Por Roxana Romero Rodríguez / Periódico Venceremos

En Cuba el verbo matar puede adquirir muchos significados, todo depende de la intención, la expresión acompañante o el tono usado.

Matar el tiempo, por ejemplo, es sinónimo de entretenimiento. ¡A mí que me maten! indica seguridad; en la escuela “matarse” es estudiar mucho o hacer todas las tareas; y ni se diga lo que puede implicar “matar una acción”.

Pero ese mismo infinitivo ilustra todas las veces que, como parte de la cotidianeidad, somos víctimas de la especulación con los precios, el robo, la violencia verbal o el maltrato en cualquier servicio público.

Les describo un día, como otro cualquiera, en que me mataron tres veces:

Muerte 1.

Salí de casa rumbo a la parada. ¿Último?, pregunté. Nadie contestó. Un rato después llegó la guagua Diana, por lo general insuficiente para la cantidad de personas que transitan la ruta 1 Parque- Santa María. Todos eran los primeros. La horda enardecida abordó el pequeño ómnibus. Ambas puertas quedaron bloqueadas sin aparente posibilidad de cerrar, pero lo hicieron, por suerte siempre logramos apretarnos un poquitico más.

Según informaciones de prensa, Guantánamo ha adquirido desde 2014 hasta la fecha 79 ómnibus de esa tipología, pero la demanda siempre es creciente, y de todas formas el transporte público urbano es de esos problemas de nunca acabar. ¿Cuántas personas caben en una guagua en Cuba?, pensé, pero el movimiento tumultuoso rompió la inercia, y me empujó hacia arriba.

No había apenas aire, todos sudaban. En las bocinas sonaba, altísimo, un movido reguetón, que obligaba a la gente a hablar más alto. En la parte delantera pasajeros discutían con el chofer. ¡Córranse que está vacío! Gritaban a ratos. ¿Qué será el vacío, si no cabía nadie más? El vapor aumentaba, otra parada, más personas arriba. El ruido parecía exceder los 110 decibeles, límite permitido para un acto en plaza pública. Los niños más pequeños expresaban con llanto su desesperación. Abren otra vez las puertas, van de frente los que se quedan, haciendo menor el espacio. Nadie pide permiso, todos gritan.

Llego a mi destino, yo primero, mi bolso después, ropa desaliñada, maquillaje corrido, perfumen de olores ajenos al mío, confusión. “Muerta” de cansancio y aturdimiento a las 7 de la mañana, me dispuse a empezar un nuevo día del trabajo.

Muerte 2.

Voy de un mercado a otro buscando los alimentos que necesito. Las colas son similares en todos lados, los precios también. La ley de la gravedad no parece aplicarse al valor monetario de los productos agropecuarios que solo sube. ¿Qué sucedió con los precios topados por el Consejo de la Administración en el territorio? Una vez más, no tengo respuestas, solo la tablilla delante de mí, que tiene la libra de col a cinco pesos, la de malanga a ocho y, entre 15 y 20, según el estante, el ají pimiento.

Esa es la oferta en el sector privado de la economía, pues del lado estatal de la historia la opción es poca. La gente especula un consorcio entre los administrativos del mercado y los vendedores. No lo sé, pero los insumos que “volaron” en los puestos estatales parecen haber “aterrizado” por cuenta propia, muy cerca de allí.

Adquiero, poco a poco, lo que encuentro, no necesariamente lo que busco. La relación oferta-demanda viene a ser, en la concreta, “lo tomas o lo dejas”, no importa la calidad”. He gastado un tercio de mi salario y el bolso no pesa, ni lo hará mientras los altos precios sigan con “vida”.

Eso, sumado a los agravios frecuentes a los que somos expuestos como clientes, indefensos ante mecanismos inefectivos para denunciar la desatención, la demora y los malos modales de los vendedores que, ante la inobservancia de administrativos y el silencio cómplice de otros usuarios, denigran al cliente reiteradas veces sin recibir por ello escarmiento alguno.

Ir de compras es como un arma de doble filo: altos precios y maltratos.

Muerte 3.

El contacto con distintas generaciones a menudo enriquece nuestra visión de la realidad, nos actualiza sobre las tendencias de la economía –que por suerte fluctúa menos que la moda- el consumo audiovisual, temas que muchas veces preocupan y ocupan a los cubanos.

Sin embargo, el impacto con algunos colores de ese abanico social provocó mi tercera muerte del día; tras escuchar la conversación de un grupo de adolescentes –hembras y varones- sobre la noche anterior, cuando se “dispararon un rifle”, expresión equivalente a consumir una botella de alcohol.

De dónde salió el dinero para la compra, lo desconozco; estaban o no autorizados por sus padres, tampoco lo sé. Pero lo cierto es que, tras unos cuantos mililitros de alcohol, la noche terminó –especularon- con sexo, violencia y lenguaje de adultos, una película de Clase C que es mejor no describir, por pudor.

Para narrarlo, hubo en la conversación de todo tipo de “palabrotas”, como nombró una señora a esos términos contundentes que a menudo se usan para reafirmar el mensaje. Menos, no obstante, que en la canción reproducida por la bocina móvil en la que sonaba, mucho más barbárico, el cantante puertorriqueño de música urbana Bad Bunny.

¿Qué aprenden en la escuela?, pregunta una muchacha, de mediana edad, para quien desandar esas horas, a esa edad, es demasiado “pronto”, por no decir peligroso. “Ahora es así –confirmó alguien- eso es lo que se usa”, como quien comprende que la chabacanería está de moda, y no hay nada que hacer.

Es verdad que las formas de hablar, despreocupadas a veces, coloquiales otras, incluyen términos que pudiesen ser cuestionados por los avezados del lenguaje, pero de ahí al retroceso, a la brutalidad…

Los temas siguientes no fueron mejores: teléfonos móviles (“que muchos llevan a la escuela porque los libros son digitales”), contaron el último capítulo de la serie colombiana de narcotráficos que salió en el paquete, y comentaron lo que pusieron en Facebook, la red social en Internet que acapara millones y millones de personas en el mundo, cuyas políticas de privacidad “abiertas” dejan espacio para todo tipo de contenidos.

Las muchachas, más provocativas en las fotos, quizás no se dan cuenta, pero en lo que “suben” van borrando la línea entre su vida personal y pública, lo que a la postre puede exponerlas como contenido socialmente compartido.

El trayecto, insuficiente para seguir indagando en tal dinámica, puso en mi pensamiento muchas temas: los problemas de educación en la casa y la escuela –que no es lo mismo que instrucción, en uno de los países de mayores índices de escolaridad en el mundo- la formación de valores, la música ofensiva y vacía que mucho consumen, el Internet y sus consecuencias, la reproducción de estilos de vida ajenos a los principios de la sociedad cubana Todos se resumen en uno, el presente y el futuro de una parte de la juventud.

Al cierre de la noche, mientras paso balance a la jornada, saco cuentas y veo que fue como otra cualquiera. Muertes más, muertes menos, al final nos matan de muchas formas cada día. Menos mal que la muerte simbólica es la única que tiene opción: renacer, y seguir adelante, que la vida no espera.

(Caricaturas de Cubahora)

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