar que es de verdad de Cubana y dice que María los mandó con un bando de viejos», y Raúl: «Pregúntales sus nombres, seguro que efectivamente esos los mandó Haydee para constituir un Gobierno aquí o algo de eso. Déjenlo que aterrice». Y claro, cuando el avión se tira, cogen a todos aquellos viejos presos, pero fue cuestión también del momento, enseguida se aclaró todo.

Cuba es nuestra, nuestro sol es nuestro, habiendo recuperado la dignidad para el pueblo y todo eso sintiéndolo profundamente, pero hay veces en que arañamos aquellos momentos, me refiero a aquellos momentos del combate; aquella noche del día 25, te das cuenta de que aquello fue bueno, pero que esto es mejor, esto es mejor ahora. Se acerca la fecha o no sé… No vamos a decir que es algo perenne que nos atormente, no, no, no, pero que es raro que nos ocurra, no debiera ocurrirnos porque esto es más grandioso. Será que algunos rostros nos son necesarios por momentos, no sé, y además, no sé por qué he dicho esto.

[1] Esta transcripción del testimonio recogido en el documental de Manuel Herrera: Conversatorio de Haydée Santamaría, producido en 1978 por el Icaic fue publicada bajo el título: «Monólogo de Haydée» por La Gaceta de Cuba, núm. 4, julio-agosto, 1993, pp. 32-37. La publicación incluye la siguiente ficha del documental: «FICHA TÉCNICA: // Título del documental: Conversatorio de Haydée Santamaría // Año: 1978 // Tamaño: 70 mm-Color // Duración: 74 minutos // Guion: no tuvo // Laboratorios: Icaic-Color // Personal de Producción: // Dirección: Manuel Herrera // Camarógrafos: José M. Riera, Julio Simoneau, Adriano Moreno //Productor: Oscar Asensio // Editor: Alberto Figueredo // Sonido: Marcos Madrigal // Iluminación: Enrique González // Anotadora: Mayra Segura // Mezcla final: no tuvo // Música: no tuvo // Créditos: no tuvo // Trucaje: no tuvo // Autor narración: no tuvo // Narrador: no tuvo. Como explica la nota de presentación al texto en la propia revista: «La filmación fue ordenada, según fue hablando Haydée, incluso se especifica que no tuvo créditos y tampoco se hizo la mezcla final, quiere decir que los cineastas no usaron en todas sus potencialidades ni el montaje ni otros recursos narrativos del cine. “No pienses en un documental, lo que quiero es que se filme el testimonio de Haydée”, me cuenta Manolo Herrera que le dijo Alfredo Guevara cuando disponían del equipo. “Me fui con dos cámaras Michel, una terminaba y empezaba la otra. No hubo otra más para hacer detalles o filmar las preguntas del conversatorio”».

[2] Partido político cubano sucesor del primer Partido Comunista de Cuba (fundado por Julio Antonio Mella, Carlos Baliño y José Miguel Pérez, existió en la ilegalidad entre 1925-1935). En la década del cuarenta asume ese nombre (Psp) y su secretario general fue Blas Roca Calderío.

Tomado de La ventana

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *