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Psicología, naturaleza humana e historia en/de Cuba (I)

La interconexión entre Psicología y Ciencias históricas, el protagonismo de la subjetividad humana, temas abordados por el Profesor Manuel Calviño en el espacio “Sabatinas de Fresa y Chocolate, fue transcrita en nuestra redacción dado el estrecho vínculo de estos asuntos con el trabajo periodístico. Esta es la primera de cuatro partes, en que iremos publicando dicha charla, que se produjo el 29 de septiembre del año en curso.

El Profesor Manuel Calviño el ensayista Ernesto Limia en la Sabatina de Fresa y Chocolate.

La charla Interconexión entre Psicología y Ciencias históricas, el protagonismo de la subjetividad humana, pronunciada por el Profesor Manuel Calviño en el espacio Sabatinas de Fresa y Chocolate, fue transcrita en nuestra redacción para provecho del trabajo periodístico. Esta es la primera de cuatro partes, en que iremos publicando dicho contenido.

 

 

Por Manuel Calviño

Para comenzar, y como decimos los psicólogos, debo “encuadrar” lo mejor posible mi intervención. Primero, muchas gracias por la invitación a compartir esta Sabatina, y obviamente por la presencia de todas y todos ustedes, que han venido al llamado de nuestro gestor, Ernesto Limia.

Segundo, en condiciones TPN (Temperatura y Presión Normal, como decíamos en la secundaria básica Rubén Martínez Villena), este reto de hablar de “naturaleza humana”, de “historia de Cuba” y de sus “venturas y desventuras” está entre los que no acepto, porque respeto mucho los conocimientos, los saberes de las diferentes especialidades, siendo incluso defensor de la interdisciplinariedad. El de Psicología sí, en ese me siento “en casa”.

Pero esta vez acepté porque respeto y admiro mucho el trabajo que hace el historiador Ernesto Limia. Me gusta leerlo, escucharlo, pensarlo. Así que, efectivamente, tal y como él ha dicho, apenas recibí su correo-invitación y casi sin leerlo bien le dije: “Sí!”. Después seguí leyendo su mensaje detenidamente, vi la propuesta temática, y ahí me dije: “Caramba, tenía que haber dicho no”… Porque ya pasaron para mí los tiempos en que me atrevía a hablar de casi cualquier cosa con la certeza de que estaba diciendo cosas dignas de ser escuchadas. O al menos, que por el mero derecho de palabra, podían y hasta debían ser dichas. Esos años pasaron, y entonces de una manera probablemente más responsable y adecuada, sin perder la autenticidad y libertad de mi pensamiento, opto por hablar de temas en los que puedo conjugar un buen nivel de lecturas temáticas asociadas, conocimientos, cierta experticia, y algún nivel de elaboración propia. Sobre todo para convocar al diálogo y la elaboración conjunta.

En fin, mi “sistema 1” me hizo caer en una trampa (según la propuesta de Kahneman[1]; el Sistema 1 opera de manera rápida y automática, con poco o ningún esfuerzo y sin sensación de control voluntario.) A lo que sumo un “hándicap profesional”. Soy por formación profesional psicólogo, y me dedico a la Psicología. Un área del conocimiento que, como dijo Ebbinghaus, tiene un largo pasado pero una historia corta… Bueno, lo dijo en 1908, así que hemos ido “creciendo históricamente”. A los psicólogos se nos reconoce como propietarios de una disciplina pues si acaso de un siglo y unos pocos años, unos 139 años. En todo caso, mientras en 1879, en Leipzig, la Psicología con un laboratorio en la mano, apenas defendía su derecho a ser una ciencia independiente, en Cuba, con un machete en la mano, y sobreponiéndose a las frustraciones de la guerra de los Diez Años, varios Generales de la Revolución, con la llamada Guerra Chiquita decían que la Paz del Zanjón no era el último capítulo. Mientras que en Europa se tramitaba la autonomía de una ciencia, nuestros antecesores luchaban por el derecho a ser cubanos. Y Martí era nuevamente deportado por sus continuas actividades revolucionarias.

Probablemente, para las ciencias, sobre todo las llamadas “ciencias duras” (duras y naturales), por las que nació marcada la Psicología con un cierto complejo de inferioridad, un siglo no es razón suficiente para historiar a profundidad. Y en el ejercicio de la comprensión histórica, lo que más hemos intentado en Psicología, es la construcción de narrativas sobre las llamadas “Escuelas en Psicología” y sus “actores principales”. Historias de personas, que propusieron modelos teóricos más o menos integradores, que lograron comunicar-promover-dar a conocer sus ideas en aulas, auditorios y publicaciones escritas. Y muy importante, tuvieron “fans”, porque sin fans (seguidores y sostenedores, si se quiere obviar el anglicismo) no se instituye una Escuela, aun teniendo algún modelo teórico original. Porque los fans (e insisto de todas formas en el anglicismo) son quienes, movidos no solo por la racionalidad de los argumentos, sino también por la irracionalidad de los afectos, hacen transitar las ideas y también las narrativas (anecdotarios, aconteceres, hasta rumores) a través del tiempo.

Por cierto, solo como referencia, si importante son los fans, los “alter-fans” o “anti-fans”, no lo son menos. Hay una lógica medio perversa, o neurótica: los que critican, los que niegan, los que rechazan, son fuertes “aliados inconscientes” o involuntarios, en la construcción de la relevancia de lo rechazado.

Parafraseando a Engels, y tomando a la Psicología como rehén de mi reflexión, la historia la hacen los fans, y la hacen con arreglo a sus intereses. Claro que apenas hablo aquí de la historia como conjunción de narrativas relevantes, comunicadas y promovidas por los que están interesados en esa relevancia. En este sentido, la historia como producción subjetiva, es un acto interesado, un acto intencional, un acto partidista. Y por eso, no me parece desacertada la idea de que la narración histórica tiene en su base la valoración de relevante que hace una generación, sobre lo que vivió (hizo) otra y otras anteriores. Relevancia “interesada”, que es decir relevancia en tanto la relación valorada de lo sucedido con lo que se pretende hacer suceder, o sucede. Esto no es una “debilidad” (en el esquema de la llamada matriz DAFO). Para mí es una fortaleza… o al menos una intersección de debilidad y fortaleza (como casi todo, con doble carácter).

Y esto ya abre una perspectiva interesante para la interconexión entre la Psicología y las Ciencias históricas… que lamentablemente no es nada frecuente, y diría más, no es muy “bien vista”. Hablo del rol de historiador – como sujeto (los lacanianos dicen sujeto sujetado, lo que es algo así como decir sujeto de su subjetividad… valga la redundancia) –, de su ser sujeto psicológico (motivado, intencionado, deseante, demandante, etc.) en la construcción de la narración histórica. Quizás pueda hacer algunas precisiones un poco más adelante.

Pero tengo, y ya dije que asumo como fortaleza, otro hándicap profesional más, obvio que vinculado con el anterior. Nosotros, los psicólogos y las psicólogas (para ser justo y preciso, los psicólogos que conceptualizamos nuestra disciplina desde una cierta perspectiva,.. que no es la única), tratamos con historias de personas, de individuos en particular. El instituyente primario de la Psicología es, en mi perspectiva, el sujeto, en su esencia social, como construcción social (cultural, histórica). Pero muchas de nuestras conceptualizaciones lo testimonian, por ejemplo, como subjetividad, personalidad.  Claro que existe, una Psicología Social, una Psicología Comunitaria, una Psicología Institucional… muy productivas… una Psicología de los grupos, etc., pero la esencia de la Psicología, lo que hace basalmente la Psicología, es mirar a la subjetividad.

