La historia, desde la psicología, parte final de la charla Interconexión entre Psicología y Ciencias históricas, pronunciada el Profesor Manuel Calviño en el espacio Sabatinas de Fresa y Chocolate, del historiador Ernesto Limia,  el pasado 29 de septiembre del año en curso.  

Por Manuel Calviño

La guerra del ‘68 es la autonomía de España, la independencia; pero es también la construcción de la cubanía, del (auto) respeto a los cubanos, de nuestra autovaloración, nuestra autoestima como sujetos colectivos, y como sujetos individuales concretos, con todo el lastre y los vientos a favor de nuestra Historia (con mayúscula). Y nuestra historia —esa que comienza intrauterinamente, que nos vincula desde el regazo materno—, se gestiona en la familia y se comparte en la escuela, el barrio y más allá. Pero es nuestra historia personal, con todo lo que pone en nosotros nuestra época.
Probablemente si miramos esa tarea titánica de la construcción del ser cubano, de lo que somos como cubanos, y nos preguntamos ¿qué más da estas historias personales? ¿Qué importan los momentos íntimos de los titanes (a veces claros, a veces oscuros) o las envidias, las vanidades, los celos, comparado con la importancia del valor, de los ideales, de los compromisos y las entregas?, puede responderse: ¡Pues nada! Así que adiós a los pequeños momentos de flaqueza, adiós a los conflictos y contradicciones interpersonales, adiós a los sentimientos de frustración, de soledad… No cuentan.
Yo puedo entender y comprender esa reflexión, pero no compartirla, no estar de acuerdo.
Que bueno que ya no son tan pocos los historiadores que develan (Limia es uno de ellos), que comprenden y asumen la importancia de ver, decir y entender que Martí y Gómez conflictuaban, que Martí se sintió frustrado en aquella visita que hizo a Maceo, que tenían puntos de vista diferentes, y que no se entendían en algunas cosas. Porque la grandeza reside en que, incluso en desacuerdo, eran capaces de asumir que había algo que los superaba, que era lo más importante. Eran seres humanos.
Pero la realidad es que la Historia nos ha contado la historia de sus dimensiones icónicas como gestoras absolutas de los grandes sucesos. Y se nos ha quedado un poco esa historia de la dimensión más humana de las personas, desde la cual podemos confirmar la tesis de que lo que somos hoy, hubiese sido lo que fueron ayer; y lo que fueron ayer, sería lo que somos hoy, parafraseando una conocida sentencia de Fidel. Porque lo que hace a la unidad de anhelos y luchas, de proyectos y realizaciones, es la unidad de ser humanos, cubanos, de compartir el “alma cubana”, dicho con Ortíz, ese “ajiaco” que somos y seremos.
Contar, no me gusta mucho esa palabra, pero muchas veces he dicho que tengo vocación de cuentero, no de historiador. Siguiendo la imagen del cuentero, de Onelio Jorge, la historia también desde allí, la hace más historia, más humanizada, más accesible, con mayor sentido de implicación y compromisos posibles.
Yo recuerdo, tú me vas a ayudar con el título (le dice Calviño a Limia, sentado a su lado) porque yo no soy bueno para los títulos, yo recuerdo el furor que hizo en Cuba un libro que se llamaba Decadencia y caída de casi todo el mundo, que tomaba personajes de la historia y los ponía, me perdonan la expresión un poco soez, “en calzoncillos y camiseta”; es decir, en su dimensión persona, y fue un best-reading… no se si existe tal expresión: todo el mundo lo quería leer, pasaba de mano en mano.
Incluso, si me detengo en esta dimensión, de alguna manera psicográfica, también encuentro el principio de “lo conveniente” (lo que es conveniente contar y lo que es conveniente callar). Y efectivamente, es un modelaje que ha tenido que ver con los difíciles acontecimientos que ha vivido el país, con sus acosos externos, con sus focalizaciones. Por doquier se refiera el ser extremadamente alegre de nosotros los cubanos y cubanas, somos extremadamente extrovertidos, jaraneros, en los últimos años solidarios. Sin embargo, y aquí sí no quisiera entrar en una polémica porque nos puede llevar muchos años, yo digo, el cubano, la cubanidad, la cubanía es una dimensión también marcada por la frustración, —sobre la que quizás hemos elaborado una defensa, una formación reactiva, que nos permite reírnos hasta de nuestras penas—. Repito, en nosotros hay marcas de frustración, nosotros somos hijos de proyectos frustrados: la instauración de la (pseudo)república, la revolución (del 30) que “se fue a bolina”. Somos hijos de proyectos que no han cuajado del todo, lo que convoca a la incertidumbre, a ciertos atisbos de desesperanza.
Claro que tenemos a nuestro favor esa emocionalidad expansiva, ese jaraneo humorista, que a veces se nos va la mano sin duda alguna, pero que nos permite afrontar la vida de manera muy distinta, menos hiriente. Pero ahí están nuestras marcas y están las marcas de la cubanía, y una historia que se puede descubrir, pero que está muy oculta. Y, cuando miramos la Historia historizada, con mayúscula, a lo mejor nosotros descubrimos alguna situación que también nos pone en otra temática interesante, algo así como dos dimensiones de la cubanía, la cubanía mirada en dos dimensiones, una es la dimensión de los héroes, de los proyectos, de las esperanzas, de los retos, de las luchas, la dimensión aspiracional. Y la otra es la del cubano de a pie, del héroe anónimo “perfectamente imperfecto”.
Y eso puede ser muy interesante desde el punto de vista socio-psicológico. Estoy pensando en Fernando Ortiz, que se acercó bastante al cubano de a pie, el cubano “antropológico”, por sólo poner un nombre rimbombante, pero al mismo tiempo establece como una diferencia con el cubano “político”. Una cara del cubano y otra cara del cubano. De una se cuenta una cosa, y otra se cuenta de la otra. Una historia para proyectarnos en nuestro desarrollo y crecimiento, la otra para reconocernos en nuestro día a día. Y si una es la que se enseña en la Escuela, y otra la que se vive en el barrio… vamos, tenemos un reto epistemológico, un reto de identidad. ¿A qué historia pertenezco? ¿Por cuál historia soy pertenecido? ¿O pertenezco a las dos itinerantemente, depende de dónde estoy y que estoy haciendo? Todo un tema, como para empezar de nuevo este encuentro.
La conciencia humana, la mente humana, tiene una capacidad basal para armonizar la contradicción, la incoherencia; es decir, el ser humano es ese, como sucedió en algún momento en los inicios de la Revolución, que es capaz de hacer un discurso sobre la liberación de la mujer, la igualdad de la mujer, los derechos de la mujer, ¡y no dejar trabajar a su esposa! Tranquilamente, no le ofrece ninguna contradicción. Y echándosela en cara, dice: “No, no, no, cuidado, una cosa son las mujeres y otra cosa es mi mujer”…O, actualizando la dualidad contradictoria, para de un lado defender los derechos de realización y libertad de todas las personas, pero no admitir el matrimonio entre algunas de ellas.
—Anoche pusieron una película La séptima puerta sobre un judío que a su vez era neonazi… una cosa tremenda, acota Limia.
—Hay un argentino psicoanalista. Bueno, si es argentino es psicoanalista porque todos los psicólogos argentinos son psicoanalistas, todos, todos. ! Como buen cubano exagero, hay alguna que otra excepción!, añade Calviño.
Entonces este psicoanalista, después del levantamiento de las primeras dictaduras, o lo que algunos llaman, no sin razón las dictaduras explícitas, porque ahora están las dictaduras implícitas, trabajó con personas que habían sido torturadas. Estoy hablando de tortura dura y pura, picana eléctrica, uñas arrancadas con tenazas, en fin.. y encontró un reporte interesantísimo. Cuando la gente torturada empezaba a hacer evocaciones del proceso de tortura, comentaba, hablaba, por ejemplo, con una cierta “fascinación” concentrada en la belleza y el lustrado de las botas de quien lo torturaba. Era como un asa defensiva de la que asirse para afrontar aquella más que terrible situación, la dualidad de la consciencia para hacer más llevadero uno de sus componentes… Se observa también en algunos pacientes. Y como todos saben se habla del dolor que redime, de la catarsis, y otros conceptos bien interesantes.
Por cierto, otra digresión, para ponernos a nosotros en el punto rojo del colimador. A veces los psicólogos somos un poco psico-torturadores. Muchos, no es mi caso, están convencidos que si la gente se encuentra y nominaliza y exterioriza ese dolor, el dolor se pierde. Yo tengo compañeros en psicología (honestamente no es ni mi mirada, ni mi enfoque, no me gusta), que hacen supervisión conmigo. Como ya estoy viejo, vienen a consultarme si les va bien, si lo están haciendo bien, por decirlo de alguna manera, y entonces me dicen: “Profe, ayer tuve un grupo de terapia buenísimo, ¡como lloró la gente!”
