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Isabel Moya: “El problema es que se piense que las mujeres ya lo han logrado todo”

La última entrevista a una querida y relevante periodista cubana

Isabelita, durante una conferencia en la Editorial (Foto: Flor de Paz)

Esta es la última entrevista que concedió la directora de la Editorial de la Mujer, quien falleció en La Habana el pasado domingo, 4 de marzo. Su testimonio forma parte de una serie audiovisual que comenzó a grabarse recientemente para dignificar la labor de los periodistas cubanos, que este año celebran su X Congreso. El proyecto, que comenzará a transmitirse próximamente en la televisión cubana, es realizado por jóvenes egresados de la FAMCA y fruto de la colaboración entre la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

—¿Constancia y fuerza? Un rasgo de mi personalidad. Yo soy, no quiero usar el término luchadora porque tiene muchas acepciones, pero soy una mujer combativa que cree siempre en esta frase de Anaïs Nin: ‘Pon tus sueños en el horizonte y empieza a andar’. Al horizonte nunca se llega, ya lo sabemos, pero hala.

La sala y la saleta de la casa de Isabel Catalina Moya Richard son muy espaciosas, como en la mayoría de las construcciones habaneras de las primeras décadas del siglo XX. Ambos espacios solo se demarcan por cuatro columnas circulares, y resultan pasaderos para los muebles que lo habitan —sofás, butacas, sillones, mesas— y, entre estas últimas, una enorme que Enrique Sosa, catedrático de la Universidad de La Habana y panelista, durante años, del programa televisivo Escriba y Lea, le regaló a Isabelita.

Es la calle San Lázaro, del popular barrio de Centro Habana. Los ruidos de la vía bullen en la casa como un volcán en erupción. E Isabel, sentada delante de la mesa de madera preciosa que le regaló el profesor Sosa, ahora apoyo de una antigua máquina de escribir, un suvenir de La Catrina, fotos con Juan Carlos, y de Gabriela, la hija de ambos, de 20 años, entre otros ornamentos, habla de la imagen que tiene colgada en una de las paredes de la estancia: “es la Casa Azul de Frida Khalo”. Se la regaló su autora, la mexicana Aurea Alanis, que estuvo en La Habana en un curso de fotografía de género.

Isa y su hija Gaby, de bebita

—He sido siempre muy gregaria, disfruto estar en grupo, soy muy social; pero me di cuenta de que quería estudiar periodismo porque me gustaba escribir, me gustaba investigar, me gustaba mucho leer, me gustaban las películas de Humphrey Bogart, del cine negro, en las que siempre era un periodista quien descubría todo. Y pensaba: quiero ser ese tipo de persona que investiga, que devela secretos, dice mientras las cámaras de Daniela Muñoz Barroso y Lena Hernández ‘enfocan’ su elocuencia.

En una pausa, la madre, Isabel también, de 72 años, le alcanza un vaso de agua y el medicamento de turno. “Toda la vida he sabido cuáles son mis facultades y mis carencias. Tengo una enfermedad degenerativa en los huesos que me ha obligado a usar aparatos ortopédicos para caminar desde que nací. Muchas veces me operaron y durante esos períodos devoraba libros y libros; claro, sin orden ni concierto, lo mismo me leía La consagración de la primavera, de Carpentier, que siete novelas de Corín Tellado.”

En esa etapa intentaba, sobre todo, llenarse de un mundo de palabras que le permitiera vivir otras vidas en su propia vida. Y luego, en el preuniversitario, cuando los profesores empezaron a orientar sus lecturas se dio cuenta de que, verdaderamente, tenía aptitudes para escribir.

—Pero fíjate, yo nunca me acerqué al periodismo para hacer literatura; no he escrito cuentos o ficción para llegar al periodismo. No, siempre me interesó escribir ensayos sobre historia o sobre política. Me importa escribir sobre la realidad. Y, por supuesto, he escrito poemas, como todo el mundo, para regalárselos al novio, pero no porque sean publicables ni mucho menos.

—Yo diría que tuve una niñez hermosa; un proceso de crecimiento muy feliz. Empezar en la escuela fue un momento importante, porque siempre me gustó mucho estudiar. En quinto grado, gané un concurso de literatura, con un cuento de ficción fantástica ¡Sentí una alegría tremenda!

“No se me olvida que en la primaria se inició mi vida política, aunque entonces no fuera muy consciente de esa realidad. Muchas veces, íbamos con sombrero vietnamita y hojitas pegadas en el uniforme para apoyar a Vietnam en su guerra contra Estados Unidos. También, una de las primeras marchas en las que participé, siendo una niña, fue por la libertad de Ángela Davis. Después ella vino a Cuba y me di cuenta de que ya me preocupaban esos problemas. Más tarde, en los años de la secundaria y el preuniversitario, cuando hice amistades que todavía conservo, y cuando se fueron perfilando mis intereses, supe, definitivamente, que quería estudiar periodismo.”

