¿Para qué escribimos? No hago esta interrogante pensando en una respuesta banal, de “porque sí” o “porque es necesario”. Después de todo leer libros e informarse a través de los periódicos es importante, y en el caso de nuestro oficio, mucho más.

Podría sonar paradójico que una profesión surgida de la tinta y el papel, sea mayormente asociada con la imagen y el sonido, y en menor medida con los escenarios digitales actualmente en boga. Si no, que diga algún estudiante de Periodismo si al entrar a la carrera no le han preguntado en la calle si “va a trabajar en la televisión: en Cubavisión, en Telesur, o en Mediodía en TV”, porque a la hora de hacer asociaciones a las personas no les falta creatividad.

Es posible que con el surgimiento de nuevos modos de actuación de los periodistas, muchos de mis colegas se encuentren en medios tradicionales, instituciones, o incluso vendiendo alimentos –algo que hubiese sido útil cuando estudiábamos-. De cualquier manera, llenar el papel en blanco nunca ha sido tarea fácil, y con la competencia que tenemos, no vale emplantillar los trabajos para salir más rápido, para poder hacer más, o sencillamente unir ambas cosas.

Producir un trabajo periodístico es una receta compleja, de esas que aparecen en el libro “Cocina al minuto” de Nitza Villapol, y no porque la experta en mezclar ingredientes sea ineficiente explicando cómo hacerlo, sino porque la salsa presto y una que otra cosita se pierden, y luego resulta más difícil inventar algo. Por eso una querida profesora a la que admiro mucho por su sagacidad, nos decía que a veces el mejor trabajo no era el que estaba hecho con la cámara o la grabadora de más calidad, con la locución más experta, con los actores archi renombrados con voz engolada; sino aquel al que el periodista, con su modesta infraestructura tecnológica, le ponía más interés y –en un argot más cursi pero sincero- más corazón.

Es cierto que resulta tentador construir un “recetario” para escribir, después de todo el tiempo a veces no alcanza y los simples avatares cotidianos nublan la creatividad. Pero hay que respetar a los lectores, y sobre todo, ser honestos con uno mismo. El simple procedimiento de “copiar y pegar” no funciona cuando entra en juego la necesidad de información de las personas, y la credibilidad de los medios a la hora de informar.

Algunos estudios realizados en la academia revelan dos de las situaciones más significativas de nuestro periodismo: una es la poca relación entre los temas publicados por los medios y lo que necesita conocer el público; y la otra, aún más alarmante, es la reiteración (en ocasiones desmedida) de temas y trabajos periodísticos durante largos períodos de tiempo. ¿Estamos aplicando recetas o simplemente olvidamos que nuestro deber social es con esas personas que nos leen, escuchan y miran?

La insuficiente relación entre medios y audiencias en el país está marcada en gran medida por las características de los temas más importantes para las personas, que son precisamente aquellos que se relacionan con sus condiciones materiales o de vida. Ello vulnera el papel de los medios a la hora de informar, provocando que el público busque espacios más “informales” de socialización. ¿Dónde obtienen las personas el 80% de la información sobre el acontecer de su provincia, de su país? En la calle. Y no porque nuestros medios no tengan la capacidad, ni la voluntad, ni el espacio para informar, sino porque simplemente es más cómodo enterarse de lo “último” con solo saludar al vecino…También porque los periodistas a veces no tratamos los temas como el público lo necesita: con un lenguaje más fresco, directo, crítico.

En tanto, la reiteración nos golpea desde las rutinas de producción de la noticia. A veces orientan una cobertura a la que asistimos el año anterior, y es más fácil mirar el trabajo publicado entonces para elaborar otro, o simplemente tomar algunas ideas. Ese déja vu también ocurre a diario, cuando las personas escuchan, o leen, o miran en la televisión la misma entrevista más de tres veces.

Que las recetas nos sirvan entonces para llegar más a la gente, y no para “diluirnos” en las palabras de un funcionario; para defender más nuestro proyecto social desde posturas revolucionarias, para pensar mejor nuestros medios, y las comunidades a las que representan. Y es que los periodistas no somos un segmento poblacional aparte: somos un componente intrínseco de esa amalgama social que se debate por un salario mejor, por condiciones laborales superiores, por las colas y el transporte público. No se trata de “estirar” el material hasta que alcance para llenar una página, ni de aplicar fórmulas para escribir lo que ya está en nuestra esencia. Hablo de poner el corazón en el papel, y de verter cada ingrediente en su justa medida.

 

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