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El día después  

Como el Covid-19 no cree ¡…ni en la madre de los tomates!, en tales circunstancias, los multimillonarios se toman muy en serio eso que dice “¡…aquí corrió y no aquí murió!”: están comprando búnkers para ponerse a salvo de la pandemia.

Una empresa estadounidense dedicada a la venta de esos inmuebles propone “no solo protección física, sino también bienestar mental” a sus potenciales clientes. La compañía informó a BBC Mundo que las solicitudes se han disparado ante el terror de no sobrevivir a una enfermedad que mata (sin ánimo de lucro). La entidad afirmó que ahora los interesados están comprando sin siquiera organizar una visita física a las instalaciones.

La clientela no quiere saber de desgracias. Ellos quieren disfrutar sin perturbaciones de lo que suponen es su bien ganada, inalterable y eterna felicidad mientras pasa el temporal, para después, retornar a sus andadas de siempre. Saben que el planeta perderá millones de pobres por la pandemia, pero hasta se alegran, así habrá menos gentes feas que ver por el camino.

La oferta ofrece desde confortables mini búnkers hasta lujosos confinamientos subterráneos que pueden llegar a costar más de cuatro millones de dólares (un caramelito para ese segmento de mercado) y, según la demanda, los precios podrían subir; pero, a cambio, encontrarán un paraíso seguro con puertas blindadas a prueba de un golpe atómico (aunque no se ha comprobado si el coronabichito se pueda colar por el menor de los resquicios).

En lugares así, el uno por ciento de la humanidad dispondrá en las áreas comunes de piscinas, gimnasios, teatros, bares, boutiques, servicios médicos (y quién sabe si hasta escenarios simulados con paisajes que podrían cambiar según la estación del año). Y, por supuesto, funcionan ultramodernos sistemas de servicios de agua, electricidad, comunicación, filtrado de aire, entre otras garantías de habitabilidad.

En estos momentos, las urbanizaciones subterráneas se localizan en Indiana y Dakota del Sur, Estados Unidos, y se expanden en Alemania, según fuentes de uno de los consorcios dueños de la iniciativa comercial. Otro promueve los que se habilitan a pedido en Nueva Zelanda donde se dice que los jefes de las mayores empresas de Silicon Valley disponen de unas diez residencias bajo tierra.

En el remoto paraje neozelandés, el costo promedio de un refugio con un peso de 150 toneladas de hormigón enterrado a tres metros bajo tierra, es de tres millones de dólares, mientras los top están en el orden de los ocho millones de dólares, así lo informa la agencia Bloomberg, citada por Sputnik en Russia Today. Allí otra empresa estadounidense ha creado una suerte de urbanización subterránea para 300 personas.

Claro, el negocio no es nuevo. Viene desde los tiempos de la Guerra Fría y la amenaza de una conflagración nuclear. El mercado, siempre adelantándose a los acontecimientos, piensa garantizar la sobrevida a sus clientes ante la amenaza creciente del cambio climático, una confrontación militar entre Estados Unidos, China y Rusia…

Los activos mercaderes de felicidad para millonarios no descartan la posibilidad de llegar a la Luna, si fuera necesario, para garantizarle bienestar a los más “abundantosos” de dinero del planeta quienes, ahora, con el confort de sus millones (y en la seguridad incierta de su futuro) se entregarán en cuerpo y alma a cómo componer el entuerto que ellos mismos desde hace tanto tiempo vienen creado. Entre tanto, no despegarán la vista de sus computadoras para ver cómo suben y bajan (en un juego de infarto) los índices bursátiles en Wall Street, Tokio, Londres, Shanghai, Hong Kong, Londres, Frankfurt…

Por el momento, las compañías especializadas en la venta de las lujosas “Arcas de Noé” aseguran todas las comodidades posibles para sobrevivir de unos meses a un año.

Pero, ¿acaso sabrán qué pasará el día después?

Ellos saben que la pobreza no se pega como el Covid-19; más es capaz también de matar a sus gestores.

Roger Ricardo Luis
Roger Ricardo Luis
Licenciado en Periodismo y Doctor en Ciencias de la Comunicación. Profesor universitario.

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