Jose Aurelio Paz
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José Aurelio Paz o la mirada intacta del vigía

Preocupado al extremo por sus lectores, José Aurelio Paz ha tenido, «en persona» o en espíritu, el detalle de hacerme más llevadera su muerte despertándome, con el libro Cadáver público, el sinfín de sensaciones a que nos acostumbró por décadas hasta que en septiembre pasado la COVID-19, que se llevó a unos cuantos periodistas, incluido algún genio como él, le mató por la espalda —los pulmones—, consciente de que de frente jamás podría fulminar al amado criticón.

LIbro Cadàver Pùblico de José Aurelino Paz
LIbro Cadáver Público de José Aurelino Paz

Re/leyéndole, ahora que el título de ese ramo de crónicas resulta cruel ironía, uno tiene que someterse a su plan de siempre y aprender de los relatos, vidriarse los ojos con las honduras humanas que cuenta o, ante un gracejo de otro tiempo, casi extinto, pasar, cual auto de lujo, de sonrisa a carcajada en solo cinco segundos. ¡Ya quisieran muchos vivos mostrar en su obra la vida que él muestra!

Es cierto, pese a demandas puntuales, probablemente en las redacciones sobran aparatos, sin embargo lo que de veras sacude a los cronistas es que, ¡con tanta necesidad de ellos!, se marche sin aviso un alquimista verdadero. No pudimos disuadirlo, pero alivia un tanto que dejara a los herederos del gremio un par de libros impresos donde tocar, con índices medievales, sus fórmulas de hacer palabras.

Precedidas por un pequeño ensayo sobre los correctores, esos «maquilladores del muerto» que respetaba y seguramente tenían poco que hacer y mucho que disfrutar con sus originales, las crónicas toman su título general de un texto publicado antes y de la convicción casi atávica de José Aurelio de que el periodista es un cadáver público, obligado a la hondura y la verdad si quiere evadir la afilada guillotina del ridículo.

«La vida —fíjense que dice la “vida”, y no el reporte para un medio— comienza cuando usted es capaz de conmover e interesar desde la primera frase». Por eso, pese al título de forense exposición, este que la editorial Pablo de la Torriente le publicó, a la postre un testamento periodístico, es un libro palpitante.

Más que un estilista «en busca de…», José Aurelio Paz era ya un estilo en la prensa cubana, una especie de deidad entrañable en el panteón de la crónica, un vigía que encarnaba mejor que nadie la fina vista del periodismo avileño. Su obra lo definía, lo gobernaba, de modo que nadie dudaba que sus letras le sobrevivirían, como evidencian las palabras que aletean en las aguas de este volumen insepultable.

El gran cronista jugaba fuerte el género: siempre apuntaba al corazón. Estas 70 estampas cavan con letras agudas en el abanico de los afectos familiares, los amigos, las maestras, la patria y sus símbolos, «blancos» que el periodista sensible no puede fallar. Con tal arco disparaba flechas como esta: las madres son «cancerberas del amor que esconden en su falda todas las llaves de la vida», pero en un segundo domingo de mayo podía tomar otro trillo y sorprender con un texto que parecía abogar, también, por el Día de las… tías.

En periodismo de ley, de poco vale el don si no lo respalda el alma. José Aurelio Paz gozó de ambos y pudo orientar esa capacidad de conmover hacia el cultivo de valores imprescindibles para transformar, no sin luchas ni sin crítica, el país que amó línea por línea.

¡Ah, la forma, José Aurelio…! Sus temas, historias, escenarios y personajes dejan claro que la magia no solo cabe, sino que además hace falta en nuestros medios, cuya «planicie» se extiende a veces más allá de la llamada prensa plana. Maestro de la suspensión y del diseño dramatúrgico, contertulio de los dioses del léxico, él sabía construir —cual otros hicieron de Morón al cayo— un pedraplén de palabras para conectar el relato de una anónima vecina con los grandes problemas de la nación.

Tal ejercicio ayuda, de paso, a argumentar que la crónica no es un género favorable solamente para los temas «bonitos». En «Cuba in vitro», una de las piezas del libro, el maestro demuestra la idoneidad del género para abordar asuntos políticos complejos.

Junto con el hombre valiente, el agudo, el ingenioso, el cristiano y el patriota, habitaba en José Aurelio un humorista exquisito. Reímos con los mismos labios que entibian la crítica, así que no asombra que a un ser como él —que con su «Quita cata’o» nos legó un manantial de desternille inagotable— preguntara en una estampa cuándo vamos a ser «vacunados» por el ganado vacuno.

Buena pregunta, por cierto. Camino a conseguir semejante inyección estomacal desde potreros menos «planos» que hasta ahora, la lectura de Cadáver público puede inocularnos, desde el desgarramiento y la reflexión hasta la risa jíbara, nuevas dosis de amor por esta tierra, sus emblemas y su gente.

Hay, en Cuba, mucho por escribir. Por fortuna, en los medios de prensa, previniendo difuntos del estilo, el más que vivo José Aurelio Paz alumbra los caminos de la hondura y la verdad para conjurar, en el ágora pública de las redacciones, el ridículo soplo de una guillotina.

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Enrique Milanés León
Forma partede la redacción de Cubaperiodistas. Recibió el Premio Patria en reconocimiento a sus virtudes y prestigio profesional otorgado por la Sociedad Cultural José Martí. También ha obtenido el Premio Juan Gualberto Gómez, de la UPEC, por la obra del año.

8 thoughts on “José Aurelio Paz o la mirada intacta del vigía

  1. En Camagüey lo vamos a extrañar siempre, especialmente en los coloquios de Periodismo cultural, en nuestras ferias del libro y en algunos otros escenarios que volvía propios con su gracejo y sus saberes. Ojalá este libro suyo llegue a las provincias.

  2. En el “Invasor”, este comentario; más que calidad superior, hubiera sido calificado de EXCEPCIONAL. De seguro que Chucho, Mayito, Ortelio, Migdalia -si viviera- y TODOS los colegas con los que compartí redacción, estarían de acuerdo conmigo. Felicidades por este hermoso homenaje a quien lo merecía con creces: Don José Aurelio Paz, el insuperable cronista de Ciego de Ávila y una de las plumas más refinadas de la prensa plana cubana, que hubo jamás.

  3. Que hermoso escribes amigo y hermano vocacionalero…me enorgullece que ese tiempo y esas palabras seandedicadas a un excelente periodista de mi terruño avileño. José Aurelio tenía un modo particular de decir y poner los puntos sobre las íes en cualquier tema por complicado que fuera. Gracias, gracias y gracias por el buen decir. Me encanta como escribes

    1. Gracias, Belkys. ¡Como no soy bonito…! Trato de aprender a escribir de aquella escuela nuestra y de maestros como José Aurelio. Un abrazo.

  4. El muy travieso sigue con sus señales, en una transmisión continua de emociones. Esperamos con mucha sed este libro en Camagüey, que le reconoció con Espejo su Paciencia, la paciencia que ahora nos falta con la buena nueva de sus textos. Gracias, Milanés.

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