El 6 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima y mató a decenas de miles de personas.. Este viernes Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en funciones que visita Hiroshima, lo que desató un debate sobre si el mandatario debería pedir perdón por las acciones de su país. (Fuente: BBC Mundo)
Guillermo Tell

Incontables japoneses esperaban que esto último ocurriera, pero el mandatario visitante no fue más allá de depositar una ofrenda floral en el Memorial de la Paz en la ciudad martirizada, rendir homenaje a las víctimas, aludiendo metafóricamente a que “la muerte cayó del cielo”, como si las bombas se arrojaran solas. Más bien justificó la masacre en el reconocimiento de que “en medio de una guerra los líderes toman todo tipo de decisiones”, en respuesta a una pregunta de la cadena japonesa NHK, sobre las expectativas de los compatriotas.

Para aquella fatídica fecha histórica la derrota bélica del imperio nipón, aliado de la Alemania nazi ya era un hecho verificable, y por consiguiente constituía un crimen de lesa humanidad sacrificar a cientos de miles de vidas entre el ataque a Hiroshima y tres días después a Nagasaki, por el solo interés de proclamar una futura hegemonía militar.

Durante la visita de Obama una explicación clave proporcionó al diario Washington Post la profesora de la universidad Dartmouth College, en New Hampshire, Jennifer Lind: “Estados Unidos, simplemente, no pide perdón”. Mucho menos si una disculpa puede conducir al reconocimiento de que se cometieron “errores en el pasado” y por lo tanto pueda abrir la puerta a que las víctimas de esos errores pidan una compensación.

En tal sentido muchas cuentas acumula el imperio, y entre ellas por mencionar solo unas pocas, las esterilizaciones masivas en Guatemala, la guerra química en Vietnam, el bloqueo y las agresiones bacteriológicas contra Cuba, la Operación Cóndor en Sudamérica y la injustificada invasión a Iraq. Está en su naturaleza prepotente el nunca pedir perdón.

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