En la dimensión ejercicio profesional, hacemos y practicamos la psicoterapia de grupo, el acompañamiento y movilización comunitaria, las intervenciones institucionales, pero el punto de partida y apoyo de la psicología sigue siendo hasta el día de hoy la relación, el vínculo cara a cara con un ser humano, con su vida, con su historia muy particular. Claro que una vida, una historia impregnada de todas las historias – de familia, de barrio, de país, de nacionalidad, y más – pero su historia. Única. Irrepetible. Puede que muy parecida, pero distinta… Quizás por eso no somos muy buenos en las grandes generalizaciones.

Por eso, en Psicología miramos al sujeto como actor, que en compañía y en un cierto contexto, vive  ciertos sucesos (los construye, los afronta, los enfrenta). Los sujetos tienen historia, tienen contextos, pero no tienen dimensión temporal más que en el discurso. Por decirlo de alguna manera, la mente siempre está en presente. Lo que se sintió, existe subjetivamente como lo que se siente… lo que se pensó, como lo que se piensa. Nos acompañamos con la comprensión de lo latente y lo explícito, lo activo y lo pasivo, lo consciente y lo inconsciente.

Por cierto, Freud, un referente clásico de la psicología (tanto para fans como para antifans) llamó la atención sobre el hecho (¿hecho?) de que en la mente humana, por usar un concepto un poco indeterminista pero de comprensión común, en la mente humana no hay historia, para la mente humana todo es presente, es decir, que cuando nosotros estamos haciendo un cuento de nuestra infancia y estamos pensando que estamos hablando de la historia, pues no estamos hablando de tal historia, estamos hablando de algo que nos está pasando hoy, y lo que llamamos un recuerdo es algo que es siempre activo y presente en nuestra vida, aunque le llamemos un recuerdo. Esa fue, claro que a nivel de superficie, una idea freudiana que caló muchísimo en la Psicología, y en las representaciones populares, por cierto… Todavía, hasta el día de hoy, cuando una persona viene en busca de ayuda profesional, llega a mi consulta y le digo:

—Buenas tardes, ¿qué le trae aquí? Y casi por default responde:

—Mire, desde que yo era niño…

Porque hay una suerte de convencimiento de que lo que nos pasa hoy tiene que ver con lo que nos pasó cuando teníamos cuatro, cinco años, y probablemente a tono también con las narraciones históricas. Lo relevante, lo importante, es lo que salió mal, no lo que salió bien. Es casi una reiteración primaria: lo que salió bien es algo como que se queda ahí, pasó y se acabó. Pero lo que salió mal… eso es lo que impacta, ¿no?

La mirada que reconozco con más claridad en la Historia es extensiva (si uso una metáfora espacial, entonces es horizontal: época, años y acompañada por la vocación marxista: contextos) e intensiva (vertical: concatenación de hechos inter-épocas, desarrollo, ciclos, periodizaciones, etc).  Y su sustento narrativo tiene dos elementos claves: el suceso y sus actores notorios.

Mientras en la Psicología la prioridad está en descubrir al sujeto como es, en la Historia, en las narraciones históricas, la prioridad está en intentar descubrir el sujeto como intencionalidad de época, y en su relevancia valórica, encarnación de valores de época y de relevancia trans-epocal. El sujeto psicológico queda supeditado, poco visible, a veces incluso olvidado (hasta intencionalmente) tras la fuerte iconografía del sujeto  “héroe”, de la historia.

Muchas veces me pasa, cuando leo historias de Cuba, que hay “dos narraciones tipo”: la historia de los héroes, que son siempre personas, y las acciones de esas personas, que representan valores morales, ideales éticos, caracteres identitarios deseados, dicho en una palabra “ejemplos”; y luego la historia de los sucesos, que son muchas veces frustraciones, derrotas, fines a los que no se llegaron, pero que los grandes hombres asumen como retos de desarrollo. O son victorias que se logran por la acción de esos héroes… con la justa referencia “también” a los anónimos. Psicológicamente, parecen narraciones en “blanco y negro” —narraciones en las que apenas aparecen como casualidades, o como justificaciones, para estar de un lado o del otro, las dimensiones subjetivas menos “ejemplares”: los celos, la envidia, la hipocresía, quedan, en el mejor de los casos, como multiplicando traición, o el entreguismo, es decir las dimensiones más éticas del comportamiento.

