Para probar fuerzas, el Che intentó escalar el Popo, volcán durmiente y vigilante junto a la capital de México. Desde ese promontorio, podía trazarse una línea imaginaria que uniera el sur del continente con el Caribe insular. Ernesto Guevara –todavía no era el Che– había ascendido desde la Argentina, conoció el drama de América y padeció en carne propia la tragedia de Guatemala. Después del Moncada y de la prisión en Isla de Pinos, Fidel partió hacia México con la decisión irrevocable de preparar, otra vez, la guerra necesaria. En contextos diferentes, ambos habían reconocido las señales de una realidad común. Fraguaron entonces proyectos similares.

No fue casualidad, sino azar concurrente lo que determinó aquel encuentro y el diálogo íntimo en el transcurso de una larga y decisiva noche. Se reconocieron y sembraron una hermandad indestructible adherida al sentir y al pensar, consolidada luego en la confianza mutua, en luchas, los desgarramientos y los días luminosos compartidos. Estaban haciendo su entrada en la Historia.

Un buen libro de fotos invita al regodeo visual. En casos excepcionales –y este es uno de ellos–, la mirada se desprende de la página y abre cauce a la ensoñación y al meditar en profundidad sobre la razón de ser de nuestras vidas y el devenir del mundo en que nos encontramos.

Capaces de vertebrar creativamente pensamiento y acción, de luchar por el presente sin renunciar al diseño de estrategias con vistas al porvenir aún en las más difíciles circunstancias, ajenos al acomodo mental propio de dogmatismos de cualquier signo, creyeron como José Martí en el mejoramiento humano e hicieron de ese propósito el objetivo central de la gran tarea en que comprometieron sus vidas. La singularidad de esa obra que alentó el despertar de nuestra América revela la relación dialéctica entre la personalidad humana y las fuerzas que mueven la historia. La clave de ese vínculo se encuentra en la facultad de percibir, en el trasfondo del acontecer, los síntomas favorecedores del cambio y en aglutinar voluntades para llevar hacia adelante el proyecto.

Aquella noche en México fue el preludio del Granma y de la Sierra Maestra, de la batalla de Santa Clara y el triunfo de la Revolución Cubana, de Girón y la Crisis de Octubre, de la proyección tercermundista, de los días del Congo y de Bolivia.

Las fotos muestran hitos de un diálogo nunca interrumpido a pesar de las distancias geográficas y de la caída del Che en Bolivia. Porque en nuestras tierras los volcanes parecen dormitar mientras preservan en su centro la lava ardiente.

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