Consideran que una buena sesión psicoterapéutica es que el paciente se destrozó. Y esto probablemente tiene que ver con esa representación de que si tú logras hablar de eso, y además legitimar ese dolor, pues el dolor se desarticula… algo muy raro para el caso de Cuba porque lo que nos pasa no es eso. El cubano lo que hace es reírse del dolor, y cuando se ríe del dolor, el dolor se lleva mejor. Obviamente no todo, pero es bastante frecuente. Yo les puedo asegurar que Limia y yo, incluso con Raúl Paz, hacemos una noche en el Carlos Marx y vamos a hablar de la Historia, de la Psicología y la Música, y como no sea la entrada libre no vamos a tener mucho público. Pero si van los humoristas y ponen Fina estampa o Fina trampa, el teatro se va a repletar.
—Que conste, usted convocó más gente hoy aquí que Kike Quiñones, dice Limia.
—Bueno, pues dile que me contrate para el Carlos Marx una noche a ver si, oye… (hace una seña que significa dinero). Aquí había un humorista que yo lo conocía bastante, que tenía un humor un tanto, por momentos muy agresivo, hostil y hasta irrespetuoso con el público. De hecho creo tuvo un serio problema, no me acuerdo si fue en Camagüey o en Ciego de Ávila porque verdaderamente llegaba a ser desagradable, en la burla con algunas personas que tomaba de “victimas de sus chistes”… Hoy podría ser hasta acusado de violencia, de buylling. Y yo le decía: “No señor. La burla a degüello no es buena, es lacerante. Molesta”. Pero él tenía una razón que me mataba mi argumento, ¿saben lo que me decía?: “A la gente le gusta”. Él le decía a las personas las barbaridades que ustedes se puedan imaginar, y un por ciento nada despreciable de las personas, se reía porque se reían de ella. Es como que me estoy burlando de ti y a reírse de mí, hasta yo mismo, siguiendo un principio de “solución de la disonancia”. Probablemente, tiene que ver con nuestro sistema catártico, que es distinto al sistema catártico de otras nacionalidades. Nosotros hacemos catarsis burlándonos de nosotros mismos, riéndonos de nuestros problemas, de nuestras dificultades. Y ojalá que supiéramos aprovechar, y entender que la risa puede devenir en un mecanismo de conciencia, de toma de conciencia. Una catarsis del sistema 1 (el automático), que convoca al despertar del sistema 2 (el analítico).
Entonces esto es interesante, es generativo, porque si logramos superar los vicios del Superyo (diciéndolo con Freud), si podemos entender la subjetividad (individual, social, hasta nacional) no solo como el producto de la historia, sino como uno de sus actores participantes, entonces se nos develaría que todo esto va construyendo una mirada que al final se nos devuelve en narraciones, en narraciones históricas, en las que nosotros nos reconocemos como intencionalidad, nos reconocemos como empeño, nos reconocemos como deber, pero podríamos reconocernos también como personas: personas con flaquezas, personas con pasiones por momentos bajas, personas superables, mejorables… y esto no disminuye, ni devalúa, ni irrespeta, nuestras virtudes. Muy por el contrario, las hace no solo cualidades logradas, sino empeños; las hace no solo producciones del pasado, sino intenciones de futuro.
Claro, hay algo aquí que no voy a traer del todo…el tiempo pasa, y nos vamos poniendo cansados… hemos tenido, estamos teniendo, una “Sabatina extensa”. Pero al menos los invito a abrir una puerta muy importante: la historia está muy concentrada en generar nociones de deber, de responsabilidad, de gratitud, de continuidad. “Ser cómo ellos”. “Cumplir con el deber sagrado que ellos asumieron”. El pasado como gestor de compromiso. Y eso es un ineludible. Y hacemos de la historia un instigador de compromiso, de conformación de actitudes. Y repito, tiene que ser así: el alma cubana se nutre de su pasado para construir su irrevocable sueño de independencia y justicia social.
Pero, la historia de los seres humanos, tiene que contener una mirada al futuro. Quiénes somos no es algo que se reduzca a saber de dónde venimos, qué nos ha hecho lo que somos. Sino también a definir dónde estamos y dónde queremos ir, quienes queremos ser. Porque, ahora parafraseando en alguna medida a Sartre, la vida humana no es solo lo que hacemos porque así nos lo legaron nuestros predecesores, sino lo hacemos con lo que hicieron los que nos precedieron, para llegar a hacer lo que nos impele desde el futuro, a ser lo que somos, y al menos en nuestras intencionalidades, sueños, y proyectos, lo que seremos.
