De lo que publican nuestros medios: Primero muerta que sencilla

primero-muerta-que-sencillaEl reloj marca las 11:00 de la mañana y en la parada de la guagua la cosa está en candela. El Sol no perdona, por eso decide esperar sentada en los banquitos del Parque Vidal… deseando que alguien se fije en sus felpudos y negros zapatos
Hace un calor insoportable, pero no le importa. Gastó una fortuna en sus botas y no piensa esperar a que llegue el primer frente frío para programar el estreno. A fin de cuentas, Cuba es un eterno verano y si espera a que baje la temperatura, nunca las podrá usar.

Para colmo tiene que ponerse medias. «¡Las niñas hacen tremendas ampollas!», lamenta mientras detalla el calzado. Sin pensarlo dos veces se encasqueta su última adquisición y para que le queden con «onda» lo combina con un pantalón de mezclilla.

El reloj marca las 11:00 de la mañana y en la parada de la guagua la cosa está en candela. El Sol no perdona, por eso decide esperar sentada en los banquitos del Parque Vidal. Cruza los pies, los mira una y otra vez deseando que alguien más se fije en sus felpudos y negros zapatos.

Allá «afuera» todo el mundo los usa. Tal vez se los pudo haber combinado con una de las licras engomadas que se llevan ahora. La muchacha de la cola trae una estampada. Está chulísima, aunque esa debe dar tremendo calor.

Y ya que sale a relucir el tema, las botas le asan las piernas. Las medias están empapadas en sudor. A ese ritmo va a perder la poca carne que le queda en las pantorrillas, pues nunca tuvo unas piernas torneadas.

El pitusa tampoco ayuda. Ya se quitó la bufanda y el chaleco con imitación de piel. Tiene que resistir. Sus amigas van pepillísimas y no puede desentonar.

Bien se lo dijo la abuela. Hay prendas que no se deben usar en el verano, pero qué puede saber de modas alguien que nació a principios del siglo xx.

No se piensa rendir sin antes batallar. En la guagua creyó que la vida se le iba por los pies, pero sobrevivió. A cada rato abanicaba las zonas afectadas.

Ahora va por la calle ridículamente feliz. Cuando faltaban unos metros para llegar al lugar del encuentro, volvió a completar el atuendo: bufanda, chaleco y hasta etcétera.

Se siente orgullosa. Debe lucir fenomenal. Entonces nota algo raro. Empieza a ver candelillas, pero sigue regia su camino. No piensa detenerse ni aunque le dé un soponcio. Las botas se le ven tan bellas, tan negras y felpudas. Comienza a balancearse, pierde el equilibrio, y se desmaya «feliz», porque como diría una popular humorista: «primero muerta que sencilla».

Fuente: Leslie Díaz Monserrat. Ilustración: Martirena – Vanguardia