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Réquiem por el indígena del hoyo

Solo, apenas acompañado por su compadre el viento, ha muerto hace unos días en la selva brasileña de Rondonia el «indígena del hoyo», auténtico rebelde con causa que por casi 30 años se negó a escucharnos a mí, a usted, a ellos… a la humanidad en pleno, para dedicarse a hablar exclusivamente con la naturaleza.

La Fundación Nacional del Indígena encontró el cuerpo descompuesto de Tanaru —otro nombre adjudicado que seguramente le disgustaría bastante— tendido en la hamaca, al pie de su cabaña, muy cerca de la frontera con Bolivia.

Desde entonces, irónicamente, construimos a la fuerza la historia del ermitaño vencido por la comunicación, la noticia que despide ¿de nuestro mundo? al hombre que mejor le hizo la guerra a una civilización levantada entre sobresaltos, titular a titular, con algún que otro ladrillo intercalado.

Todos —hasta yo, que escribo ahora con presunta idea benigna—, tuvimos que esperar a que muriera para amarrarlo en un lead, para colocarle el cepo que lo expone vencido en el lucrativo mercado de las primeras planas, para inmovilizarlo con el implacable nudo de las redes sociales y dedicarle esta crónica que jamás pidió.

Los monitoreos de la Fundación Nacional del Indígena —hechos a prudencial distancia de sus flechas— revelaban que pasaba casi todo el tiempo escondido en los agujeros que cavaba. Como el mohicano de cierta película, era el último de una etnia. Como el mohicano «fílmico», peleó intensamente… a su manera.

A medida que morían unos soles y nacían otros, «Tanaru» vio caer a los miembros de su tribu y, cuando quedó sin compañeros, cacique de sí mismo, decidió poner distancia y trampas a todo extraño que intentara acercarse demasiado.

Dicen que no se hallaron signos violentos alrededor del cadáver. Hay escena, mas no crimen, a menos que se considere tal las causas que llevan a un ser humano a huir de los suyos cual de manada violenta.

Terco como era, el «indígena del hoyo» se fue, adornado con brillantes plumas de colores que presagiaban feliz travesía, no al hoyo que le hubiesen asignado lo administradores de vidas ajenas, sino a su cielo ancho y ameno, donde no solo no aceptaría a los conquistadores españoles que, frente a la hoguera, rechazó en su tiempo el indio Hatuey, sino que no querría terrícola alguno, y ya.

Quién sabe qué digan al respecto los «CSIs» del mundo, pero es seguro que, si alguien se engalana de cara a la partida, espera compañía. Tenía una cita. Tanaru se tiró encima todo su tocador selvático porque sentía que, al otro lado, alguien observaría su arribo. ¿Cuándo, realmente, puede decirse que está solo un solitario?

No son escasos los ejemplos similares. En la selva brasileña hay más de un centenar de pueblos indígenas reacios al contacto con la modernidad, pero tanto en otros países de Sudamérica como en regiones de Asia y Oceanía se registran tribus autoexiliadas de la civilización.

Aunque cambia su geografía, viven un temor común: carecen de inmunidad frente a enfermedades trasmisibles y están asediados por un virus letal: la invasión de sus tierras por colonos madereros, ganaderos y saqueadores del subsuelo. Más sabios que todos ellos, estos soldados de la tierra llaman a los invasores «fantasmas de la muerte», por las cicatrices y bajas que dejan en los ecosistemas.

Se entiende, entonces, la huida de estos nómadas cazadores-recolectores cercados por un mundo que quiere matarles esas prácticas de subsistencia, pero no les ofrece más opción que el paisaje lampiño, la industrialización forzosa y el menú chatarra. Se pretende pasarles a paredón sus dioses para someterlos al culto de hombres que se creen divinos.

Es muy conocido el caso de la pequeña tribu que en la apartada isla de Sentinel del Norte, en India, repele los acercamientos. Se ha visto en fotografías cómo amenazan, a punta de lanza, a esos regordetes pájaros mecánicos llamados helicópteros, y apenas en 2018 cobraron la vida de un misionero que intentaba llevarles la palabra de un Dios extraño que, evidentemente, no desean escuchar.