Y es ahí que encuentro otra vez la historia como diálogo, para mí un reto. Creo que fue Hart, otra vez ayúdame Lola (hace referencia a su hermana), en el V Congreso de la UJC, que me acuerdo porque la protagónica fue una medio hija mía, estaba a punto de terminar el evento y esta muchacha, una adolescente militante, revolucionaria —pasó a Juventud Rebelde como La niña del poncho— en el medio del Congreso se para y pide la palabra, y le dice a Fidel: “Comandante, con mucho cariño y respeto… Yo quiero decirle unas cosas…nos dijeron que no podíamos decir lo que nosotros pensábamos; nos dijeron que cuando fuéramos a hablar teníamos que mirarlo a usted, y si usted estaba serio que habláramos de otra cosa porque es que no le gustaba lo que estábamos diciendo”.
Y exactamente, después Fidel dijo: “El Congreso no se puede acabar hoy. Ahora es que vamos a empezar este Congreso, ahora es que empieza este Congreso”. Y Hart dice: “Siempre me he sentido impelido por la historia en todas mis acciones. Hoy he sido convocado e impelido por el futuro”. La historia como construcción del futuro.
Sí, efectivamente, los grandes próceres, estaba intentando decir, fueron movidos por el pasado, fueron movidos por el deber, por el sacrifico, y lo asumieron. Y nos mostraron caminos, y formas de andarlos. Y nos mostraron fuerza, valor, entrega. Quien duda que son la historia cubana hecha hombres y mujeres, hecha por hombres y mujeres grandes. Pero hay una generación para la cual el deber y el sacrificio tienen que ir acompañados de la alegría, el placer y la expansividad. Y no saben, no les enseñamos, que también ellos, los de ayer, fueron jaraneros, por momentos irreverentes, hasta indisciplinados. Que fueron jóvenes con juventud.
Sin esto, es difícil la identificación ¿Qué nos pasa? Nosotros recibimos hoy en las Universidades, lo digo con dolor, con pena, con vergüenza, recibimos jóvenes para quienes la historia no pasa de ser una asignatura que tuvieron que aprobar, un cuento en “pretérito perfecto”. Y el conocimiento despersonalizado, extrínseco, termina por extinguirse. Estuve en una prueba de ingreso, y había una pregunta que era sobre la Guerra Chiquita. Y había un joven, que se le acercaba la cuarta hora, el momento de entregar su prueba, y estaba como loco buscando “en su cabeza” una respuesta. Era el único que faltaba por entregar. Entonces llega la hora cero, suena la campana, y se para, y en voz alta dice: “No puede ser otro el director de la Guerra Chiquita, tiene que ser él, porque es el más cubano de todos los cubanos, el autor intelectual, el que participaba en todo: fue José Julián Martínez, alias Martí” Y así lo escribió.
Entonces yo digo, cómo puede ser, por qué se ha producido una desconexión en la identificación humana con los actores de la historia, la persona que recibe esa herencia y la herencia misma. Y ese “triángulo amoroso”, pasional —“la historia de mi país-su gente-yo”— hay que volverlo a armar reconociendo la naturaleza humana en todas sus dimensiones.
Fidel en algunas de sus Reflexiones, que yo uso mucho en algunos escenarios de trabajo, sobre todo en la formación de cuadros y directivos, llamaba la atención sobre el problema que tienen los seres humanos en tanto tienen que luchar contra sus instintos (en algún momento afirmo que “la educación es la lucha contra los instintos”). Es un modo decir que los seres humanos tienen que luchar contra esa escala de su naturaleza humana que lo hace tendiente al egoísmo, a la envidia, a los celos, por decirlo de otra manera, al chisme. Pero si nosotros no contamos esas historias de aquellos que también sufrieron o fueron víctimas de la envidia, los celos, que se vieron envueltos en chismes, y supieron cómo superarlo, e hicieron lo que hicieron para dejar eso atrás, nosotros estamos enseñando sólo la cara visible, que no produce identificación por incongruencia de realidades.
En un documental que creo hizo el ICAIC y su tema central se relacionaba con la frase Seremos como el Che, entrevistan, a una persona le dicen: “Bueno, qué crees, ¿ya somos, o vamos a ser como el Che?”, Y el tipo, 100% cubano, dice: “Ñooo, la pusiste muy dura… ¿Cómo el Che? ¿No puede ser otro?”.
