La del pasado 16 de agosto fue una mañana llena de recordaciones y emociones. Una multitud de compatriotas que desbordó los modestos espacios de la Casa de la Prensa se dio cita allí para testimoniar sus sentimientos de amistad y reconocimiento al bien querido amigo Moltó. Un torrente de sinceros y merecidos elogios, de memorias y de anécdotas se fue formando con la sucesión de colegas que hablaron y los aplausos que los coronaban. Se dijo mucho y mucho quedó por decir acerca de las cualidades que le acompañaron en vida.

Si algo distinguió al periodista desaparecido fue su probada capacidad para generar iniciativas. Moltó era un innovador, un adelantado, el antiburócrata por excelencia. Combatió la perniciosa institución de la “consulta” y lo hizo con su actitud personal en el ejercicio de la profesión, apoyado en su olfato periodístico, su experiencia y sus profundas convicciones revolucionarias. Moltó actuaba sin otros cálculos como no fueran los del valor social del servicio que prestaba.

La primera vez que tuve trato personal con Moltó fue en 1993, uno de los años más difíciles del conocido como Período Especial, cuando él dirigía el programa Haciendo Radio. Un día me llamó para proponerme hacer una encuesta electoral por radio. Muchas podrían haber sido las objeciones metodológicas, pero la novedad, la aventura y la indiscutible brillantez de la idea tenían un atractivo irresistible. Y fue así que cuatro días consecutivos antes del domingo electoral hice presencia en la cabina del programa  junto con Garrido, su conductor, y Moltó detrás del cristal viviendo cada minuto de la inolvidable experiencia.

Los corresponsales en las provincias eran los encuestadores que en las calles hacían las preguntas a los ciudadanos y sus respuestas salían simultáneamente al aire. Un pequeño equipo de especialistas del Centro de Estudios Sociopolíticos y de Opinión sistematizaba lo que se decía cada día, mientras en cabina con Garrido comentábamos las diferentes opiniones de los entrevistados y al final de cada día hacíamos el balance.

Moltó, el hombre de las iniciativas, disfrutaba los aciertos que no fueron pocos, ya que al poner en voz pública nuestra práctica electoral se confirmaban en voz del pueblo sus fundamentos democráticos. Recuerdo especialmente al elector pinareño que a una pregunta del colega Cabrera Peinado respondió que no iba a votar y al insistir este en el porqué, respondió con desenfado: “porque es un derecho que me da la Constitución”. Pero Moltó también analizaba los errores y buscaba cómo mejorar todo al día siguiente.  El pequeño colectivo asumía con naturalidad su liderazgo profesional, que de alguna manera se hacía liderazgo colectivo.

Después tuve la oportunidad de acompañarlo en sus desvelos por elevar a planos superiores la formación de los periodistas. La profundidad con la que analizaba los resultados de las encuestas que hicimos, sus esfuerzos por poner el talento del país en función de la superación profesional del gremio. Y más tarde, cuando asumió la dirección del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, pude apreciar mejor sus cualidades para aglutinar el colectivo y su desbordante capacidad de generar nuevas iniciativas.

Moltó tenía para todos, para cualquier auditorio, para cualquier interlocutor, un único discurso, el que le dictaba su conciencia. Ese sello de franqueza era transversal en todo lo que decía y transparentaba al hombre sincero que habitaba en sus ideas.

Mucho se dijo el 16 de agosto y mucho falta por decir. Comparto como tantos y tantos compañeros, el honor de haber sido su amigo. Termina este breve pero sentido homenaje recordando otro momento de su vida. Cuando sufrió la grave afección cardíaca que lo hospitalizó y acudí al Cardiovascular para saber de su salud pregunté por Antonio Moltó. Inicialmente no sabían en la recepción de quién se trataba, pero segundos después dijeron “Ah, el periodista”. Le conté eso al amigo cuando ya estaba recuperado y la sonrisa que afloró en su rostro lo dijo todo respecto a su amor por la profesión que había elegido en la vida.

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