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Sierra Caballero: La complicidad de las plataformas tecnológicas con el gobierno de EE.UU es absoluta

Desde que en 1993 culminó los estudios superiores en la Universidad Complutense de Madrid, Francisco Sierra Caballero comenzó a trazar una carrera que deviene uno de los principales referentes en el campo académico y profesional de la comunicación a nivel internacional, con tantos reconocimientos, cargos y responsabilidades que de esbozarlos en este inicio ponderarían, cuanto más, un resumen maltrecho de su prolífica trayectoria.

Nuestro entrevistado es experto en Sociología del Consumo e Investigación de Mercados, en políticas de comunicación, nuevas tecnologías y participación ciudadana de la Unión Europea y especialista en Metodologías de la Participación. Actualmente, forma parte del Instituto Andaluz de Investigación en Comunicación y Cultura y es Presidente de la Unión Latina de Economía Política de la Comunicación.

Aunque ha impartido clases y conferencias como profesor invitado en prestigiosas universidades de España, Portugal, Francia e Italia; en América Latina también ha desarrollado una profusa actividad que incluye su rol como Director General del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (Ciespal) hasta el 2017, evaluador y cargo académico del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de Chile, la Secretaría de Educación Pública del Gobierno de México, la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social, la Asociación Iberoamericana de Comunicación y la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe.

El Coloquio sobre Martí, convocado anualmente por la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales y desarrollado entre los días 23 y 24 de enero, tuvo como invitado especial al Dr. Francisco Sierra, quien ofreció dos conferencias magistrales: “Comunicación, política y cambio social en la galaxia de Internet” y “Teoría marxista y la revolución digital”.

Usted fue director general de Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina, con sede en Quito, una institución creada por la UNESCO para defender los derechos en la región. ¿Cuál es la situación de Ciespal ahora con el gobierno de Lenin Moreno?

Después de la década ganada lo que se ha vivido en algunos países, especialmente en el caso de Ecuador, es una vuelta a la receta neoliberal. Eso se ha traducido en una serie de medidas que ha llevado a derogar dos artículos sustanciales de la Ley orgánica de comunicación; vender dentro de la tradición de Lenin Moreno a Julián Assange que había sido una apuesta en política internacional, sobre todo del canciller Ricardo Patiño, y en el caso de Ciespal, cumplir una labor de cobertura de las realidades neoliberales y represivas del Estado para justificar una política con la que la mayoría de la población no está de acuerdo.

Como estoy desvinculado no tengo bien claro cuál puede ser el futuro de Ciespal, pero temo, incluso, por la propia supresión de ese organismo internacional vinculado a Unesco, para convertirse en un centro más del Estado y el gobierno. Eso sería un final muy triste para un centro que ha sido de radiación de pensamiento crítico en comunicación en América Latina.

Evidentemente, el programa de gobierno de Lenin Moreno no apuesta por los medios públicos, ni defiende las políticas activas de comunicación. Está volviendo al modelo anterior que va a hundir a Ecuador desde el punto de vista del talento humano y la formación de competencias.

Muchos investigadores hablan de una carrera armamentista en el ámbito digital que tiene a América Latina como polígono de pruebas, un ejemplo son las más de cien mil cuentas falsas creadas para legitimar el golpe de Estado en Bolivia. ¿Cuáles son sus consideraciones acerca de esa situación?

No se trata de que América Latina sea un laboratorio de proyecto imperial o geopolítico de reestructuración de la hegemonía. Donald Trump ha empezado por una zona de influencia, pero la ciberguerra no inicia, ni es algo novedoso ahora en América Latina; es un proceso que se ha ensayado dentro del propio territorio de Estados Unidos, que se está ensayando, si hablamos de ciberguerra, como principal eje de disputa, en el conflicto con China, aunque todos apunten a Rusia.

En mi libro La guerra de la información: Estados Unidos y el imperialismo en América Latina (2017), hay un recorrido histórico para el caso de América Latina. Lo que ha variado y reformulado es la doctrina de seguridad de Estados Unidos (EE.UU). Desde los documentos de Santa Fe, con Ronald Reagan, se comenzó a reformular la necesidad de hacer una estrategia menos militar y más ideológica. Ahí ya se concibe la guerra como una cuestión de ideología, de hegemonía, de disputa. Esa doctrina varió a partir de los trabajos de Gene Sharp sobre los golpes blandos, que incorporan la dimensión de las redes sociales donde se juega la disputa de la hegemonía, aunque en algunos casos han fracasado estrepitosamente como en Venezuela y Cuba.

En Bolivia funcionó y hay que recordar que funcionó no solo ahora con el golpe de Estado, sino con el referendo de 2016. Los medios, al unísono y en alianza con las redes, tuvieron un relato sobre la falsa paternidad de Evo Morales, sobre corrupción no demostrada. En el actual golpe diversos estudios han demostrado la proliferación de cuentas falsas y ese es el ámbito que complementa la estrategia del golpe blando. Todo eso está teorizado en los documentos de Santa Fe: se trata de la buscar un inobjetable objetivo moral por parte de las fuerzas imperialistas.

