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Batalla comunicacional (1): un nuevo escenario en nuestra larga lucha

Mucho se habla en estos tiempos de “la batalla comunicacional”. Independientemente de si se tenemos una definición nítida del concepto, es evidente que en esta etapa de la dominación capitalista lo comunicacional juega un rol de primer orden. El imperialismo encontró en el media-lawfare un mecanismo de restauración.

 

Ilustración @Eneko

Por Pedro Santander*

Mucho se habla en estos tiempos de “la batalla comunicacional”. Independientemente de si se tenemos una definición nítida del concepto, es evidente que en esta etapa de la dominación capitalista lo comunicacional juega un rol de primer orden.

La derecha siempre intenta cambiar la relación de fuerzas entre las clases, una manera es a través del campo comunicacional. Sabemos que los dispositivos comunicacionales — que incluyen medios tradicionales, redes sociales, comunicadores, periodistas, corporaciones mediáticas, matrices de opinión, fake news, etc. — son métodos y escenarios de lucha que inciden en las correlaciones de fuerza y en la batalla de las ideas que se libra en un contexto de la lucha de clases.

Efectivamente, en las últimas décadas hemos sido testigos de cómo la dinámica de lo mediático-comunicacional se han impuesto de modo significativo sobre lo político, incidiendo en relaciones de poder, y a veces incluso determinando el vínculo entre política y sociedad. Medios y poder parecen hoy ser un mismo campo de análisis.

Y ahora, en un contexto de (re)instalación de gobiernos derechistas en países donde gobernaban fuerzas que — con matices y diferentes énfasis — cuestionaron al neoliberalismo, podemos observar que el imperialismo encontró en el uso de lo mediático-comunicacional un mecanismo de restauración conservadora. Aunque, en estricto rigor, se trata de un uso combinado: medios y poder judicial. Hablamos de un media-lawfare; es decir, de un nuevo mecanismo de intervención golpista mediante uso combinado del 3er y 4º Poder para la guerra sucia.

Se usa el poder judicial para perseguir, perjudicar y anular a los adversarios políticos, los casos de Lula en Brasil, Jorge Glas en Ecuador y Cristina Fernández en Argentina son, en ese sentido, paradigmáticos. En paralelo, se emplea a los medios y las redes para legitimar la acción judicial, para desprestigiar a los/las dirigentes y preparar el terreno de la persecución judicial con acusaciones comunicacionalmente amplificadas, que a menudo son falsas, pero que gracias a la acción mediática resultan verosímiles.

¿Qué tienen en común el Tercer y el Cuarto Poder? Son los sistemas más alejados del control social, más aún que los poderes legislativo y ejecutivo. El voto, el sufragio, las urnas no juegan rol alguno en el caso de los tribunales y de los medios, a diferencia de lo que ocurre con los otros poderes institucionalizados.

Con el uso instrumental del sistema jurídico y del mediático, las fuerzas reaccionarias locales, bajo el mando del imperialismo, han librado una batalla que les ha permitido crear condiciones de posibilidad para su retorno a la administración política del Estado.

En ese sentido, la hipótesis es que el imperialismo encontró en el media-lawfare un mecanismo de restauración. Un mecanismo de época. Es esta la primera característica de la actual batalla comunicacional: tras el desalojo de la derecha del poder Ejecutivo, gracias a la voluntad y energía popular, las fuerzas reaccionarias usan ahora los dos poderes más autónomos respecto de la ciudadanía para estructurar un mecanismo golpista de retorno. La batalla comunicacional tiene pues esas dimensiones materiales, no sólo las simbólicas o discursivas.

Recordemos que ante el avance de las opciones populares a partir del triunfo del Presidente Hugo Chávez a fines de los ’90, partidos tradicionales como Alianza Democrática y Copei en Venezuela, el Partido Social Cristiano de Ecuador, el Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia, el PSDB de Brasil, etcétera, sufrieron debacles electorales, reconfigurándose el sistema de partidos en dichos países. En ese marco de derrotas, el sistema de medios, consolidado por el neoliberalismo en la década del ’80 fue la retaguardia estratégica de la derecha. Esto fue posible porque a pesar de los triunfos de gobiernos populares (¿progresistas, de izquierda?), a pesar de nuevas constituciones, nuevos actores sociales, nuevos discursos, nuevas legislaciones, etc. apenas se cambiaron las relaciones medios-Estado; y, salvo en Venezuela y Bolivia, tampoco se modificaron las estructuras del Poder Judicial (también en estas dimensiones se evidenciaron los límites de proyectos que no supieron o no quisieron realizar los cambios estructurales).

