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¡Yo también soy emprendedor!

Cuando hace alrededor de una década se desencadenó el proceso de ampliación de formas o vías no estatales de trabajo —y de propiedad—, la dirección de la Central de Trabajadores de Cuba informó, aprobatoriamente, que el Estado se libraría de una parte significativa de la fuerza laboral que estaba vinculada con él, y que cumpliría el principio de no dejarla desamparada. Eran personas —no meras cifras, fuera cual fuera la magnitud de estas— que podrían o deberían pasar al sector privado, al que entonces mucho más insistentemente que hoy se le llamaba cuentapropista.

En tales circunstancias las diversas organizaciones buscaron que sus integrantes tuvieran sobre el tema un nivel de información adecuado para saber qué estaba ocurriendo, y estar en condiciones de participar en los debates que naturalmente surgirían. En la reunión de un colectivo político de base celebrada con ese fin, alguien sostuvo: “Ahora nos toca darle prestigio al trabajo no estatal”.

Cabe suponer que se refería a concepciones heredadas de lo que en 1968 se puso en vigor como la Ofensiva Revolucionaria. Pero otra persona que participaba en la reunión expuso  un criterio diferente: “Lo que urge es dar prestigio efectivo a quienes han trabajado en el sector estatal y estén dispuestos a seguir haciéndolo, o no hallen otro camino. ¿Es que no tenemos en nuestro propio centro un profesional que se trasladó para un agromercado particular, donde por despachar viandas percibe cien pesos diarios, la quinta parte o menos de lo que devengaba aquí en el mes?”

Era un ejemplo concreto, no el chiste del ingeniero bien calificado que experimentaba delirios de grandeza desde que pasó a trabajar como maletero de hotel en el llamado período especial, cuando en esas instalaciones se alojaban solo turistas: es decir, personas no cubanas, o que, si lo eran, no residían en el territorio nacional.  De fondo doloroso, el chistecito reflejaba una realidad que no podía ignorarse, aunque hoy, quién sabe si felizmente, parezca olvidado.

En general —pues en algunos casos concretos, vinculadas con actividades ilícitas o contrarias a la ética, pueden serlo— no hay ocupaciones denigrantes. Pero tampoco se debe ignorar cuánto cuesta en recursos y en esfuerzos, individuales y colectivos hasta el nivel de la nación y sus arcas,  formar un profesional para luego verlo desempeñando un oficio que ni de lejos requiere esa preparación.

No han trascurrido muchos años desde aquella reunión, y ahora —pese a trabas burocráticas y a prejuicios que previsiblemente serán noqueados por la vida— pululan señales de prestigio conseguido por quienes se han desvinculado del sector estatal o quizás nunca se vincularon con él. Para no generalizar fallidamente en lo relativo a ganancias y modos de vida, una de las señales radica en las honrosas cualidades que se concentran en el término emprendedor y, al parecer, por lo general han pasado a considerarse patrimonio exclusivo de esas personas, como si fueran las únicas en quienes está presente el mérito de emprender.

Se dirá que es una “simple cuestión léxical”, pero no se debe olvidar la profunda relación entre pensamiento y lenguaje. Y en esa trama la palabra empresa ha venido reservándose de preferencia para instituciones relacionadas con la propiedad y el negocio, más que con el acto mismo de emprender, salvo quizás algunos de la alcurnia que recuerde, digamos, la empresa mal llamada del Descubrimiento de América. Curioso, ¿verdad?

Además, ¿cómo soslayar la mala sangre que —aunque después el bloqueo impuesto por el régimen que ellos representan eche por tierra ese empeño— personeros del imperialismo han puesto en su propaganda dirigida teóricamente a estimular en Cuba el sector privado para captar su simpatía? Por ahí han encaminado sus esperanzas de influir contra el país, aunque también en eso sus cálculos fallen, al olvidar que en el sector privado hay y habrá patriotas, como en toda la nación.

No parece que haya cómo negar las razones del amigo que le ha expresado sus sentimientos sobre el actual éxito del término emprendedor al autor de este artículo [que ya estaba escrito cuando hace unas horas Cubavisión exhibió un documental sobre el tema]. Si no se hace público aquí el nombre de ese amigo no es solo por atender su deseo explícito, sino, ante todo, por lo mucho que sus sentimientos pueden contener de una experiencia que lo desborda, propia de una gran cantidad, si no la mayoría, de la población cubana.

