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ENTREVISTA NOTAS DESTACADAS

Conchy Pérez Fernández: el periodismo, un matrimonio de 40 años

Conchy no caminó sobre la alfombra roja vestida de blanco. Ella decidió darle el “sí quiero” al periodismo delante de una cámara. “La profesión no ha sido generosa en todos los sentidos, menos económicamente; es como una pareja con la que eres tolerante muchas veces. Perdono sus deslices y lo sigo amando”.

Una tarde de 1979 Concepción Pérez Fernández tuvo miedo. Le faltó valor para ir a la CUJAE y revisar el listado de asignación de carreras para la capital. Entonces tenía 19 años. Mientras dos amigas suyas buscaron su nombre en los murales de la también llamada Universidad Tecnológica de La Habana, ella esperó la noticia en un sillón de la sala de su casa, en el barrio del Cerro. Algo me decía que sí —asegura al mismo tiempo que cambia el tono de la voz y golpea suavemente su pecho con la yema de los dedos. “Casi me desmayo cuando me dijeron que me habían aceptado en Periodismo”. La carrera estuvo cerrada por años. Y muchos la habíamos solicitado. Otorgaron 25 plazas para los estudiantes de toda la ciudad, pero la pedí con mucha esperanza.

Concepción —mejor Conchy— tiene ahora 63 años de edad. ¡Ya son 44 en el gremio! Cinco de carrera, dos en la radio y 37 en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana. “Encontré mi verdadera vocación en la televisión, ante las cámaras, aunque no me considero una persona mediática”.

La primera vez que estuvo delante de una cámara fue en 1979, solo seis meses después de entrar a la carrera. Abrieron la convocatoria para un programa de universitarios y se presentó. En esa ocasión no tuvo miedo.

—Hicieron casi una excepción porque no tenía el tiempo requerido como estudiante. Entrevisté a un entrenador de atletismo del Equipo Nacional Masculino ¡Me preparé! No tenía inclinación por los deportes, pero la sensación de estar frente a la cámara por primera vez me dejó prendada ¡Me monté en este camino y no me he querido bajar!

—Cuando llegó la lista de las ubicaciones, no alcancé la televisión. Asumí dos años en Radio Habana Cuba. Después, me presenté como sustituta de una compañera que se graduó junto a mí, que sí obtuvo televisión, pero quiso ir a pasar un curso. Llegué al noticiero el 14 de febrero de 1984 y ahí estoy todavía.

—Trabajé en la Revista de la mañana (hoy Buenos Días), también en los boletines de por la noche y en el noticiero del mediodía. Cuando llegó el período especial me mandaron para el Noticiero Dominical, al cual le añadieron un suplemento cultural. Clotilde Serrano me propuso como jefa de redacción y Luis Morlotte me aprobó.

—En lo personal no había logrado tener un espacio propio en la pantalla, no sé si me faltó energía o arrojo. Luego, ya en la madurez del periodismo tenía necesidad de probarme de alguna manera. A los 47 años, empecé a estudiar una maestría en Dirección de Programas y visitaba con frecuencia el Canal Educativo. Allí practicaba en un espacio que se llamaba Hora 12. Pedí una sección dentro de ese programa para hacer periodismo cultural, presenté un proyecto, me lo aprobaron y lo hice. Ahí me probé y reprobé, sonríe.

—Supe que podía sentarme delante de la cámara como en la sala de mi casa y lograr gran empatía con los entrevistados. Las primeras veces fueron medio desastrosas: pestañeas, te equivocas, pero lo logras. Mi primera entrevistada fue Consuelo Díaz, maître del Ballet Nacional de Cuba. Estuve entre cinco y siete años saliendo todos los días al aire.

—¿Su inclinación es por el arte?

—Recuerdo la Universidad con mucha alegría. No había una tarde libre, la FEU nos mantenía involucrados en proyectos, teatros. Todo influyó. Fue un barniz para lo que venía después. También cuando era niña, en segundo grado, la maestra nos llevó al Guiñol. Me quedé enamorada del teatro. Luego del ballet, de Bodas de Sangre, por Alicia Alonso…

—La academia es una cosa, la práctica otra. Millones de veces hay que empezar de cero: los tiempos de edición, la premura por salir al aire; ese golpe de adrenalina para tener una noticia en cuatro o cinco minutos, retan. A mí esa adrenalina me hace bien.

La vida paralela al periodismo …

—Mi papá murió primero y mi mamá años después. Ella padeció Alzhéimer durante 14 años . Yo tenía que poner cabeza en dos partes. Cuando salía de casa el trabajo me aliviaba y beneficiaba psicológicamente. Trabajar me imponía arreglarme, maquillarme, me hacía bien, significaba desconectar de aquella situación difícil, además tenía que asumir la economía de la casa. Pero nunca abandoné el periodismo. El fallecimiento de alguien querido no se llena con nada, pero sentirse útil es importante… Me siento útil, necesaria.

Conchy siempre anda risueña, pero cuando se enfada ¡hay que escucharla! —dice. Tiene planes futuros, “pudiera jubilarme, pero no quiero”, afirma con entonación y volumen bajo.

Sus días no solo se centran en la rutina de la casa al trabajo. Participa activamente en la vida cultural de La Habana. No se casó ni tuvo hijos. Sus planes son compartir con las amigas, salir de paseo, organizar encuentros. Los domingos —dice— tienen un aire diferente. Arregla su pelo, uñas y sale al teatro, va a ver ballet o a escuchar a la orquesta sinfónica. La pandemia ha cambiado el ritmo, pero no las ganas.

—Un año me evaluaron solo como positiva porque no salía en cámara. No soy mediática, no me gusta que la gente me reconozca. Me considero humilde. Al año siguiente me esforcé y me volvieron a dar positivo por salir mucho en cámara. ¡Soy constante, perseverante!… eso me caracteriza

—¿Cuál considera que es es el principal desafío de los periodistas cubanos?

—Los periodistas en cualquier parte del mundo tienen desafíos, pero en Cuba nos quieren agredir desde todas las posiciones. Hay que saber lidiar con esa situación. Estés donde estés eres cubano. Tenemos que responder con mesura, pero sólidamente.

—¿Piensa que mereció el Premio a la Obra de la Vida en Periodismo de Televisión Roberto Agudo que acaban de otorgarle?

—Sí, también lo merecen muchas personas, muchos trabajadores que entraron en la ruptura de mi época: entre jóvenes y viejos. La mayoría han abandonado, sin transmitir sus saberes, se han ido por diversas razones, otros aún están e igual lo merecen.
Uno de mis compañeros me dijo: no aceptes el premio, se te está acercando la muerte ¡A mí no me queda poco! Déjame tocar madera, tiene que ser buena y no tener patas, aparta el bolso de sus piernas y se levanta de la silla. ¡Yo pienso seguir!

mde

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