Claro que sí, está durísima! Si nosotros solo encontramos esa imagen de hombre-época, un paradigma de ruptura con lo posible, con “lo normal”, que nos puede llenar de orgullo ajeno, de orgullo incluso transpersonal, pero no de orgullo propio; sí nosotros queremos ser como el Che y no entendemos que el Che fue el Che de su tiempo y nosotros sobre ese real podemos ser el Che de nuestro tiempo; si nosotros no logramos decir: claro que puedo, aunque sea un poco más puedo acercarme allí… porque ese hombre era tan hombre como yo, ese ser humano era tan ser humano como yo, con sus grandezas y con sus limitaciones; si creemos que basta con conocer (leer, enseñar, examinar) la historia para repetirla y para no repetirla; la historia, y con ella la identidad, el alma cubana estará en trance de suicido (u homicidio) y la estructura subjetiva del alma cubana, de la nacionalidad cubana, de lo histórico, no pasará de ser una narración formal.
Entonces este tema profundo, fundamental y fundante de contar la historia de nuestro país, que insisto, yo no me quiero meter en cosas que tienen que ver mucho más a profundidad con el trabajo del amigo Limia, y de tantos otros a quien respeto y admiro, historiadores, intelectuales de altísima talla (Eusebio, Torres Cuevas, Aurelio Alonso, Fernando Martínez, son tantos…), no puede ser pensado sin pasar por las subjetividades de “los historiados” y “los historiadores”. Lo que llamamos histórico no se hizo con la finalidad de hacer historia. Devino historia. Y ha sido contada, y será contada, con un fin: esta patria grande nuestra, en un país pequeño, que ha sido vilipendiado, colonizado, recolonizado, avasallado, traicionado, necesita de la historia de sus grandes hombres, para construir identidad, valor, autoestima, lo entiendo perfectamente, lo comparto, lo cultivo. Pero tenemos que llegar en algún momento, en algún lugar, en algún espacio, a contar la historia hecha por seres humanos, no por figuras que de alguna manera se distancian para llamar a su alcance. Aquí entre nosotros, en una distendida tarde de sábado hay mucho de esos cubanos que fueron Céspedes, Martí, hay mucho del General Antonio, de Guiteras, de Villena, de Camilo, del Che, de Fidel, que ahora puede que escape a los libros, pero no al carácter de ser cubano y, por ende, a toda la historia de Cuba.
Tenemos que rescatar el gusto por la historia, el amor por la historia, el encuentro con la historia, sin dudas. Y siempre hablo de lo que pasa en mi consulta y sugiero a cada uno que reflexione para sí mismo, por qué hasta las personas con vidas verdaderamente duras, laceradas, marcadas, heridas, cuentan su vida, con pertenencia, cuentan desde lo sucedido con ellos y a ellos. Porque historia sin identidad humana, sin cualidad de humano, sin arraigo a la vida real de personas tangibles, es apenas narración histórica. Nosotros necesitamos que sea savia alimentadora del alma cubana.
Ahora mismo me decía mi hija Claudia, que acaba de regresar del Festival de Cine de San Sebastián, donde se presentó una película excelente, al parecer, no la he visto, que hicieron sobre la vida de Carlos Acosta. Y me decía: “Papá, ha sido muy fuerte, la gente estaba muy emocionada, como viviendo la historia de Carlos, con Carlos, a través de la película. Como si fuera la vida de cualquiera de nosotros” Además, la historia contada por él, la que él vivió, la que lo descubre en su grandeza no solo como bailarín, sino como ser humano… la que nos regala la certeza, y no simplemente la frase, de que sí se puede. Y probablemente la emoción del genial bailarín, al ver “la película” pasa por estar viendo su vida. Me lo imagino diciéndose: “Esa es mi vida, ese soy yo”, y se sentía feliz, incluso siendo una historia, para los que la conozcan y para los que no se la invito a leer, marcada por penurias, carencias, prejuicios, incomprensiones, por el sufrimiento, por el dolor, pero es su historia, es su vida, esa en la que se impuso, y se creó a sí mismo como lo que es, su historia real. La grandeza nace en cualquier circunstancia, porque lo suyo es cambiarla.
