Caracas 2008. Curso con periodistas venezolanos. Como en las aulas cubanas, Luis Sexto utiliza sus recursos dramatúrgicos impregnados en la intención de sus revelaciones (Foto: Archivo de Luis Sexto)

Por Patricia María Guerra Soriano, estudiante de Periodismo

Yo no entendía cómo él sería capaz de aquella “proeza”. Sí, porque a su edad, no todos pueden quitarse los zapatos y con una agilidad envidiable y subir a una silla cuando lo normal sería, quizás, estar sentado. Digo lo normal porque creo, así lo harían los demás profesores.

Sin embargo lo normal para él no existe, y en sus luchas internas y constantes por ser mejor persona, periodista y profesor, tiene el poder de convertir un aula en un teatro. Con la dramaturgia impregnada en la intención de sus revelaciones y con un público, como nosotros, dispuesto a asombrarse, no fue difícil transformar la “silla del profesor” en un zócalo de los más empinados. Desde allá arriba comenzó a hablarnos y al bajar de la recién inventada tribuna ya nos había enseñado que el periodista, para ser entendido, debía estar en el pueblo, debía hablar desde abajo.

El Premio Nacional de Periodismo José Martí destaca la obra de su vida como periodista, pero el recuerdo constante de sus pupilos ha moldeado en el barro del tiempo un premio con forma de abrazo. Aún mejor.

Más que la obra de la propia vida, está sobre las manos del que enseña, la vida de otras personas y a la vez la de las otras personas que dependan de las primeras. Él tomó parte de ese laberinto de ideas, desde el momento mismo en que entró al aula de primer año de Periodismo para explicar de qué trataba la asignatura optativa correspondiente al segundo semestre. Me di cuenta de que era un hombre cargado de las historias que reclaman los buenos libros.

-Aptitudes y actitudes que a mi impresión de viejo periodista deben tener los jóvenes que se inician en el oficio (nunca llama profesión al Periodismo). Nada muchachos, estas son solo mis historias, nos diría al comenzar.

Así, sin sospecharlo, quizás, al contar esas -solo sus historias- sembraba otras en nosotros. Nos pareció acompañarlo, cuando con 16 años compró aquellos libros de Mañach que nadie quería. Sí, porque también nos enseñó a entender y querer a Mañach. O a escribir junto a él, en una de las agendas que tiene más tachaduras que letras entendibles, la historia del guajiro que sembraba uvas.

Nos pareció darnos cuenta de los tallos rojos en las rosas blancas, detalle que permitió después hacer una de sus mejores crónicas en Bohemia. También, que habíamos ido al Cabo de San Antonio y que convertimos un reportaje, propósito inicial del viaje, en un libro de caberos, en un libro de misterios, porque al final, y como también nos dijo, el periodista debe ir a donde no lo manden, debe saber cambiar de rumbo para buscar la verdadera historia, debe ser enamoradizo para intentar conquistar la atención de la mejor noticia.

Nos pareció haber vivido con él otras muchas situaciones que nos pidió no contáramos: terrenos prohibidos llaman más la atención. Pero es imposible olvidar el Girasol de Opina y el rechazo o agradecimiento de los escritores tocados por las críticas literarias que hacía desde las páginas de Trabajadores.

Mientras organizaba esta suerte de recuerdos quise recurrir a la libreta de apuntes dónde están esas frases que salían de cada clase y podían ser lo mismo en latín o en italiano, pero no encontré la libreta y fue mejor porque hay recuerdos que escapan al contacto de la tinta con el papel.

Y es que, sin distender más la aparición del personaje de esta y tantas historias, que supongo haya formado parte, aunque no estén escritas, el profe Sexto (que nunca, a pesar de mi empeño, logra reconocerme) o como para todos, el premio nacional de Periodismo José Martí, Luis Sexto, nos enseñó a amar, aún más, este oficio, al que nunca llama profesión.

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