Entonces, ante un momento de repliegue derechista, el sistema de medios acogió a la golpeada estructura política del bloque reaccionario. Desde que se comienza a impugnar el modelo neoliberal en nuestro continente, son los medios hegemónicos y no los partidos quienes comienzan a ejercer la dirección política e ideológica de la derecha latinoamericana. Sus medios se convierten en el lugar desde el cual actúan los intelectuales orgánicos de la oligarquía, desde el cual se ejerce la guerra de posiciones (socavamiento mediante lucha ideológica), desde el cual se recupera y transfiere a la capacidad organizativa perdida, y desde el cual se re-generan los vínculos con la base social (la audiencia).

En esa etapa de repliegue, los medios hegemónicos liberaron a diario y concertadamente dosis de ideología, falsedades, veneno y ataques contra las fuerzas progresistas que se fueron asentando semiótica y simbólicamente, permeando así a una parte importante de la audiencia. Es esta la “fase crónica” de la batalla comunicacional y en la cual los medios tradicionales (televisión abierta y de pago, radios, prensa) juegan un papel protagónico. Es importante insistir en que esta estrategia de la derecha se ha visto facilitada por los errores de gestión, corrupción y desconexión con las bases populares que en muchos casos han mostrado los gobiernos anti-neoliberales y que sirvieron para el proceso de criminalización de los gobiernos populares. El socavamiento de la legitimidad no sólo se explica por variables comunicacionales y externas a nuestro campo, en ese sentido, vale la pena no olvidar que la praxis política es una variable importantísima para la potencial creación de imaginarios.

En ese marco, la derecha comprende perfectamente la importancia vital de superestructuras como el poder jurídico y el poder mediático, y las cuida como fortalezas que permiten en tiempos difíciles el repliegue primero y luego la generación de condiciones de posibilidad para el asalto al poder. Esas superestructuras, apenas modificadas por los gobiernos progresistas, se cuidan como se cuidan las trincheras en una guerra, pues la ofensiva y el derrocamiento de cualquier alternativa popular sigue representando el aspecto central.

De la fase crónica a la fase aguda de la batalla comunicacional

La etapa de repliegue derechista en la estructura medial fue una fase de posicionamiento, es decir, de reagrupamiento, de fortificación y, sobre todo, una fase de acomodo al nuevo contexto signado por la pérdida del poder ejecutivo y legislativo a manos de fuerzas políticas de izquierda o progresistas.

Pero la derecha tiene la cuestión estratégica muy clara, el pasaje a la ofensiva siempre es cuestión de tiempo. Y si en la etapa de posicionamiento el uso de los medios tradicionales fue fundamental, en la etapa ofensiva el uso de las redes sociales (en intensa combinación con el lawfare) cobra la mayor importancia, más aún en contextos de campaña, como lo pudimos ver en Brasil este año y, sin duda, lo veremos el 2019 en Bolivia y en Argentina (donde ya el 2015 se pudo ver la mano de Durán Barba).

En situaciones de campaña la derecha, sobre todo la ultraderecha, está apostando hoy por las redes para la ofensiva electoral, más que por los medios tradicionales cuyos niveles de desprestigio han ido en aumento y cuya intermediación ya no siempre es necesaria. El modelo de comunicación política apuesta por la construcción de comunidades, nodos digitales, cajas de resonancia, viralización, etc.

Es una tendencia que se inaugura el 2008 con la campaña de Obama, cuyo comando hace un uso político-electoral de las redes que marca precedente. Luego vimos a Trump en 2016 apostado por Facebook (FB) como instrumento electoral prioritario, jaqueando a Hillary Clinton quien contó con el apoyo de los medios tradicionales. Y este año el equipo de Bolsonaro hizo un sorpresivo uso de WhatsApp (wsp) que ha dado mucho que hablar.

Entonces, de la llamada “fase crónica” de la batalla comunicacional antes mencionada y en la cual los medios tradicionales tienen un papel central en la diseminación prolongada de ideología, se pasa a la “fase aguda”en cuyo centro está la acción de las redes sociales y en la cual se apuesta por el efecto hipodérmico y directo de la comunicación. Ambas fases suman. En todo caso, aclaremos que la cuestión central no es que se usen las redes, es evidente que éstas se emplearán, el problema es el modo en que se opera con ellas: diseminando mentiras, destruyendo simbólicamente la realidad, fabricando distorsiones y desinformación sistemáticamente, comprando ilegalmente bases de datos, etc.; y también cómo la izquierda reacciona y da la batalla en ese terreno.

