Los niños héroes de Las Yaguas

Una de las calles del antiguo barrio de Las Yaguas, en la zona de Luyanó, en La Habana.

La crisis económica mundial de 1929 y la tensa situación provocada por la sangrienta dictadura del General Machado y su posterior derrocamiento afectaron fuertemente las actividades productivas cubanas y ocasionó el desempleo de millares  de obreros y empleados.

Muchos de ellos fueron desahuciados de sus hogares y al no poder pagar el alquiler tuvieron que buscar refugio en los alrededores de la ciudad construyendo sus propias viviendas con palos, maderas y latas que encontraban en los basureros o tirados en las calles. Así surgieron en La Habana de entonces los llamados barrios marginales de Llega y Pon, Pan con Timba, Cueva del Humo, Isla de Pinos,  Las Yaguas  y otros tantos más.

En aquellos tiempos, las yaguas de la palma real que eran usadas para el envase y  traslado de las hojas del tabaco desde las vegas hasta las fábricas de La Habana, eran botadas después en la falda de la Loma del Burro, en el barrio de Luyanó. Los desempleados y mendigos que no tenían techo, conocedores de su gran consistencia e impermeabilidad, recogieron esas yaguas y con ellas construyeron el techo y las paredes de las primeras casetas al lado mismo del vertedero. En poco tiempo la llanura norte de la loma que rompía la calle Tres Palacios,  próxima a la Quinta de Salud “Hijas de Galicia” y la iglesia Nuestra Sra. de la Guardia, se llenó de casuchas y la nueva barriada fue conocida por Las Yaguas.

Vista de la calle principal en los momentos en que el barrendero realizaba su faena

A principios del mes de mayo de 1949, el autor de estas líneas  estaba finalizando el segundo curso en la Escuela Profesional de Periodismo “Manuel Márquez Sterling”. Para pasar al próximo,  el profesor de Reportaje Gráfico Juan Manuel Guerrero y Campanería puso a los alumnos el primer trabajo práctico de esta asignatura para “evaluar la creatividad, la técnica, el valor informativo y la expresividad de las fotografías que captáramos y así apreciar la preparación y la habilidad de cada estudiante como reportero gráfico”. Guerrero puso en una cajita varios papelitos arrugados que ocultaban el título de distintos temas y cada alumno escogió uno al azar. A mí me tocó Las Yaguas.

El martes 18 de mayo, temprano en la mañana, bajé de la guagua en la parada de la Quinta Hijas de Galicia en la Calzada de Luyanó con mi cámara fotográfica, una Exackta Varex de rollo 127 y una libreta de notas. Fui  caminando hacia la loma del Burro y lo primero que vi y retraté  antes de llegar al caserío fue la camioneta de una fábrica de tabacos descargando las yaguas. Después entré por la que me pareció era la calle principal y me llamó la atención que hubiera alguien, escoba en  mano,  barriendo aquel camino polvoriento. Polvo había, pero ningún papel o basura. Alcé la cámara y fotografié la escena.

Un hombre que tallaba en madera la virgen de Santa Bárbara sentado en la puerta de una de las casas, me advirtió que para fotografiar allí debía hablar con el “alcalde”. Incrédulo le pregunté  – ¿Con el alcalde? – y me contestó – Sí , sí, con el alcalde,  vamos para que lo conozcas, y me llevó a una  choza que no se diferenciaba de las demás. Allí me encontré a un anciano a quien todos trataban con mucho respeto. Él quiso saber para qué quería las fotografías y le expliqué que era alumno del segundo año de la escuela de periodismo y mi profesor me había pedido para el examen un reportaje gráfico de Las Yaguas; era mi primer trabajo práctico de clases e iba a poner todo mi interés en hacerlo lo mejor posible y aunque era un tema que los diarios apenas tocaban  pensaba  que en algún momentos podría testimoniar las condiciones de vida de sus habitantes.

Después de meditar un momento, el anciano me dijo: – Haz las fotografías y ojalá que algún dia cuenten nuestra amarga historia. Iba a retratarlo a él, pero adivinó mi intención y me hizo un gesto negativo. Luego añadió: Emilio – así se llamaba el escultor de la virgen de madera – te acompañará para explicarte y ayudarte en lo que pueda.

