El 8 de octubre de 1892, en horas de la tarde, arribaría José Martí a Kingston, Cuadro de texto: J Cuadro de texto: a Cuadro de texto: m Cuadro de texto: a Cuadro de texto: ic Cuadro de texto: a Jamaica, en visita de propaganda revolucionaria y como parte de su periplo por tierras de esta América nuestra. Al día siguiente, se dirigió a la zona tabacalera de Temple Hall, donde varios cubanos tenían sus vegas de tabaco y donde le ofrecieron un gran recibimiento en la casa de Antonio León y, luego, una recepción campestre.

Cuadro de texto: m Cuadro de texto: a Su estancia en Kingston, la capital de Jamaica, resultó muy productiva. Pronunció un discurso en el acto conmemorativo del 10 de Octubre en el salón de Juan M. Rondón y, al día siguiente, volvió a hacer uso de la palabra, esta vez en inglés, ante un público formado por jamaicanos, que asistían a un concierto ofrecido en su honor y donde se hizo una recaudación para ayudar a viudas y huérfanos cubanos.

El día 12, fue publicada en el periódico local una entrevista que concedió y visitó a varias familias cubanas, entre ellas, probablemente, la casa donde vivían Mariana Grajales y María Cabrales. También asistió a una recepción en la casa de Luis Lay y, en una reunión política convocada por sugerencia suya, aclaró dudas acerca del Partido Revolucionario Cubano y su programa.

Sin embargo, ya desde antes Jamaica estaba en su corazón: meses antes, el 18 de junio de 1892, había publicado en Patria un artículo titulado “Los cubanos de Jamaica en el Partido Revolucionario”, en el cual destacaba cómo “la emigración cubana de Jamaica […] desde los primeros pasos del Partido Revolucionario comenzó espontáneamente a organizarse en acuerdo con él” y acudía “entera, a trabajar por la independencia”.

En ese artículo, al elogiar cómo esa emigración había por “su propio impulso” ratificado “en asamblea solemne los códigos del Partido Revolucionario Cubano” había aprovechado el Maestro para reafirmar que el PRC no era una “[…] mera agrupación, más o menos numerosa, de hombres que aspiran al triunfo de determinado modo de gobierno, sino reunión espontánea, y de más alta naturaleza, de los que aspiran, del brazo de la muerte, a levantar con el cariño y la justicia un pueblo, a allegar fuerzas bastantes para hacer menos cruento y más seguro el sacrificio de sangre y de bienestar transitorio indispensables para asegurar el bienestar futuro, a crear una nación ancha y generosa, fundada en el trabajo y la equidad […]”.

Y hacía el Apóstol una reflexión trascendente cuando afirmó: “Tienen otros pueblos […] un solo problema esencial; en uno, es el de acomodar las razas diferentes que lo habitan; en otro, es el de emanciparse sin peligro de los compromisos de geografia o historia que estorban su marcha libre; en otro, es, principalmente, el conflicto entre las dos tendencias, la autoritaria y la generosa, que con los nombres usuales de conservadores y liberales dividen a los pueblos. Y en Cuba […] hay que resolver a la vez los tres problemas”. Y reconoce Martí cierta lógica a quienes agobiados por la inmensidad de la tarea tratan de “fiar la solución de la dificultad a los vecinos” —recuérdese que la prédica martiana se esforzaba por incluir a todos, incluso a los equivocados—. Pero de inmediato fustiga al precisar que los vecinos del norte “no han sabido, sin embargo, aplacar siquiera su problema de razas”, “ven el problema de su geografía e historia del lado de la conquista en vez del lado de la libertad” y “tras cuatro siglos de prácticas libres, viven divididos, lo mismo que las monarquías, entre 1os privilegios insolentes y las aspiraciones enconadas”.

A continuación explica que “[…] cuando se amasa un partido político […] para levantar la patria a escuadra y a nivel, de modo que no se venga a tierra por lo torcido de 1os muros; para poner a la patria independiente cimiento de siglos,—no es un partido

en verdad lo que se amasa, sino un pueblo”. Frase que, sin duda, recuerda el precepto republicano de Martí, expresado el 26 de noviembre de 1891, en su discurso del Liceo de Tampa, frase que ha dado nombre al discurso: “Con todos y para el bien de todos”.

Martí saluda “[…] a los cubanos de Jamaica, que, sin esperar el innecesario convite, sin atender a más que al consejo del juicio y a la llama de su corazón, se juntan por su propio esfuerzo, examinan y aplauden la obra […]” y se suman al “ejército de honor que no tiene miedo a las espinas del camino”. Destaca el Apóstol cómo la emigración de Jamaica “[…] se junta a la obra de preparar la guerra de Cuba”. Y, como considera que “saludar no es bastante” tiene en altísima estima la obra de esos compatriotas.