Quien, como el amigo aludido, tempranamente asumió la vida con actitud emprendedora, no tiene por qué ver con buenos ojos que esa condición parezca negársele, o se le desconozca, por el hecho de haberse mantenido trabajando en el sector estatal. En el social parece que se abre la mano para reconocerles esa cualidad, si acaso, a quienes dirigen empresas. Pero en conjunto parece que mentalmente no se asocia con el emprendimiento a quienes han abrazado la opción de trabajar en centros de propiedad social, que tributan directa y fundamentalmente al beneficio público o, para decirlo con mayor precisión, al pueblo.

Desde la escuela primaria el amigo de esta historia se la pasó emprendiendo los mejores modos para su aprendizaje, y así lo hizo también en la enseñanza media y especialmente en la universidad: emprendía todos los caminos y esfuerzos a su alcance para hacerse de una preparación más integral, incluyendo intensas jornadas de trabajo agrícola, como en la Zafra del 70, por ejemplo. Participaba activamente al mismo tiempo en círculos de interés, investigaciones y otras tareas no contempladas en su plan formal de estudios, y en consecuencia no obligatorias —a veces él mismo las generaba—, pero favorables para su formación y su desarrollo. Y cuando le tocó insertarse en planes de docencia producción lo hizo con el ímpetu y la creatividad que se necesitaban para aportar y crecer: seguía emprendiendo.

Tras su graduación, asumió su vida laboral con la misma pasión, añadiendo la responsabilidad que le venía de su conciencia del profesional que no habría ni podido soñar que llegaría a ser de no haber triunfado una Revolución que replanteó la vida del país radicalmente: desde la raíz. Esa conciencia y ese afán creativo, que lo animaban a emprender por su cuenta —por cuenta propia, ¿no?— numerosos proyectos que terminaban consumándose como servicio social, o a participar creativamente en ellos, no lo hacían idealizar su sociedad, ni sentirse satisfecho con salarios insuficientes. Pero encaraba la vida con la satisfacción de servir, y sabiendo que el sueldo no era lo único con que se remuneraba su trabajo. Así, aunque estima que cada quien es libre de escoger su camino, nunca le dio por emprender el camino de la emigración “para vivir mejor”.

Sabía que en este país el Estado no solo no es ni debe ser el propietario de los medios de producción y servicios, sino el administrador —tanto más plausible cuanto más eficiente— de la propiedad social de todo el pueblo, y que este, ¡vaya tarea urgente si las hay!, debe aprender a hacer valer, y cumplirla, su condición de verdadero dueño y garante de esa propiedad. Sabía asimismo que, por muy paternalista que fuera o quisiera ser, el Estado no es mago que se saca de la manga o de la chistera los beneficios colectivos.

Dichos beneficios son fruto del trabajo de la nación —individuos e instituciones—, y de otras contribuciones que, como la solidaridad internacional y relaciones de intercambio basadas en ella, o las que sean, hagan posible todo cuanto debe sostener y dignificar la existencia de la ciudadanía: desde la escuela y el policlínico más humildes hasta las mayores conquistas en los frentes de la educación y la salud, y en otros como el deporte y lo que gremialmente se llama cultura.

Pero ni solo de pan vive el hombre ni cabe olvidar lo afirmado, en el arranque de un poema titulado “Hierro”, el mayor ejemplo de espiritualidad y acometimiento creativo que hayamos tenido: “Ganado tengo el pan: hágase el verso”. Nada le resta importancia a lo que significa disponer de una vivienda decorosa y medios de transporte que faciliten un mejor aprovechamiento de la jornada laboral, además de los disfrutes personales necesarios o aconsejables, y merecidos.

Convencido de todo eso, el amigo jamás coqueteó con la vagancia, y no puede oír sino como un insulto eso de que, con los nuevos precios y salarios —multiplicados en la práctica los primeros más que los segundos—, ¡ahora sí cubanos y cubanas van a trabajar! Habrá quienes merezcan el guantazo, pero no nuestro amigo, a quien eso le recuerda la deplorable imagen del pichoncito que abre la boca para que los padres le regurgiten en ella la comida. No, ese sayo no le sirve a todo el pueblo, ni remotamente. ¿Les servirá a algunas de las personas que lo han echado a rodar?

Las que con razón o sin ella se han denominado “gratuidades indebidas” —y que no toda la población habrá disfrutado de igual manera ni en la misma proporción— costaban. (¿No cuestan ya, habrán desaparecido completamente?) No emergían de la varita de un hada, sino del trabajo colectivo, incluido el de muchas personas probablemente mayoritarias y que no estaban o al menos no sobresalían entre quienes más disfrutaban de tales “gratuidades”. ¿Alguien pensará que el acceso, sin pagar, o por una suma pequeñísima, a un estadio para ver un juego de pelota se compara con disfrutar confortables vacaciones en un centro turístico?

