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Raúl Castro en sus 13, ¡digo, en sus 89!

La primera y única vez que estuve muy cerca de Raúl Castro Ruz era casi mi bautismo de fuego como periodista. Cubría la inauguración del Centro para el Desarrollo Integral de la Montaña, en El Salvador guantanamero, durante el no menos «pandémico» período especial, y este lanzaba dardos durísimos contra la burocracia sobre un promontorio.

No recuerdo que «bicho», de los burocráticos, por supuesto, nuestros —que son tan viejos y resistentes como Matusalén— le habría picado aquel día como para aquella arremetida en medio de un singular festejo inaugurativo pero, aquello me «cuadró» como para memorizarlo hasta hoy.

Ya la Revolución llevaba bastantes años en el poder y para «algunos» —ya sabemos quiénes son esos algunos— incluso demasiados. Ya no le quedaba nada físico de las imágenes de guerrillero desahogado de melenita y boina, pero aquel diálogo tan abrupto como la cordillera que nos rodeaba conectaba con su fama de revolucionario duro.

Esa aura fue alimentándose tan sigilosamente como su lucha apasionada por cambiar a Cuba junto a Fidel, su hermano mayúsculo, y la Generación del Centenario, y fue dibujándose con mejores contornos en la medida que el líder del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes arrastraba en carisma y él le empataba en discreción y en autoridad.

En una Revolución liderada por una figura deslumbrante como Fidel, la ponderación política de Raúl no siempre fue bien consumida —sobre todo cuando debió asumir las responsabilidades fundamentales del Partido y del Estado—, pero recordemos que sería él mismo quien reconocería, con realismo, que el Comandante en Jefe de la Revolución era uno solo, y que los mejores atributos de este en quien debían sobrevivir era en el Partido.

Es precisamente ese realismo el que ofrece singularidad a la huella de Raúl Castro Ruz en la Revolución. En la medida que algunos intentaban dorar píldoras o seguir rascando prebendas de mundos de ensueños, él se empeñaba en un concepto que puede reconocérsele como uno de sus legados: «los pies sobre la tierra y los oídos pegados al pueblo».

Su actividad política en la Revolución —especialmente discreta— siempre contendió contra quienes dejan crecer, como mala hierba, las absolutizaciones, discriminaciones, chapucerías, el parasitismo, la abulia y el desinterés por la justicia y el bienestar contra la que se había levantado su generación.

Uno de los momentos más reveladores en ese empeño fueron sus duras críticas, mientras asumía las principales responsabilidades públicas del país, ante las discriminaciones sufridas por una mujer, cuadro del Gobierno con trayectoria ejemplar, quien fue apartada de sus funciones, en febrero de 2011, por su fe cristiana.

En esa intervención denunció la intolerancia enraizada en la mentalidad de no pocos dirigentes en todos los niveles y subrayó: «Yo no fui al Moncada para eso (…). De la misma forma, recordábamos que el 30 de julio, día de la reunión mencionada, se cumplían 54 años del asesinato de Frank País y de su fiel acompañante Raúl Pujol. Yo conocí a Frank en México, lo volví a ver en la Sierra, no recuerdo haber conocido un alma tan pura como esa, tan valiente, tan revolucionaria, tan noble y modesta, y dirigiéndome a uno de los responsables de esa injusticia que cometieron, le dije: Frank creía en Dios y practicaba su religión, que yo sepa nunca dejó de hacerlo ¿Qué hubieran hecho ustedes con Frank País?».

Con esa vocación rectificadora, no es extraño que fuera precisamente Raúl quien liderara, desde su cuestionador discurso del 26 de julio del año 2007 en Camagüey —y sin que todavía mediara un año de la proclama de Fidel a los cubanos—, la nueva clarinada política que significa la actualización del modelo económico y social de desarrollo socialista, que tuvo como último aldabonazo la aprobación de una nueva Constitución de la República. Había que cambiar todo lo que debía ser cambiado.

Urgidos de tanto en este archipiélago y deseosos de apretar el acelerador de los cambios, no faltarán quienes pensemos, —y no faltará razón—, que no podrá picarse el cake simbólico de este 3 de junio con todas las promesas de esa nueva clarinada cumplidas, aunque pocos podremos negar que se crearon las bases morales, institucionales y legales esenciales para hacerlas viables. No ha sido poco en comparación con los problemas estructurales y las resistencias acumuladas.

Contra todo pronóstico de divisiones, caídas y catástrofes la Revolución está viva, más clara y dolida de los yerros que comprometen sus sueños e intentando enrumbarlos, con Raúl Castro ahí, en sus 13, ¡digo en sus 89! (Tomado de Juventud Rebelde).

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Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

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