Isabel Catalina Moya Richard nació en La Habana el 25 de noviembre de 1961. Es la hija mayor de un núcleo de cuatro, incluidos los padres. Su existencia —marcada por la imposibilidad de su organismo para asimilar el calcio y, a cambio, un optimismo compensador de la falta del mineral y de toda dificultad—, puede abreviarse así:

Isabelita, junto a Eusebio Leal, Historiador de La Habana, y la diputada Yolanda Ferrer.

Sobre sus pies, en muletas o en silla de ruedas, sigue siendo ella: la Doctora en Ciencias de la Comunicación, directora de la Editorial de la Mujer y de la revista Mujeres, la Profesora Titular adjunta de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, la presidenta de la Cátedra de Género y Comunicación y coordinadora del Diplomado Internacional de Género y Comunicación del Instituto Internacional de Periodismo José Martí; la admirable Premio a la Dignidad y Premio Nacional de Periodismo José Martí (por la obra de la vida), otorgados por la Unión de Periodistas de Cuba, en 2016 y 2017, respectivamente.

—Cuando me gradué, en 1984, fui el primer expediente del grupo y me ubicaron como divulgadora en la Oficina de Asuntos Nucleares, pero no estuve de acuerdo. Mi inconformidad no cayó muy bien, porque esa institución era muy importante en aquel momento. Sin embargo, yo quería hacer periodismo y, al pedir que me reubicaran, estuve tres meses sin saber dónde iba a trabajar. La segunda opción fue la revista Mujeres, y lo sentí como un castigo.

“¡Que equivocada estaba! Allí se me presentaron oportunidades que muchas de mis compañeras no tuvieron. Yo conozco a Cuba entera gracias a mi labor como reportera en Mujeres. He estado en el Pico Turquino, en las playas negras de la Isla de la Juventud, en los maravillosos paisajes de Pinar del Río, en el Escambray… Y, como a la par atendía la sección de correspondencia, un día pensé: ‘¡Ay!, voy a hacer un postgrado de metodología de la investigación’. Y así pude diseñar una herramienta de análisis de contenido que nos permitió clasificar todas las cartas que recibíamos. Sacamos de ellas mucha información, tanto para el trabajo de la revista como para la atención a las problemáticas que aludían. Y me enganché para siempre con la investigación”.

Con el apoyo de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) Isabelita tuvo la oportunidad de hacer un curso sobre feminismo en la Casa Morada de Chile, y de participar en numerosos eventos internacionales sobre género. Hasta que en uno de sus cotidianos diálogos interiores se planteó: ‘bueno, tengo que tratar de crear un ámbito donde converjan las teorías de género y las de comunicación y así tendremos un mejor periodismo’. Y en esa aproximación se afinca su tesis de doctorado, con la que obtuvo la nota máxima.

En la Facultad de Comunicación Isabelita impartió sus primeras clases de género, un  horizonte alcanzado por el que deja entrever gran pasión. Al pensarlo, trae a la memoria, aquella maestría impartida en Villa Clara, “una de las aventuras en la que me enrolé con la Upec: los profesores teníamos que quedarnos allí cada semana lectiva”.

Después llegó la hora de fundar la Cátedra de Género y Comunicación en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, gracias a Guillermo Cabrera, subraya. “Así quedó abierta en nuestro país una línea formativa y de investigación de la que hoy podemos sentirnos orgullosos, porque además de tener graduadas a numerosas muchachas del diplomado, algunas han hecho su tesis doctoral acerca del tema.

—Más alrededor de doscientas comunicadoras y comunicadores de toda América Latina que han sido titulados de nuestros cursos. A través de la Cátedra, igualmente he podido impartir clases en diversas universidades significativas de la región y de Europa. Hace dos años, por primera vez, di unas tele clases mediante internet para algunas escuelas de altos estudios en Estados Unidos. Tener alumnas y alumnos en todas partes es una experiencia encantadora.

Es el 3 de febrero de 2018, sábado por la mañana. Isabelita, ante las cámaras de Daniela y Lena, habla de los asuntos que más la movilizan. Irina, con expresión demandante, revela su preocupación por los continuos sonidos que vienen de la calle San Lázaro, pero este es el entorno cotidiano en el que vive la protagonista.

