fbpx
CON DOS DEDOS

¡Ah! Los premios

El premio Justo de Lara fue el más importante galardón  conferido en el sector periodístico cubano durante la Republica. De  1934  a  1957, se entregó  24 veces; uno cada año.  El primero en merecerlo, Jorge Mañach; el último, Raúl Roa. Entre uno y otro lo conquistaron periodistas de la talla de Ramón Vasconcelos, Francisco Ichaso, Eladio Secades, Sergio Carbó, Miguel de Marcos, Luis Amado Blanco, Rafael Suárez Solís,  y, post mortem, Pablo de la Torriente Brau,. Roa fue el único periodista que lo recibió en dos ocasiones, Mirta Aguirre la única mujer que lo conquistó, y únicamente  Pablo lo mereció después de muerto. Solo en una oportunidad  el premio salió de La Habana, cuando se le adjudicó a Luis Pichardo y Loret de Mola, con un artículo que vio luz en El Camagüeyano.

Bolsas

Treinta y dos concursos periodísticos se organizaban en La Habana en esos años. Algunos tan bien dotados como el de la Asociación de Bancos de Cuba que otorgaba un premio único de dos mil quinientos pesos, y el José Ignacio Rivero  —patrocinado por el Conjunto de Calles y Asociaciones Comerciales y la viuda de Pepín— con un lauro   también único de dos mil pesos. Otros,  en cambio, con bolsas tan deprimida como el Ignacio Agramonte, del Colegio de Abogados, y el Sandalio Junco, de la Federación Obrera de la Alimentación, con cien pesos cada uno.

El Ministerio de Defensa auspiciaba, con carácter mensual, el Enrique José Varona, provisto de diploma y cien pesos. Una recompensa de mil pesos consignaba en su convocatoria el Lucio Fuentes Corripio, de la Federación Nacional de Detallistas, por un artículo sobre dicho sector, pero nunca llegó a otorgarse .

El Club de Leones organizaba, con premios de 150 pesos cada uno, los certámenes Rafael Santa Coloma para reportaje gráfico, y Ricardo de la Torriente para caricaturas.  El Club Atenas, una sociedad de mulatos, cien pesos  por artículo o reportaje. Era el premio único Lino Dóu.

Resulta curioso que sectores poderosos como el Ministerio de la Agricultura, el patronato de la Feria Ganadera espirituana, el Colegio Estomatológico Nacional, el Colegio Farmacéutico y la Comisión Nacional de Propaganda y Defensa del Habano, dotaran solo con cien pesos las bolsas de sus concursos, lo mismo que la  modesta  Asociación Nacional de Carteros.

Rompía todas las expectativas el Premio Esso de Relaciones Humanas, que, entre 1952 y 1957, otorgó la Esso Standard Oil  Co. de Cuba.  Su convocatoria era  en los géneros de artículo, crónica y reportaje y consistía en un solitario premio de mil pesos, diploma y un  viaje de una semana al exterior con todos los gastos pagados. Asimismo, las Asociaciones de Compañías de Seguros y Finanzas de Cuba  confirieron entre 1956 y 1958 mil pesos como premio único por un artículo, crónica o reportaje con motivo del Día Continental del Seguro. El Premio Francisco de Arango y Parreño, de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros, entregó  en 1958mil, quinientos y doscientos pesos, a materiales periodísticos centrados en la industria azucarera cubana.

De mucho prestigio era el Juan Gualberto Gómez, que patrocinó de  1945 a 1957 la Asociación de Reporteros de La Habana y el Colegio Nacional de Periodistas. Se presentaba para  los géneros de reportaje vivo, reportaje de archivo, fotografía, caricatura, ilustraciones y reportaje cinematográfico. Contemplaba un primer premio de mil quinientos pesos, diploma y medalla de oro;  un segundo de mil pesos, diploma  y medalla de plata, y un tercero de quinientos pesos, diploma y medalla de bronce.

Otros certámenes llevaban el nombre de prestigiosos periodistas cubanos, vivos  o muertos, además de los ya mencionados: Eduardo Varela Zequeira, Ruy de Lugo Viñas, Víctor Muñoz, Guillermo Martínez Márquez, Arturo R. Carricarte y Berta Arocena de Martínez Márquez.

Premio indivisible

El Justo de Lara, galardón único dotado de una bolsa de mil pesos, se convocaba en articulo y crónica —de no más de tres mil 500  palabras—, materiales cuya fecha de publicación debía estar dentro del año de la convocatoria y ser de la autoría de  un periodista profesional. Estos elementos  los comprobaría el Comité de Admisión, si se hacía necesario, en consulta con el Colegio Nacional.  Ningún participante podría concursar con más de cinco trabajos.

Un Colegio Designador, compuesto por el director del Instituto Nacional de Cultura o su representante, y representantes de la Sociedad Económica de Amigos del País, la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, y del Colegio Nacional de Periodistas, así como por el decano de la Facultad de Filosofía y Letras o la persona por él designada, elegía al jurado que estaría integrado por personas de probada ejecutoria cultural.

