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A Juan Marrero

Juan Marrero nunca fue una figura ajena a mi cotidianidad. Su nombre surgía a cada rato en alguna anécdota familiar sobre un viaje del Comandante o en una foto entre compañeros del periódico Granma.

A veces desde el balcón de mi casa lo veía pasar con la bolsa de los mandados y él siempre alegre, alzaba la vista para saludar.

De vez en cuando con su voz baja, ecuánime, como si estuviera gastada de contar muchas historias, pedía cortésmente hablar con mi tía. Al rato ella volvía con una sonrisa: “Era Marrero, mi jefe”.

Muchos años pasaron desde que dejó de ser el jefe de la Redacción Internacional del diario Granma, y aun así, mi tía se refiere a él como su jefe, y como si de una coletilla se tratara siempre dice: “Todo lo que sé de periodismo, se lo debo a él”.

Y no lo dudo. Cuando empecé a estudiar la carrera a la cual Marrero le dedicó su vida y mucho más, en reiteradas ocasiones recurrí a él en busca de tutoría. Siempre atento, amable, paciente ante mis dudas, no dejaba escapar error de redacción alguno y, al entregarme la cuartilla llena de correcciones, ante el reflejo de vergüenza en mi rostro, me animaba diciendo que “saber escribir no era solo un don, sino el resultado de muchos años de ejercicio diario”.

No fue difícil cogerle cariño a aquel que con tanto tino y dedicación leyó mis primeras notas informativas, y en esos momentos de desesperación que atrapan a los que comenzamos en este oficio, me alentaba con firmeza a seguir adelante. Tal fue el grado de admiración y cariño que llegué a profesarle, que con respeto pero también con una dosis de humor, lo empecé a llamar “mi tío Marre y él, a su vez, sobrina”.

Pero no fue solo conmigo con quien compartió su sabiduría. Ayer mismo, un amigo de la facultad —recién graduado de la carrera de periodismo—, comentaba que jamás olvidará cuando en primer año los directivos de la Unión de Periodistas de Cuba, entre ellos Marrero, les dieron la bienvenida al gremio y cómo él se sentó junto a ellos a explicarles la responsabilidad que como servidores públicos contraían desde ese momento. Marrero creía en los jóvenes.

No voy a hablar del Premio Nacional de Periodismo ni del jefe, ni del compañero de redacción; eso lo harán otros que también compartieron con él y lo admiran.

Cuando este día de tristeza inevitablemente pase, me quedará el vacío que durante mis primeros dos años de carrera llenaban sus consejos; aquellos que con maestría y ética compartió para que yo descubriera las esencias de una profesión a la que dedicó su vida y, por cuyo ejercicio, se le recordará siempre.

Eternamente estaré en deuda con Juan Marrero, pero hoy solamente estoy triste porque ya no está mi tío Marre.

Por Maria Karla O Connor / Periódico Granma

Redacción Cubaperiodistas
Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba

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