Con el famoso inspirador de la teoría del fin de la historia podría escribirse una muy especial serie cinematográfica. Algo así como la Transformers del siglo XXI, basada en la capacidad de Francis Fukuyama para transmutarse. En lo único que debería cambiarse el guion sería en el uso que se le daría a lo que en los filmes homónimos nombran como la «chispa suprema».

Al parecer llovió demasiado desde que hace 30 años esta celebridad académica anunciara la teoría que lo lanzaría al estrellato, tras la caída del socialismo en Europa del Este y la URSS, como para que siga en la cosecha de prominencia con la bendición eternizadora de las mismas aguas: la democracia liberal acompañada del libre mercado.

Pese a reconocerse todavía como un defensor de los anteriores presupuestos, Francis reconoció recientemente a BBC Mundo en Chile que, en muchos sentidos, «se ha movido hacia la izquierda».

Fundamentó ese inédito saltito «por un par de razones bastante buenas: «Creo que en la década del 2000 las dos grandes catástrofes fueron, primero la invasión estadounidense de Irak y, luego, la crisis financiera, y ambas fueron el subproducto de ideas conservadoras que fueron llevadas al extremo y condujeron a resultados muy malos. Y eso requería un replanteamiento…».

A lo anterior agregó que la globalización en general ha tenido mucho éxito en muchos aspectos, en términos de reducir la pobreza en muchas partes del mundo, pero también ha producido un mayor nivel de desigualdad en muchos países, incluso en Estados Unidos y ello requiere un «remedio»… Y aquí viene la parte más sorprendente del diálogo, porque para Fukuyama dicho «remedio» lo ofrece mejor hoy la izquierda que la derecha.

Lo cierto es que, lo reconozca o no este teórico, tantos años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo y sus entusiastas tendrían muy poco que celebrar, a no ser su enorme capacidad de producción y reproducción material y simbólica, algo que —habría que también reconocer—, tampoco abundó en los proyectos de izquierda, por una multiplicidad de razones que requieren, como sabemos, profundización.

De aquel entusiasmo por el derrumbe soviético y del Este europeo solo iba quedando el ridículo del entonces enfebrecido entusiasmo del teórico, que ya vemos cómo evoluciona, porque pasado tanto tiempo tras la caída del famoso muro, y con otros discutibles por levantarse, la gran pregunta actual sería: ¿por qué el capitalismo definitivamente no ha triunfado?

La interrogante, como ya consideré en otro momento, se la hizo hasta una plataforma mediática defensora de los valores del sistema, como la misma BBC Mundo, cuando publicó un interesante artículo bajo esa pregunta, por la misma fecha en que los 25 años de la caída de la llamada «cortina de hierro» devolvían la picazón del delirio.

En el texto, el filósofo político John Gray —no menos de derecha y conocido por sus críticas al humanismo y el pensamiento utópico—, lanzaba cubos de agua helada a los teóricos de la eternización del capitalismo y de cualquier otra eternización. En los próximos años, apuntó, la creencia de que las sociedades están evolucionando hacia el capitalismo de mercado podría ser puesta a prueba.

Gray consideró entonces que el capitalismo había sobrevivido la crisis financiera iniciada en 2007, y que no había razón para pensar que se enfrenta a una perspectiva inminente de colapso global, pero razonó que tampoco hay razón para suponer que el capitalismo reanudará su avance. En su opinión, el resultado más probable es que el futuro será como el pasado, con una variedad de sistemas económicos.

Ahora bien, Fukuyama ha devenido en un raro defensor de los valores de la izquierda, porque basa ese ideal en la necesidad irrenunciable de las élites. En la misma entrevista proclamó que el desprecio por estas es peligroso, porque toda sociedad las necesita.

Llama la atención que coincida en ello con algunos ahora mismo en Cuba, que hasta defienden públicamente la necesidad de las élites. Uno de estos decía hace un tiempo en televisión que no tenía ningún conflicto con las «élites», las cuales son «normales» en cualquier sociedad, que necesitan de ellas para «progresar»…

Exactamente lo anterior es lo que piensan Fukuyama y otros ideólogos de derecha, para los cuales las élites son ineludibles y sería una fantasía pensar en su eliminación, un punto de vista que parte de la exaltación de las mismas y su reubicación en la teoría social tras la caída del llamado socialismo real.

Pero mientras más se profundiza en lo que el elitismo significa, menos acomoda en los postulados por los que sacrificaron sus vidas tantas generaciones de revolucionarios en este archipiélago, y menos aún encaja en las transformaciones en marcha. Entre los atributos propios de una élite se considera una riqueza personal considerable.

También se refiere a situaciones en las que un grupo, que reivindica poseer grandes habilidades, conspira para conseguir privilegios a expensas de otros… Puede hacer referencia a situaciones en las que una cúpula recibe privilegios y responsabilidades especiales, con la expectativa de que mediante estas medidas quede beneficiado todo el pueblo… Se les vincula, además, con la clase social y con lo que los sociólogos denominan estratificación social… Las personas de clase social alta son reconocidas normalmente como la élite social.

Cuba ha padecido años de dificultades, y hasta medidas difíciles de superar, algunas de las cuales incubaron gérmenes de elitismo, acentuaron la estratificación social y distorsionaron la pirámide social; pero, como ha sido fundamentado en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, los procesos en marcha están muy lejos de pretender devolver a nuestra nación a los tiempos de las élites de cualquier naturaleza.

Quienes llenaron los cielos de fuegos artificiales por la caída del socialismo y cubrieron páginas y páginas de celebraciones, olvidaron apuntar que aquella no sería su última oportunidad sobre la Tierra. En los espacios planetarios donde este sobrevivió, y donde después resurgió, lo hace deshaciéndose de las petulancias, almidonamientos, ortodoxias y sacralizaciones absurdas, tras haber aprendido del peor error del siglo XX —reconocido así por Fidel—, cuando se creyó que alguien sabía cómo construirlo.

Sortear los obstáculos y hacer que renazca de las cenizas este instrumento de la transformación mundial, demanda de que en la puerta de entrada se estampe una idea de Vladimir Ilich Lenin: «Sería ridículo presentar a nuestra revolución como una especie de ideal para todos los países, imaginando que ha hecho una serie de descubrimientos geniales e introduciendo gran número de innovaciones socialistas. Yo nunca he pretendido decir semejante cosa y afirmo que no lo diré nunca. Nosotros poseemos la experiencia de los primeros pasos de la destrucción del capitalismo en un país donde la relación entre el proletariado y el campesinado es particular. Nada más. Si nos hinchamos como pavos seremos el hazmerreír del mundo entero, no seremos más que fanfarrones».

(Artículo publicado en la edición dominical del 9 de junio del periódico Juventud Rebelde)

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