Hoy con las redes sociales funciona aún más la Ley de la espiral de silencio (aquellas opiniones más sobrerrepresentadas tienden a imponerse aunque sean minoritarias), porque también existe el efecto burbuja, es decir el aislamiento psicológico y social de los individuos, que suelen conectarse con amigos o redes con los que comparten una única visión.

La doctrina de los golpes blandos se inició, justamente, en América Latina, en los años 80, cuando la ultraderecha estadounidense decidió elaborar una nueva estrategia política de intervención que se experimentó en Centroamérica y en Nicaragua con la guerra sucia contra la revolución sandinista y que se va perfeccionando hasta hoy.

¿Es posible desatar acciones de manipulación en red sin la complicidad de las plataformas digitales?

La complicidad es absoluta y ese papel ha sido muy claro, por ejemplo, cuando comenzaron las movilizaciones en Brasil en defensa del Partido de los Trabajadores, el partido de Lula y de Dilma, se aplicaron diversos apagones informativos, no circulaba información. Facebook, Twitter, las grandes empresas como lo han sido Microsoft, Apple, como lo fue IBM en el golpe de Salvador Allende, siempre han colaborado con el Pentágono y el Departamento de Defensa. Eso no ha variado.

Hoy con las nuevas empresas, el llamado capitalismo de las plataformas digitales es efusivo colaborador del gobierno de EEII. Esa colaboración se manifiesta en que el flujo no circula, tal como ha sucedido en Ecuador con el caso de Julián Assange, en el que Facebook y Twitter han procurado eliminar cuentas de las fuerzas progresistas para evitar el intercambio. Han sido activos colaboradores tanto para generar procesos de proinsurgencia o contra la insurgencia con el propósito de evitar la movilización ciudadana que vaya en contra de los intereses geopolíticos y estratégicos de EE.UU.

Se ha construido una nueva arquitectura de la información y la comunicación en la que participan ya no solo los medios tradicionales, sino también los influencers y los nuevos medios sociales, ¿cuál es a su juicio el papel de estos actores en la democracia y el balance informacional de la sociedad actual?

Los youtubers son, en general, un fenómeno de una nueva cultura digital, que coincide con un discurso neoliberal de lo que se llama el emprendedorismo; ser un empresario de sí mismo es la máxima utopía liberal- conservadora. Hay youtubers con una línea crítica, nosotros en España, tenemos varios vinculados al Partido Comunista que cumplen una labor de sensibilización, sea para la igualdad de género, para la cooperación internacional con el pueblo saharaui, para defender los derechos de los trabajadores, pero normalmente los youtubers proliferan con ideologías conservadoras y sobre todo reproducen ese discurso que se hizo célebre cuando se aprobó la estrategia de Sociedad de la Información de los Estados Unidos: cualquier usuario puede construir su futuro a través del acceso y la conexión a Internet.

Eso es falso, y ahora tenemos un gran problema. En España, por ejemplo, tenemos una alta tasa de fracaso escolar, de abandono de los estudios, pues existe una generación que piensa que a través de un canal en YouTube pueden llegar a ganar millones; es como la vieja utopía de ser toreros. Ese elemento desde el punto de vista social, político y cultural yo lo calificaría como una realidad negativa.

La labor de los grandes medios o los medios convencionales es francamente preocupante, por tres factores. En primer lugar, las nuevas generaciones, por lo menos en Europa y en Estados Unidos, ya no consumen los medios periodísticos tradicionales. En segundo lugar, su posición ha sido acusar de que en las redes solo circulan las falsas noticias, pero lo cierto es que los principales difusores de las falsas noticias son las grandes agencias. En España, la profesión menos valorada, después de político, es la del periodista. Las personas no tienen confianza en los medios de comunicación, porque ahora tienen acceso a la información y al escrutinio público, pueden contrastar o hacer un contrapunto entre lo que dicen los medios y lo que dicen otras redes.

Hay una pérdida paulatina de las audiencias. Las jóvenes generaciones que están en las redes ya no consumen medios periodísticos. Mientras esto sucede, la interpretación de los grandes directores es que la gratuidad está poniendo en crisis a los medios. Eso no es verdad, sino que los medios no han cumplido su función. Siguen trabajando en la lógica, parafraseando a Manuel Castells, de un punto de emisión (medios de masas) cuando se conviven con múltiples puntos (masificación de los medios). Cada punto puede ser receptor, usuario o ciudadano, o un medio, incluso los periodistas de los propios medios son una fuente y un medio de comunicación por sí mismo. Realmente lo que está muriendo es el modelo masivo que se desarrolló en Estados Unidos y Europa, en el que había una opinión pública homogénea y el periodista era el intermediario cultural.

Y el tercer factor es que no tenemos claro cómo van a resurgir los medios en la era de las redes. Sin embargo, hay un buen momento para el periodismo narrativo en América Latina por su alta calidad. Está el soporte de las revistas, el formato libro, hay otras posibilidades de narrar historias en el espacio latinoamericano.

¿Qué papel tienen los medios de comunicación en la visibilidad de fenómenos de resistencia como en el caso de Chile?

Nefasto. En Chile, hemos defendido la necesidad de una Ley de comunicación, pues aún el sistema de comunicación chileno es el de la dictadura, pero esa necesidad aún no está madura. Chile está en un descrédito similar al que estamos viviendo en España. Los medios no recogen la realidad del pueblo chileno, por eso todo el pueblo está en la calle demandando la necesidad de democratización de los medios. El poder fáctico neoliberal de Chile terminará teniendo el descrédito total de la población.

Ya lo perdieron con la movilización de los estudiantes. Los estudiantes comenzaron con una movilización minoritaria para exigir la gratuidad de la educación y así lograron mantener durante más de tres o cuatro años movilizaciones continuas que lograron el respaldo del 70 o el 80 por ciento de la opinión pública. Ningún otro movimiento en la historia de Chile, ni pre democrática, ni durante la dictadura, había logrado tal respaldo.

Todo está cambiando, pero los medios siguen criminalizando la protesta, cerrando el enfoque. Quien conozca Chile y sepa lo que gana un médico, cuáles son los niveles de endeudamiento que tiene una hipoteca o simplemente estudiar una carrera universitaria, sabe que ya no solo las capas populares son quienes sufren, sino las capas medias. Y han dicho basta.

¿En qué estado se encuentran las leyes de comunicación en América Latina?

Hemos tenido un balance de grandes avances en la época ganada y de retrocesos muy rápidos. Falta pensar más en términos de teorías normativas para evitar lo que ha sucedido en Argentina, donde un movimiento tan fuerte de apoyo a la Ley de los 21 puntos, la Ley de Comunicación del gobierno de Kirchner, se desmontó totalmente en un año -arrasaron con los medios públicos, las defensorías de las medios- y se volvió atrás con procesos de regulación y control, favoreciendo el crecimiento de los monopolios del grupo Clarín. También necesitamos aprender desde la práctica para crear una institucionalidad que no mude con el cambio de gobierno.

Esa institucionalidad ha sido reversible tan rápido por la carencia de instancias internacionales, que ante una violación flagrante de derechos básicos, tomen medidas. De ahí que tenemos que aprender a crear sistemas más robustos jurídicamente para que esas políticas públicas no desaparezcan.

¿Cuáles son las vulnerabilidades de América Latina en el escenario digital y por qué podemos hablar de colonialismo tecnológico?

Podemos hablar de colonialismo tecnológico en primer lugar porque no hay soberanía tecnológica. La dependencia se ha mantenido, pues las instancias de regulación permanecen en manos de las corporaciones y de los intereses de EE.UU. Una vía para eliminarla puede ser reivindicando que esas competencias las asuma la UNESCO para poder reformular el sistema internacional de comunicación, de lo contrario América Latina puede reproducir el discurso falaz de que, a través de la tecnología, va a lograr su desarrollo. Es todo lo contrario: a través de la tecnología se incide más en su desarrollo cultural, informativo y, también, económico. A nivel internacional los organismos que regulan el sistema tienen una visión tecnocrática e instrumental que impide cualquier ámbito de democracia.

En América Latina, a pesar de que hemos adelantado mucho en las dos o tres últimas décadas, hace falta concientizar a la población. Los gobiernos y agentes progresistas deben entender que el primer eje de acción en el ámbito de digital es recuperar lo tradicional-ideológico y lo periodístico.

Quien fuera presidente de la UPEC y uno de los participantes en los debates de la UNESCO por la democratización de la información (NOMIC), Ernesto Vera, se lamentaba de que “mientras la mentira está organizada, la verdad está dispersa”. ¿Qué hacer desde la izquierda latinoamericana, en materia de políticas públicas, para enfrentar las estrategias de manipulación con la inteligencia artificial y la big data, sobre lo cual no parece existir compresión en el progresismo?

Uno de los fracasos que tuve como director de Ciespal fue intentar convencer en la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) de hacer una política de comunicación. El modelo que diseñó UNASUR daba escasas posibilidades al Secretario General para la autonomía política. Intentamos algo con un proyecto de anillo de conexión liderado por Venezuela, para que esa infraestructura no dependiera de EE.UU. Ese proyecto, hasta que estuve de presidente, no avanzó, paralizado por el bloqueo de países con posición conservadora como Colombia y Paraguay. Es necesario darle prioridad al frente cultural e ideológico, que las políticas de comunicación sean más articuladas y que pasen por el acierto que tuvo Hugo Chávez, de crear grandes medios y plataformas. Para eso necesitamos empezar desde la propia infraestructura, es decir, una red que no pase por Washington, quien domina de manera monopólica la red.

La cuestión es entender la política de comunicación no como un fenómeno del periodismo, sino como el eje central para el desarrollo económico y social de los pueblos de América Latina.

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