Precisaban las bases del certamen: “Entre esas personas no figurará ningún periodista profesional (…) pero todos los años formará parte del jurado uno de los periodistas que anteriormente haya recibido el premio Justo de Lara…”  Especificaban, asimismo, que el premio sería indivisible y que no podría ser declarado desierto a no ser por decisión unánime del jurado.

Atendiendo al volumen de trabajos presentados, el Comité Designador determinaría el número de miembros que compondrían el jurado, que siempre sería impar y en cantidad no menor de tres ni mayor de cinco. El 24 de febrero de cada año ellos  tendrían terminado y listo su trabajo de selección. En caso de que  el autor premiado hubiera fallecido, el premio le sería entregado libremente, sin intervención judicial, a la persona  o personas de su familia a quien la empresa donante considerara con mejor derecho. Los concursantes entregarían sus trabajos en el departamento de publicidad, en el quinto piso, de El Encanto, entonces la tienda por departamentos más exclusiva y lujosa de La Habana, que era la entidad que auspiciaba el certamen.

Además de los ya mencionados, recibieron el galardón Arturo Alfonso Roselló, Medardo Vitier, Raúl Maestre, Gastón Baquero, Raúl Lorenzo y Lisandro Otero Masdeu. Así como, Manuel Millares Vázquez, José R. Hernández Figueroa, Ernesto Ardura, Jorge Luis Martí y Humberto Medrano que lo obtiene con la crónica titulada “Mi amigo Borbonet”, publicada cuando ese pundonoroso comandante del Ejército cumplía sanción  en el Presidio Modelo, de Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), por la llamada “Conspiración de los Puros”,  con la que un grupo de militares quiso defenestrar al dictador Fulgencio Batista.

Fue Rafael Suárez Solís, ganador del concurso en 1939, quien le dio nombre al premio en sus días de jefe de relaciones públicas de la tienda. Diría al recibir el galardón: “(…) Quiero gozar la suerte mía de hoy creyendo que me han premiado la devoción que siempre puse en parecerme de algún modo a Justo de Lara. Fue idea mía bautizar con ese claro nombre el premio literario más alto que cabe apetecer entre nosotros Y si es verdad que de buenas intenciones está empedrado el infierno, yo prometo  a los jueces vivir lo suficiente hasta aprender a escribir el  artículo que ellos, al verme agonizando, me premiaron como quien implora indulgencias plenarias”.

Guajiros en Nueva York

Clausuran el periódico Ahora. Fracasa la huelga de marzo y la represión policial es espantosa. Pablo de la Torriente Brau queda desconcertado. Cree que, por el momento, todo se ha perdido para él en Cuba y, sin alternativa, decide embarcar hacia Nueva York.

Allí  la vida es dura para él. Se instala en la casa de la madre de Carlos Aponte, quien murió junto a  Antonio Guiteras en El Morrillo, y busca empleo para poder comer. No le resulta  fácil conseguirlo, pero al fin lo logra: carga bandejas, friega platos… se convierte, lo dice él mismo, en un tornillo.  Aunque a veces logra ser “arrastrado por el río nocturno de Broadway”, apenas tiene  un momento de distracción. Trabaja de noche. Viaja en subway. Los cabarets los conoce por la cocina. Rara vez puede ir al cine, su pasatiempo favorito. La montaña de platos por fregar siempre es enorme.  En ocasiones , muy de tarde en tarde, puede permitirse una escapada. Un día acude a la exposición de su compatriota, el pintor Antonio Gattorno y queda  deslumbrado. De esa visita surge un brillante artículo y ese brillante artículo gana un gran premio.

Desde Nueva York escribe a su amigo Guillermo Martínez  Márquez, a la sazón en Tampa. Le habla de los días de Ahora, del que Martínez Márquez fue director. Dice que si volviera a editarse ese “vocero de la revolución”, él no demoraría en incorporarse a la empresa. No hay en esas cartas huella de amargura alguna. En una de ellas escribe: “Hoy estoy contento, tan contento que creo que sería capaz de comerme una bañadera de arroz con fríjoles, y si hiciera un artículo, estoy seguro de que me ganaría el Justo de Lara”. El artículo en cuestión se titula “Guajiros en Nueva York” y apareció en la revista Bohemia, en julio de 1936.

En diciembre del mismo año, Pablo muere en combate en España. Semanas más tarde, Berta Arocena, mientras recortaba algunos artículos de Martínez Márquez, su esposo, para enviarlo al concurso de El Encanto, encuentra el artículo de Pablo y lo pone a competir, y Pablo, muerto, gana la batalla. El premio sería recogido por Teté Casuso, su esposa.

Ciro Bianchi Ross
Ciro Bianchi Ross
Es un intelectual, periodista y ensayista cubano. Su ejecutoria profesional durante más de 55 años le ha permitido aparecer entre principales artífices del periodismo literario en la Isla. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual. Premio Nacional de Periodismo "José Martí" en 2017.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap