Así fue, en medio del patético silencio y la emoción de los testigos, como llegó ante el paredón de fusilamiento. Y así cayó en Santiago de Cuba, Perucho Figueredo, por amar, más que a su vida, la vida de la República de Cuba naciente y combatiente en la manigua heroica. Seguro murió expresando o pensando que era cierto el verso de su himno: “morir por la patria es morir”.

Hoy es domingo 18 de febrero de 2018,  y se conmemora el bicentenario del natalicio de un patriota cubano insigne. Y, ¡ah, la historia!, siempre la historia tocando a nuestras puertas. Y ¿cómo no recordar este día al padre y al autor del himno cantado por millones de cubanos de todas las épocas, con entonación intensa de marcha guerrera, con emoción desbordante de orgullo patrio, y hasta con lágrimas en los ojos en circunstancias sublimes de nostalgias, y que luego de ser cantada por primera vez el 20 de octubre de 1868 en su Bayamo insurrecto y tomado por las armas mambisas,  fue primera capital de la Revolución surgida el 10 de octubre bajo la guía de Carlos Manuel de Céspedes, devino después de la independencia en el Himno Nacional?

Como introducción necesaria a las notas sobre su autor, bien vale la pena que la letra de su himno, de nuestro himno, la precedan, aunque es bueno resaltar que sólo las dos primeras estrofas de la versión original integran el Himno Nacional:

Al combate corred, bayameses,
que la patria os contempla orgullosa.
No temáis una muerte gloriosa,
que morir por la Patria es vivir.

En cadenas vivir, es vivir
en afrenta y oprobio sumido.
Del clarín escuchad el sonido.
¡A las armas valientes corred!

Esta otra historia de Figueredo, conocido por Perucho, tiene como relevancia su posición acomodada en la sociedad de entonces, y en su natural Bayamo vive en el esplendor inicial del ambiente de prosperidad material. Estudió en La Habana, se graduó en Derecho en la Universidad de Cataluña, Barcelona, en 1842; regresó a Cuba y en Bayamo fue nombrado alcalde segundo de la ciudad. Ejerció la abogacía en La Habana. Y a partir de 1958, en que retorna a Bayamo, desenvuelve actividades políticas, culturales y de administración de sus propiedades, en particular de un ingenio, y mantiene vínculos de pertenencia con logias masónicas y de comités conspirativos revolucionarios. Fue en esas circunstancias que se le encomendó la música y letra de lo que sería nombrada la Bayamesa y futuro himno de Bayamo y Nacional, al igual que aquella canción de amor y de reconciliación amorosa que cantara, casi veinte años, la gente de su ciudad y que compusieran sus amigos Céspedes, Fornaris y Lucas del Castillo. Esta otra “Bayamesa”, briosa, a caballo, guerrera y marcial, es distinta y con ella en los labios, y con las llamas de la bandera, entra la gente a la ciudad inmortal y Cuba empieza a entonar su canto puro de libertad.

Tenía una numerosa prole de diez hijos, y una de sus hijas, conocida por Canducha, con apenas 16 años, fue escogida como abanderada durante la toma de la ciudad de Bayamo por las tropas insurrectas.

Al constituirse el Gobierno revolucionario provisional, Céspedes le nombra Jefe del Estado Mayor del Ejército con el grado de Mayor General. Y al constituirse el primer gobierno de la República de Cuba en Armas el 11 de abril de a869, en Guáimaro, Perucho es nombrado Subsecretario de la Guerra. Cargo que más tarde renunciaría.

Los calculadores nunca podrán explicarse qué puede ir a buscar este hombre rico y de reconocido prestigio social, a una empresa de Quijotes como es la de la separación de la Península, que cuajará el 10 de Octubre. Y, sin embargo, este hombre lo deja todo por la causa revolucionaria, al igual que todos los demás iluminados de esta gesta.

Su vida, de fervorosa devoción patriótica, de constructora sustancia de patria, tuvo un holocausto, un final, digno de ser recordado siempre y enseñado a jóvenes y mayores, como el símbolo extraordinario del sacrificio por la República.

Los azares de la guerra enfermaron al hombre fuerte. Cuando pudo arrastrar su cuerpo devorado por el tifus, y sus pies descalzos ulcerados, se desplazó manigua adentro, hasta las serranías casi impenetrables, donde, al igual que tantas familias bayamesas, se habían refugiado los suyos, después de incendiar la ciudad de Bayamo para que no cayera en manos de los enemigos, y el hombre llegó donde su esposa e hijas. Era como un espectro, como una sombra de la guerra. Se moría, y los españoles buscarían las formas de capturar a los rebeldes fugitivos. Entonces empezó una cacería salvaje, un cerco de jauría y de incendio, de muerte e impiedad.  Algunos pudieron escapar al asedio, otros fueron cayendo, hacia la muerte o la prisión..

El patriota grande, ya sin más traje que su cuerpo comido por la fiebre, descalzo, ensangrentado, más solo que nunca, se defendió como un héroe de leyenda frente a los asaltantes. Así cayó en manos de los enemigos y así fue conducido a Manzanillo, y maltratado por sus captores. Pero el patriota resistió toda injuria y todo el horror desatado contra su persona.

Un comerciante que le había conocido, pidió verlo:

-“Todo esto es agradable, amigo –dijo el prisionero al visitante -. No constituye todavía un sacrificio digno de la patria.

Y cuando el comerciante preguntó en qué podía servirlo, el prisionero le mostró los pies descalzos y lo que tenía en lugar de ropa.

Cuando compareció ante el Tribunal que iba a juzgar su amor por Cuba, la libertad y su rebeldía ante España, el patriota sublime dijo con entereza:

-“Con mi muerte nada se pierde, pues estoy seguro de que a esta fecha, mi puesto estará ocupado por otra persona de más capacidad; y si siento mi muerte es tan sólo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra de la redención que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos”.

Y para que el sacrificio fuera mayor, aún, el patriota singular hubo de permanecer en el suelo, impotente para levantarse, hasta el momento de ser conducido ante el pelotón de fusilamiento. Allí en el suelo, lo halló el emisario del Conde de Valmaseda, que iba a proponerle arreglos a cambio de entregar la revolución:

-“Diga usted al Conde, que hay proposiciones que no se hacen sino personalmente; que yo estoy en capilla y espero que no se me moleste en los últimos momentos que me quedan de vida.”

Las úlceras en los pies no le permitían dar un paso. No podía levantarse casi. Pidió un coche o caballo para ir hasta el sitio de la ejecución. “Eso sería demasiada honra para un jefe insurrecto”, le dijo el militar encargado de la ejecución.

Le trajeron, para humillarlo aún más, un asno. “No seré el primer redentor que cabalga en un asno”, se limitó a decir el autor del himno de la redención patria. Así fue, en medio del patético silencio y la emoción de los testigos, como llegó ante el paredón de fusilamiento. Y así cayó en Santiago de Cuba, Perucho Figueredo, por amar, más que a su vida, la vida de la República de Cuba naciente y combatiente en la manigua heroica. Seguro murió expresando o pensando que era cierto el verso de su himno: “morir por la patria es morir”.

Hoy, 200 años después, -alrededor del muro levantado en un antiguo matadero y que fuera el sitio donde cayera acribillado a balazos el patricio Pedro Figueredo, posterior a un juicio sumarísimo-, en Santiago de Cuba acudió a rendirle homenaje una representación del pueblo cubano a quien representa un pedazo viviente del pueblo cubano.

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