Luego señala ejemplos en verdad enaltecedores, entre los que destaca “al veterano de los diez años, lleno de canas y rodeado de hijos, torciendo tabacos el domingo de su reposo para aumentar con su producto el tesoro de la patria” o “el emigrado de la primera guerra” que trae “su óbolo y su entusiasmo con el mismo corazón con que los trajo, veinticinco años hace, a la guerra de los fracasos y de las discordias” o quienes vibran de emoción al “ver por los aires la bandera que aman”. Y aquí se impone otra reflexión, porque nadie puede dudar de la profunda admiración que, desde su más temprana juventud sintió Martí por los bravos de la Guerra de los Diez Años, la delicadeza con que analizó errores y virtudes de muchos héroes —sus trabajos “Céspedes y Agramonte” y “El 10 de abril” dan fe de ello—, la emoción con que conoció a Máximo Gómez y Antonio Maceo… sin embargo, llamó a esa etapa heroica “la guerra de los fracasos y de las discordias” y es que no puede olvidarse que el Apóstol estudió profundamente aciertos y desaciertos de esa etapa, en que el regionalismo y el caudillismo, la división, hicieron tanto daño a la revolución.

Continúa Martí su trabajo refiriéndose a “[…] los rencores mortales, los insultos venenosos: las envidias asesinas, las mezquindades sangrientas e increíbles de los norteamericanos que lograron componerlas todas […] en la constitución, por desgracia manchada e incompleta, de los Estados Unidos” y los compara “[…] con la efusión, con el cariño, con el júbilo con que en vísperas de una guerra desordenada, deponen los cubanos sus pasiones de clase, o de secta social, o de raza, ante el deber de pelear con orden por la independencia del país, que es todo lo que quiere decir y es el Partido Revolucionario Cubano”. La actitud de la emigración cubana en Jamaica sirvió de pretexto al Apóstol para hablar con palabras válidas entonces y válidas hoy, con palabras para todos los tiempos: “[…] falta a su deber el que descansa mientras la virtud no haya triunfado entre los hombres” y recalca que “el oficio de un revolucionario de veras, de un patriota” no está “como el pavo real, en verse los tornasoles de la cola de iris, y abanicar el viento proclamándose hermoso. El deber de un patriota que ve lo verdadero está en ayudar a sus compatriotas, sin soberbia y sin ira a ver la verdad”.

“Y la acción de los cubanos de Jamaica —afirmó el Apóstol— es muestra visible de uno de estos elementos de la pujanza actual de la idea de independencia en Cuba”. Y añadía: […] la lección esta vez no es solo eso; sino que los emigrados de Jamaica, allí donde el fracaso continuo, el servicio revolucionario inseguro, el plan confuso y defectuoso, las expediciones malhadadas, el conocimiento íntimo de las fealdades y vicios de la naturaleza de que no puede librarse nuestra revolución, pudieron turbar el pensamiento o cansar el patriotismo,—persisten, con juicio depurado, en declarar su fe constante en el poder revolucionario de Cuba, y en la capacidad de triunfar de los vicios de la revolución con sus virtudes”. Para Martí, “No son aprendices de guerra, ni líteros redundantes, ni revolucionarios de andadores, los que se agregan a los compañeros de la Demajagua, a los diputados de Guáimaro, a los vencedores de las Guásimas, a los deportados de Fernando Poo, a los emigrados de la primer campaña que […] pelean junto a los recién llegados en el Partido Revolucionario Cubano, junto a los jóvenes a quienes arrastra a la rebelión la misma ignominia que arrastró a sus padres, para poner remate, con respeto de hijos, a la obra de l868, para dar fin, con cariño de hermanos, a la humillación y pobreza inmerecida de los cubanos de hoy”. Véase como en este texto martiano se repiten las ideas ya expresadas por el Maestro el 27 de noviembre de 1891, en conmemoración del veinte aniversario del crimen monstruoso de los estudiantes de Medicina, su célebre discurso conocido como “Los pinos nuevos”.

Y apuntaba Martí “[…] que por este mundo hay que andar con la espada en una mano y el bálsamo en la otra; que desconfiar es muy necesario, y amar lo es más”, mensaje de plena validez en estos días en que por la soberbia de otros hay que estar preparados para defenderse de las agresiones de todo tipo; pero sobre todo para entregar generosidad, solidaridad y amor, cualidades que están intrínsecamente ligadas a lo cubano.

Para concluir destaca, con palabras que llegan a nuestros días, que “[…] no es ya el cubano incapaz del esfuerzo unánime y virtuoso con que ha de combatirse el esfuerzo unánime de los agentes de su desventura, ni necesita su probado corazón espuela alguna para erguirse sobre sus pasiones […] como se yergue el jinete sobre el potro vencido”.

Rendía así el Apóstol homenaje “[…] a la emigración de Jamaica que, por su propio concepto del deber, y en el libérrimo uso de su juicio, da prueba elocuente de la capacidad republicana del hijo de Cuba, y de las dotes de unión, experiencia aprovechada y desinterés que se requieren en el conflicto mortal de la emancipación para aspirar a la grandeza y asegurarla!

Notas

Todas las citas han sido tomadas de José Martí: “Los cubanos de Jamaica en el Partido Revolucionario”, en Obras completas, tomo 2, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, pp. 1-27.