Deseo ir a un pasado no tan lejano del presente: sucedió en 2018 cuando la selección masculina cubana de voleibol logró su pase a la lid del orbe, estando contra la pared en el Premundial  efectuado en Pinar del Río, al doblegar 3×0 a la representación puertorriqueña. Al escribir sobre la hazaña, enfríe la emoción desatada durante el combate. Preferí el análisis del comentario, sin permitir la congelación, y dirigirme hacia la esencia humana del triunfo, por encima de la evaluación técnica propia de los verdaderos especialistas. Para mí era la victoria de la cubanía sobre el cubaneo.

En la primera salida, frente a los guatemaltecos, los nuestros vencieron 3 a cero aunque actuaron por debajo de su calidad. No era medida cierta. Con los mexicanos, la rumba perdió su ritmo y los mariachis interpretaron mejor su música: los del patio cayeron por barrida ante un rival inferior que se había dado más entero. Los charros los noquearon sin respetar la etiqueta de favoritos ni el calor especial de la afición que sufría mientras abajo sus muchachos eran heridos por la falta de coordinación, pases horribles, remates fallidos, fisuras en el bloqueo. La desesperación invadía hasta los rostros. El entrenador guiaba, con saber y palabras firmes, mas sus pupilos no fueron capaces de levantar.

Las raíces de la derrota las encontré en el regodeo con la autosuficiencia, la subestimación al contrario, el verse atados por la ansiedad debido a la sorpresa, el olvido del lema de todos para uno y uno para todos… os contrincantes usaron muy bien la visión de los Mosqueteros. ¡Y ese “Artagnan” Vargas, Dios…!

El cubaneo nos lesiona hondo en las diversas trincheras al alejarnos de nuestra verdadera identidad;  en la bolsa aplaudida por los tontos, el choteo, la “guaposidad”, lo burdo, el creerse grandioso en todo, la autosuficiencia con tanto de insuficiencia, el exceso de improvisación, la indiferencia ante lo esencial en demasiadas ocasiones… En este caso, a los discípulos de Nicolás Vives les había situado lejísimo el ensueño de llegar al Mundial.

¡No podían perder siquiera un set contra el equipo boricua, de mayor calidad que el azteca pese a faltarle varias figuras!

El encuentro decisivo. Desde el inicio, y en crecimiento cada vez más, nuestra gran esperanza en el voly se encontró. Era otro conjunto, el que es: con luz propia demostrada en las justas de categorías de menor edad;  y siendo el más joven de la eliminatoria, plata al despachar por 3×0 a los conquistadores del oro, y dejar fuera a los aztecas del ascenso. Los muchachos no tenían otra salida y no fallaron. Se dieron plenos a la batalla, con inteligencia, colectividad, disciplina, coraje. Era la real cubanía que tanto aporta a lo universal y tanto asimila de lo mejor del planeta, esa que convierte los reveses en victorias y Fidel ha revivido y fortalecido en muchísimas oportunidades.

Lo expresó Fernando Ortiz

Como dijo Fernando Ortiz en Cubanidad y cubanía: “La cubanidad para el individuo no está en la sangre, ni en el papel ni en la habitación. La cubanidad es principalmente la peculiar calidad de una cultura, la de Cuba. Dicho en términos corrientes, la cubanidad es condición del alma, es complejo de sentimientos, ideas y actitudes. ..“…No basta para la cubanidad integral tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aun falta tener la conciencia… son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser”.

Y define: “Pienso que para nosotros los cubanos nos habría de convenir la distinción de la cubanidad, condición genérica de cubano, y la cubanía, cubanidad plena, sentida, consciente y deseada: cubanidad responsable, cubanidad con las tres virtudes- dichas teologales- de fe, esperanza y amor”.

 Las citas, del texto publicado por la revista Cuba Socialista, cuarta época, número uno, edición especial, que vio la luz originalmente en Islas, de Santa Clara, V, VI, número 2, enero-junio-1964.