Todavía vivimos bajo el impacto del arrasador paso del ciclón innombrable. La catástrofe demostró, una vez más, la eficiencia de nuestra Defensa Civil, así como nuestra capacidad de crecer en los momentos difíciles en el orden de la solidaridad y de la entrega al trabajo de todos aquellos encargados de afrontar peligros y de ofrecer la necesaria cobertura informativa. Sobre esa base, es la hora de analizar fortalezas y debilidades.

Quienes tenemos larga vida y buena memoria, evocamos en estas circunstancias la tragedia desencadenada por el ciclón Flora, que sacudió la geografía de la entonces provincia de Oriente. El golpe fue atroz. Se tradujo, sin embargo, en un importante aprendizaje. Determinó el diseño de una estrategia hidráulica para represar las aguas desbordadas y sentó las bases para estructurar un sólido sistema de Defensa Civil. Como tantos otros habaneros, padecí el ciclón y las jornadas subsiguientes.

No recibimos de manera directa el impacto que asoló las provincias centrales del país. Los vientos de tormenta tropical dejaron una marca sensible en la ciudad, donde el mar mostró su rostro más aterrador. Estremecido desde su profunda entraña, lanzó piedras contra las calles y arrancó las esponjas habitualmente asidas a su vientre. A simple vista, desde el lugar donde vivo y trabajo, los daños sobrepasaron los sufridos en ocasión de eventos similares. Todo indica, por lo demás, que de no detenerse los efectos del cambio climático, habremos de afrontar la amenaza creciente de fenómenos de la misma índole. En estas duras jornadas, el ciudadano común ha percibido en carne propia algunas de las realidades que contribuyen a hacernos más vulnerables. Sin pretender intentar una evaluación de los daños, que puede hacerse integralmente desde la perspectiva de la dirección del país, la simple observación revela las consecuencias de la acumulación de los desechos sólidos, la repercusión de la caída de los árboles en la vitalidad del servicio eléctrico, la necesidad de proteger con el debido mantenimiento el fondo habitacional deteriorado y la falta de rigor por desvío de recursos, así como por la inadecuada dirección en las reparaciones recientes. A pesar de todo ello, la ciudad requiere rescatar un arbolado favorecedor de sombra protectora en un país tropical y fuente de oxígeno, garantía de depuración de la atmósfera. Testimonio de una historia tangible, el entramado urbano de la capital es prenda de singularidad. Conforma uno de los rastros de nuestra cultura que ha elevado a La Habana al rango que la coloca como ciudad mítica en el contexto de la América Latina.

Tan complejo panorama plantea, aparentemente, el reconocimiento de contradicciones insalvables, sobre todo cuando los recursos materiales escasean. Tenemos, sin embargo, una significativa reserva no cuantificable en términos monetarios. Está en un pueblo acostumbrado a agigantarse en momentos difíciles y se encuentra también en el potencial científico, abarcador de muchas ramas del saber, formado a lo largo de la Revolución. Ante los desafíos que nos imponen el presente y el futuro, la respuesta habrá de encontrarse en la acción articulada de la cultura, la ciencia y el compromiso político que alienta en el barrio. Allí donde los problemas se expresan en la razón más inmediata —la panadería, el expendio de víveres y de otros productos de primera necesidad, la escuela, el centro de trabajo— subsisten reservas morales latentes que se movilizan en términos de solidaridad y de esfuerzo colectivo en situaciones difíciles y ofrecen respuesta adecuada ante una convocatoria fundada en el ejemplo más que en la prédica, reflejos incorporados por varias generaciones a lo largo de medio siglo de prácticas revolucionarias. También es cierto que nuestro tejido social contiene bolsones dañados por la pérdida de valores manifiesta en distintas formas de soborno y de corrupción, así como el desacato impune a las normas de la legalidad. En las jornadas que siguieron al ciclón, hemos observado el esfuerzo magnífico de quienes trabajaron sin descanso en el rescate de lo dañado y la conducta de grupos marginales minoritarios que saquearon bienes que, en última instancia, pertenecen al pueblo.

Ahora el apremio mayor consiste en restaurar lo dañado. Pero las horas difíciles convidan también a la meditación. Levantar el país requerirá esfuerzos prolongados y sistemáticos, más allá de los días sin sueño, sostenibles tan solo en coyunturas de sumo peligro.

Como todo centro urbano de importancia, La Habana concentra problemas sociales y constructivos agudizados por el envejecimiento de su infraestructura y por el  inevitable peso de una población flotante carente de arraigo y de sentido de pertenencia. Muchas veces soterrados, sus valores morales latentes afloran en situaciones extremas. Pero lo excepcional debe incorporarse al vivir cotidiano. El poder de convocatoria del liderazgo local crece en el contacto directo, concreto y personal con los pobladores de cada comunidad. En el barrio, los dirigentes han de tener rostro conocido, para afianzar la responsabilidad colectiva ante el cuidado de un entorno que constituye bien de todos y garantía tangible de calidad de vida. Cuando esta conciencia colectiva se lacera, emergen la indiferencia, el dejar hacer y la tendencia a eludir responsabilidades en el enfrentamiento de problemas. El «no me toca» se convierte en norma de conducta. Ocurre entonces que a las inclemencias del tiempo se añaden los resultados de la incuria. Hemos sufrido la embestida de los vientos; cuando la tierra tiemble, la decisiva lucha por la calidad se libra contando con la colaboración de los especialistas —botánicos, arquitectos y urbanistas— y en el trabajo directo con el ciudadano de a pie. Hay que tocar el corazón de cada uno para movilizar las manos de todos.

Fuente: Juventud Rebelde

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