Y ahí, bueno, estoy trayendo un primer punto polémico interesante. No hablo por todos ni de todos los psicólogos, obviamente, pero estamos bastante convencidos, de dos ideas fundamentales, la primera tiene que ver con el postulado de Thomas, (en psicología, tiene que ver con ese afán de tratar de tener leyes, regularidades y postulados, muchos de los cuales luego no son más que ideas y reflexiones), que dice algo interesante: cuando un ser humano da algo por real, da algo como cierto, esto termina haciéndose o siendo real al menos en sus consecuencias.

Hay incluso una suerte de fórmula que luego ha sido también denominada “la construcción de profecías”… A mis estudiantes para movilizarlos un poco; son muy jóvenes, de primer año de la carrera, y tienen muy poco conocimiento y prácticamente ninguno de psicología, les digo:

—Si usted está convencido, si usted da por cierto que usted es “un tonto”, se comportará como “un tonto”, y cuando sale a la calle comportándose como “un tonto” siempre habrá personas que dirán: “Qué tonto es este tipo”, y en definitiva usted confirmará por el comportamiento de la gente que usted es “un tonto”. Entonces usted termina creyéndose lo que usted mismo ha creído, lo que usted mismo ha creado, y esto es fundamental para la psicología, porque en definitiva estamos muy convencidos que los grandes problemas, los grandes retos de todo ser humano, son sus historias, son los cuentos que lleva consigo, las anécdotas que lleva consigo, que hacen “su pasado” y se cuenta, y mira hacia su futuro y se cuenta.

Desde aquí, tenemos una conclusión ya un poco más complicada, y entonces ahora Limia va a saltar y me va a decir: “Bueno, no es exactamente así”. Y yo le diré: “Somos conclusivos en nuestras hipótesis para darle más fuerza y aderezar el convencimiento”, pero sabemos que son hipótesis. La hipótesis es que si en definitiva los seres humanos contamos esa historia de nuestras vidas desde lo que nosotros creemos y necesitamos que sea relevante en nuestras vidas, se hace pertinente una extensión (a lo mejor no legítima más allá del enfoque psicológico): en cierta medida, desde el punto de vista subjetivo, la historia es también lo que las personas creen que ha sido relevante de su historia, o de la historia de su familia, o de su institución, o de su país; y lo que consideramos como relevante hoy es lo que forma parte del discurso sobre el devenir y el suceder histórico.

Complicado, porque, por lo general, terminamos sabiendo lo que queremos saber, pensándolo del modo que lo queremos pensar, y obviamente esto tiene que ver con la necesidad de tener un dispositivo (así hablamos los psicólogos) “un regulador” que llamamos método científico, para poder hacer separar, la dimensión más subjetiva de nuestra mirada (tiene que ver con nuestras creencias, nuestros puntos de vista, nuestros intereses y necesidades), y tratar de establecer, prioritariamente, una dimensión objetiva.

¿Será posible conseguirlo con la historia? No lo sé, no lo sé del todo… Es decir, por atreverme a un ejemplo digo: cuando miro a Céspedes, héroe icónico, yo reconozco el Céspedes que me enseñaron, y me enseñaron un Céspedes que tiene que ver con una noción de construcción de patria, de nación, de país, ¿verdad?, un Céspedes icónico en su dimensión patriótica, ética, referente de los mejores ideales de la nación, un Céspedes para el ejemplo. Y me cuesta trabajo representarme a otro Céspedes. Luego viene un excelente biógrafo (no digo nombre) y me da además otra mirada de Céspedes, me da otras aristas de Céspedes – más psico-biográficas, más psicológicas, más personales, y de pronto caigo en una situación, punto menos que neurótica, por conflictiva: ¿y esto qué cosa es?, ¿es o no es?, ¿será una visión de él? ¿será una visión real? ¿se me parece a lo que yo me puedo representar?