La camioneta de una fábrica de tabacos depositando las yaguas en el vertedero

Por el camino, Emilio me fue mostrando las callejuelas  y las chozas de yaguas, todas muy similares, salvo una grande, que parecía el remedo de un edificio de apartamentos. Durante el recorrido tomaba notas de lo que decía mi acompañante y retraté a muchachas lavando ropa, a un bodeguero  ambulante, barberos, carpinteros y artesanos.

En Las Yaguas vivían unas seis mil familias en casi 1500 casetas construidas por ellas mismas. No había electricidad y se iluminaban con chismosas y velas. En la orilla de la calle mayor había una llave  que suministraba el agua a los pobladores, el preciado líquido venía por una  vieja tubería empatada en diferentes tramos con mangueras y hábilmente unida a la conductora del acueducto por los “ingenieros” del barrio.  Las colas de cubos, palanganas y latas para recogerla eran largas y ordenadas. Las aguas sucias eran drenadas por zanjas que desaguaban en el arroyo Pastrana que corría por la ladera sur de la loma.

El inmueble más grande de Las Yaguas, fabricado por cuatro familias.

No tenían médico, ni dispensario y si alguien enfermaba o tenía un accidente. Lo normal era que un curandero o una espiritista vecino lo auxiliara. Tampoco había escuelas, eran las madres que tenían alguna preparación las que enseñaban a leer, escribir y las cuatro reglas a sus hijos y también a los niños de los vecinos analfabetos.

Muchos habaneros – comentaba mi acompañante – creían que las Yaguas era un refugio de  prostitutas, ladrones, brujeros, borrachos  y marihuaneros. Pero la realidad – afirmó Emilio – era muy distinta. La mayoría de  las familias que vivían allí eran personas decentes que habían sido  desalojadas de sus viviendas por no tener un trabajo o  los salarios que recibían no les alcanzaban para pagar el alquiler.  Los  hombres salían muy temprano en la mañana a buscar trabajo en cualquier lugar y en lo que fuera para poder alimentar a sus familias. También las mujeres que con alguna educación, buena presencia y mucha paciencia habían logrado colocarse de criadas, o para atender enfermos y ancianos.

Lo más triste era ver cómo los niños no se quedaban atrás y ayudaban a sus padres como podían,  unos con sus cajones de limpiabotas a cuestas lustrando zapatos, otros vendiendo billetes de lotería, los más pidiendo limosnas a los turistas en el Parque Central y sus alrededores o a las personas caritativas que asistían a misa los domingos, los menos hurgando en los basureros tratando de encontrar algo útil que pudiera venderse o cambiar. Las niñas también realizaban tareas muy laboriosas y responsables.  Cuando las madres trabajaban, sus pequeñas que ni siquiera alcanzaban los diez o doce años de edad,  hacían de amas de casa, cuidando a sus hermanitos más pequeños, cocinando, lavando o zurciendo. Eran los niños héroes de Las Yaguas.

A la izquierda una niña parada sobre un ladrillo apenas alcanza la batea donde lava la ropa para ganarse unos “kilos”. A la derecha unos muchachos buscan en los latones de basura algo que les sirva para cambiar o vender

Las fotografías que testimonian esta crónica, hechas en 1949,  recuerdan a la gente humilde, sobre todo a la más pequeña, del barrio de Las Yaguas y su entorno,  a la vez que agradece al “alcalde” que no quiso retratarse,  el permiso para hacerlas.  Catorce años después, luego del triunfo de la Revolución, Las Yaguas y el resto de aquellos barrios marginales desaparecieron. Florecían en cambio nuevas urbanizaciones,  el trabajo estable, la salud, la educación, la agricultura, la industria,  la ciencia y sobretodo la conciencia del hombre nuevo y su lucha por una sociedad mejor.

A la izquierda Emilio el tallador de esculturas en madera, al centro unas jovencitas lavando ropas para una familia de los alrededores y a la derecha un bodeguero ambulante oferta su mercancea a domicilio.

 

 

 

 

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