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Alma, raíz y luz de un ciudadano de papel

¿Valdrá la vida? ¿Será suficiente? ¿Seré feliz?

Periodismo y periodista frente a la disyuntiva. Nada parece saciar el hambre de asombros, y casi todo indica que puro —lo que se dice puro— no hay ni humanos ni verdades.

Hoy, el tiempo se mide en «teclazos», cuartillas llenas y difusión inmediata; ayer, fue el jadeo de la mole cromada que marcaba, como latidos dentro de un pecho gigantesco, el segundo a segundo del edificio de Céspedes número 5.

¡Abrid paso, llegó Vanguardia! Tibio como pan, con letras grandes y gruesas para ser vistas por todos, lampiño aún, pero haciendo camino al andar. Era el verano de 1962 y en Las Villas bullían, de adentro hacia afuera, esperanzas, incertidumbres y sueños que se hicieron letra e imagen gracias al recién nacido de papel. ¿Periódico de provincia? Válgame Dios, ¡cuánta suerte la nuestra! Sesenta años de andanzas desde aquel 9 de agosto. Lo ganado y perdido en el camino no podría contenerse en solo palabras y memorias, pues cada quien ha vivido su retazo de historia con la certeza de que su momento fue único e inigualable. Vanguardia, madre-padre de tantos hijos —de celulosa o carne y hueso—, ha sido un ciudadano más, pendiente a las glorias y chascos de su tierra, a los días de luz y a los de negrura impertinente. ¿Su pluma?, diversa como la vida misma: aceitada u hosca, brillante o grácil, honda como herida, revuelta por las tormentas y jamás indiferente.

Ni libelo de apologías ni siervo, aunque alguno que otro insista en esos «títulos» por la acritud propia de los malos tiempos y las peores entrañas. La dinámica editorial de un día sí y otro también ha marcado el paso de todos los que llegamos para no irnos e, incluso, de quienes, reconózcanlo o no, forjaron su nombre entre paredes humildes, sin más brillo que el del talento de sus mujeres y hombres.

A Vanguardia no le han faltado heridas —¿qué veterano no las tiene?— ni equivocaciones. Ha amado al prójimo con fidelidad de escudero y, precisamente por ese sentimiento, les ha mirado a los ojos a sus lectores para pedirles que resistan, confíen, se levanten…, bajo huracanes, oscuridades y pandemias, y confiando en su único poder: la palabra.
Sin voz audible y carente de otro movimiento que no sea el de su recorrido, de mano en mano, este periódico ombligo del centro del caimán nos ha conectado como conciudadanos. Allá, en el espacio virtual, Vanguardia ha prolongado su existencia con voluntad endemoniada y, así seamos un equipo de 20 o de 6, sus hacedores —robles y brotes— nos hemos aferrado a impulsarlo; no porque decaiga, sino porque bien sabemos que no existe fuerza como la del amor.
El amor…. Nos hace presuntuosos y envidria la razón, ¡pues bienaventurados los locos enamorados de las ocho páginas!
Cumplimos los primeros 60 en un año alevoso; sin embargo, ¡nos movemos!, y no por inercia ni por el hábito de cumplir con lo que dicta el deber. Vanguardia, lancero y zapador desde siempre, honra su fin máximo reverdecido en sus seis décadas de bregar, con raíces profundas y un tronco noble.
«Los que están en el taller del sol, no tienen miedo a la nube», dijo Martí. Vanguardia sabe de sombras, pero, sobre todo, de luz.

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