Definitivamente, la historia es extremadamente complicada y es difícil acercarse a ella. Pero es una construcción de miradas convergentes y divergentes, cuyas dimensiones múltiples, más o menos apoyadas en los recursos de las ciencias, tiene un sentido dialógico, el sentido de la historia como diálogo: la historia es un constructor del diálogo de las identidades, del diálogo del sujeto consigo mismo, con sus pertenencias, con los otros que conviven o pre-viven su existencia individual y colectiva, y por qué no, con los sujetos de su devenir posterior.

Los historiadores, probablemente muchos historiadores, me atrevo a decir… (claro que hay excepciones, son de mi mayor agrado… precisamente es una de las cosas que me gusta mucho del trabajo de Limia, como yo lo percibo, obviamente) algunos historiadores, justamente como buenos científicos sociales han tratado de sacar, de poner bajo control, la dimensión subjetiva para mirar objetivamente. Galeano diría que le temen a la subjetividad, y por eso se refugian en la objetividad, lo cual no es exacto, porque no es solo una decisión individual, es también un designio de integración social, y el resultado de las exigencias hegemónicas de las instituciones a las que pertenecen. Y en esa mirada objetiva de la historia, ¿qué es lo que pasa?, que las dimensiones psicológicas humanas de esas personas que son los constructores de historia, los constructores de las narraciones de historia, quedan perdidas, al menos diluidas, puestas en un segundo o tercer plano, y si no quedan perdidas quedan como ubicadas en un lugar en el que mejor ni se habla de ellas.

Puedo estar más menos de acuerdo con un trabajo que publicó hace muchos años, creo que fue la revista Pensamiento Crítico, sobre la muerte de Maceo, y el impacto de Tanatos como instigador instintivo en la muerte de Maceo; puedo estar más menos de acuerdo, pero definitivamente hay una dimensión subjetiva del ser humano que fue Antonio Maceo que queda escondida en su narrativa sobre su carácter heroico, y que está presente en el momento de su deceso… como las dimensiones subjetivas de los que acudieron a su auxilio, y los que no acudieron. Los “por qué psicológicos” de unos u otros comportamientos.

Pongo un ejemplo desde mi subjetividad, a nivel personal. Como me corresponde, yo fui pionero, aunque ustedes no lo crean… (risas del público) desde la primera investidura en la Ciudad Deportiva). Para mí, el lugar de peregrinación de homenaje a Maceo es El Cacahual. Siempre me llevaron allí a rendir tributo merecido a quien tanto hizo por nosotros. Para mí, el haber estado en el Cacahual más de una vez, conocer El Cacahual, haber llevado a mis hijos al Cacahual, me hace sentir que mi deuda emocional e histórica con Maceo está básicamente cumplida. Maceo instituye al Cacahual, y la peregrinación a ese lugar es un acto de reivindicación, agradecimiento, y asunción del referente Antonio Maceo para los cubanos, ¿verdad? Buena parte de mi infancia, estuve convencido de que allí, en lo alto de aquella colina, había caído en combate El Titán de Bronce ¿Cuántos niños hoy tienen esa representación “histórica”? Sin embargo, hay un memorial, en el lugar donde cayó Maceo[i]. Por cierto, fui al lugar (creo que menos conocido y menos divulgado) Allí, además de un pequeño Salón con interesantes descripciones y revelaciones, hay una persona que me hizo una historia (no la tomen como la historia que me hizo, sino como lo que me queda a mí de la historia que me hizo, y por tanto ya es mi historia… para evitar responsabilidades). El hombre me descubre que Panchito Gómez, a diferencia de lo que me habían contado en mi infancia, a diferencia de lo que yo había aprendido y aprehendido por imágenes que representan la caída de Maceo en combate, no estaba al lado de Maceo en el momento de su caída, que no estaba a caballo a su lado para defender a su líder. Nada que ver con eso. Aquello es toda una realidad que se construye, que se construyó, porque la historia es una narración, y una narración en la que se quieren decir cosas y se quieren realzar valores y situaciones. Y no se cuenta, o se cuenta muy poco, en segundo plano, que Maceo no solo estaba rodeado por las tropas españolas, sino que también “asediado” por envidias, celos, rencores de “los suyos”. Porque los hombres y las mujeres, son concreción de la naturaleza humana, y como señala Martí, profundo conocedor el alma humana, “la naturaleza humana tiene un enemigo en sí misma”.