Memoria gráfica de la boda de Isabelita y Juanca

— ¿Los desafíos de las mujeres en Cuba? El primero es que se piense que ya lo han logrado todo. Cuando miramos las estadísticas y vemos la cantidad de mujeres que hay en el Parlamento, la cantidad de mujeres científicas, de mujeres comunicadoras; y que más del setenta por ciento de los fiscales son mujeres, etcétera, nos fabricamos una idea desfigurada de la realidad. Porque hemos logrado abrirnos prados en profesiones antes no consideradas femeninas, ahora estamos en el momento más complejo, el de enfrentar la subjetividad, la cultura, los juicios de valor y las costumbres; mucho más difíciles de cambiar, al tratarse de cánones asentados en los imaginarios colectivos, en las representaciones sociales. Es lo que cantamos cuando entonamos un bolero, una canción de salsa o a veces, lamentablemente, un reguetón y lo que cuentan las novelas: amores románticos, dependientes.

Su reflexión se asienta en dos argumentos sustantivos: los procesos comunicacionales en Cuba no problematizan los enfoques reductivos de esos espacios audiovisuales, ni las brechas subjetivas que en los setenta los medios lograron abordar documentales como el de Sara Gómez, Mi aporte,  y los largometrajes Retrato de Teresa, De cierta manera, Hasta cierto punto. “Además, son frecuentes actitudes que, sin quererlo, culpabilizan y asocian el avance de las mujeres a determinadas crisis de la familia”.

—Hoy se dice, ‘las mujeres no paren’, pero ese no es el problema. El problema está en que la sociedad ha puesto a la mujer en la dicotomía de ser madre o realizarse profesionalmente, entonces es que la sociedad tiene que cambiar para que la pareja, la familia, tenga más hijos. No es solo un asunto de las mujeres, porque, aun con todos los avances de la ciencia y la tecnología, para concebir a un ser humano hace falta un óvulo y un espermatozoide. Pero, los medios, en lugar de cuestionar ese enfoque sexista, vuelven y relacionan a las mujeres con el problema de la baja natalidad.

“A pesar de ser públicos, de representar un sistema social que tiene a los seres humanos como el centro de sus fines,  los medios en nuestro país no consiguen un balance racial, por ejemplo, y sus estéticas son muy homogéneas: la mayoría de las mujeres salen con los pelos estirados. Me gustó mucho que el otro día vi en la Revista de la Mañana a una muchacha joven, negra, con sus trenzas. Porque yo digo, no hay inconveniente en estirarse el pelo, sino en que esa moda se convierta en un mandato cultural que obligue a asumir estéticas con las que no todas quieren expresarse. Todavía es un reto que la diversidad sea entendida”.

Para Isabelita, la sociedad tiene, además, otro afronto: desarrollar en las personas ciertas guías, herramientas, que promuevan criterios selectivos en el complicado mundo de la información.

— El posicionamiento y consumo culturales tienen implicaciones en los valores. Significa pertenecer a grupos o sectores, a determinadas tribus urbanas. Entonces, siempre digo, las personas son privadas de crecer como seres humanos cuando se les imposibilita el  enriquecimiento de su subjetividad porque solo reciben la machacona industria cultural establecida para enajenar. Por eso desde la enseñanza primaria hay que formar audiencias críticas.

“Y, tal vez lo que voy a decir ahora es una herejía, pero igual que desde el quinto y sexto grados estudiamos literatura, hay que empezar a enseñar a consumir los productos de los medios de comunicación. Hoy, el audiovisual tiene una fuerza muy grande en la socialización de los discursos, como importante fue el discurso literario en su momento. A veces la enseñanza se nos ha quedado muy decimonónica, ya no en el siglo xx sino en el siglo xix, cuando los discursos descansaban en otros soportes”.

En su pensamiento, la escuela es el terreno perfecto para modelar en el niño y el joven utillajes ideológicos y estéticos para ayudarlos a orientarse en el mundo. No la concibe, sin embargo, como un espacio enciclopédico, asentado en la memorización de fechas. También la idealiza tal un arrimo, donde los estudiantes se apertrechan de avíos interpretativos y para la proactividad. “O sea, tenemos que cambiar desde la escuela.

“Porque las grandes compañías de belleza le dan a las youtubers las principales marcas de maquillaje, de creyones de labios, para que los anuncien; el youtuber hoy mezcla la ficción con la realidad. Es decir, cuando es Julia Roberts quien promociona una marca de cosmético, se percibe lejana; ella es ficción. Pero cuando es una chica de dieciséis años que dice: ‘yo me pongo esta cremita para taparme el granito’, la aproximación es significativa. Entonces, ¿cómo vamos a seguir enseñando solo literatura? No, no…”

Ya viene Isa con el los y el las, decían quienes subvaloraban su batalla por colocar en diversas agendas los temas de género y comunicación.  Pero a ella no le importó, hacía un chiste y seguía, “porque si algo han demostrado las mujeres es su capacidad de resistencia para lograr lo que quieren”. Y ahora siente la satisfacción de ver como hay más preocupación en la prensa por asuntos como la orientación sexual. “Incluso, hace unos días una muchacha que fue mi alumna hizo un trabajo en el Granma sobre la trata de personas. Ya el periódico le da dos, tres páginas, a cuestiones como la violencia de género. De eso no se hablaba antes. ¿Ves?, cuando se es constante se alcanzan horizontes.