Comprender y asumir la necesidad de trabajar por el desarrollo del país frente a la hostilidad con que el imperialismo ha intentado asfixiarlo, fue determinante en una gran cantidad de las personas que se mantuvieron trabajando en el sector estatal, y eso no quedó en el pasado: sigue vigente. En la reunión aludida al inicio, hubo un participante que expresó su posición en términos que pueden parecer desmedidos, brutales, o serlo, pero de un fundamento que no se ha de ignorar, como tampoco el derecho de esa persona, y quién sabe de cuántas más, a sostenerlos: “Yo seguiré trabajando con el Estado porque no estoy dispuesto a ser esclavo de nadie, ni de mí mismo. Si alguien me va a ‘explotar’, que lo haga el Estado, para bien del pueblo”.

Pero ahora aquel amigo ve cómo se habla de emprendedores en referencia, sobre todo, a quienes no trabajan en el sector estatal. ¡Como si Céspedes, Agramonte, Gómez, Maceo, Martí, Mella, Guiteras, Fidel Castro y tantos más —contando incontables personas “sin nombre”— no hubieran encarnado el más alto grado de emprendimiento en la lucha por liberar a Cuba y transformarla! Y como si no hubiera habido quienes por su cuenta emprendieran con pasión el modo de servir al país, hasta heroicamente, con el trabajo hecho en áreas de la propiedad social. ¿No es acaso ese modo de propiedad el decisivo en el carácter de un Estado que se define socialista, de derecho y justicia social? ¿Podría esa definición quedar en manos de la propiedad privada?

Alabar en general la condición de emprendedor, o emprendedora, debe servir en todo caso para repudiar la actitud de quienes se acomoden al salario seguro y a determinadas posiciones —léase cargos—, sin ver en ellas principalmente la oportunidad de contribuir más a resolver los problemas del país e impulsarlo, sino el confort de ventajas materiales o influencias que les proporcionen beneficios para sí. Pero sería criminal que la alabanza sirviera para desconocer cuánto hay de emprendimiento en trabajadores del sector social.

Entre ellos sobresalen —no son ni con mucho los únicos— los de las ciencias en distintas manifestaciones, como las que se baten en la lucha por la salud en general, y particularmente contra la pandemia causada por el sarscov-2. Para tener una idea del alcance creativo de esa lucha basta el emprendimiento que ha permitido producir las tres vacunas ya aprobadas y dos candidatos vacunales en fase de estudio.

Al sector privado tampoco habrá que retacearle los méritos que tenga, asociables sobre todo a lo que contribuya a que el pueblo disfrute la vida amable que merece. Pero mientras objetivamente ese sector gana prestigio —vocablo sonora y etimológicamente vinculado con prestidigitación: ambos vienen de “juegos de manos”—, aquel amigo ve también otros ángulos de la realidad que no tienen por qué entusiasmarlo. Después de vivir por décadas recibiendo salarios que podían considerarse simbólicos, ahora de esas cifras depende su actual pensión de jubilado, que sigue siendo más simbólica aún frente a las sacudidas de los nuevos replanteamientos monetarios y salariales.

Por muy necesarios que sean, y aun cuando no se hubieran aplicado tardíamente, para hacer frente al mercado en tales circunstancias se requieren sueldos más reales, aunque de momento quizás inalcanzables frente a una inflación demencial y a prácticas mercantiles abusivas. Eso en medio de las crisis fomentadas o agravadas por el reforzamiento del bloqueo imperialista y una pandemia costosa en todos los órdenes.

Y en medio de eso alguien recién salido de las aulas e incorporado a la vida laboral puede recibir una paga notablemente mayor que la pensión simbólica a la que el amigo de esta historia debe ajustarse. Con el agravante —simbólico y real a la vez— de que, por mucho que se esfuerce para seguir trabajando socialmente y garantizar por caminos dignos su supervivencia personal, no será reconocido como emprendedor. Lo conseguiría si se acogiera al sector privado. Mientras tanto, de poco valdrán sus esfuerzos —actos de magia, término más popular que prestidigitación— para hacer frente a la vida cotidiana, y su resolución de mantenerse erguido y decir: ¡Yo también soy emprendedor!

Va y hasta da lugar a que se considere que atraviesa por un delirio comparable con el del profesional de alta calificación que ascendió a maletero en un hotel.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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