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Contradicciones en el seno del pueblo

Aunque podría serlo, lo que sigue no pretende ser un homenaje a Mao Zedong. El asunto —visto aquí concretamente en lo que toca a Cuba— no se limita a un país ni a un pensador en particular. Quien escribe este artículo da fe de la veracidad de los hechos narrados, que presenció, y a uno de cuyos protagonistas conoce bien.

Ese protagonista ha visitado con frecuencia a una vecina suya de probada calidad humana, y de reconocidos quilates profesionales en la Medicina. Profesa una fe religiosa firme, que —tal vez por su personal rechazo a la historia de la Iglesia Católica— asume en los caminos llamados evangélicos. Pero se diferencia de quienes en ellos obedecen a instituciones que tienen sus matrices en los Estados Unidos.

Al decir caminos “llamados evangélicos”, se tiene presente el afán de las jerarquías religiosas por presentarse dueñas absolutas de verdades universales. En que las autonombradas evangélicas se apropien de un calificativo al que tienen derecho todas las que creen regirse por los Evangelios, puede verse una respuesta a la que, además de establecer que ella lo era con mayúscula —la Iglesia: las demás serían sectas—, adoptó para sí el título de Católica: heredado del griego y el latín, es sinónimo de Universal. En el extremo de tal tendencia monopolizadora, una institución evangélica en particular se autobautizó Cristiana, como si fuera la única depositaria del legado de Cristo.

Hechas esas precisiones, procede volver a la vecina del autor mencionada al inicio. Lejos de quienes siguen líneas políticas marcadas por personajes esencialmente opuestos al cristianismo, como —¡vaya muestras!— Donald Trump y Jair Bolsonaro, ella ama a su patria, y el articulista nunca le ha oído palabra alguna que la haga cómplice de posiciones detestables.

En su casa ocurrieron los hechos que estas líneas resumen. Por mera descripción factográfica, no para ceder a parcelaciones que empiezan y acaban en el racismo, el protagonista aludido es de los cubanos que “pasan por blancos”. Son sabidas  las mistificaciones que esa apariencia encierra, y él será mestizo, como en el fondo puede decirse en general de la especie humana, con los matices correspondientes.

Mientras ese protagonista suele bromear sobre sí mismo diciendo que “cree ser ateo… gracias a Dios”, el otro es mestizo a la vista, con predominante herencia de ancestros africanos, y se declara evangélico. Ambos se comportan como personas educadas, y en distintas áreas del conocimiento cuentan con formación profesional. Conviene saberlo, aunque no sea elemento fundamental en esta historia.

Una de las veces que coincidieron en la casa mencionada, surgió, en torno al emancipador Nelson Mandela, el tema del racismo, y el que pasa por blanco arremetió contra el apartheid. Lo hizo con la paz de quien suponía que todos los contertulios estarían de acuerdo en repudiar esa lacra. Pero en realidad lo estuvieron él y la anfitriona, de más pintas étnicas blancas que quien había repudiado explícitamente el apartheid. El otro interlocutor atacó lo que para él —basándose, dijo, en el testimonio de un familiar suyo, igualmente mestizo, que conoce Sudáfrica— no ha sido lucha por la igualdad, sino pretexto para la represalia de “negros contra blancos”.

El incidente puso fin a la conversación, porque el interlocutor que se sintió sorprendido por la actitud del defensor del apartheid saludó lo más amablemente que pudo, y se marchó. Ignoraba lo que aún le faltaba por oír.

Hace pocos días volvieron a encontrarse los protagonistas en casa de la amiga evangélica, y por algún motivo salió el tema religioso. El ateo no dijo ni una sílaba que atacara a los creyentes, pero el otro dijo con rostro iluminado y voz de convicción sin fisura: “La más grande prueba de la existencia de Dios es la existencia de Israel”. Y el ateo le respondió: “Yo respeto a los religiosos, pero no estoy dispuesto a tolerar que la existencia de Dios se haga depender de crímenes”.

Era muy difícil mantenerse ecuánime ante aquel evangélico que, además de parecer que ignora cómo lo verán a él los ojos del supremacismo sionista —no confundirlo con la religiosidad judía honradamente abrazada—, repetía los “argumentos” con que el gobierno israelí justifica su barbarie contra Palestina, al amparo de su presunta condición de “pueblo elegido de Dios”. Entonces el ateo soltó un rotundo exabrupto que habría preferido ahorrarse, máxime en casa ajena; pero al día siguiente una latinoamericana de recta conducta y profunda religiosidad a quien él le contó los hechos puntualmente, le dijo: “¡Hiciste bien!”.