Entonces yo creo que por ahí tendríamos que pensar en hacer una adición importante, una complementación, que nos permita ver la realidad más desde lo personal, desde lo subjetivo, desde esos procesos que emergen, hoy están emergiendo muchos de esos procesos, por el tema de la discusión del proyecto de Constitución. Un acontecimiento que historiza, y que se historiza por lo que estamos haciendo.
Yo no quiero para nada hacer aquí una reunión de la Constitución, pero sí reafirmar la importancia de las subjetividades, múltiples, condicionantes y condicionadas. Y como yo soy psicólogo e investigador miro, observo y encuentro que, por ejemplo, los que yo llamo “barrigas llenas”, por decirlo de un modo humorístico, es decir, los que tienen una condición digamos más favorable para enfrentar las vicisitudes de la vida hoy, cuando se habla de la concentración de la riqueza, dicen: “No, ese no es el problema, el problema no tiene nada que ver con la concentración de la riqueza ni la propiedad… lo que hay es que liberar y que la gente luche y que salga alante”, y los “barrigas llenables” dicen: “¿Pero adónde vamos a ir a parar, loco?… hay quien se hace cada día más rico, y los otros no estamos desamparados, ni lo estaremos, pero la estamos pasando muy difícil”. Y es el mismo Proyecto, es el mismo texto, es la misma realidad, pero obviamente cada uno lo ve desde su perspectiva. Y la historia nos ayuda a anticiparnos, a dialogar con la realidad, con esa realidad de las subjetividades múltiples, subjetividades que se conforman desde lugares distintos, siendo el mismo país, subjetividades sustentadas en diez cuc al mes, -doscientos cincuenta pesos, su salario, ganan diez CUC al mes-, y otras subjetividades extendidas desde veinte mil cuc al mes. Subjetividades que concentran más del 80% del dinero que está en los bancos, y no son más que el 15% de las subjetividades.
Estamos ante una construcción complicada desde el punto de vista de la historia, y tenemos que considerar las diversas subjetividades que la hacen y la harán, el diálogo y la coherencia existencial, interrelacional, de esas subjetividades. Este es un modo psicólogico de decir, más claro y correcto de esos seres humanos, el país es, y ha de ser con todos, pero para el bien de todos… un bien no solo común, sino bien distribuido.
Porque todos conocemos perfectamente por qué Céspedes fue a la guerra y por qué Martí fue a la guerra, y por qué Agramonte fue a la guerra, y por qué los grandes próceres de nuestra historia fueron a la guerra. Pero lo que me pregunto es por qué fueron los esclavos, por qué fueron los sectores más desfavorecidos de la población, ¿para construir autonomía e independencia de España? No lo creo. Fueron a lograr la independencia de España, como medio indispensable, para que fuéramos dueños de nuestro destino y entonces construir, lograr, justicia social. Y sí, los mismos líderes de la insurrección lo sabían, lo tenían claro, y lo hicieron saber algunos de ellos en aquel documento ético en el que juraron “guardar inviolable sus obligaciones, sostener el principio de la igualdad social y hacer cuanto pueda en lo humano para la rehabilitación de las clases y la abolición de todo fuero, privilegios o división fundada en la nobleza de la cuna, el oficio y la riqueza”. La referencia no es textual, es a memoria.
Entonces la historia de Cuba tiene varias motivaciones, y dos son, a mi juicio, fundamentales. Hay que contar con las dos: autonomía, soberanía, independencia, y justicia social. Porque Cuba no es un proyecto sólo de no ser ni española ni americana, sino de ser cubana. Hay que seguir la oración, ser cubana para darle a los cubanos una condición justa de vida! Y por eso hay una relación inextinguible entre independencia, soberanía, autonomía y justicia social, porque no habrá justicia social sin soberanía, pero no habrá soberanía sin justicia social. Sin justicia social reaparecerán (reaparecen ya) los anexionistas, reaparecerán los sumisos, conscientes o no, reaparecerán los mercenarios del vivir bien, “como en la metrópolis”, reaparecerán los colonizados, todos los que debilitan y enferman el alma cubana.
Entonces esa es la historia que yo siento que hemos contado poco, no porque Limia esté aquí, pero una de las cosas que me atrae de su trabajo es ese intento de darle la dimensión humana a la historia; Tenemos que contar esa historia, tenemos que contar esa historia para podernos identificar, para poder decir: Ese pude ser yo. Y hoy estoy siendo lo que me toca ser en un proceso con muchas cosas distintas pero con muchas cosas comunes. Ser cubano.
Muchas gracias.

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