Ya Marco Polo, el viajero, escribió en el siglo XIII que «si un extranjero llega a sus tierras, lo matan inmediatamente y acto seguido se lo comen». No parece vigente ese canibalismo allí, pero nunca está de más la precaución de respetar la voluntad local.

A veces, va la vida en la distancia. Los españoles descubrieron —y fueron descubiertos en— América en 1492 y apenas un año después la gripe que traían a bordo redujo a la mitad a los nativos de La Española. Y aunque lo Cortés no quita lo sangriento, para derribar Tenochtitlán ese conquistador tuvo un aliado feroz, que aniquiló más indios que él: la viruela.

En este, mi sepelio silente al «indígena del hoyo» —que imagino entre humo de chamán y fuerte café cubano—, no puedo dejar de preguntarme si las aves de la selva le habrían contado estas tristes historias que nosotros aprendimos en libros editados pacientemente durante siglos de desarrollo.

Hay quien insiste en quebrantar la paz de los escondidos. En Perú, por ejemplo, operadores privados ofrecen «safaris humanos» dirigidos a hallar y mostrar pueblos indígenas que no quieren ser hallados. Es posible que Tanaro se fuera a la muerte satisfecho, seguro de que allí nadie le va a molestar.

No obstante, son largos los brazos de la civilización. Si bien se considera que su deceso tuvo causa natural —¡qué mejor adjetivo para la marcha de quien vivió entre los árboles!—, se hará a su cadáver una necropsia para establecer las causas. Nadie se asombre si su espíritu apunta una lanza de rayos, rematada en el filo de una estrella, contra los forenses que insistan en imponerle ahora el diálogo que nunca quiso, para robar sus secretos.

No, no nos conocimos —viviendo el mismo tiempo, nos separaban civilizaciones; como decir, una Roma o dos Egipto—, pero contra su disgusto me hubiera gustado brindar con él en la Amazonía, con una tisana de hierbas a la sombra de un frondoso Angelim rojo.

Este muerto es mío. Lloremos a nuestro muerto. Un hombre puede decidir vivir aislado, pero la muerte de un solo hombre, del más ignoto incluso, nunca puede dejar en los otros la indiferencia.

Es la mayor paradoja terrícola: buscamos vidas en otros planetas, pero espantamos vidas dentro del nuestro. Incluso las mayores metrópolis del mundo producen y esconden, entre el concreto y bajo las máquinas, sus «indígenas del hoyo».

Creyente o no, uno no puede dejar de preguntarse qué hará Dios al recibir en sus dominios semejante anomalía: un difunto llegado de la Tierra sin trazas de internet en la cabeza, sin odio en el pecho, sin tarjetas bancarias, sin certificados de propiedad ni seguros de expolio, sin móvil en el bolsillo… ¡sin bolsillo!

Acaso, desconcertado, Dios lo ubique en el ala celestial de almas sospechosas, pero yo intuyo que, entre sus penachos rojos, mi amigo desconocido tiene que haber marchado feliz tras desposar a la naturaleza a cielo abierto mientras 7000 millones nos escondemos en agujeros de extraños edificios.

Entre pandemia, guerras y cataclismos, como soldados a la conquista de un mundo que tiene que ser mejor o no será, algo podemos aprender de la vida y la muerte de este hombre limpio como arcoíris, que creíamos mudo y no cesa de sugerir. Tanaru, el «indígena del hoyo», merece, cual hicieron por nosotros las campanas de Ernest Hemingway, que los móviles del mundo doblen a coro por él.

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Enrique Milanés León
Forma partede la redacción de Cubaperiodistas. Recibió el Premio Patria en reconocimiento a sus virtudes y prestigio profesional otorgado por la Sociedad Cultural José Martí. También ha obtenido el Premio Juan Gualberto Gómez, de la UPEC, por la obra del año.

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