Esa vez quien se levantó y se marchó, pero despidiéndose de mal tono, fue el interlocutor evangélico de fe, y proisraelí de hecho. “Sigan tragándose las mentiras que les venden con el nombre de ciencia”, fue más o menos lo que dijo. Y tanto la anfitriona como el otro protagonista se quedaron, azorados, conversando acerca de lo sucedido.

La actitud del defensor del apartheid y de la superioridad de Israel no es la única señal que en Cuba vale considerar expresiva de contradicciones en el seno del pueblo. Ese tema requiere atención cuidadosa y constante, y de él dan avisos cada vez más palmarios —y que no cabe estimar inocentes, si se piensa en un pueblo instruido— las numerosas personas que andan por las calles exhibiendo en su indumentaria la bandera de los Estados Unidos o apropiaciones gráficas de ella, y otros símbolos afines.

Esa enseña no es una tela más o sin historia, ni representación aséptica o neutral del pueblo estadounidense: es el emblema —y a ello el autor de los presentes apuntes ha dedicado, entre otras páginas, un artículo de 2014, profusamente ilustrado— que de modo oficial y directo identifica a la voraz potencia empecinada en asfixiar a Cuba. A este país le impone una verdadera guerra económica —es decir: una guerra—, y una nación agredida, en guerra, no debe ver y aceptar en calma que en su territorio proliferen caballos de Troya.

Para enfrentar semejante desafío, para defenderse, podrá y deberá acudir a la educación y a la persuasión, y a lúcidas campañas ideológicas; pero no renunciar a otros recursos, como los legales que tiene a su alcance o pueda crear para encarar las agresiones de que es objeto. Semejante renuncia la haría cómplice de su enemigo.

Tampoco se trata de fomentar ilusiones ajenas por completo a la verdadera realidad, ni de someterse a las oscilaciones del péndulo hasta acabar ahorcándose con él. La guerra de pensamiento desatada en todos los planos por las fuerzas imperialistas contra quienes las enfrentan, incluye difamar todo lo que huela a voluntad emancipadora. Se aprecia en el pertinaz afán por equiparar a la Unión Soviética y sus líderes con el régimen fascista que ella y su pueblo derrotaron para bien de la humanidad.

Pese a la crisis que sufre con el papel y los recursos poligráficos, y que le impide editar obras fundamentales para ella, no hay por qué reprocharle a Cuba que publique, digamos, obras del autor británico George Orwell, por sus logros estéticos, y porque especialmente en el terreno artístico y literario las prohibiciones indebidas suelen ser contraproducentes. Pero de ahí a suponer que el escritor británico se propuso advertir en general, o en abstracto, sobre los peligros del totalitarismo, hay un gran trecho.

Orwell, que luchó como voluntario en la defensa de la Segunda República Española, terminó su vida colaborando, como delator, con el gobierno su país. Él diría que actuaba contra el control político y policial sobre la ciudadanía, en general, y movido “por amor” a la agente a quien entregó los nombres de sospechosos de simpatizar con el comunismo. Pero, so pretexto de oponerse al totalitarismo estalinista, sirvió al gobierno de la nación que histórica, política y putativamente estaba más cerca de los Estados Unidos en el empeño de implantar en el mundo el totalitarismo imperialista, empeño que en fin de cuentas la segunda de ellas capitaneó y capitalizó, y continúa haciéndolo.

Con su actitud de informante, Orwell evidenció que ese totalitarismo no le molestaba, y —como se develó años más tarde— lo defendió denunciando secretamente por lo menos a cerca de cuarenta escritores y artistas que consideraba peligrosos debido a su real o presunta orientación comunista: entre ellos, Charles Chaplin.

No vivimos en un mundo ideal, y es preciso poner límites a la ingenuidad y la desprevención —si es que lo son de veras—, para que no se conviertan en males mayores, ya en camino tal vez.

Foto de portada: Ilustración de Marski

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

3 thoughts on “Contradicciones en el seno del pueblo

  1. Excelente artículo sobre un tema crucial que debemos atender con extrema urgencia e inteligencia antes de que sea demasiado tarde. Gracias profesor.

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