No se ve agotado, a pesar que desde la una de la mañana está despierto para partir rumbo a la Plaza: -Soy barrendero –dice.

– ¿Por qué estás aquí?- continúo.

-Porque creo en Cuba-, responde sin pensarlo.

Sigo, busco historias, quizá para completar esta crónica, pero la mañana promete ser intensa.

A tan solo instantes de que las notas de nuestro Himno nacional hagan que todos adoptemos la posición de firme, mi mirada encuentra, solitaria y desorientada a una paloma. Camina por el suelo por el que en instantes hombres y mujeres de pueblo desfilarán; levanta el vuelo, pero desciende sin fuerzas al no encontrar el hombro, que aquel 8 de enero de 1959, le sirvió de apoyo.

Desaparece, como si se hubiera tratado de un espejismo de mi mente, y yo me conformo con pensar que fue él, Fidel, el que la envío para llenar de paz nuestro día.

Ahora, cada ser es una bandera cubana. Por más que me esfuerce en distinguir siluetas, el rojo, el azul, y el blanco se vuelven hacia mí y como en golpes de color con carnes me impiden ver una a una las personas.

Hoy las manos se vuelven a alzar y agitan banderitas con seguridad y fe. La Plaza está repleta. Y como si Júbilo, fuera el nombre de un dios, Júbilo se esparce, llega, toca, entra y dispara a las entrañas de los reunidos aquí.

Camino, miro los rostros de la gente, intento descifrar sentimientos que sean los protagonistas de estas líneas. Pero me descubro asombrada y entonces renuncio a tomar apuntes en mi agenda y alejo el bolígrafo también. Entre mis manos, una banderita reta al aire para no alejarse de las demás.

En estos momentos, ya no me preocupo por “conseguir” historias: sería una forma de romper y vender emociones. Las historias refulgen por sobre la gente, y en la atmósfera de la Plaza se unen. Así, médicos, educadores, ingenieros, cuentapropistas y estudiantes que quizá como yo, por vez primera asisten, forman la multitud que se descubre detrás de cada paso y de cada consigna.

Ante el Martí del Memorial hago dos cosas: juro, primero, venir los tres años que me quedan como universitaria, y después como trabajadora, o mejor, como periodista.

También, frente a ese Martí inmóvil que se mueve vivo entre nosotros, pido que si Júbilo fuese un dios siga llenando esa plaza cada Día Internacional de los Trabajadores, para continuar encontrando gente que me diga “creo en Cuba”, y yo lo apunte en la hoja de la agenda con fecha Primero de mayo.

Patricia María Guerra Soriano, estudiante de Periodismo

 

 

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