“Siempre me he inspirado mucho en Vilma, en ‘sus luchas’ (en plural), como escribió Fidel en sus Reflexiones el día en que ella falleció. En un país machista y patriarcal es heroico hacer todas las transformaciones que ella promovió: desde crear los círculos infantiles hasta propiciar que los padres estuvieran presentes en el parto. Y yo, durante alrededor de veinte años, cubrí los recorridos que Vilma hizo por el país. Esa oportunidad también fue un acicate, una enseñanza, un taller”.

— ¡No!, los valores no vienen en el ADN, se construyen, pero hay que profundizar en la subjetividad humana. Hay realidades muy ilustrativas de su complejidad: cerca del setenta por ciento de las niñas que son madres adolescentes, su madre también lo fue; cuando un niño o una niña se educa en un hogar donde hay personas alcohólicas, en su adultez, a pesar repudiarlo durante la adolescencia, tiene una gran propensión a repetir estas conductas.

“Los medios deben ayudar a problematizar comportamientos y responsabilidades vinculadas al entorno familiar. Por ejemplo, hace unos días, a través de un programa en el que estuve, me di cuenta de que muchos padres de adolescentes no sabían lo que era la música trap; o sea, no saben qué escuchan sus hijos. A veces, por las carencias económicas que hemos sufrido, dedicamos mucho tiempo a resolver problemas materiales y poco a conversar, a saber qué hace nuestra prole, a compartir lo que consume.

“Creo mucho en ese periodismo que ayuda a reflexionar sobre lo cotidiano, que nos informa de lo que pasa en Siria, en el Fondo Monetario Internacional, pero que también habla sobre cómo la familia debe asumir un hijo o una hija con una orientación sexual diferente. Porque la familia muchas veces cuando está en esa situación siente culpa, no sabe qué hacer, y al final daña y lesiona a ese ser humano al que quiere, pero que, a la vez, contradictoriamente, le resulta un problema. Yo digo que vivir es un hecho natural, un hecho biológico, pero a vivir también se aprende, y por eso la humanidad ha inventado la literatura, la religión, la psicología, y también ha inventado el periodismo”.

Al poner su experiencia como muestra de cuanto puede hacerse en los procesos comunicativos, Isabelita habla sobre un trabajo que recientemente publicó la revista Mujeres relacionado con las personas que venden café y fritas por una ventana de lo que fue la sala de su casa, de una casita pequeña. Y pregunta: ¿ˊy los niños y las niñas que viven en esos hogares, dónde hacen la tarea? ¿Se ponen a trabajar? ¿Cómo conciliar el negocio y la vida familiar en un espacio pequeño como ese?ˋ ˊAh, y que bueno, los abuelos viven más, pero como la niña se va a casar que la abuela salga del cuarto, que duerma en la sala ˋ.

—Yo sé que hay personas que piensan que estos temas son menores y que lo único que importa es el calentamiento global, pero en lo que llega el calentamiento global hay personas que viven tragedias semejantes todos los días, entonces muy bien que haya periodismo para el calentamiento global y que haya periodismo que ayude en el día a día, un periodismo de servicio y un periodismo de activismo social.

Isabelita durante la entrevista realizada en su casa (Foto: Flor de Paz)

—Isabelita, ¿qué significa para usted el periodismo?

—Un compromiso con mis contemporáneos, con mi país, con mi gente; una pasión, una pasión que salva. He estado enferma, en el hospital en momentos terribles, de esos en que una constata la fragilidad del cuerpo humano, y ha pasado una persona y me ha dicho: ˊAy, como me gusta su revista ˋ. Y, óyeme, todos los miedos y los dolores se me han espantado. Así que yo te digo, el periodismo es mi salvación.

Y añadió:

“Dijo Rosa de Luxemburgo que el socialismo no es sólo un problema de cuchillo y tenedor, es una profunda revolución cultural”. Creo entonces en ese periodismo que va a ayudar a transformar el machismo, el sexismo, la homofobia, el racismo, herencias de quinientos años de cultura judeocristiana occidental, de un primer colonialismo atroz y, después, de un capitalismo destrozador de los seres humanos”.

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