Y si nosotros nos metemos (que significa más que asomarnos) en ese otro lado de la historia, pues empezamos a tocar asuntos, que ponen a los iconos míticos (inalcanzables, super superiores, inimitables) en condición de sujetos reales, de hombres y mujeres multidimensionales en el espacio de su subjetividad, y con esto los hacemos más cercanos, y más cercana y reconocible la propia historia.

Por cierto, estoy convencido de que así aumentaríamos mucho más el potencial dialógico de la historia, sobre todo con los jóvenes, con quienes lo necesitamos mucho. Muy en chiste, y tratando de que yo no lo malinterpretara (no lo tomen como una falta de respeto, sería lo último que quisiera hacer al narrar esta anécdota), muy en tono de broma con contenido, un alumno me dijo:

— ¿Usted sabe por qué Céspedes es el Padre de todos los cubanos?”

—Bueno, creo que sí”, le respondí.

—No, usted no lo sabe, me ripostó. Y dijo:

—Céspedes es el Padre de los cubanos, porque nos mostró el camino de la titimanía.

Él había descubierto un Céspedes que tenía mucho que ver con lo que era para él un rasgo de cubanía masculina: quizás, en su representación, la atracción por las mujeres, la sexualización del cuerpo femenino, y por ende su asociación a una segmento etareo (las… y los…. jóvenes). Porque cuando se dice desde la historia, desde la cultura, de la psicología, “los cubanos somos…”, esto incluye a todos los cubanos. No puede ser que lo que “me hace cubano” a mí, no sea lo que hace cubano también a los grandes hombres.

Ojo, no estoy haciendo una evaluación de valor, estoy tratando de decir que hay una dimensión de ser humano real, concreto, en la narrativa de la historia, que queda muy en segundo plano, entre otras cosas porque, probablemente, para el discurso histórico como discurso de referencias icónicas posibles, de referencias éticas, actitudinales, etc. es lo menos interesante. Pero está ahí. Y su fuerza y valor de identificación proyectiva supondría un elemento de acercamiento de los sujetos a la historia.

Por si todo esto fuera poco, Limia, con su propuesta temática, que yo tomo de manera fragmentaria, porque su sistematicidad requeriría de una ejercicio a profundidad, me tiende una segunda trampa y me dice: “La naturaleza humana”,… mirada desde la Psicología… menos mal. Entonces le digo: “Loco, (este es un modo de decir que heredé de mis hijos, pido disculpas, pero simboliza mi cercanía con ellos) me dijiste que tendríamos un encuentro distendido y me pides hablar de temas que…, vaya”…

 

[1] Kahneman, Daniel (2012) Pensar rápido. Pensar despacio.

[i] Se refiere al Complejo escultórico al General Antonio Maceo y Grajales en la finca San Pedro, Bauta, lugar de su caída en combate (se compone de 15 piezas monumentales de hormigón, en un área de cinco mil metros cuadrados). Fue erigido en 1986 por el escultor José Delarra.

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