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El socialismo y el Parlamento

El socialismo es un viaje hacia lo ignoto, le hemos escuchado decir al General de Ejército Raúl Castro Ruz. Confieso que la frase me descolocó en un principio, por aquello de ir rumbo a lo desconocido. Sin embargo, lo expresado por él en el Sexto Periodo Ordinario de Sesiones de la Séptima Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 18 de diciembre del 2010, me volvió a colocar en el mismo sendero.

Dijo entonces: «La edificación de la nueva sociedad en el orden económico es, en mi modesta opinión, también un trayecto hacia lo ignoto –hacia lo desconocido–, por lo cual cada paso debe meditarse profundamente y ser planificado antes del próximo, donde los errores se corrijan oportuna y rápidamente para no dejarle la solución al tiempo, que los acrecentará y al final nos pasará la factura aún más costosa».

Durante esta semana hemos escuchado a los diputados en el debate previo al Noveno Periodo Ordinario de Sesiones de la Octava Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, que se celebra hoy, y esos postulados han presidido sus intervenciones.

Si han alcanzado la profundidad requerida a la que Raúl instaba, no hay que dudar de que ello se sustenta en la virtud de haber llevado, mediante su actividad fiscalizadora, al órgano supremo del Poder del Estado hasta el barrio, la empresa, la unidad presupuestada, el centro científico. Por ejemplo, los representantes del pueblo que integran la comisión económica llegaron a 2 225 entidades.

Es por eso que pueden escucharse planteamientos en torno al pago por resultados del trabajo que integran una serie de factores en ese ejercicio, que van más allá de la unificación monetaria, para adentrarse en temas tan decisivos como la planificación y su incidencia en las irregularidades en el cumplimiento que norma esa manera de retribuir al trabajador, hasta la responsabilidad del que dirige al autorizar un desembolso sin respaldo productivo.

O la exigencia a los directivos de empresas o unidades presupuestadas en las que evidentemente está presente el desvío o el robo de recursos como el combustible.

Oímos a Juana Caridad Herrera, del municipio Primero de Enero, en Ciego de Ávila, enfatizar sobre las visitas a las entidades. «Todos los numeritos están bien, no hay problemas, todas las cuentas dan, pero en los servicentros no se echa combustible», expresó. Y entonces, la conclusión es que ese robo pasa por la oficina del jefe, bien porque esté involucrado o porque lo permite, pues no trabaja en un ambiente de organización, con procedimientos, con orden, únicas maneras de que exista control.

Podrán ponérsele rejas, candados, sistemas de alarmas sofisticadas a los recursos, pero ninguno sustituye la acción del hombre y sobre todo del que dirige. Y es que ninguno de esos «inventos» es capaz de controlar, más bien son en extremo vulnerables si existe el desorden. El refranero popular no engaña: el ojo del amo engorda al caballo.

El socialismo sí, es un viaje a lo ignoto, entre otras cosas porque como dijo el propio Fidel creímos que sabíamos construirlo. Pero lo que sí está claro es que ese socialismo, al menos el que nos proponemos en la Revolución Cubana, no conjuga con la indisciplina, es incompatible con la corrupción. Es más, esos son sus peores enemigos, son los que hacen que lo veamos justo, pero no eficiente; son los que más allá del orden económico, sientan las bases de su descrédito ideológico.

Sobre esto también los diputados apuntaron cuando exigieron que aquel que pague sin respaldo productivo, explique ante ellos las causas y que asuma la responsabilidad; que quien no cumpla la Ley del Presupuesto que aprueban los representantes del pueblo, responda, incluso hasta con su cargo; que quien no asuma una disciplina tributaria, vital en la redistribución de las riquezas en la sociedad, reciba sobre él todo el peso de la ley.

El socialismo es por excelencia una obra de masas, para decirlo en «socialismo cubano», una obra de pueblo. Bastaría el análisis realizado ayer por los diputados sobre el Proyecto de Ley de Aguas Terrestres, en el cual conocieron cómo la población participó –y sugirió– mediante el uso de las redes sociales en ese texto; cómo los especialistas del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos intercambiaron por esa vía varios criterios sobre esa norma legal, que debe aprobarse hoy en la sesión plenaria.

Justamente minutos antes, el miembro del Buró Político y primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, diputado Miguel Díaz-Canel Bermúdez, al intervenir en el análisis del Programa de Informatización de la Sociedad, había expresado: «El imperialismo ha tratado de presentar al pueblo cubano y a Cuba como un país desconectado». Y en un párrafo recogió el sentir de las intervenciones del auditorio parlamentario, basadas en la generación de contenidos propios y en torno al tratamiento que se le da a Cuba en la red de redes. «Con la vocación humanista de la Revolución tenemos que defender que Internet, las redes sociales, nuestras plataformas informáticas de desarrollo de servicios y aplicaciones estén orientadas a la gestión del conocimiento. Y que los cubanos puedan usar internet para aumentar sus saberes, elevar su cultura general integral, enriquecer sus valores espirituales y sentimentales y también para hacer Revolución».

Vicepresidentes del Consejo de Estado, del Consejo de Ministros, ministros, viceministros, directores de Organizaciones Superiores de Dirección Empresarial, de empresas, respondieron a las inquietudes de los diputados durante toda la semana. No faltó un día en que ese diálogo no contara con los principales dirigentes del país, y con Esteban Lazo Hernández, presidente de la Asamblea Nacional, de cara a quienes el pueblo eligió para ser representado. Eso es participar de la gestión de gobierno, desde el mismo Parlamento que aprobó a instancia de la mayoría de los cubanos la irreversibilidad del socialismo.

Tomado de Granma

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