De acuerdo a cada contexto particular se elige la red social que se priorizará. En EE.UU. ha sido Facebook. Tiene sentido, la penetración de FB en USA es muy superior a la de wsp: el 73% de los estadounidenses usa esa red, y es ésta su fuente de información más importante. En cambio, con más de 315 millones de habitantes, apenas 25 millones usan wsp.

La situación es distinta en Brasil. Aquí 93 millones de personas — cerca de un 40% de la población — usa FB, mientras el uso de wsp es mucho más intenso y extenso y llega al 70%. Hay ya varios escándalos asociados a esta red social, cuya efectividad política ya se había probado en anteriores situaciones. De los poco más de 208 millones de habitantes unos 170 millones poseen celulares, y como señala un estudio de Celag, en Brasil el 90% de esos usuarios son parte de uno o más grupos en esta red social, lo que dinamiza la difusión electoral por medio de esta vía. De hecho, la encuestadora Datafolha dio cuenta que el 40% de los votantes de Bolsonaro declaró haber difundido material partidario por grupos de WhatsApp.

Con el empleo de wsp en la campaña de Bolsonaro se logró llegar directamente a lo que algunos consideran una extensión cognitiva de nuestro cerebro: los celulares. A pocas cosas le prestamos hoy más atención que a los teléfonos celulares, hemos cambiado nuestros hábitos y costumbres en función de esos aparatos, gran parte de nuestra intimidad está en ellos y ésta se refleja en la práctica que desplegamos con su uso. De este modo, se logró atraer la atención política de muchos indignados con el sistema y convertir en activistas de campaña a quienes, en medio de su malestar, comparten su desilusión con la democracia neoliberal, desconfían de los medios tradicionales, concuerdan de que este sistema sólo sirve a las elites y están aburridos del discurso políticamente correcto.

Saber generar conexión discursiva con ese amplio ejército de individuos irritables que sabemos que existen en las sociedades neoliberales y saber politizar esa rabia (como la derecha ya lo está haciendo) es un desafío político-comunicacional clave. En ese marco la derecha le dio a wsp un uso informativo y de campaña ad hoc. Pasaron así a la “fase aguda”: financiamiento irregular, uso opaco de bases de datos, destrucción simbólica de lo real, compra de números pertenecientes a sistemas oficiales de telecomunicaciones de otros países (como Portugal y EE.UU); creación y administración robótica de grupos originarios de wsp, disparos en masa, caballos de troya, etc. En esta fase se concentró toda la artillería, no sólo la de wsp (aunque su rol fue fundamental); también se operó por FB donde Bolsonaro tenía en campaña 7 millones de seguidores y Haddad apenas 1 millón; o Twitter donde Bolsonaro tiene hoy más de 2,6 millones de seguidores, 5 veces más que Lula y el doble que Haddad.

Esta fase aguda del uso de la comunicación en el marco de la contra-ofensiva reaccionaria y de campañas electorales entraña muchos desafíos para las fuerzas anti-neoliberales, y que deben ser considerados en las próximas contiendas electorales que se vienen. La elección brasilera fue un laboratorio de la derecha y lo aprendido será implementado, sin duda, en las elecciones del próximo año.

La necesaria revisión y reelaboración del pensamiento crítico que esta etapa nos demanda debe incluir también la cuestión comunicacional. Como dice Araham Aharonian, no podemos pelear contra la inteligencia artificial y el big data con arcos y flechas, ni podemos refugiarnos en discursos que apelan a una nostalgia inmovilizadora y acrítica.

El 2019 América Latina vivirá elecciones presidenciales en seis países: El Salvador, Panamá, Guatemala, Argentina, Uruguay y Bolivia. La necesidad urgente de una actualización respecto de las nuevas técnicas de comunicación política, un análisis del uso político de internet, de sus fases y del margen de maniobra que tenemos ahí las fuerzas anti-neoliberales, así como la construcción de un know how de izquierda son prioritarios.

*Pedro Santander es Doctor en Lingüística de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, donde preside su Capítulo Académico. Integra el movimiento Mueve América Latina

(Tomado de Dominio Cuba)